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Participante 46 - Concurso Nación Rolera - 0 Comentarios - Puntuación: 40 puntos (VOTAR)
Perdida, prostituta, cualquiera. Puta. Su voz resonaba en mis oídos una y otra vez como tañido de campana. Apuré el paso tratando de no fijar mi vista en nadie, en mi mejilla izquierda el escozor de un golpe...
Perdida, prostituta, cualquiera. Puta. Su voz resonaba en mis oídos una y otra vez como tañido de campana. Apuré el paso tratando de no fijar mi vista en nadie, en mi mejilla izquierda el escozor de un golpe, que provocaba un cosquilleo semejante a un latido recorría una línea desde el pómulo hasta el oído.
Tenía crispados los puños y en contraste, en el rostro, la mejor mis sonrisas: Sin lugar a dudas, en un día mejor, me habría asegurado un acostón o por lo menos una nueva aventura.
Entré al restaurant y le pregunté al primer garrotero que encontré en dónde localizar a Diego Fanjul, mi mejor amigo. Me señaló el privado al fondo del local y ahí me dirigí con andar seguro, consciente de las miradas puestas sobre mí, en su gran mayoría masculinas.
Toqué a la puerta y entré sin esperar respuesta. Diego levantó la vista del libro de ingresos en el que trabajaba y entornó la mirada clavándola en mi mejilla hinchada; por toda respuesta me alcé de hombros, mientras lanzaba la chaqueta y la bolsa en el asiento de junto y me senté en uno de los sillones de la sala de estar frente al escritorio.
“Supongo que es el precio a pagar por una noche de insana diversión”, mi voz sonó más monocorde de lo que deseé. “No entiendo por qué los escoges violentos”, su voz ronca tenía un dejo de censura; sin embargo, sus ojos eran divertidos, como si lo sucedido fuera una lección por mi mala conducta. “Sin perversión no hay diversión”, entrecerré los ojos en ademán lujurioso y él estalló en carcajadas, al tiempo que ponía sobre mi mejilla una lata de soda helada.
Se sentó frente a mí y me envolvió con su mirada de dulce comprensión, eso era una de las cosas que más detestaba de él, su poder de tolerancia. Yo sabía que me amaba. Me amaba tanto o más de lo que me deseaba. Durante años, rehuí con todas mis fuerzas el hecho de una inminente relación con él.
Lo conocí en el umbral de mi adolescencia en uno de los pisos multifamiliares en los que vivíamos; yo con mis padres y hermanas, y él con un tío segundo que aceptó hacerse cargo de su educación cuando sus padres murieron.
Todo apuntaba a que nuestros destinos serían diferentes. Diego con el sabor amargo del abandono involuntario de sus padres, con la tragedia a cuestas, bajo el estigma de los arrimados. Cualquiera en su lugar hubiera sucumbido a las tentaciones de la calle; pero nunca él, tan listo y dedicado, siempre vestido de limpio y noble hasta lo indecible. Se graduó primero en su clase, consiguiendo una beca para una universidad privada. Con mi ayuda consiguió un trabajo como modelo para pagar sus cuentas, y por la noche comenzó como garrotero en uno de los mejores restaurantes de la capital. Cualquier persona ajena a su vida no hubiera entendido la razón de su comportamiento, pero yo sabía cuáles eran sus metas y tener algo propio era, quizás, la más importante en su vida.
De vuelta a la realidad, bajé la vista a mis manos perfectamente manicuradas y después a las puntas de mi calzado de diseñador: yo era una creación modelada por mí misma. Hija de familia de clase media, nunca me interesó el dinero en demasía. Siempre he sido inteligente, pero no dedicada; y cuando tuve que decidir el sentido en el que correría mi vida, lo hice pensando más en mi realización personal que en mi futuro como tal.
No había una sola zona de mi cuerpo que no hubiera sido moldeada en un gimnasio. El pelo largo y del color adecuado. Me operé la nariz al cumplir los quince años porque pensé que no era simétrica con el resto de mi cara... y por un tiempo pensé en inyectarme colágeno en los labios, pero desistí a instancias de mi amigo Diego, mi conciencia.
“¿Cuándo dejarás esta vida que llevas?” Su voz me trajo de vuelta. “Supongo que cuando sea una momia incapaz de levantar a un hombre”. Él no quitaba los ojos de los míos: sus ojos eran de color avellana, llenos de matices sobre mis ojos verdes y fríos como esmeraldas. Ésa era una analogía que Diego usaba con regularidad. No comparaba el color de mis ojos con el de las esmeraldas, más bien decía que poseían el frío brillo de las cosas muertas, de los objetos inanimados… carentes de sensación, ojos viejos.
