Habían pasado días desde que vimos a los últimos que pasaron por el camino. Aunque Riolf opinaba que no era buena idea que nos quedásemos en la encrucijada tanto tiempo, Mrym seguía diciendo que los bandidos no podrían llegar a la costa por otro sitio.
Desde mi punto de vista, o bien habían llegado aquí antes que nosotros, o bien habían encontrado una manera de evitar el cruce de caminos.
Todo el mundo conoce “La Cruz de los Vientos” como un lugar de paso de caravanas de comercio y tropas del ejército del emperador.
- Pienso... – dije al abrir los ojos el cuarto amanecer.
Ella, Mrym, me miró con unos ojos que no podían expresar otra cosa que: “como te metas con mi plan te fulmino o te transformo en sapo”. Estaba preparando el almuerzo en el centro del campamento.
- ... luego existo – terminé la frase.
Iba a decirle que nos fuéramos, que los bandidos a buen seguro ya se nos habían escapado de una forma o de otra. Pero la brusquedad con que ella agitaba las gachas de sémola en el puchero sobre la hoguera de madera de abedul, denotaba que estaba algo más que mosqueada... muy probablemente pensando en esas doscientas coronas de oro de recompensa que no íbamos a cobrar.
Riolf no decía nada, miraba el puchero, la miraba a ella y me miraba a mí. Se ve que tenía más hambre que ganas de pensar en el tiempo que estábamos perdiendo en aquél cruce de los infiernos.
Mucho me hubiese gustado decir: “en estos cuatro días que llevamos aquí podríamos haber conseguido al menos dos tesoros de los trolls del puente”, pero la cara de ella me decía que era mucho mejor no abrir el pico.
Hacía dos noches habíamos discutido. Yo no estaba a gusto en el cruce, ella pensaba que era mejor esperar, que los bandidos no podían pasar por otro lado, y Riolf decía que recompensas por capturar a un grupo de mentecatos había en todas las capitales del imperio. Yo había gritado a Mrym: “¡Siempre pensando en las coronas de oro!”; y ella me había gritado a mí: “¡Y tú en las chicas de la taberna!”.
Sabía que me quería. Y ella, aunque intentaba hacer caso omiso de sus propios sentimientos, también lo sabía.
Me levanté del saco de dormir y miré las gachas. Tenían una pinta exquisita... tanto que pensé en ir a cazar algún ave a las colinas cercanas.
Divagando entre quedarme o agarrar el arco e irme a la aventura, escuchamos el trote de caballos acercándose desde poniente.
Al poco aparecieron por el camino unos cincuenta soldados montados y armados hasta los dientes. Cuando la cabeza del destacamento llegó a nuestra altura, frenaron y un hombre con aspecto y equipo de capitán se acercó a saludarnos.
- ¡Buenas! – saludó el hombre.
- A usted – respondió Riolf.
Mrym seguía batiendo las gachas y no hizo por mirar a los soldados.
- ¿Acampados? – dijo el capitán.
- Si – me adelanté, sabiendo de buena tinta que era mucho mejor no hablar de trabajos y recompensas.
- ¿Algún motivo concreto?
- Ninguno... ¿Y para su interrogatorio, buen señor?
El hombre no dijo palabra. Nos miró por última vez y arreó al caballo. La comitiva de caballos, hombres, escudos y espadas, continuó su camino.
Tardaron unos minutos en pasar.
Al final de la columna iba un carro tirado por dos caballos de arreo. Sobre el carro había una jaula y en ella iban metidos tres hombres.
Al mirarlos vi las caras que había dibujadas en el papel de búsqueda y captura de nuestros tan esperados bandidos.
Miré a Mrym, que seguía batiendo el puchero con las gachas.
Miré de nuevo a la comitiva de soldados, y cuando se alejaron de nuestra vista me agaché al lado del fuego.
- ¿Qué, preciosa, crees que hoy aparecerán los bandidos y podremos terminar el trabajillo?
- Claro.
- Pienso que deberíamos ir mejor a cazar algún troll, ¿no crees?
Ella me miró, sin detener el batir de la cuchara de madera.
- Tú si que estás hecho un troll.
