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La hija que no tuvieron
Participante 50 - Concurso Nación Rolera - 0 Comentarios - Puntuación: 50 puntos (VOTAR)
Los árboles no tenían pájaros en sus ramas; por no tener, no tenían ni ramas; se habían derretido. Decir que hacía calor sería como afirmar que el Sahara tiene arena o que el Océano Pacífico tiene agua.
Los árboles no tenían pájaros en sus ramas; por no tener, no tenían ni ramas; se habían derretido. Decir que hacía calor sería como afirmar que el Sahara tiene arena o que el Océano Pacífico tiene agua. Algo más apropiado sería asegurar que ese día abrasaba; que el asfalto se transformaba en chocolate pringoso; que, cuando respirabas, tus pulmones llamaban a los bomberos a gritos; que, en definitiva, a cada paso, tu cuerpo se derretía como un polo de limón, bañando tu sombra en un charco de sudor.
El pueblo… cómo decirlo… ¿se imaginan una sartén hirviendo…, pero hirviendo, hirviendo, lo que se dice hirviendo?, así es Verín en agosto. Y ahora, cojan esa sartén e introdúzcanla en un horno de cocer pan; así era Verín el quince de agosto de mil novecientos ochenta y siete, el día que me casé con ella.
Al parecer yo estuve allí. Lo sé por las fotografías. En las primeras todavía estoy presentable, con todo mi traje puesto, pajarita incluida; pero, a medida que avanzo por el álbum, compruebo cómo las prendas van desapareciendo una a una. En la última, junto a algo que en su momento debió ser una tarta, dentro de una camisa empapada estoy yo. Lo sé porque me lo ha dicho mi madre… «Mira, Genín, este debes ser tú». «¿Por qué lo sabes?, mamá». «Porque fui contigo a comprar el traje y esta de aquí es tu camisa, así que el que está dentro digo yo que serás tú aunque… ahora que lo pienso…».
Mi suegro es un tipo estupendo. Lo primero que te llama la atención de él cuando lo conoces son sus muñecas. Si al darle la mano, él quisiera apretártela un poco, sólo un poco, tendrías para seis meses de escayola. Nunca le pidas la hora, porque si te la ofrece, te mata sin querer. Mi suegro es un tipo magnífico. Lo segundo que contemplas de él es lo que a primera vista parece un cuello pero que, si te fijas mejor, es un tronco de carballo. Regalarle corbatas te arruinaría, no por la cantidad, sino por el kilometraje de cada una de ellas. Mi suegro es un tipo maravilloso. Lo tercero que salta a la vista cuando le conoces son sus espaldas; así, en plural, porque tiene muchas. Es mejor que le des un beso porque si pretendieras abrazarle te dislocarías los hombros. Mi suegro es un gran tipo pero, aquella mañana, cuando él me dijo: «Genín, vamos, que un amigo mío te va afeitar a navaja», yo solo vi muñecas con un dos pi erre de tres mil pares de narices, cuellos escandalosos y espaldas inabarcables, así que, escondiendo la nuez muy adentro, sólo me atreví a añadir: «Lo que tú digas, glub… José Luis».
Yo creo que fue el acojone. Era la primera vez que me casaba, eso influye. Mi suegro a mi lado con todo su arsenal de imposibles anchuras, eso también cuenta. Su buen amigo, el barbero, con la navaja acechando a un escaso centímetro de mi garganta, eso no habría que echarlo en saco roto. Sí, yo creo que fue el acojone… pero más que mío, de los pelos de mi barba que, sin pedirme permiso, recularon enseguida, introduciéndose en lo más profundo de la piel cuando mi suegro advirtió: «Deixa ben o rapaz, que hoxe cásase ca miña filla». Sí, yo creo que se acojonaron y que, apenas unas horas después de que el navajero terminase su trabajo, cuando ya no había navajas, muñecas, cuellos...
…ahora que lo pienso, Genín… tú no puedes ser este… ¡¿no ves la barba que tiene el señor?! ¡¿cómo quieres que te haya dejado así de mal el amigo de tu suegro?! Este de aquí está sin afeitar… No sé quien será…; invitado nuestro, no, desde luego…
…ni espaldas a la vista, los acojonados pelos, que en su vida habían visto tales cosas, ya más tranquilos, se atrevieron por fin a asomar su cabecita puntiaguda para poder asistir a la boda de su dueño, no sin antes echar una mirada de reojo al amigo del barbero para fijarse sorprendidos que, a pesar de todas sus escandalosas anchuras, unos puntitos brillantes, como gotitas de emoción contenida, asomaban a través de los ojos de un padre orgulloso.
