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Eva
Participante 41 - Concurso Nación Rolera - 0 Comentarios - Puntuación: 10 puntos (VOTAR)
Alejandro se vio a sí mismo en una abarrotada calle de una ciudad extraña que distaba mucho de ser su Valencia natal. Bajó unas escaleras y entró en un túnel del metro.
Prólogo
Alejandro se vio a sí mismo en una abarrotada calle de una ciudad extraña que distaba mucho de ser su Valencia natal. Bajó unas escaleras y entró en un túnel del metro. Sacó una tarjeta azul de su bolsillo y la pasó por el detector, andando hasta la puerta del ascensor que le llevaría a los andenes. Iba escuchando música, absorto en sus propios pensamientos y de repente tropezó con una chica y le derramó el café que llevaba sin mancharla. Se quedaron mirándose y...

I

Alejandro se incorporó de repente en la cama de su casa, en Valencia. Otra vez ese sueño, otra vez soñaba con esa situación, con aquella chica. ¿Por qué? No llegaba a comprenderlo, pero lo único que recordaba con claridad al despertar era el rostro de la preciosa joven con la que tropezaba, su suave pelo cobrizo, sus grandes ojos oscuros, su cálida mirada. Había algo en ella que le resultaba desesperadamente familiar, algo que realmente echaba muchísimo en falta. Se levantó sacudiendo la cabeza, intentando disipar la imagen de la chica.
Miró el reloj de su escritorio: Las diez y media. Detestaba dormir hasta tan tarde. Su mirada se posó en el espejo del fondo de su habitación y se miró con curiosidad. Aparentaba unos veinticuatro años, aunque en realidad tenía más de cien. Todo a causa de un “don” que le había sido otorgado a él sin haberlo pedido. Varios miembros más de su familia lo poseían. El Anciano de su familia se lo había concedido cuando contaba con poco más de veinte años. Desde entonces no había vuelto a envejecer. Lo único que había cambiado en él eran sus ojos, en los que se podía leer incontables años de sabiduría y experiencia. <<Es un regalo que te estoy haciendo, hijo mío>>. Las palabras de aquel viejo resonaron en su cabeza.
Alejandro alejó esos pensamientos de su mente. Se atusó su pelo siempre rebelde y preparó algo de desayunar. Vivía solo, ya que el Anciano no permitía a los miembros “bendecidos” tener ninguna relación que pudiese poner en peligro su “misión”. Esa supuesta misión, que el mismo Anciano le había impuesto era evitar que algo pudiese alterar enormemente el curso de la historia, tratando de ayudar a todo el que tuviese oportunidad. Mientras comía miraba por la ventana, sonriendo. <<Hace buen día>> pensó, y mirando el calendario se dijo a si mismo: <<Creo que iré al parque a dar una vuelta>>.
Terminó la tostada y el café, se vistió con unos pantalones vaqueros y una camiseta de mangas cortas y salió de casa. El parque que se extendía frente a su barrio era un bonito lugar donde los padres llevaban a sus hijos para que respiraran un poco de “aire puro”. Tomó uno de los caminos y se sumergió en sus pensamientos. Ni un jirón de nube ensombrecía el esplendido sol, que brillaba alegre en lo alto. Un grupo de jóvenes correteaba tras un balón en una llanura, mientras que unos niños jugaban a subirse a unos ancianos árboles que se extendían a su izquierda. Era un paisaje alegre.
De repente, algo enorme y peludo se abalanzó sobre Alejandro, haciéndole caer de espaldas sobre la hierba. Abrió los ojos y observó fijamente al enorme San Bernardo que le olisqueaba el cuello con curiosidad.
– ¡Oh! ¡Perdone! – Una dulce vocecilla femenina se acercaba rápidamente – ¿Se encuentra bien? Este perro, siempre dándome problemas...
– Tranquila – Dijo él mientras se desembarazaba del perro y se ponía en pie –. No ha sido para tanto, yo...
Y entonces la miró. Tenía el pelo del color del cobre, suave y liso. Unos ojos grandes y despiertos, oscuros pero llenos de vida. Su rostro blanquecino estaba salpicado por algunas pecas que le daban un aspecto juvenil. Alejandro se quedó absorto sin saber que decir. ¡Era ella! ¡La chica del sueño que tanto se repetía! Estaba ahí, de pie mirándole con la misma expresión que él...
– Disculpe... Esto... ¿Nos conocemos? – Ella reaccionó mientras el perro olisqueaba con curiosidad los zapatos de él.
– No... No lo creo – Balbuceó. Por alguna razón estaba misteriosamente nervioso –. Me llamo Alejandro.
– Mi nombre es Eva. Siento mucho que “Poochie”... esto... mi perro te haya saltado encima. La verdad es que nunca se comporta así, es extraño – Se agachó y le acarició tras las orejas –. Venga, te invito a tomar algo para compensar.
Sus ojos brillaban con la mejor de las intenciones, y Alejandro supo desde ese instante que ya nunca podría negar nada a aquella mirada. Aceptó su invitación y la siguió hasta un café cercano. Tomaron asiento en la terraza y se miraron detenidamente hasta que llegó el camarero, un chico joven, que les atendió con mucha alegría. Pidieron unos refrescos y hablaron del buen tiempo que hacía para ser marzo, de los perros, del trabajo de Alejandro, de los estudios de Filosofía de ella,... Nada parecía ocurrir fuera de aquella mesa, fuera del espacio que abarcaban sus miradas. Alejandro comprendió, tal vez por verla en sueños durante más de veinte años o por la agradable conversación que estaban teniendo, que se había enamorado de esa mujer.
– ¡Oh! ¡Qué tarde es! – Dijo ella, realmente entristecida –. Disculpa, pero he de volver a casa, mi abuela está enferma y no puedo dejarla sola mucho tiempo.
– Um... Vaya. ¡Qué le vamos ha hacer! Me ha encantado conocerte, Eva. Esto... Ojalá pudiésemos vernos otro día...
– ¡Por supuesto! – Ella parecía haber estado esperando esa petición todo el tiempo. Sacó un papel de su bolso y escribió un número de teléfono en él –. Éste es mi móvil. Llámame cuando quieras, estaré encantada de volver a quedar contigo. Bueno, me voy ya. ¡Hasta luego!
– Hasta luego – Dijo él en voz baja mientras la veía alejarse con el brazo levantado.
Cogió el papel y lo guardó con cariño en su cartera. Se encaminó hacia su casa, pensativo. ¿Estaría haciendo lo correcto? ¿Era propio de una... cosa como él enamorarse de una chica? El Viejo le arrancaría un brazo si se enterase de lo que acababa de ocurrir en su corazón. Entró en casa, cerró la puerta tras él y se sentó en el suelo. Una lágrima resbaló por su mejilla. <<Eva... ¿Quién eres? ¿Por qué siento esto por ti?>> Nunca antes le había pasado algo parecido. Era un monstruo, no era humano. Nunca había albergado sentimientos por culpa la vida eterna que estaba condenado a vivir. Siempre la había visto como un don, un regalo. ¡Inmortalidad! ¿Acaso no era eso lo que los humanos deseaban? Ahora comprendía por qué el Anciano no deseaba que se relacionase con más personas: Para evitar que los sentimientos que ahora sufría. Estaba condenado a ver todo pasar a su alrededor, ver todo nacer y marchitarse sin que el tiempo hiciese le mella.
Se levantó. No iba a conseguir nada así. Trató de concentrarse en otra cosa y se puso a elaborar unos informes que debía entregar el Lunes. Ese era otro de los inconvenientes de no envejecer. Cada cierto número de años debía de cambiar de identidad, de casa, de trabajo, e incluso de los pocos amigos que así era capaz de conseguir. <<Realmente>> pensó, <<esto es una horrible maldición>>.

