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En reserva pasiva
Participante 39 - Concurso Nación Rolera - 0 Comentarios - Puntuación: 28 puntos (VOTAR)
Era un bar sórdido, lleno de humo y sombras, la renuente luminosidad apenas alcanzaba para revelar a un puñado de almas en pena colgadas de la barra, aferradas a quitapenas de alta graduación.
Era un bar sórdido, lleno de humo y sombras, la renuente luminosidad apenas alcanzaba para revelar a un puñado de almas en pena colgadas de la barra, aferradas a quitapenas de alta graduación. Afuera, los sonidos propios de una ciudad industrial, ahogados cada poco por las sirenas de la policía o bien los camiones de recogida y reciclaje. El barman vestía un chaleco muy profesional y pasaba enérgicamente la bayeta, sorteando vasos y botellas con esa soltura que concede la práctica. Uno de los taciturnos clientes miraba la Global Visión, parecía muy interesado en las noticias deportivas, los últimos resultados de la Liga Profesional Arena.
- Venga ya...los Raptor le meten ocho a cinco a los Celtíberos, lo nunca visto...manda carallo.
La voz del hombre era profunda, algo aguardentosa pero aun intimidatoria. Sobre todo teniendo en cuenta la envergadura y la anchura de hombros del individuo, bien entrado en los cuarenta. El inicio de un tatuaje desvaído asomaba en un ancho brazo, un jamonazo al que apenas abarcaba la manga de la sobria camiseta gris. A pesar de unas agresivas entradas, el tipo lucía una espesa mata de cabellera oscura veteada de canas. En tiempos aquella mirada debió de ser feroz, pero ahora su expresión era más bien turbia.
El barman se acercó interesado. Como a todo varón que se preciase de serlo, le apasionaba todo lo relacionado con la Liga Arena, la joya del entretenimiento mediático en aquel siglo XXIII. Se contaban por billones aquellos a los que les hervía la sangre viendo por la Global Visión uno de aquellos partidos o más bien trifulcas, en aquellas enormes canchas ovaladas. Catorce contra catorce, enfrentando estrategias previas, tácticas ensayadas o improvisadas, todo para conseguir difíciles tantos a menudo acompañados de huesos rotos, impactos espectaculares y, en ocasiones, la caída del héroe. Tras cada partido, entre las estadísticas se exhibían las de las bajas y sus causas, tal era la dureza de aquel espectáculo que movía ingentes capitales y cuyas retransmisiones eran seguidas por todo hijo de vecino deseoso de bajas emociones y una copita de sangre ajena.
- Hombre, desde que perdieron a Javi "El Cañón", uno de los mejores Yelmos de Europa...sin el orden que ponía el tío en la cancha, los Celtíberos andan como pollos sin cabeza. - respondió el camarero, muy seguro de sus palabras.
Yelmo, el cerebro del equipo, pasador, pensador, solitario líder...protegido por los polivalentes y temibles "Espadas" o guardianes, pues era objetivo primario de los adversarios malintencionados, funcionando un poco como el "quarterback" en aquel antiguo deporte que era el fútbol americano del siglo XX y XXI. A menudo recaía en otro solitario de la cancha, el "Fantasma", la tarea de neutralizar al Yelmo del equipo contrario, y luego estaban el "Muralla" como portero, los "Escudos" o estoicos defensas, los "Flechas" veloces corredores, los "Catapultas" o también saltadores y el bien pagado "Ariete", goleador nato que raramente llegaba a los treinta y pocos si no se retiraba a tiempo. Una compleja y excesiva brutal batalla campal reglamentada, con sus vistosos gladiadores luciendo vistosas armaduras adaptadas a su puesto, cada una de cientos de miles de euros. Mucho aditamento, marketing omnipresente, concesiones mediáticas oportunistas que los avispados creativos de la Compañía Arena habían rumiado tras bucear en múltiples períodos históricos, decantándose finalmente por la cercanía popular de recurrentes leyendas del pasado. Todo un éxito el darle un aire medieval a aquel espectáculo circense que iniciara su mamporrera andanza casi doscientos años atrás.
- No me jodas tío, los flechas de los celtíberos son de lo mejor, ¿y qué me dices de Sancho "Furia", el ariete con más instinto asesino de los últimos tiempos?, cuatro goles les metió a los Duques de Newcastle. Y el segundo Yelmo, Paco "Milord", es bueno si tiene el día, pero últimamente están lentos para mantenerlo a salvo, aparte de que los escudos titulares andan un poco viejos y vapuleados, un par de ellos ya tendrían que estar retirados, más les valdría ahora que siguen más o menos enteros.