Él esperó pacientemente a que terminara de pensar lo que fuera que estuviera razonando, encendió su cigarro y deslizó el humo por entre sus labios apretados, mientras depositaba la bola de cerámica negra que contenía el encendedor con manos firmes y se llevó el cigarro nuevamente a los labios en espera de aquello que tenía que contar. Me removí inquieta en el asiento debido a que por mas que él hubiera querido disimularlo, me comía con la vista, con una suave danza sus ojos se desplazaban de mi rostro a mis piernas torneadas, y de ahí a la suave curva de mis senos enfundados en la blusa de seda, que los envolvían como una suave caricia provocando que mis pezones despertaran con su solo roce.
“Estoy esperando la reseña de tu nueva conquista”. Controlaba todos sus movimientos, incluyendo el timbre de su voz, jamás podría hacerme sentir juzgada. “No hay mucho qué contar, porque sólo ha sido un free, algo sin importancia.” Cerré los ojos abandonándome a la sensación helada de la soda sobre mi rostro, mientras se mezclaban recuerdos de la noche anterior.
“Podrías haber escogido otra noche”, rió muy a su pesar. “No fue buena idea ligarte a otro hombre mientras tu novio inauguraba su galería de pintura.” Dejé escapar el rumor de una carcajada traviesa. “Estaba verdaderamente aburrida, Diego, y él era tan agradable… Me hizo reír muchísimo. No sabía que… ah… mmm.” Traté de recordar su nombre susurrado en medio de besos ardientes y caricias que marcaban mi cuerpo. Al fin me di por vencida en medio de una risita tonta, ni en mil años hubiera recordado su nombre. “En fin, no sabía que era hermano de su agente,” declaré encogiéndome de hombros.
“¿Hubiera significado alguna diferencia?” me cuestionó. “No, en realidad. Pero tal vez hubiera esperado a salir del lugar en vez de encerrarme con él en su estudio.” Diego parecía divertido, pero yo sabía muy bien que cada vez que me veía, recordaba el momento en que nuestros caminos se alejaron.
Estudiábamos en la misma universidad, la misma licenciatura. Recuerdo como si fuera ayer cuando el Lic. Serdán entró al aula la primera vez. No importaba que hubiera nacido en la prehistoria, era sumamente guapo e interesante con las canas sobre sus sienes y altura descomunal, su voz grave alcanzaba notas que hacían vibrar algo más que mi corazón.
Esa fue la primera vez que tuve una completa conciencia de mi efecto sobre los hombres. Con una sola mirada lo hacía temblar, podía provocar que se le cayeran las cosas de las manos o que perdiera el hilo de la lección que estaba impartiendo, lo que me daba una sensación de poderío. Cuando Carlos Serdán se dio cuanta de mi juego, él comenzó otro mucho más entretenido. Ese juego fue el que me marcó para toda la vida.
Yo no lo amaba, ésa era la pura verdad; pero cuando él venció por fin las barreras de la edad y decidió comenzar un romance conmigo, no lo hizo a la ligera. Como buen predador jugó con la comida antes de comerla. Nunca olvidaré esa mágica efervescencia subir por mi garganta desde la pelvis. Esa corriente de electricidad que hacía curvar mi cuerpo al mismo tiempo que suspiraba casi entre dientes. No me tocaban sus labios, ni siquiera lo hacían sus manos y, sin embargo, sentía su aliento dulce y cálido correr entre mi boca. Sentía cómo mis papilas respondían a ese estímulo secretando saliva dulce y deseosa, al tiempo que mordisqueaba mi labio inferior tratando de controlar los espasmos que comenzaban a golpear mi cuerpo. Antelación era el juego.
Al llegar el primer beso que me enloqueció, el juego se extendió hasta ámbitos más íntimos. Los retozos de cama eran ardientes y seductores, pero nunca culminaban. La tan ansiada penetración era una meta futura que me hacía perder el juicio. Después de recorrer mi cuerpo con manos y boca, de mordisquearme toda, me ponía de pie y con una leve nalgada me hacía saber que era demasiado tarde para mí y me enviaba a casa, una y otra y otra vez. Hasta el punto de sólo pensar en el deseo carnal que me invadía… Era como tener un reloj de pulso entre las piernas: podía sentir el correr de la manecilla contra lo más sensible de mi anatomía, hasta el día en que por fin pude liberar el orgasmo más maravilloso y poderoso hasta ese momento sentido. Preludio era el juego y yo lo aprendí muy bien.