II

Eva salió precipitadamente de la ducha, se secó las manos y la cara con poco esmero y contestó a la llamada que llevaba un minuto haciendo vibrar el móvil. No conocía el número, así que tenía la esperanza de que fuese él.
– ¿Di... Diga? – Estaba muy nerviosa, casi tambaleándose.
– ¿Eva? – La voz de Alejandro estaba al otro lado de la línea –. Te prometí que te llamaría, ¿recuerdas? ¿Qué te parece si vamos a cenar por ahí esta noche? Será divertido.
– ¡Por supuesto! Eh... Quedamos en el café del otro día a las nueve, ¿Te viene bien?
– Allí estaré. Hasta luego... preciosa – Dijo, y colgó sin dejarle tiempo siquiera a respirar.
Eva se quedó muda. ¿Dónde la llevaría? ¿Qué debía ponerse? ¿Formal o informal? ¿Muy pintada o casi al natural? ¿De verdad la había llamado “preciosa” o habían sido imaginaciones suyas? Con todo esto en la cabeza se terminó de secar y fue corriendo a vestirse. Aún faltaban varias horas para la cita, pero aún tenía que decidir qué ponerse...
Alejandro dejó el móvil sobre su escritorio y apagó su portátil. Sonreía. Por primera vez en muchos años era realmente feliz. Suspiró y alejó de su cabeza la imagen del Anciano, que le atormentaba desde que la semana anterior había aceptado la invitación de Eva. Preparó la ropa que iba a ponerse y se sentó a ver la televisión un rato antes de ducharse.

