Tres horas de ayuno. Así que sigo soñando porquerías para no pasar hambre sin mi alimentación esencial del día que es el desayuno.
Sueño imágenes distendidas del aparato que me espera en el blanco inmaculado del hospital, simulando no ser sucio, excusándose con higiene.
Intenté, con relativo éxito, pasar todo el fin de semana ignorando lo que me esperaba el lunes por la mañana en Fleni. Decidí, conciente, sumergirme en su inevitable presencia en mi vida de aquí en adelante, tratar el tema como devenir cotidiano, hacerlo costumbre, permitir que la ignorancia del procedimiento de determinados estudios den lugar a una suerte de dejadez impersonal que suelo envidiar. Todo esto luego de haberlo nombrado ante cuatro o cinco personas y haber obtenido una cara de “angustia a lo vivido” como respuesta o a una desviación al tema de la claustrofobia, desviación más que pertinente al referirse a una resonancia magnética.
Supe de antemano, debido a innumerables visitas las ultimas semanas por el hospital, que se encontraba en el segundo subsuelo, pero recién al bajar el ascensor, pude concientizarme que morbosidad tal no podía estar ubicada en ningún otra parte, mucho menos cerca de la tierra y ni hablar cerca del cielo. Cierta idea de que su ubicación haga juicio a su condición me resultó divertida, siempre entre los limites que una diversión es permitida antes de someterse a una resonancia magnética.
Le entrego mi prescripción médica a Salvador, el recepcionista más secretaria que cualquier otro que me haya atendido jamás. Él comenta con sus colegas la tortura que le espera quedándose de guardia, mientras lo resalta con una exclamación de agobio típico de una mujer empleada pública estresada, mientras hace fotocopias de mi prescripción y la sella, mientras yo deseo intercambiar torturas con Salvador y que el se meta en ese tubo a cambio de un reemplazo, mientras yo lleno un cuestionario con preguntas tales como “¿sufre de claustrofobia?” o “¿cuáles son sus síntomas que llevaron a hacerse el estudio?”, mientras mi padre me pide que no me explaye en la segunda pregunta enunciada, mientras pienso en sus inevitables formas de hacer invisible mi cuestión neuronal, mientras veo aquí la causa de mi incesante manera de exigirme en todo (mientras la agradezco en cierto punto).
Recién ahora recuerdo por qué tengo en la mente el nombre de Salvador, por qué lo busco entre su uniforme: la sensación de estar a punto de ser estudiada desde tu cerebro es una sensación casi apocalíptica, pienso. Y no es pura subjetividad. Reconozco que esa mañana me desperté sintiéndome mas desnutrida y ojerosa que nunca y sé que seguía con el mismo peso y las mismas marcas de siempre; pero también me alimentan esta sensación terminal signos ajenos a mi estado de pre-pánico: el camino hecho con cinta azul por ejemplo, adherida al piso en forma de caminito para niño o correa para perro o anzuelo para pez, y que te conduce hacia la sala de espera a la resonancia, y que en realidad solo intentan asegurar equilibrio en el espacio sin que cualquier discapacitado neurologicamente se introduzca en cualquier habitación cargada de rayos láser y extracciones de líquidos encefálicos. Otro alimento a la paranoia es in la innumerable cantidad de ciegos y en el amontonamiento de ancianos desorientados como si fueran infantes arrugados (y ni mencionar los pacientes de esclerosis múltiple)
La espera. Un sillón verde símil cuero en dónde caben exactamente mi padre, su diario, su celular sin señal con toda la desesperación de su desconexión que esto del subsuelo obliga, mi inseguridad toda encima de mi pequeño cuerpo, mi pie con el tic nervioso evidente, las ganas de reprochar mi epilepsia al padre que se sienta en este sillón, a la neuróloga que deambula en estos pasillos en forma de laberinto, en forma de conducción a un escondite o a lo inevitable, que es dejar en manos de otros, un par de desconocidos con títulos universitarios, tu debilidad.
La espera aquí no es como en cualquier otro tiempo previo a un diagnóstico, eso pienso. Ni en la espera de un test de embarazo, ni mucho menos en la de un colectivo o un amor (de esta ultima dudo un poco, quizá en la entrega se chocan demasiado, pero me resulta un tanto cursi decirlo así que me hago irresponsable escabulléndolo en un paréntesis).
