Siempre me había gustado observar a la gente en la parada del colectivo, inventarles un pasado intrigante e imaginar sus futuros inciertos. Se me había ocurrido, una vez, que ese era el lugar donde mejor se los podía conocer: cargados de bolsas en los hombros, esperando impacientes en el calor del mediodía un colectivo que los llevara hacia algún lado. Un “mientras” en el que no se estaba en ningún lado, y en el que era imposible ocultarse de uno.
No era del todo cierto, y ni yo me lo creía, pero de algún modo extraño me gustaba pensar que si miraba bien, que si de verdad intentaba observar, entonces conocería algo de esas personas ajenas, de esos otros mundos que sólo en ese momento (y tal vez nunca más) tuviera enfrente, y ser capaz a lo mejor de conocer lo más hondo de su esencia, lo más íntimo de sus yo individuales, partículas de sus almas de las que ni siquiera sus más cercanos parientes estuvieran enterados. Ellos estaban demasiado ocupados, y los conocían "demasiado" como para aguardar un segundo y dedicarse a admirarlos, a descubrirlos, a disfrutarlos.
Si yo al menos lograba comprenderlos, entonces de algún modo los inmortalizaría.
Esa tarde llegué algo apurada a la parada del 59. Era un día cálido y agradable. Había finalizado el horario de colegio y tenía muchas ganas de volver a casa, darme una ducha rápida, comer algo y tirarme a dormir.
Mientras esperaba, me detuve un momento y observé. Había varias personas: una viejita con un inmenso bolso floreado y un hermoso y abundante cabello blanco en trenzas, dos jóvenes que se besaban como autómatas entrenados, y un nene de la mano de su mamá que pedía desesperadamente una bolsa de papas fritas. Era buen material, y comencé a soñar suavemente con aquellos peculiares personajes, les inventé una vida llena de magia y misterio...
Pero de pronto sólo fui capaz de mirar en una única dirección. Pude tan solo criticarme ante tal indiscreción, y resignarme a reprimir en vano esos sentimientos que siempre había considerado cursis, que ni aún en las más grandes obras comprendía y que siempre me habían parecido en extremo molestos y cargosos. ¿Por qué no desviaba la mirada? ¿Qué había de especial en aquel hombre?
Lo primero que me sorprendió fue darme cuenta de mi falta de objetividad: en ese hombre no había nada especial. Nada fuera de lo común, nada extraordinario. ¿Entonces por qué no dejaba de verlo? "Los ojos del amor son ciegos", me dije en silencio. Y largué una carcajada ante tal estupidez, ante tal sinrazón y sentimentalismo junto. "Los ojos del amor...": ya eso constituía un absurdo inmenso ¿Qué ojos? ¡Que metáfora corriente y tonta! "Los ojos del amor" y por último: "Son ciegos".
¿Qué quiere decir esto al fin y al cabo? ¿Qué el amor no tiene ojos? ¿Qué el amor no ve? Y si no tiene ojos ¿Entonces qué ve? ¡Algo tiene que ver para elegir entre uno y otro! ¿De dónde nace esa pasión desenfrenada, esa locura y tantos sentimientos? ¿De una ausencia de mirada? ¡Entonces nuestra elección en el amor es debido a una ceguera, a una mirada negra y ausente que nos impide distinguir entre la gente! Sería una explicación razonable, considerando que todos se enamoran siempre de quien no deben.
¿Todo es un azar ridículo? ¿Una suerte absurda? Yo te amo a vos porque soy ciega. Si soy ciega, no veo lo que hay, entonces ¿Qué amo? ¿Una fantasía? Y al final ¿Es a vos a quien amo? ¿Como sería eso posible sin la vista? No, solo amo fantasía. Sólo amo sueños...
Conclusión: Nadie ama a nadie. Todos creen amar hasta que al fin la realidad los vence. Los que tienen más suerte pasan toda su vida con esa fantasía entre su mente (debido a que la pareja nunca hizo nada lo suficientemente fuera de lo común como para matarla) y de pronto, qué extraño, esta frase que parecía tan melosa tiene un costado oculto, ¿no?. De ser todo perfecto (considerando el conocido "Te amo tal cual sos", y "no importan tus defectos" porque, de cualquier modo: "el amor es ciego") pasamos a amar a todos, a cualquiera que se amolde mínimamente y respete los límites de la sagrada fantasía. Pero una vez que estos sean traspasados... Zas! Ya no te amo, no eras lo que creía: adiós, adiós, adiós.
Y sin embargo tanta meditación no me sirvió para dejar de mirarlo. Había...algo. Tal vez lo suficiente para ser mi fantasía. Para inmortalizarse en un deseo.
Jugué con las monedas en mis manos, ansiosa porque él girara la cabeza y me mirara. Se dio la vuelta e intenté una patética sonrisa que él pudiera considerar sensual, toda roja en las mejillas y en el cuello. Como me sentía algo ridícula sin pronunciar palabra pregunté: "¿Esta es la parada del 59, no?", siendo lo suficientemente evidente como para que supiera que me interesaba establecer algún otro tipo de conexión: el cartel "59" era totalmente visible (aún para la anciana de atrás que tenía un aumento excesivo en sus anteojos) en ese día de tan intenso Sol y claridad absoluta; pero él fue lo suficientemente gentil cómo para reprimir la risa y en lugar de indicarme la inscripción, susurrar un delicado: "Exacto, linda".