Sí, ese día era tanto el bochorno y me ardía tanto la cara por culpa de la dichosa navaja barbera que, si tuviera que casarme otra vez en las mismas condiciones, sólo lo haría con ella. Lo juro. Con nadie más.
―Sí quiero ―dijo Marisa.
Un suspiro delató a mi madre y, detrás de mí, alguien lanzó al aire fresco de la iglesia uno de sus reconocibles pucheros. No hizo falta que mirase hacia atrás para saber que mi padre estaba llorando. Eso no me sorprendió. Ya lo conocía. Sin embargo, al bajar ligeramente la cabeza en uno de mis gestos típicos para subirme las resbaladizas gafas tipo escafandra ―cosa que hacía unas diez veces por minuto―, por el rabillo del ojo, observé cómo las dueñas de unas muñecas escandalosamente enormes, temblaban ligeramente mientras miraban a su hija. En aquel momento, reconozco que me extrañó. «Un tipo duro», había pensado cuando lo conocí. Ahora, veinte años después, no me extraña. A ella, que también se las da de dura, cuando se emociona por algo, también le suelen temblar las manos...
Yo sólo había tenido dos novias... novia y media, para ser exactos. La entera, escasamente duró un año. Casi setecientos kilómetros fueron prueba suficiente de que los besos por carta, al principio suelen gustar pero… acaban sabiendo a tinta. Con la media, apenas dos semanas fueron bastante para un puñado de caricias con sabor a palomitas en el cine de Riveira y tres paseos por la playa a última hora de la tarde, cuando los besos dejan el regusto a arena mojada. No hubo más. Por eso, cuando hoy me la encuentro por la calle, ella puede mirarme a los ojos, todo lo más a la boca, pero no mucho más abajo… Es lo que me gustaría que hicieran con mi hija.
Como no hay dos sin tres pero tampoco tres con cuatro, al menos en mi caso, cuando apareció Marisa, a diferencia de lo que haría con su padre, a quien todavía no conocía, pasando de muñecas, cuellos y espaldas, sólo me fijé en sus ojos. Fue suficiente para mí. Ella, en cambio, se acuerda de cómo iba vestido. Después de más de cuatro lustros de aquel encuentro en un pub de Santiago, si se lo preguntas, entre carcajadas, todavía te lo dice con pelos y señales: un pantalón verde a cuadritos, ja, ja; camisa amarilla con cuello y puños azules, ja, ja, ja; jersey granate y cazadora marrón, ja, ja, ja, ja, ja. Después comprendí por qué cuando, en aquel primer encuentro, yo buscaba la mirada de esos ojos, ella, con una sonrisa burlona, la gastaba en intentar dar crédito a que, aquel muchacho tan simpático con gafas de buceador que le acababan de presentar, pudiera tener tan mal gusto a la hora de vestir.
—¡Qué combinación, madre mía!.., quiero decir, ejem, “Marisa”, me llamo Marisa —dijo ella, ofreciéndome la mejilla.
—¡Qué ojos, Dios santo!..., esto... “Genio”, Eu-Genio, ja, ja —añadí yo, plantándole un beso que me supo a gloria. Veinte años después, todavía me relamo.
Desde aquel día, he tenido que esforzarme mucho para aprender a combinar mejor la ropa haciendo cursillos intensivos de colores; sin embargo ella no tuvo ni que despeinarse para seguir teniendo los mismos ojos que me enamoraron cuando la vi por primera vez. Lo cual, no deja de ser injusto, todo hay que decirlo.
La ventaja de hacer una carrera corta es que empiezas a trabajar pronto. La desventaja de empezar a trabajar pronto es que si tu novia está estudiando una carrera larga querrá, por mucho que te empeñes en lo contrario, terminarla antes de casarse contigo y, como yo quería tener aquellos ojos cuanto antes para pasarme el resto de mis días mirándome en ellos, no me quedó otra que ayudarla de vez en cuando en sus estudios. ¿Y qué mejor manera de hacerlo que sentados en un banco de esa preciosa Alameda que tiene Santiago?
—Hoy qué toca —le pregunté.
—Psiquiatría. Mañana tengo examen —me respondió desde el otro lado del banco, es decir, los escasos diez centímetros que yo le había dejado libres—. No seas pulpo, Genín —añadió dándome un empujoncito que casi me empotra contra un roble centenario que nos vigilaba de cerca, cuyo tronco, ignoro por qué extraña asociación de ideas, me recordó a su padre, al que no hacía mucho acababa de tener el gusto de conocer.
—Saliendo conmigo, lo tienes fácil —le dije, intentando ser gracioso mientras ganaba el terreno perdido, no sin antes echar una mirada de reojo al roble, por si mi suegro tenía la misma capacidad de transformación que Mortadelo.