* * *

El restaurante “Piccola Italia” era uno de los mejores de la ciudad, y no solo por su elegancia y su fabulosa comida, si no porque no importaba cómo fueses vestido o que presencia tuvieras, siempre te trataban de la mejor manera posible. Era uno de esos lugares donde las parejas jóvenes sin grandes ingresos iban a comer una vez al año para conmemorar algún evento emotivo entre ellos. Alejandro disfrutaba viendo sonreír a Eva. Su felicidad le hacía sentir bien por dentro. Ella, nerviosa, no paraba de hablar sobre cualquier tema, por muy absurdo que fuese, mientras él la observaba sonriente.
Acabaron sus respectivos platos y se miraron absortos unos segundos, hasta que ella se sonrojó y apartó la mirada. Pidieron la cuenta y Alejandro le obligó a guardar su monedero, insistiendo en pagar él mismo.
Salieron del restaurante y pasearon por el muelle bajo la luz de la luna llena. Eva se detuvo un instante y lo miró fijamente a los ojos. Sin pensárselo dos veces se lanzó a sus brazos, besándole torpe pero intensamente. Alejandro le correspondió encantado, y continuaron abrazados durante un largo tiempo. Pasó el tiempo y continuaron su largo paseo, ahora bien agarrados el uno al otro, pero ella rompió el tierno silencio que les rodeaba:
– Alejandro, tengo que volver a casa. Mi abuela está dormida, pero aún así no es bueno dejarla tanto tiempo sola. De verdad que lo siento. Quiero pasar contigo el resto de la eternidad...
– No importa, te comprendo. Te acompañaré a casa. Estas calles no son seguras para una chica tan guapa como tú.
Ella se sonrojó y le estampó un delicado y suave beso en los labios, tan tierno que Alejandro sintió que se derretía por dentro, olvidando por unos segundos su condición. Anduvieron hasta la casa donde Eva vivía con su abuela, su única familia, y en el portal del pequeño adosado, como dos colegiales, se dieron un nervioso abrazo de despedida.
– Espero verte mañana – Dijo ella.
– Vendré a recogerte sobre las once y llevaremos al parque a “Poochie”.
De vuelta a casa, Alejandro tuvo una extraña sensación. Tomó un atajo por un callejón para no tener que rodear toda una manzana y algo se interpuso en su camino. El gruñido de un viejo borracho le indicó que aquella situación no podría acabar bien. La escasa luz que llegaba desde la calle que acababa de abandonar reflejó el brillo de un cuchillo. Alejandro intentó disuadir al pobre mendigo, pero nada parecía hacerle entrar en razón. El sin-techo le lanzó contra él y, sin darle tiempo a reaccionar, hundió la hoja entre las costillas de Alejandro. Éste, sin inmutarse, comenzó a sentir ese cosquilleo que ya le era tan familiar. Y sonrió. Comer no era suficiente para vivir eternamente. Sus ojos destellaron con una blanquecina luz propia y agarró al viejo por las mejillas. Abrió bien la boca a escasos centímetros de su agresor. El alma de aquel desgraciado acabó en su interior, atrapada como muchas otras durante todos esos años.