A partir de ese momento, viví en busca de la antelación; era el preámbulo lo que me hacía sentir tan viva y tan consciente de mi propio ser. Pero tenía que buscarlo en diferentes caras y en diferentes cuerpos. Un aliento conocido ya no me aportaba nada porque ese pequeño e ínfimo momento, que es el prólogo de una relación, sólo se vive una vez.
Y aunque ese hombre maravilloso, que tenía frente a mí me había prometido una y otra vez hacerme feliz, yo no podía sucumbir. Me levanté nerviosa y alcancé el ventanal que ofrecía una vista maravillosa de los jardines que rodeaban el local. Sentí cómo Diego me alcanzaba y me tomaba por detrás con sus brazos firmes. Dejé escapar un suspiro, mientras curvaba las caderas hacia atrás hasta sentir su virilidad palpitante en ellas. Llevé mis manos hasta las suyas al tiempo que hacía la cabeza a un lado, para permitir que su aliento vagara libre por mi cuello desnudo. “Inténtalo conmigo, Elisa,” dijo con voz entrecortada. “Yo sé lo que tú necesitas. Seré un hombre diferente para ti cada día.”
Diego, mi alma gemela, mi incondicional desde el primer día en que nos vimos. Deseé con todas mis fuerzas que su sola presencia fuera suficiente. Con un terrible pesar me separé de él, mi amigo, mi confidente. ¡Qué fácil sería amarlo! Sin embargo, yo sabía que uno de los lazos más fuertes que nos unía era precisamente eso: el bendito preámbulo de una relación inconclusa, la idea de algo que no podría ser porque en este juego en específico era mucho lo que perdía al ganar.
Hasta este momento mi vida transcurría como una partida de ajedrez. Yo, la reina y los hombres de mi vida las demás fichas: peones, alfiles y caballos… Todos ellos hombres diferentes, algunos mejores que otros. La casilla del rey siempre la ocuparía Diego, podía comerme a todos los demás y, sin embargo, esa pieza fría y larga que infunde respeto, permanecería de pie en un eterno jaque.
Me acerqué al sillón donde había dejado mi chaqueta y la bolsa y los tomé. Él se había movido hasta recostarse en la orilla de su amplio escritorio y me observaba en silencio. No podía conformarse con ser solo mi ancla, necesitaba todo el paquete, aun sabiendo que una vez que nuestros cuerpos se entrelazaran, una vez que nos hubiéramos amado de todas las maneras posibles; su amor no sería lo suficiente para mantenerme interesada.
Al voltear a verlo, su expresión vencida me lastimó; tomé su cara entre mis manos y deposité un beso suave en los labios y apoyé mi frente en su mentón, al tiempo que repliqué: “no podría vivir si te hago daño, Diego, y te aseguro que lo haré. Y tampoco podría volver a respirar si tú me dejas, y te aseguro que lo harás.”
Antes que él emitiera una negativa, abandoné la oficina con aire resuelto. Me dolía hasta lo indecible lastimarlo y sentirme vulnerable ante su presencia.
Camino a la salida una mirada insistente llamó mi atención. En la barra del bar, con una cerveza en la mano y los brazos llenos de tatuajes, un hombre joven me miraba con mezcla de lasciva interrogación. Suspiré profundamente exhalando poco a poco; el juego comenzaba de nuevo y tenía que comenzar a preparar mi estrategia.
Me encaminé hacia la barra y me senté con gracia; con todo el conocimiento de su mirada sobre mi cuerpo. No necesitaba enseñar de más, nunca lo necesité. Pedí un Martini, curvando los labios en una sonrisa socarrona, comencé a sentir las primeras oleadas de excitación… Yo sabía lo que venía y lo deseaba más que respirar. Ladeé un poco la cabeza y entoné los ojos. Yo sabía que ése era mi mejor ángulo, yo era mi creación, me encargué de pulir hasta el último detalle.
En el salón del fondo, un par de ojos avellana seguían la escena chispeando de ira. Acto seguido, una bola de cerámica, que contenía un encendedor de gas, se estrelló contra la pared, mientras su dueño controlaba las ganas de matarme con sus propias manos.
Ramera, pérdida, prostituta. Una puta.

Le doy a este relato
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