—¿Qué tengo fácil, el examen de psiquiatría o el de cefalópodos?
—Muy graciosa, ja, ja... me refiero a la psiquiatría.
—¿No estarás loco?
—Por supuesto que sí… por ti.
—Menos lobos y arrímate para allá que me vas a tirar del banco... Toma, empieza a preguntarme, anda —dijo, dejando caer todo el peso de un tocho sobre mis muslos, que casi me parte las piernas por la mitad.
—¿Y qué tengo qué hacer? ―le pregunté con las rodillas deshechas.
—Tú léeme uno de estos casos clínicos a ver si soy capaz de diagnosticarlo.
—Pues empieza por mí ―le dije ocupando por fin los últimos centímetros.
—Tú no tienes remedio.
En esos momentos, una rama del roble se posó sobre mi cabeza con la misma suavidad de un elefante que estuviera a punto de incubar un huevo.
—¡Ay!
—Te está bien empleado por hacer el payaso.
Y así, gracias a mi inestimable ayuda, ella pudo terminar por fin la carrera de Medicina justo ese verano. A partir de entonces esos ojos fueron para siempre de su pulpo favorito.
La culpable de que, en Riveira, la mitad de las mujeres y la cuarta parte de los varones no usen tallas ultragrandes la tiene Marisa, la hija del roble de la Alameda —después me enteraría de que, en realidad, el viejo árbol era mi suegro, quien se había disfrazado para vigilar de cerca mis pulperas incursiones en los terrenos estudiantiles de su hija; lo prueba un chichón de dos semanas producido por una de sus ramas—. La reina de la dieta lucha valientemente contra los kilos que, tercamente, no dejan de aposentarse sobre sus pacientes; y lo hace con un ejército de consejos, recomendaciones y, sobre todo, mucho cariño; tanto, que muchos de sus clientes, no ignorando tal vez que los servicios que la doctora les presta sobrepasan con creces el pingüe costo de su tarifa, se desviven regalándole toda clase de comestibles: pescado, huevos, grelos, lechugas, tomates, tartas caseras, más pescado, más huevos… y, creo recordar también unos cuantos pulpos que, sintiéndolo mucho, me tuve que cargar, con todo el dolor de mi corazón, porque los pulpos no admitimos competencia.
Antes de que Marisa abriera su clínica de adelgazamiento y tratamientos varios, su suegra, con la facilidad que Dios le ha dado para tratar con la gente, ya había conseguido que la mitad de las mujeres de Riveira estuvieran haciendo cola, ansiosas por desprenderse de sus pesadas cargas… «¡Uy, mi nuera, con lo que ella vale!…, ya verás cómo te deja el tipillo, chica»… «Esas varices, mi nuera te las quita en un santiamén… que creo que tiene un tratamiento que no hay otro igual en el mundo»… «Sí, sí… ella es doctora… y ¡menuda es de buena!, ¡tiene unas manos!»… Yo creo que ella estaba más ilusionada con la clínica que Marisa; hasta llegó a bendecirla como le había dicho Manola, la vidente de Pontevedra, a la que mi madre visitaba de vez en cuando. ¡Había que verla entrando en la clínica con su spray milagroso lleno hasta rebosar de agua, sal y muchas gotas de cariño! ¡Había que verla recorrer todas las piezas rociándolas mientras se hacía la señal de la cruz… ¡Había que verla…
Fu, Fu… «Hala, chica, para que Marisa tenga mucha gente…»… Fu, fu, fu, fu… «Aquí en su despacho le echo un poco más»… Fu, fu… «y aquí en la báscula…» Fu, fu, fu, fu, fu, fu, fu, fu, fu… «y aquí, en la sala de espera, para que se le llene de gente»… «Hala, ya está bendecida, para que Dios le dé suerte y que le vaya muy bien; que se lo merece después de tanto estudiar.
Y la verdad es que la bendición dio resultado porque, trece años después de que mi madre casi inundase la clínica con la pócima salina de Manola, la gente sigue asistiendo a la consulta de la doctora Carrasco ―que así la llaman sus pacientes―, con verdadera pasión. Muchas de ellas, después de tantos años, se preguntan intrigadas que por qué olerá tanto a sal la sala de espera. Pero esos mismos pacientes, si a eso de las once de la mañana ven aparecer a un ser silencioso que se dirige a la cocina de la clínica, no se asustan, porque saben que no se trata de ningún fantasma; es mi padre que lleva su termo de café a su nuera... Desde hace trece años, no ha faltado ni un solo día…
―¿Tenía mucha gente hoy?, Eugenio
―¿Quién?, Charo.