Levantó la jarra de cerveza. El tatuaje del brazo se vio un poco más claro, una especie de cuchillo curvado partiendo un escudo y una gota roja cayendo. Tras un largo trago se aferró al borde de la barra, a punto de caer. De propina le metió un buen manotazo a la recién fregada superficie. El barman frunció el ceño, no tenía ganas de problemas con aquel tiparraco que parecía violento, pero tendría que moderarlo, figuraba entre las obligaciones del buen tabernero el dar alguna oportunidad antes de llamar a los polis de ronda.
- Eh, tranquilo amigo, creo que ya has bebido mucho. Por cierto - añadió rápido ante la mirada disgustada del aludido - ese tatuaje...es el símbolo de los celtíberos, debes de ser un hincha de los buenos. Qué pasada...ese cuchillo es una obra de arte en la piel.
- Llevo el símbolo que un sexto escudo de los celtíberos debe lucir bien a la vista, colega. Y el cuchillo es una falcata celtíbera, no confundas.
Lo dijo bien alto, muy ufano por su culturilla de bolsillo, y en un sofocante medio segundo todas las erráticas miradas del bareto de perdedores se posaron en él. El barman dejó de secar vasos mientras un par de tipos tambaleantes se arrimó al que decía ser sexto escudo del mítico equipo español de Arena, dos veces campeón de Europa y semifinalista mundial años atrás.
- Aquí a los mentirosos sabemos como tratarlos, chaval. ¿de qué te vas haciéndote pasar por jugador de Arena?, como si uno de esos fenómenos fuese a perder el tiempo por aquí, con la plebe - dijo uno de ellos, el más canijo que se parapetaba detrás de su compañero, bastante grande aunque más bien del tipo redondo demasiado bebedor y comedor. Hedían ambos, en realidad todo el local apestaba, aunque solo un forastero lo apreciaría en su justa medida.
- No soy un chaval, estás chosco tú. Ya no juego, estoy en la reserva pasiva del equipo, en realidad no me llaman desde hace un montón. En mi puesto ya tienen a varios jovenzuelos, tipos tan duros como yo, pero más frescos. Sólo si mandasen al hospital o al cementerio a cinco o seis escudos de golpe, habría posibilidades de volver a ser suplente, aunque solo fuera eso.
Había melancolía en las palabras, pero Julián Núñez sabía que nunca volvería a portar una de aquellas pesadas armaduras de escudo, la cancha de Arena era un coto para otros más jóvenes y mejor preparados para mantener la portería a salvo. No había queja, el Celtíberos le pasaba una módica pensión de subsistencia, por los servicios prestados durante quince años, por los huesos rotos, por algunos amigos perdidos en el camino...pero sobre todo por esas veces que consiguió blocar algún ataque peligroso, o que hizo morder el polvo a un flecha o ariete contrario. Había ganado bastante dinero, sí señor, pero lo había dilapidado casi todo, en malas inversiones, caprichos de zoquete, en bebida y mujeres de esas que se arriman cuando uno brilla, para luego llevarse una buena tajada.
- Bah, menudo acabao. - picó el rata que se escondía tras el grandote borrachuzas. Julián no se inmutó.
- Si tú lo dices...
- Además, los Celtíberos son una mierda, una panda de nenas...
El puño izquierdo de Julián salió disparado de canto, disipada ahora la bruma del alcohol de cuarenta y tantos grados. Sonó un golpe seco cuando la cabeza del gordo cayó hacia atrás, escupiendo algún diente por el camino. Abrumador como un tanque en el barro, se lanzó hacia el atónito provocador ahora sin parapeto y le sujetó por la nuca con la otra mano. Estrelló la cabeza del infortunado una, dos veces contra la mesa recién fregada. Parecía el bocazas, ahora sin nariz, un polluelo atrapado por una pesada zarpa inmisericorde llena de muescas.
- Mis mejores años fueron con los Celtíberos, capullo. Me he jugado la vida docenas de veces por ellos, no sólo por la pasta, pues nadie aguanta tanto si no hay algo más...así que vuelve a menospreciar ese equipo y te convierto en en en...en ensaladilla rusa.