Al paciente aquí no hay mucho que lo calme, algunos saben distenderse en mundos paralelos porque viven en otra realidad (les es sagradamente inevitable), pero otros, los que se reconocen sanos (por suerte) se hacen amigos de un pánico intimidante: que te estudien el cerebro ya suena de por sí algo extraño. Uno puede ocultar los mejores secretos en un psicólogo y en su mismísima vida cotidiana, pero en estos estudios de mecanismos neurológicos se podría ver toda mi brutalidad, la torpeza tan asentada en mí de por vida.
Entro. Va a ser corto, o largo, pero va a terminar. Entro pensando que me van a tratar bien, que va a ser un trámite más del que me esclavice hace un mes y medio atreviéndome a visitar un neurólogo o ser conducida por un clínico (que fácil ser médico clínico y no hacerse cargo de los hechos por tener una especialización en derivar) a un neurólogo.
Bombardean carteles de advertencia por todos los sectores del pasillo camino al vestuario. Carteles que piden advertencia al médico en caso de una sospecha de embarazo, o de un bypass. ¿Y si realmente tengo un embarazo? ¿Y si lo de los lunares significa que me operaron? Y veinticinco dudas más propias de un histeriquismo violento y fuera de la realidad, propias también de una imaginación que proyecta una suspensión temporal a la inevitable realización del estudio.
El medico radiólogo me llama por una desvirtuación de mi apellido el cual corrijo disimuladamente. Me saluda con la mano, como si acabáramos de firmar un contrato en donde yo le muestro mi cerebro y él promete usarlo a cambio de una buena salud.
Y no me trata mal. No exijo nunca un trato especial con el médico, pero le devuelvo la primera sonrisa de amabilidad con un gesto marcado de simpatía, manera implícita de pedirle que me cuide al menos un ratito, que me prometa que no me va a doler o que va a ser corto, de que me tenga compasión (aunque me avergüence la palabra “compasión”).
El médico es especialmente justo. Tiene un trato distante y amigable a la vez, se nota que trató muy bien a los primeros que le tocaron, que ahora gusta dar confianza sin enroscarse él mismo en el inevitable agobiamiento que tratar tan seguidamente con paranoicos suscita. Se nota que está hace mucho, que le gusta su trabajo y que lo hace con parcial dedicación. Me saco todo elemento metálico que llevo en el torso, salvo mi anillo, me deja quedarme el anillo, yo imagino que me va a dar suerte y me va a hacer doler / molestar menos. La vincha afuera, me repite, retiro mi vincha y dejo mi cabello impresentable para cualquier ocasión, incluso una resonancia magnética.
Me conduce a la sala en silencio, me explica como recostarme. Pienso que la posición es cómoda y que puedo soportarlo de la forma adecuada. Después vienen los audífonos y para peor el dispositivo de inmovilización, creado por una mascarilla enrejada con el tamaño exacto de la cabeza humana. Cierto aire de hipocondríaca que llevo comienza a torturarme asimilando esta mascarilla con un bozal de perro o con las mascaras de soldado romano épico y demás exageraciones que no logro soltar al ser introducida en el aparato. Él medico caracterizado como justo deja de ser tan amigable, se permite despreocuparse agregando que la mascarilla lleva un espejo situado justo para poder verlo a él trabajar en el otro lado del espejo que divide ambas habitaciones. Cuando el espejo se agote van a existir proyecciones de películas, cómo lamento la circunstancia histórica en la que vivo.
