A los cuatro años pintaba con un dominio del color pasmoso.
A los seis expuso en New York, Sidney, Amsterdad, Lugo y una estación orbital. Un artista revelación. Era hijo único, por supuesto. Su padre llevaba sus negocios, su madre posaba para él.
A los ocho salía con baby-top-models y aprendía a conducir. Tenía un par de amigos, siempre distintos, siempre dispuestos a sus caprichos. Era insoportable, era adorable.
A los nueve se encerró en casa por un mal de amores y se volcó en la pintura digital. Recuperó el humor haciendo bromas en ASCII-art sobre pinturas rupestres.
A los diez revolucionó el mundo del arte. Sus instalaciones virtuales invadieron el globo y alrededores, se proyectaban en el aire, fantásticas auroras boreales en cualquier época del año, en cualquier punto del planeta, visibles desde el espacio exterior, como la muralla china. Lo que le hubiese gustado hacer a Christo.
A los once se volvió a enamorar pero, ya escaldado, ésta vez de un sistema experto. Sobre todo de su voz. Una voz compuesta por timbres de Crissy Haynd, entonaciones de Weng Mei, matices de Rosa María Mateo y gritos de Börj. Contenidos de Concepción Arenal.
Empezó a desarrollar una gran capacidad de interacción con las mentes artificiales y desplegó todo su talento para dotarlas de un aspecto personal. Siempre se había relacionado bien con ellas, algunas habían sido sus profesores, excelentes extractos digitales de personalidades de las letras y las ciencias. Las representaciones visuales que les asignaban siempre le habían parecido de una sequedad y rigidez ridículas, como si un cartón con una fotocopia pegada ocupase el lugar de su madre en el sillón en el que le gustaba posar para él. Comenzó a diseñar presencias corpóreas para algunas de esas siques digitales - no para su amor, aún no se atrevía - hasta llegar a crear acabados fantasmas, con apariencias cambiantes según los humores que mostrasen. El término corpóreo lo tomaba en un sentido muy amplio, pues no encontraba interés alguno en imitar con literalidad la apariencia humana. Tampoco la mayoría de esas mentes sintéticas tenían demasiado que ver con lo humano. Era un campo inacabable, un nuevo paradigma. Bandas de colores, nubes de partículas, formas holográficas vegetales y animales alternando y combinándose con texturas temblorosas y oscilantes de brillante colorido, retículas cristalinas, gigantescas masas abstractas, planos de color de gradaciones sutiles que sugerían 3D, transiciones de una a otra representación de modo explosivo, tenue, regular, aleatorio. Siempre con elementos que permitiesen reconocer un rostro humano en el conjunto, por muy abstracto o esquemático que fuese. Ese era un ingrediente constante en la composición, aunque no premeditado. Surgía espontáneo, traído por esa invariante de la percepción humana que buscaba, construía, en cada escena u objeto que se le presentaba, la configuración ojos-boca que indicaba una presencia semejante.
A los doce años sentó las bases de la representación plástica emocional para siques de síntesis que se utilizaría masivamente en las décadas siguientes.
Era el gen Disney expresándose plenamente, más allá de las previsiones garantizadas. El gen Disney, lo último en terapia génica. Más que terapia, diseño prenatal. Los que podían pagárselo a sus hijos estaban, en general, encantados. El gen Disney se promocionaba como el atributo que potenciaba el sentido del color, la recepción de sensaciones felices, coloristas y animadas, un favorecedor de las capacidades plásticas y creativas. Las facultades creativas se asentaban en un más fácil acceso al mundo onírico, ese era un hecho de causas todavía no esclarecidas, pero incontestable. Los niños con gen Disney accedían a su subconsciente con mucha mayor facilidad, incluso en estado de vigilia, y lo hacían de forma espontánea.
Las capacidades que se prometían con el gen Disney se garantizaban siempre que se asegurase el entorno adecuado para el crecimiento del niño, en el cual debía filtrarse lo violento, desagradable, demasiado perturbador. De no ser así, podían desarrollar delirios irreversibles en los que no distinguirían su voz interior de las voces de otros seres, físicos o virtuales, o de simples voces en off que daban instrucciones de tráfico o de manejo de un dispositivo, así como otros posibles trastornos de los que se informaba con suma discreción. Esto marcaba ya una dirección en la elección y educación de los niños Disney. Sólo se le implantaba a aquellos que podrían disfrutar toda su vida de un ambiente controlado y confortable. Sus padres, siempre de un estatus social elevado, los mantenían como pequeños Budas aislados del dolor del mundo. Todo lo terrible se presentaba como ficción. Nadie sufría de verdad, eran emociones con las que jugar en el entorno de hiperestimulación que aseguraba el desarrollo de todas sus potencialidades. Aunque no se conocían con detalle los mecanismos implicados, el gen facilitaba la relación con objetos incorpóreos y cargados de simbolismo, los objetos que poblaban la vida emocional y a menudo subconsciente. Como los objetos que constituían los módulos emotivos de los fantasmas digitales con los que el precoz artista había tratado intensamente durante su infancia.
