Provincia de Córdoba, centro geográfico de la Argentina continental. Todo un arcano. Será por eso que en la región noreste de la provincia suceden cosas, digamos difíciles de explicar.
Alguien me dirá: “En todos lados suceden cosas extrañas”, y posiblemente sea cierto, pero pierdan diez minutos para escuchar las que yo voy a contarles…
La Pitonisa de La Calera
Me gusta visitar Villa Carlos Paz.
Por supuesto este dejo de placer no surge de la ciudad en si, ya que el tiempo se encargó de destruir la tranquila villa serrana que conociera cuarenta años atrás. Muchedumbres de egresados y chabacanas de “revistas” (insistiendo que el teatro de revista es otra cosa), la han convertido en un reducto más de esparcimiento y descontrol.
Con buen criterio observarás entonces que lo que disfruto es el viaje entre “la docta” y el lago. “¡Estás en lo cierto!” Pero no te equivoques, odio la autopista, prefiero el camino viejo, aquel que después de atravesar los cuarteles me deposita en La Calera. Pueblo antiguo, cargado de recuerdos y fantasmas de mis primeros años sobre esta tierra. Pueblo de gentes llegadas vaya uno a saber de donde para asentarse en torno a esa inmensa mina a cielo abierto que diera nombre al caserío.
Un camino vecinal, el que bordea uno de los arroyos paridos en la salida del vertedero del dique nuevo, ese es mi camino; el camino de la visita obligada, ya que por ahí está el basamento del dique viejo, ese que, criticado por la ingeniería decimonónica, fue dinamitado por haber sido construido con cal, llevando al escarnio y posterior suicidio a un pobre tipo que no pudo ver que su modesta construcción de material poco noble a la potente ingeniería de la época, supo resistir el espíritu dinamitero de los supuestos hombres sabios.
Y es allí, cerca del viejo morro, ese símbolo de la tenacidad donde sube un largo sendero, solo transitable en auto hasta la mitad de su recorrido, que termina en casa de la “tía” Cata.
La vieja es un personaje realmente particular: mano santa si los hay, conoce ancestrales secretos para la cura de afecciones comunes y de las otras, al punto que la mayoría de los médicos mediterráneos tienen su número, y dije su número, el del teléfono fijo. ¿Es lógico, normal y habitual que una empresa de servicio cual es Telecom, ponga a disposición exclusiva una línea que trepa la sierra para un solo abonado?
Y estamos hablando de una transnacional. Por supuesto, ya que estamos, cabe mencionar que EPEC hizo lo propio.
Oriunda de Tancacha, la vieja se instaló por acá hace tanto que nadie se anima a precisar su edad. La conocí en el ’67 victima de una culebrilla, y entonces me pareció muy vieja.
Hoy, a la vuelta de los años, la sigo viendo vieja, pero no más vieja, sino igual de vieja.
Hasta aquí nada sorprende demasiado. La bonhomía de ciertas empresas, para mostrar su costado humanitario mientras horadan nuestras billeteras, es una estrategia de marketing conocida, la “sensibilidad social”. El hecho de conozca curas semi milagrosas sobre padecimientos extraños puede atribuirse al conocido refrán: “el diablo sabe por diablo, pero más sabe por viejo”, y a este diablo ya se le han caído algunas decenas de primaveras encima; y por allí va la última racional explicación que tengo; uno envejece hasta cierto punto, a partir del cual los signos físicos de cambio son poco apreciables. Como dijimos, hasta acá, explicable.
Pero que dirías si te dijera que la tía Cata, con solo mirarte, mientras te convida con uno de sus memorables mates (con poleo, tomillo, cedrón y vaya uno a saber cuento yuyo más), descubre tu nombre de la nada y un par de mates después tu pasado, presente y futuro, sin siquiera conocerte.
Los adivinos de cuatro pesos suelen venderte respuestas prolijamente oraculares, cargadas de zig-zags y caracoleos, donde la metáfora, la sinécdoque, la anadiplosis y otros tropos hacen que cada uno interprete lo que quiera, y frente a un futuro reclamo por la sospecha de engaño haya una interpretación del falso médium hacia la profecía autocumplida.
No es el caso de la tía Cata. Ella en su rudimentario cordobés básico, te cuenta con pelos y señales, a fuerza de una honestidad brutal, cada respuesta con una claridad meridiana.
Y te cuento lo mejor, Cata no cobra sus curaciones o predicciones, tampoco acepta limosnas. Ella vive exclusivamente de su trabajo, produce unos dulces artesanales que generan adicción en quien los prueba.
Justamente por eso, y no en procura de una sabiduría que no necesito, la visito cada vez que paso por La Calera.
Ella lo sabe, por eso con cada llegada mía, decorada con aquella memorable música de la era de oro del cuarteto, cada arribo es una fiesta.
Carlitos Rolán, Coquito Ramaló, el pibe Berna y… por supuesto “La mona”, amenizan nuestras charlas sin revelaciones.
Ella sabe, sin que yo lo haya confesado nunca, que no estoy preparado. Ella sabe que nunca voy a superar aquella visita con Walter, cuando el flaco, en una canchereada inconsciente, le preguntó por su propia muerte, a la cual la tía vaticino que sucedería cuatro años a partir de ese día.
El flaco, a la usanza de Sto. Tomás, no creía más que en aquellas cosas que sus cinco sentidos podían brindarle, por eso fue feliz hasta el final, pero yo, que prolijamente tache mil cuatrocientos sesenta y un días sobre un almanaque, emulando a los presos de ficción que solían brindarnos los “sábados de Súper Acción”, no me sorprendí cuando Tutuca me llamó para informarme del accidente que se había llevado al flaco.
Ella lo respeta. Respeta mi miedo, sabe que no estoy preparado, sabe que me niego a encadenarme a un futuro preescrito que solo ella sabe leer y calla.
Por eso, disfruto sus mates, su charla, sus cuartetos de fondo, le traigo algún regalo y compro algunos frascos de dulce, nada más.
Querés una explicación, no la tengo. Yo solamente sé que esto pasa en el noroeste de Córdoba. |