Sin permitir poder especificarme el tiempo que va a llevar el estudio, se esfuma el hombre de delantal blanco y yace mi cuerpo para desplazarse junto a la camilla dentro de esta unidad cilíndrica ya comenzada a sentirse insoportable. Ahora empiezo a entender esto de la claustrofobia. En realidad todavía no lo entiendo pero se sienta a reposar por todos mi cuerpo sin pedir permiso (definitivamente, la claustrofobia no tiene buenos modales). Y aquí los ruidos, primero breves y lejanos, difíciles de nominar. Me asusto, Mi cuerpo quieto en un momento de ansiedad importante, mi cuerpo sometido a un aparato, solo en una habitación, abandonado gracias a la posibilidad de conexión por un espejo, gracias a los audífonos que esta idea me hacen empezar a odiar. Y ahí el radiólogo prueba estos audífonos excusándose en un “¿Cómo estas?”. Lee explico que estoy mal, asustada, no me gusta esto. Se lo explico mal, concisa y aniñadamente, asustada, bruta como mi cerebro. No recuerdo cómo pero le permito empezar. No se lo permito con la palabra, se lo permite mi manera tímida de sentir miedo y carecer de expresión del mismo. Es tan cierta la sensación de achicarse cualquier intento de mujer al tener miedo. Y aquí los ruidos, ruidos que no pueden ser sonidos, que son maquinas afónicas, que son latidos robóticos a la vez. Y ahora necesito mecanizarme: cómo pasar el tiempo, cómo adormecer mi cuerpo, cómo ocultar mis fallas cerebrales, cómo hacer todo a la vez. Elijo descartar las preguntas más difíciles de responder y manipular, así que opto por aprender a serenarme de la manera mas independiente, sin nada más que un aparato desconocido y atroz para ayudarme y hacerme de enemigo a la vez. Pruebo primero la idea del espejo, a algunos les pudo haber dado resultado. Pienso en si es una buena idea esta invención del espejo, o si la conciencia de la coexistencia además de estar atada a un aparato es siniestra. No me gusta el espejo, prefiero cerrar los ojos. Y aquí los ruidos, y aquí eso y nada más (“eso” también me gusta para estas ondas sonoras insoportables, hacen participe el desprecio que les tengo). Y no soy objetiva respecto a este conjunto de sonidos y no me atrevo a describirlos de manera sensata. Y vuelvo al espejo. Me distraigo (logro distraerme) con el reflejo del reflejo. La sala de al lado, la que yo veo, esta conformada por computadoras y radiólogos que estudian paralelamente, dos resonancias, la mía y la del otro lado que es en esta oportunidad la de un ciego. El ciego termina antes que yo, lo veo moverse, lo envidio por saber esperar a que alguien lo saque, supongo que tiene más experiencia en estos estudios, me encanta el reflejo y me recuerda a una película de Win Wenders, me gusta mirarlo, al ciego, al reflejo, a la distracción que esto permite, a todo al mismo tiempo.
Y de a poco me voy sintiendo un tanto somnolienta, sueño de vez en cuando, más que despierta. Pienso los ruidos, hay una oscuridad y un sometimiento desagradable por momentos, necesito salirme. Sin embargo, tengo la capacidad de distraerme en instantes de inconciencia en donde aparece el hombre que me atrae, las cosas en las que me quiero convertir, la gente que detesto y demás cavilaciones baratas. Sin poder despegar en todo momento la idea de que me están leyendo algo propio que desconozco, me mente se desplaza al consultorio de mi neurólogo, que me espera el viernes. Y estamos enfrentados entre esa decoración moderna desagradable y él escribe recetas sobre la base de ese momento que paso en la resonancia. Y qué saldrá, y la incertidumbre tan humana que te hace doler entera.
Vuelvo a cerrar los ojos. Y vuelvo a abrirlos en un instante en que el reflejo que el espejo me ofrece denota la desaparición del señor radiólogo y justo. Hubo tiempos que se volvió a representar en los audífonos, en donde de la manera mas seca posible me advirtió ciertas repeticiones del proceso, me advirtió quedarme quieta (algo posible gracias a la reducción del espacio en el que mi cuerpo yace).
La desaparición del hombre me incomoda, pero logro sin demasiado esfuerzo distraerme mirando a los demás médicos trabajar en la habitación contigua. Se los ve más libres que nunca, caminando, manteniendo una conversación. Son los jefes de mi trabajo de hoy, son una comparación similar, son los que no tienen miedo.
Al final del procedimiento (sin saber que es el final), mi cuerpo se entristece y desespera. Esto tiene que terminar ya y yo tengo que correr en brazos de alguien y hacerme bolita para borrar el episodio que estoy viviendo.