* * *

Alejandro despertó en el suelo de su cocina. Al principio se extrañó un poco pero luego recordó los sucesos de la noche anterior y se levantó la camisa. Nada. La herida ya estaba curada. <<Supongo que algo bueno hay en ser inmortal>> se dijo encogiéndose de hombros. Se levantó. Como después de cada “consumición”, todo el cuerpo le dolía horrores. El alma de ese desgraciado se resistía a ser absorbida del todo. Fue hasta el cuarto de baño y se miró al espejo. La maldición solo le obligaba a alimentarse una o dos veces al mes, y luego perdía la consciencia durante el tiempo que su cuerpo asimilaba la nueva alma que acababa de adquirir. Eva nunca debía verle a sí, debía aprender a controlarse. Entonces recordó su cita con ella y miró el reloj: Las 10;45. Sobresaltado se puso algo limpio, se arregló un poco y salió disparado sin olvidarse de las llaves en el último segundo.
Mientras avanzaba casi al trote volvía a comprobar la hora. ¡Maldición! Ya llegaba diez minutos tarde. Aceleró aún más el paso y se detuvo en seco al girar la última esquina. Sirenas, ruido, bullicio,... Algo pasaba frente a la casa de Eva. Corrió con todas sus fuerzas y llegó junto a la multitud, abriéndose paso a empujones. En ese justo instante, los médicos trasladaban una camilla hasta la ambulancia desde la casa de Eva. El corazón se le aceleró y las lágrimas se agolparon en sus ojos. <<Por favor, que ella esté bien>>. Apenas podía pensar. Se adelantó ignorando al guardia que gritaba insultos tras él y se acercó. Una mujer mayor ocupaba el camastro que los médicos subían a la parte de detrás. Suspiró aliviado. Entonces la vio, apoyada en el marco de la puerta de su casa, casi sin poder tenerse en pie. Alejandro corrió a su encuentro y ella se derrumbó en sus brazos.
– ¿Qué...? – Empezó a decir él.
– Ocurrió durante la noche. Cuando llegué todo iba con normalidad, dormía tranquilamente. Pero cuando he ido a despertarla...
Un nudo en su estómago le impidió continuar. Abrazó a Alejandro con fuerza antes de atender a un médico que reclamaba su atención. Le dijo que ya estaba todo listo y que trasladarían a su madre al tanatorio. Ellos podrían seguirles en el coche o ir con ellos. Eva decidió coger su propio coche.
– Déjame conducir Eva, no creo que estés en condiciones de...
– No – Cortó en seco. Parecía molesta con el comentario. Se secó las lagrimas y añadió – Estoy bien, solo ha sido la impresión de verla... así.
La ambulancia salió mucho antes de que ellos arrancasen. Eva aceleró más de lo debido y Alejandro notó que algo iba mal. Otra vez esa sensación de malestar... Estaban a las afueras de la ciudad, cerca del hospital cuando ella fue a secarse una lágrima que corría por su sonrojada mejilla. Un coche apareció de la nada y se les echó encima. Eva dio un volantazo y, sin poder hacer nada, se salieron de la carretera, dando varias vueltas de campana y chocando contra un robusto árbol.
Alejandro salió del coche, con sus heridas cicatrizando al instante, y se acercó a trompicones al cuerpo de ella, que había salido disparado a varios metros. Se arrodilló a su lado y comprobó su pulso. Nada. Estaba muerta. Alejandro no quiso creerlo y lo volvió a comprobar. La zarandeó y finalmente la abrazó con fuerza, sollozando. Comenzó a llorar y sus lágrimas cayeron sobre la frente de Eva. El joven deseó entonces con toda su fuerza devolverle la vida, y la apretó contra su pecho. <<Daría mi vida por devolverle la suya>> dijo en voz baja, mirando al cielo, <<mi vida por la suya. Por favor...>>.
La abrazó con todas sus fuerzas. Un enorme calor los envolvió, y Alejandro, asustado, quiso moverse, pero no pudo. Durante unos minutos, una intensa luz los rodeó, brillando más que el propio sol. Sintió como todas las vidas que había arrebatado se escapaban de su ser, concentrándose en Eva. Solo cuando aquello acabó y Eva abrió los ojos, lo comprendió: Había entregado su don, su inmortalidad, por ella. Se acabó absorber almas, se acabó el ver todo marchitarse a su alrededor. Era libre al fin. Por fin era lo que siempre había deseado, una persona normal.
Eva balbuceó algo y luego cayó inconsciente. Alejandro se levantó en cuanto oyó la sirena de la ambulancia con los ojos anegados de lágrimas. Dejó a Eva en el suelo y, tras cerciorarse una vez más de que volvía a tener pulso, comenzó a correr para alejarse del lugar. Si los médicos veían que no tenía ni un solo rasguño después de tan aparatoso accidente se harían preguntas. Preguntas que era mejor evitar. Escondido tras unos arbustos observó como se la llevaban al hospital. Iría a verla más tarde. Ahora debía hablar con el Anciano de lo que le había ocurrido. No le iba a gustar, le castigaría, pero tenía que asumirlo. Amaba a Eva. Lo había hecho por ella. Él debía entenderlo.