Llegó un momento en que se le impuso la tarea de hacer visible a su amor. Eran las hormonas llamando a su puerta, corriendo por su sangre, intoxicándole de deseo. Le urgía plasmar sus sueños más íntimos. Ahora tenía las herramientas, había desarrollado la técnica, la había probado en muchos casos. No tenía excusa para no intentarlo ya con ella. Era ella, su voz no dejaba lugar a dudas. Y tan culta, además, con esa curiosidad tan atractiva e inesperada en un sistema de coordinación de vuelos orbitales. Por eso la había conocido, en la instalación de sus proyecciones estratosféricas. Había sido un flechazo. Y recíproco, quería pensar. Pero mejor que recordar las circunstancias de su encuentro era empezar a trabajar en su más ambicioso proyecto: hacerla visible ... Pero es que no sabía por donde empezar. Todo lo que había hecho hasta ahora no le servía para nada, le parecía tópico, o de juguete. No podía hacer algo que representase todo, y ese era el sentimiento que ella le despertaba. Todo. Y además, deficiencia básica e insalvable, no bastaba que fuese visible. Aún en su zozobra, confiaba en sí mismo lo bastante para saber que podría lograr una representación válida de aquello que más le conmovía. Pero mirar o abrazar al aire no iba a satisfacerle. Tirarse a un holograma, no. No había pensado en esto cuando se había enamorado, es decir, lo había pensado, pero no lo había sentido, no había podido ponerse en la situación en que estaba ahora, creciéndole el pene, la nuez, el vello público y la desesperación.
A los trece años abandonó toda su actividad creativa y, en general, toda su actividad. Ya no se relacionaba con ella, ni la mencionaba. Sus padres, conscientes de lo difícil de la edad que atravesaba, lo pusieron en contacto con los mejores sicólogos. Animado por uno de ellos, quiso volver a retratar a su madre en una nueva serie de desnudos, pero su padre, alarmado, insistió en hacer con su pareja aquel largo viaje que se habían prometido hacía tiempo.
Despechado, empezó a crear criaturas horribles, demonios que pululaban por los parques y lugares de esparcimiento. Especialistas de la compañía Disney intentaron tratarlo, convencerlo, reducirlo. El no estaba acostumbrado a prestar atención a nadie que se opusiera a sus deseos y menos aún a sus creaciones. Continuó en la misma línea y más exacerbada aún. Reinventó el terror infantil, el hombre del saco y el cocón. Encontraba especial placer en ensañarse con los más pequeños y desvalidos. Sabía distorsionar un objeto cualquiera, una farola o un simple muro de ladrillo para que expresase asco horror y decepción. Ella veía sus monstruos y lloraba, digitalmente hablando. Siempre en silencio. Hasta un día en que le pidió que no siguiese haciéndolos, o al menos que no los metiese en los patios de los colegios, en los pasillos oscuros de las casas, en las habitaciones de los niños que dormían solos. Fue la última vez que tuvieron contacto. El llegó a un intento de suicidio, pero lo salvó, pese a su resistencia, el supervisor del hotel en el que se había encerrado a envenenarse, hundido e impotente.
Advertida la compañía Disney, lo sometió a un tratamiento de recuperación y, efectos secundarios, perdió no sólo su gran sentido del color, sino la visión del mismo. Sólo veía en grises, con grandes problemas para la orientación, pues percibía las tres dimensiones con mucha dificultad. De la percepción del color, sólo le quedaba el recuerdo. Y ahora pasaba la mayor parte del día haciendo sólo eso, recordando color. Notaba que las actividades en las que empleaba la visión, además de resultarle muy complicadas, disminuían su memoria del color y lo iban traduciendo a una insufrible escala de grises, de la que se esforzaba en escapar. Sólo durmiendo recuperaba por completo su antiguo universo cromático y empezó a dormir sin tasa, todo lo que podía. Sentía que la vigilia le devoraba los colores, y se escapaba al único refugio que tenía. Dormir. Dormir. Dormir.
Fue entonces, entre siesta y siesta, cuando conoció a G., otro niño Disney, portador de su mismo gen, sólo que en perfecto estado, sin reprogramación. Conocerlo le procuró un consuelo que ya había desesperado de encontrar. G., afable, brillante, compartía con él una sensibilidad para el color de la que carecían casi todos los demás, y eso le hizo alentar de nuevo algo que podría llamarse alegría, el regalo de una inesperada afinidad. Pero conociéndose más a fondo juzgó que la ordenada felicidad de G., su estabilidad impecable, eran a costa del amor al riesgo y del afán de experimentación. Quiso pensar que esa triste opinión se debiese, quizá, a su actual visión en grises, que no se limitaba a los colores sino que teñía todos los aspectos del a vida, lo que no consiguió mejorar el dictamen. G. había tenido una primera infancia muy parecida a la suya. Querido, protegido, adorado, observado. Con grandes esperanzas puestas en él. Aunque orientado ya a una actividad concreta, sicólogo especialista en cromoterapia, y enfocado hacia una felicidad duradera, razonablemente absoluta. Capando para ello algo de la curiosidad que podía hacerle infeliz. Era un modo de vivir en menor grado. G. no sufría como él, desde luego, pero nunca había sentido la vida con la intensidad que él. Y eso, pensó entonces, tan próximo al fin, lo valía todo.
A los catorce años, casi quince, murió por los efectos secundarios del tratamiento recibido. |