Al fin vino el colectivo, lo que nos sacó de aquella situación un tanto embarazosa que conllevan siempre los primeros encuentros. Pero mientras subía los escalones para meter las moneditas en la maquina, ya casi como un sueño y no del todo concientemente, había comenzado a entretejer en mi mente el prólogo inicial de esa hermosa fantasía. Una exquisita mentira basada en esa sonrisa suya que abarcaba todo ¿Quién era ese hombre? ¿Estaba enloqueciendo? ¿Era así el amor, después de todo? ¿Existía en realidad el aclamado "A primera vista"? ¿No era para mí un total desconocido?
Lo era él. El ser de carne y hueso apenas encajaba en esa dulce fantasía de cristal. Bastaba su cuerpo y su sonrisa para crear lo que yo en verdad quería: y a ese hombre sí lo conocía. Lo conocía porque estaba conformado de mis propios recuerdos, de mis anhelos, de todo lo que ansiaba, había ansiado, de todos mis sueños estrellados, de todos mis días, mis tardes, mis noches. Mis viajes en colectivo, mis cuentos, mis poesías, mis composiciones fallidas, mis creaciones, mis inventos. Pero a diferencia de otras fantasías, de muchas otras que había tenido, esa sonrisa encajaba perfectamente, sin ninguna modificación, simplemente perfecta...perfectamente...
Pensé de pronto que sería divertido utilizar por última vez mi hermosa estrategia. Me había sermoneado para dejar de hacerlo, ya que era en verdad algo de nenas. Pero esta vez vino a mí casi por su cuenta, y no pude rechazarme ante la tentación. Metí siete monedas de diez centavos en la máquina que me exigía 0,80, y al instante, actuando acongojada, susurré: "Me faltan diez centavos, ¿Alguien podría...?"
Muchas veces había utilizado la estrategia para ver que clase de persona tenía atrás, y sin reparar en sus posibles fallos (como que tal vez el pobre hombre no tuviera cambio, o de cualquier manera no quisiera entablar contacto con una desconocida), me había permitido calificarlos en “caballeros” (serviciales) o tan sólo masa humana corriente, gente preocupada, aburrida, muerta.
Él reaccionó al instante y comenzó a buscar con exagerado apuro (para que nadie pudiera robarle ese momento) entre los bolsillos de su vieja billetera marrón, algo de cambio. Para nuevamente sonreír, y entregarme 25 relucientes centavos.
Muy pocas veces me había resultado. Pero todas las veces que lo había logrado me había sentido siempre feliz. Tal vez porque comprobaba que aún quedaban en el mundo hombres atentos, o simplemente por la egoísta razón de que tanta solidaridad masculina me subía la autoestima; pero esta vez todo fue diferente. Es cierto que por un momento me sentí feliz: ese acto de extrema bondad no hacía sino reforzar la fantasía, el mágico cristal, el misticismo.
Pero en el fondo de mi alma yo sabía que nada de eso podía ser real, que la fantasía era imposible y que seguir reforzándola sería estrellarme aún más fuerte en la caída. Le dije "Gracias" y pague rápidamente.
Me senté en un asiento de adelante, uno vacío a mi lado, y me forcé a pensar en otras cosas. Para mañana debía estudiar algo de matemáticas, además el de filosofía nos había amenazado con un examen oral...
Me asusté cuando lo vi venir, elegante, a sentarse a mi lado. Y reprimí las ganas que tenía de insultarlo, de empujarlo a otro asiento (cualquiera menos este), de decirle que saliera de mi vida de una vez por todas, que ya había dejado fantasía, que la fantasía era demasiado hermosa para que me la usurpara. Cualquier movimiento en falso, cualquier acorde fuera de la escala, y ya nunca podría retenerla. Ese amor de mentira se escaparía como agua entre mis dedos.
Pero no le dije nada, y el hombre se sentó. Bastó que comenzase a hablar para destrozar todo. Con cierta mezcla de tristeza y simpatía, me explicó que se llamaba Juan (así le había puesto su madre en honor al galán de una novela que ya no se pasaba),me preguntó como me llamaba y sonrió (tal vez porque ese nombre aún se adecuaba en su propia fantasía y aún no le había roto la ilusión),me contó que trabajaba en una empresa importante, pero que con la devaluación apenas le alcanzaba para sobrevivir, que vivía en Belgrano, que había decidido tomar el colectivo en lugar de un taxi porque era más barato (había que fijarse en todo) y que después de todo había sido una suerte, porque me había conocido a mí, todo entre sonrisas, disimulados elogios, palabras secretas que se escapaban de su boca con la magia propia de lo extraño y ese gusto magnético de lo esotérico.