―Marisa, ¿quién va a ser?... que si tenía mucha gente en la sala de espera.
―Cinco personas.
―Cuanto me alegro, pobrecica… ¿Y le has dejado el termo en la cocina?
―Todos los días me lo preguntas, Charo. ¿No me ves salir de casa con él?
―Se te puede caer por el camino, hombre.
―¡Boh, Charo, jolín… tienes cada cosa!
―Si yo lo que quiero es que se tome su cafecico la pobre… ¡que anda que desde que desayuna en Santiago hasta que vuelve a comer a las tantas!...y por esa carretera tan malísima, ¡Dios mío de mi vida!… yo es lo que peor llevo, chica... con la de accidentes que hay en esa carretera...
—Hala, Charo, jolín...ella conduce muy bien...
—¿Y qué?... a ver si te crees que los buenos conductores no tienen accidentes... mira los que les pasó a aquellos...que iban tan tranquilicos y vino uno y se los llevó por delante... Los padres y los dos niños... ¡criaturitas!
—¡Será posible, esta mujer, que siempre está pensando lo malo!…
—Soy así, no lo puedo remediar.
—Eres igual de cansá que tu hermana.
—Porque chupamos de la misma teta.
En las noches de invierno, también se ve al mismo ser silencioso entrar en la clínica. Es mi padre que…
—Eugenio, ¿has ido a encenderle la calefacción a Marisa?
—Sí, Charo, jolín.
—Así tiene la clínica calentica para cuando llegue mañana... pobrecica, lo que trabajará esta chica y con lo que le duele la espalda, ¡que no te creas tú que no aguanta la pobre!... menos mal que es fuerte como su padre… aunque ahora el pobre está fastidiado…
―Como yo.
―Peor que tú está... La cadera, las rodillas…
―Y el corazón, como yo.
―…las… me parece que se me olvida algo.
―A ver… de tanto como trabajamos y de los disgustos que nos dais.
―Si, menudos disgustos os damos…
―Vosotras en casa y nosotros a ganar los cuartos.
―Y ¿quién cuida de la casa?, y ¿quién cría a los hijos? ¿eh?... Las camas, barrer, guisar, zurcirte los pantalones, fregotear, cuidar de los hijos… ¿te parece poco trabajo ese?
―Habría que verte a ti en la carretera por ahí adelante, Charo... que te ibas a la cuneta en cuanto veías un camión...
―¡Y a ti, que no sabes encontrar nada en casa sin tu Charo!... ¿Charo, no encuentro esto?, ¿Charo, no encuentro lo otro?... ¡A ti si que habría que verte!...
―Sé hacer orejas muy ricas, que le gustan mucho a tus nietos.
―Ahora que hablas de orejas, que no se te olvide mañana el café de Marisa...
—Pero si siempre me ves salir por esa puerta con él…
―Y de paso, miras a ver si hay gente en la salita de espera… ¡Que bien le vino que yo se la bendijera, oye!... Trece años, ya.
―No se cómo dices eso, Charo… nunca se me ha olvidado a mí llevarle el café.
―¡Toma, porque yo se lo preparo!
―Pero se lo llevo yo… que yo soy un buen suegro y me quiere más que a ti.
―No dices más que tonterías…
―Y a ti te da rabia.
―Una rabia loca… bien que la cuidé cuando estuvo tan malita con el pecho…, nunca, nunca, nunca, en mi vida, he visto chorrear un colchón de sudor…
―¿Cuándo fue eso, Charo?
―¿No te acuerdas, cuando se puso tan malita que se le cortó la leche y no le pudo dar al niño teta, que tuve que ir yo a cuidarla?
―¿Y su madre?
―No le quiso decir nada para no preocuparla… y fui yo y estuve unos días hasta que se puso buena… que lloraba la pobre porque no podía criar a su niño… a Miguel Ángel… ¡Hala tonto, no empieces a hacer pucheros tú ahora!... pero qué sudores, madre mía, en mi vida vi una cosa igual… ¡qué fiebre tendría para sudar tantísimo!…una exageración… malísima estuvo… para mí que fue un pelo, que decimos en mi pueblo, que te da un pelo y se te corta la leche… también lo tuve yo cuando Genín, cada vez que le ponía el pecho, ¡uy!, me esquivaba de dolor…pero lo de Marisa fue… la de sábanas que cambiaría a la pobre… le ponía el termómetro y pasaba de los cuarenta…
¡Qué casualidad! Como en Verín el día que me casé con ella. Ese día los árboles no tenían pájaros en las ramas…

Le doy a este relato
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