Demasiado tarde se fijó en que el sobresaltado camarero miraba por encima de él, hacia el fondo del tugurio. Intentaba girarse cuando recibió un seco golpetazo que lo dejó en precario junto a la barra que cada vez se parecía más a un dique seco de cuerpos rotos. Antes aun lanzó un puñetazo hacia las sombras que se cernían, pero solo sirvió para agitar el aire.
- Ya decía yo que me sonaba tu jeta. - dijo alguien a media distancia.
Un tipo alto de chupa de cuero pasada de moda avanzó unos pasos, aunque quedándose fuera del alcance del maltrecho Julián, que observaba atónito el objeto rodante que le habían lanzado a su desprotegida espalda. No podía ser otra cosa que una esfera de Arena, un "canonbol", en traducción castiza al idioma universal, una de aquellas balas de cañón por las que se peleaba a muerte en las canchas de todo el mundo, lo que en otros tiempos sería balón o pelota. Era demasiado pesada, demasiado maciza para ser lanzada así por un vulgar camorrista de un tugurio cualquiera. El atacante misterioso se abrió la susodicha chupa repleta de remaches, dejando al descubierto una negra camiseta de las que marcan, con una insignia llamativa que a cualquier celtíbero le haría rechinar la dentadura.
- Sí, ves bien mamonazo. Es un cadalso y una cabeza cortada...y yo Terry Trezet, durante años flecha titular de los Verdugos de Lyon, uno a quien la defensa de los Celtíberos dejó lisiado, fracturas múltiples en una pierna y columna dañada. Mi carrera se acabó aquel 23 de Diciembre de 2252, cuando tuve la mala idea de pretender el tercer gol para los Verdugos. Me las arreglé para conseguir la “canonbol” de ese día en el partido que perdimos contra vosotros. Ahora la llevo conmigo a todas partes, soy un sentimental del copón.
Pues estaba claro que el flecha no había perdido mano, vistos los resultados sobre un celtíbero maltrecho. Éste trató de erguirse, pero algo se le había roto por dentro, aquel impacto traicionero le iba a enviar a la lona, quizá para largo. Era una lástima haber recaído en el alcohol, haber terminado pululando por el submundo de perdidos, con lo que le había costado reconciliarse con Marta, la única mujer buena que había conocido aparte de su madre. El destino volvía a pasar factura.
- Yo no estaba en la Arena ese día, fui suplente todo el maldito año y no llegué a verte el careto de cerca ese día. Pero me acuerdo de la jugada...- Tras las palabras cascadas de Julián vino un esputo sanguinolento. La experiencia le decía que el costillar no había sido suficiente para salvaguardar el pulmón, le dolía horrores respirar y el aire llegaba teñido de rojo oscuro.
- Sí, te acuerdas. Tú eras un don nadie y yo una de las estrellas de mi equipo. Y no eras suplente ese día...te dije que me acuerdo de tu cara, la distinguí muy nítida a través del visor, un segundo antes de bloquearme. Me alcanzaste por el lateral, me placaste de lleno con el maldito escudo.
Julián asintió rendido, finalmente dejó caer la cabeza. Quería volver a ver a Marta una vez más, pero tenía que salir de aquella madriguera. Alguien debería haber llamado ya a la poli, pero eso tampoco es que le ayudase gran cosa, no con un enemigo a dos pasos ansioso por rematar a un Némesis cualquiera del pasado. Claro que se acordaba de Trezet, ese del que había oído que se había vuelto medio majara tras ver rescindida una ficha suculenta, todo por culpa de una lesión incapacitante para seguir corriendo veloz como una flecha.
- Gajes del oficio. Sólo un niñato echaría en cara a un rival el hacer bien su trabajo.
Trezet se había acercado para recoger la esfera, ahora seguro de la inmovilidad del otro. Nada se movía en el antro, pero se escuchaba cada vez más cerca el pitido de una patrullera. Todo se acabaría rápido, Julián lo sabía. En realidad no era tan malo, pues de verdad Marta lo había dejado para siempre, igual que los amigos que antes habían sido inseparables, cuando la gloria y la fortuna venían claramente estipuladas en el contrato, un privilegiado en un mundo de paupérrimos y desheredados. Tiempo de ser solemne, pues el verdugo alzaba la esfera letal.
La oscuridad bien podría ser eterna, salpicada de fogonazos de recuerdos, unos dulces y otros amargas pesadillas. El antiguo escudo celtíbero no sabía cuanto tiempo había pasado, quizá minutos o puede que mil años, pero finalmente se le abrieron los ojos a una penumbra verdosa. Estaba tendido en un camastro de hospital, no podía moverse, tampoco es que se atreviera a intentarlo.