III

Alejandro cayó de rodillas y escupió sangre. El “Anciano”, rojo de ira, le golpeó una vez más, tumbándolo por completo. A pesar de su apodo, aparentaba poco más de diecisiete años, pero poseía una fuerza antinatural, más fuerza de la que el lastimado cuerpo normal de Alejandro podía soportar.
– Por favor, yo...
– ¡NO VUELVAS A ABRIR LA BOCA SIN QUE TE LO DIGA! – El Anciano pateó el estomago de Alejandro un poco más.
Al fondo de la enorme sala revestida de madera, uno de los “bendecidos” miraba con atención el cuerpo del joven, que se retorcía de dolor. ¡Dolor! Hacía tanto que lo había olvidado.
– Anciano, no creo que sea bueno tantos... – A pesar de no tener sentimientos, aquella visión de su mejor amigo le revolvía algo en el interior.
– ¡CÁLLATE TÚ TAMBIÉN! ¡FUERA DE AQUÍ! ¡DÉJANOS SOLOS!
El Anciano se volvió hacia el ovillo sangrante que tenía a los pies y le ayudo a sentarse. Le miró un rato en silencio y el pesar inundó su rostro.
– ¿Por qué, Alejandro? Te di la vida eterna, te entregué el mayor don posible, lo que la humanidad ha buscado desde el principio de los tiempos: Evitar la muerte. ¿Y así es como me lo pagas? ¿Entregándolo por salvar la vida a una zorra que a penas conoces? Me das lástima. Sabes lo que esto significa, ¿no? Ya no eres miembro de nuestro selecto grupo. No debes saber que existimos si no eres uno de nosotros...
– Por favor, no, Anciano. No... – Alejandro abrió los ojos de par en par. Se arrastró para alejarse de él con las pocas fuerzas que le quedaban.
– Son las reglas, imbécil. ¿O creías que estas también podías saltártelas? Debes perder la memoria de todos estos años que has vivido como inmortal. No puedes saber de nuestra existencia, ni siquiera que somos tu familia.
– Pero entonces no conoceré a Eva... – Una lágrima se mezcló con la sangre que le caía de la frente –. Deja por lo menos que ella siga conociéndome, o que nos podamos conocer en poco tiempo. Por favor, Ricardo...
– ¡NO ME LLAMES POR MI NOMBRE! ¡MUESTRAME EL RESPETO QUE MEREZCO! – Soltó otro puñetazo contra su demacrado rostro -. Ella jamás sabrá de tu existencia. Te mandaré a donde ella nunca pueda encontrarte.
Dicho esto, puso la yema de su dedo índice sobre la ensangrentada frente y Alejandro cerró los ojos. Las lágrimas le caían a por las mejillas, pensando con toda su alma en Eva, en su cálida sonrisa, en sus suaves labios,... Y todo se volvió negro de repente.
El Anciano se levantó y cogió el cuerpo inconsciente del chico. Salió de la sala y se encontró con aquel a quien había gritado antes.
– Lleva a Alejandro a un médico privado y créale unos recuerdos nuevos. Que encuentre una oferta de trabajo en alguna gran capital europea, París, Berlín, Londres... Aléjalo de aquí. Yo iré al hospital a... visitar a esa tal Eva.
– Así se hará, Maestro – Dijo con una reverencia. Tomó el cuerpo de su amigo y salió de allí.

Epílogo
Alexander cerró la puerta de su casa y salió disparado hacia el metro. Otra vez llegaba tarde a su trabajo de contable de una conocida empresa. El frío de la mañana londinense le caló en los huesos, estremeciéndole.
En la estación de Russell Square, sacó una tarjeta azul del bolsillo de su abrigo y la pasó por el detector. Las hojas dobles le permitieron el paso y salió disparado hacia el ascensor que estaba ya cerrando sus puertas. Por el camino tropezó con una joven que llevaba una carpeta y un café, derramando éste por todo el enlosado suelo.
– Oh! Sorry! I’d... – Entonces vio su rostro. Habría reconocido aquellos ojos hasta en la más abarrotada calle. Su suave pelo cobrizo, sus grandes ojos oscuros, su cálida mirada. Había algo en ella que le resultaba desesperadamente familiar, algo que realmente echaba muchísimo en falta. Todas las imágenes de su corta relación pasaron fugazmente por su cabeza, liberadas por aquella mirada. Atentos a las miradas de los que habían perdido el ascensor, los dos jóvenes se miraban absortos, abrumados por la misma sensación. El chico solo alcanzó a decir una cosa –. Eva...
– Alejandro... ¿Eres tú? – Los ojos de ella se enturbiaron por las lágrimas.
Había soñado todas las noches durante seis meses con aquel chico y ahora lo tenía delante. Sin decir nada más se besaron con ternura, como si lo hubiesen hecho durante muchas vidas...

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