La fantasía, como ya les he dicho, se rompió. Pero de pronto apareció un tal Juan, que hablaba casi entre murmullos, que me develaba un código secreto, y puedo decir que tal vez (solo tal vez) me gustó un poquito esa sencillez real, tan nuestra en el secreto entre mi oído, en los susurros, en el cálido calor de su mano en mi pierna. Y cuando terminó esa introducción obligatoria, me explicó lo fundamental: el juego
Me dijo primero, seguramente para que me sintiera honrada, que era la primera persona con la cual lo compartía, que siempre lo había jugado solo y aunque había aprendido mucho, no era lo mismo.
"Primero hay que apostar algo - me dijo en un cosquilleo en el oído- Algo irremplazable. Algo que sólo se pueda dar de persona a persona, en esta caso, desde vos hacia mí y viceversa.
-¿Cómo el número de teléfono? -Le pregunté.
- Algo así, algo así... Tal vez... Un beso.
Los dos nos sonrojamos y reímos.
-Es muy simple- Prosiguió- Basta con elegir a cualquier pasajero. Yo elijo... a ese hombre dormido que cabecea atrás de todo, ¿Vos a quien? Tiene que ser el que pienses que se bajara primero, quien creas que ya llega a su parada.
Me encantó desde un principio la magia de ese juego sencillo. Ya les dije que me gustaba observar ¿Qué mejor que agregarle una tentadora apuesta a eso que tanto me interesaba y para lo que estaba sumamente entrenada? Muy canchera, pensé que su elección había sido algo tonta ¿Por qué elegía a alguien que dormía? ¿No era señal de que aún faltaba viaje? Yo elegí a una mujer que toqueteaba nerviosa todos los objetos de su cartera, probablemente asegurándose de no olvidar nada al bajar en una próxima parada.
-No hiciste una buena elección, muñequita- susurró, pensativo- A esa mujer aún le falta mucho viaje. Es esencial liberarse de los propios presupuestos, para conocer a la persona en profundidad: Mirá su cabello, peinado a las apuradas, y el lápiz labial rojo mal puesto. Observá atentamente su mirada y cada uno de sus movimientos- Me miró dulcemente, buscando en mí complicidad y entendimiento- ¿Lo ves? ¿Ves la totalidad, cada detalle?
Asentí débilmente.
-Es una mujer muy nerviosa, siempre pendiente, preocupada. Por eso es típico de ella toquetear todo y luchar continuamente por no olvidarse nada. Pero mirá su abrigo, se lo quitó hace un momento y parece haberse olvidado de ello. Una mujer tan preocupada no se quita el abrigo en un trayecto corto, por lo que aún le falta mucho viaje.
Me sorprendí de esa teoría secreta, de ese mágico código que me murmuraba al oído, que me soplaba en el rostro.
-Y... ¿Vos por qué elegiste a aquel hombre que duerme?
-Es muy simple- Me explicó- Estaba antes que nosotros en el colectivo. Ya juntó sus cosas y tiene todo muy ordenado, como si estuviera a punto de bajar y no lo hiciera. Por su ropa arrugada y su rostro mal afeitado puedo suponer que tiene problemas familiares, tal vez una pelea con su esposa. El inconsciente le juega una mala pasada y lo hace pasarse de su parada ¿Por qué? Porque de hecho él no quiere llegar a donde está su esposa, no quiere ir a su casa, y simplemente duerme.
No todo de lo que dijo me pareció verdad, pero eso era lo que lo hacía tan bello. Era un cuento que ni él se creía pero que contaba en susurros como un secreto serio, que inventaba para hacerme reír, para que riéramos juntos.
Él me anunció solemnemente que llegaba a su parada: "Nunca lo hubiera creído- bromeé- hablando con una chica tan guapa...
Me sonrió por última vez: Luego tocó el timbre, y desapareció.
Sentí ganas de llorar cuando vi, ya el asiento vacío a mi lado, al hombre semi-dormido que se paraba bruscamente y tocaba el timbre muy apurado. Fue como comprobar la validez de nuestro idioma secreto. Me había ganado, y sin embargo nadie tenía premio.
Muchas veces por las noches revivo ese encuentro en el colectivo, y me preguntó si fuimos cobardes, si la vida se trata de arriesgarse al máximo y, como dicen todos, “disfrutar el momento”.Me pregunto todo eso hoy, en silencio, cuando todos en mi casa duermen y solo oigo mi respiración y mis latidos, y no tengo respuesta. Supongo que nadie sabe esas cosas. Solo entiendo que no tuvimos tiempo de odiarnos ni pelearnos por trivialidades, de matarnos recíprocamente y de a poco borrar sentimiento. Tal vez hubiera sido más entretenido. Pero no es tan mala la incertidumbre. Tiene ese gusto suave de la dulce tristeza del “no pasó”.
Fue un instante precioso y perfecto, de esos que quedan en la memoria para siempre y sirven para sobrellevar una vida inevitablemente monótona y una rutina ineludible, cuando la única salida posible es la imaginación y el recuerdo.
Una suerte de “isla en el tiempo” a la que puedo acudir cuando tengo ganas y nadie me está viendo, para sentirme libre al menos durante un rato. Libertad efímera, como todo, pero tan jodidamente hermosa. Y a veces los “Finales felices” (aún sin perdices y violines de por medio) bastan con eso. |