Siguió haciendo las gachas. Yo agarré arco y flechas y me alejé a buscar algo de caza. Algo antes de ver el sol en lo más alto del cielo, los tres estábamos comiendo codornices asadas aderezadas con enebro y las gachas estaban bajo los pies de los caballos, que ni las miraban.
- ¿Y crees... – insistí – que es un buen plan esperar a campo abierto a unos bandidos? Podrían vernos desde casi cualquier sitio.
- Pensarán que somos mercaderes e intentarán asaltarnos, es mi plan.
- Ya – dije.
Pasaron dos días más y al final levantamos el campamento y nos marchamos a la ciudad más cercana. Estuvimos a la espera de encontrar algún buen trabajo y durante dos semanas Riolf y yo trabajamos con una compañía de leñadores y Mrym cantaba por las noches en la posada en que nos habíamos quedado.
Al mes siguiente marchamos al sur.
Estábamos viajando por las provincias más cercanas al mar del imperio cuando estalló la guerra.
Uno de los príncipes había asesinado al emperador. El hijo del mismo había huido de la capital, según decían, acompañado de sólo unos quince hombres pertenecientes a la guardia real. La Iglesia se había aliado con el príncipe asesino y el imperio estaba sumido en un caos absoluto. La tragedia se olía en el aire. Hubo quién dijo durante esos días que las profecías de un tal Noestanydamos se iban a cumplir en esas fechas, que era el fin del mundo.
Lo cierto es que nunca llegó ese fin mencionado. La guerra se terminó con la decapitación del traidor a la corona, la familia del emperador volvió a ocupar su lugar y las cosas continuaron como antes, tal cual.
Tuvimos algunos encargos de búsqueda y captura durante la guerra, y algunos después... cinco años después de los seis días en La Cruz de los Vientos, nos separamos, cada uno de los tres buscó su destino.
Aún hoy hecho de menos la preciosidad de Mrym... he oído que es sabia... no ha pasado tanto tiempo, aún somos jóvenes y quizá el destino vuelva a unirnos.
Riolf al fin logró su sueño y posee un pequeño castillo en el norte del imperio.
Yo sigo siendo un trotamundos, quedan pocos trolls del puente y pocas arboledas vírgenes en las que buscar el cuerno del unicornio. Cada vez hay más ciudades, la peste inunda los barrios pobres y el asesinato es el pan de cada día en los ricos. No quedan aventuras por vivir y los aventureros somos ya cosa de cuentos de niños.
A veces me divierto persiguiendo algún bandido, pero cuando doy con él hago trato... siempre opinando que los bandidos son los que me quieren pagar por una captura, prefiero aliarme al ladrón que al asesino.
Ya no quedan dragones ni hadas, el mundo se está transformando en un lugar donde los sueños apenas tienen cabida.
Las brujas ya no hacen magia, ahora se dedican a timar a quién pueden y a cotorrear con las vecinas, y los grandes guerreros son ahora los que pueden pisar el cuello de sus empleados.
No hay ya motivos para buscar la dicha del corazón en la aventura, en la búsqueda de tesoros, en el rescate de princesas... ya no hay lugar más que para especular, buscar con avaricia el encanto de la plata y mirar a las espaldas por si algún bufón o algún vecino intenta adquirir tus pertenencias.
El mundo está contaminado.
Tal vez la culpa es de los aguerridos y valientes aventureros de antaño, que perseguíamos al troll del puente en todos los caminos.
Tal vez la culpa es de nosotros que buscábamos que la ilusión viviera en cada latido del corazón.
O tal vez no haya culpa y toda esa masa que dice que no hay que soñar tengan razón y yo ya sea sólo un viejo cuya lucidez está en tela de juicio.
No sé... hecho de menos los viejos tiempos, el corazón latía más deprisa, había más emoción, existía un por qué que hoy no ven mis ojos.
Sólo queda colgar el equipo de la pared más apartada de la vista de las visitas y hacer una vida normal... esperando el momento de irse al otro barrio como los demás, sin soñar despierto, sin buscar más allá de lo que ofrece la santa inquisidora sociedad, y aceptando ese bien vivir que todos admiten.
De todas formas... ya no quedan trolls del puente, ni dragones que capturan a las princesas de los reinos, ni quedan gachas que cocinar en el camino. |