Los ruidos se apagan. Sigo dentro del cilindro. La puerta hace un ruido y la enfermera acelerada viene hacer su trabajo. Corre apenas la camilla y yo intento salirme, sacar la mascarilla estrambótica de mi vista. Ella se alerta y me pide que no me mueva. Y aquí da lugar a lo menos esperado: una aguja, o mejor dicho “una inyección”, dice corrigiéndome. Yo empiezo a llorar, no puedo defenderme y tengo miedo a que mi enemigo, que es el aparato, no permita que mi cuerpo evite esa vacuna desconocida. Le empiezo a decir que no puedo, que mi sometimiento no incluía esto. Ella me pisa con una explicación de lo indispensable que es esta inyección para que el doctor me lea: a mi me importa un carajo. Lloro como nerviosa, haciendo juicio a un pánico acumulado que fui anestesiando durante mi estadía en el cilindro, y que ahora empieza a despertar en movimientos torpes y pausados. Que me saque, inmediatamente, nadie me va a pinchar después de lo que acabo de pasar. Mi negación es ahora irremplazable, caprichosa. Sufro con llevar mi cuerpo, no puedo encima agregarle un pinchazo, no al menos en este momento. Ella no intenta tranquilizarme sino explicarme sus condiciones. La noto tan ajena y tan hinchada de situaciones similares, que no confío (y encima lleva delantal verde en vez de blanco). En el momento menos indicado, teniendo aún la mascarilla y todo el equipamiento, me asegura dejar salir con la condición de firmar un papel que explique mi negación a hacerme un contraste. Lo llama contraste, para mí es en ese momento una inyección, nada relacionado con un contraste, una simple aguja que es demasiado sometimiento. Dejé atarme, ¿ahora también tengo que permitir un pinchazo? Esto me parece injusto hasta el punto de hacer el capricho cada vez mas aniñado, mas vergonzoso. Le firmo sin salir, ni me pregunto qué firmo. Más tarde río pensando que podría haber hipotecado mi casa o haber donado uno de mis órganos: lo importante era salir del aparato. Me desatan, van retirando el audífono, la mascarilla, el almohadón. Ella me mira con un leve desprecio que se entrelaza con una culpa manifestada en un vaso de agua mineral, o el acompañamiento hasta el vestuario. Ser médico a veces sólo se trata de desligarse de cualquier inconveniente, evitar la responsabilidad (gracias a eso la abundancia de ansiolíticos). Me dice que tendría que haber avisado que era claustrofóbica, y yo qué sabía que era claustrofóbica, y además, yo no soy claustrofóbica. Ahí la bronca, todavía me tengo bronca. Ya en el vestuario lloro con pena, doy cuenta de mi capricho y me esmero por no hacer demasiado ruido. Los médicos alrededor saben mirarme con prejuicio. Otra histérica más, nadie se ofrece a preguntar si el llanto es el de todos o una novedad. Leen mi tristeza del momento como una figurita repetida, ni siquiera necesitan darle un vistazo detallado.
Vuelvo a hacer el camino en forma de laberinto que me conduce a la espera de mi padre. Esta vez estoy desorientada, me siento tonta por no haberlo soportado, débil, me arrepiento. Mi estado se sumerge en mareos en donde las cintas azules adheridas al piso colaboran muchísimo. Ahora las entiendo, las dejo de juzgar.
Y llego hasta mi padre que me espera leyendo. Estoy aturdida, debe ser la sensación que dejaron los ruidos de la máquina, o la idea de volver a existir alrededor de tantos ancianos y tantos ciegos. Le explico que no me animé al contraste, me lo reprocha advirtiendo que soy muy nerviosa, que voy a tener que repetirlo. Me parece el momento menos indicado para hacerme saber algo que ya sé, que me comporté como una estúpida. Así que dejo que añorar el abrazo y el hacerme bolita y salgo a la calle llorando a fumarme un cigarrillo.
Puedo evitar la tragedia adolescente que desata someterme a todo esto tan seguido, de hecho me parece indispensable para sentirme bien. Detesto la tragedia, siempre tuve una relación cínica, me agobia su existencia y está escrita en muchos libros. Es únicamente esta excepción en donde dejo salir el gas que voy reteniendo, la excepción de una resonancia magnética. Supongo que la cotidianeidad de ésta, lo hace soportable y casi mecánico (un típico tedio inevitable); pero para mí es una novedad y cuesta asimilarlo. |