- Parece que nuestro hombre despierta.
- Sí, lo siento por él.
Decía que lo sentía, el tipo era compasivo. Julián no notaba ningún dolor, lo cierto es que no notaba nada de nada, excepto la molesta luz que no le dejaba abrir los ojos más que una rendija. Quería hablar pero algo lo impedía, parecía imposible, lo mismo que conseguir mover un solo dedo.
- Bueno, a lo nuestro. Tenemos un 34 % aprovechable, el director de reciclado no va a estar muy contento.
- Ya, la pena es no poder reinsertar al propio sujeto a un nivel aceptable, eso sería mejor que estar recuperando pedazos para otros. A la larga sale más caro y es un fastidio, con tanta adaptación y multitud de de pequeños fallos por rechazo.
- ¿Qué esperas quejándote ahora?, a nuestra sección de ingeniería genética le escasean los fondos desde hace seis temporadas, ya lo sabes que no has aterrizado ayer. Si el equipo alcanza la fase previa del mundial de clubes, recibirá de golpe y porrazo un buen pellizco. Entonces inyectarán unas cuantas decenas de miles en nuestra parte del cotarro. Además, a éste machote no hay quien lo saque a flote...¿sabías que estaba empezando a desarrollar una psicopatía de las chungas?
- Pues ajo y agua, de todas formas me sé de un par de escudos que se alegrarán de recuperar movilidad, todo gracias a nuestro amigo Julián y sus partes corporales aprovechables.
- No hace falta que se lo restriegues, me parece que está escuchando.
- La culpa es suya. Si hubiera firmado en su momento la rescisión de contrato, no tendría que servir de repuesto para la defensa del Celtíberos.
- Ya, pero se hubiera quedado sin pensión. Ya me dirás como se recoloca un viejo jugador de Arena en el mundo de a pie de calle...ninguno lo logra. Aparte, ni de coña sabía lo que le esperaba en caso de infringir la ley, aunque solo fuese robándole un caramelo a un niño. La mayoría de jugadores en activo no tienen idea de dónde vienen sus repuestos y sus mejoras, creen que son creadas artificialmente, pero son los de la reserva pasiva los que nutren de repuestos a la sección. Todos esos acaban cometiendo algún delito, nunca se vuelven a adaptar a la vida decente. Y los jugadores activos que sospechan algo se lo callan si son listos, los que no, un buen día acaban misteriosamente tarados y nada de lo que hubiesen dicho es tenido en cuenta.
Julián trató de moverse, con desespero ahora que su consciencia se hacía cargo de la situación. Nada respondía excepto los párpados, pero estaba seguro que con tiempo lo lograría, en el pasado ya había salido airoso de asuntos bastante jodidos, si bien no tenían este cariz de película de terror. Una serie de pequeños pellizcos de sensibilidad por todo el cuerpo le demostraron que todavía no era una carcasa, que Julián Núñez aún podía optar a vivir el resto de sus días, por miserables que fuesen. Empezaba a sentir ligaduras en brazos y piernas, el pecho subía y bajaba, cada vez más agitado por la tensión, el nervio de verse atrapado como una cobaya humana que ha jugado mal sus cartas por última vez. Lo primero que haría al liberarse, sería aplastar contra la pared a esos dos parlanchines, al compasivo y al otro matasanos o lo que quiera que fuese. Iban a saber de una puta vez lo que era tomar de coña a un escudo de los celtíberos...pero no, ya no lo era, no quería serlo.
- Oye, que este está espabilando. Dale un poco más de gas, o mejor inyéctale una dosis completa de zapp y acabamos antes.
- Ahí va amigo, venga que no te va a doler nada. Hora de dormir.
Hora de dormir, descansar de una vez por todas. Vuelve la negrura, pero apenas regresan ya los chispazos de imágenes, la mente se va poco a poco al destierro frío de la menos gloriosa de las muertes. Como traída por una fila inadvertida de hormigas, una última migaja de pensamiento se abre paso en medio de la desolada despedida. Un buen deseo hacia Paco "El Mazas", el mejor compañero de Julián en la línea de defensa, con su hombro cada dos por tres dislocado y necesitado de nuevas energías que prorroguen su contrato ya cercano al final. A tí, amigo, que vaya al menos mi brazo bueno, el del escudo.

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