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La última caricia
Participante 53 - Concurso Nación Rolera - 0 Comentarios - Puntuación: 32 puntos (VOTAR)
Juan tenía una de las enfermedades más raras del planeta. Todo comenzó la noche en que, navegando por la red en busca de información actualizada para un trabajo académico sobre sexualidad y placer...
Juan tenía una de las enfermedades más raras del planeta. Todo comenzó la noche en que, navegando por la red en busca de información actualizada para un trabajo académico sobre sexualidad y placer, ingresó a un sitio que invitaba a los internautas a medir el tamaño de su pene para realizar una encuesta remunerada. Animado más por la curiosidad que por el dinero ofrecido, determinó con exactitud las dimensiones de su órgano genital en estado de flacidez, tal como lo requería la página consultada. Registró las medidas en su agenda electrónica con el propósito de responder la encuesta en otro momento, pues tenía mucho sueño y debía madrugar a dictar clases en la universidad.
Al otro día, mientras tomaba una ducha, verificó las medidas y quedó sorprendido por los resultados. Su pene había aumentado de tamaño: al realizar varias veces la medición para descartar posibles errores, encontró que efectivamente había un crecimiento, a lo largo, de un centímetro exacto. Sin encontrar respuesta lógica frente al hecho, desayunó mas rápido que de costumbre, olvidó momentáneamente lo sucedido y partió hacia la universidad.
Una vez concluida su jornada académica y ya en la confortable biblioteca de su casa, acompañado por Bruno, su mascota doberman y por las notas musicales de Giovanni Gabrieli, compositor del barroco temprano, dedicó el resto del día a preparar su próxima clase sobre las amazonas.
Mientras avanzaba en su investigación, una idea aterradora cruzó por su mente: “¿Cómo sería mi vida si mi pene siguiera creciendo un centímetro cada día?”, se preguntó. Sumido en las implicaciones de ese pensamiento, fue interrumpido por una llamada telefónica de la universidad. Le informaron acerca de la suspensión de clases durante tres días, a causa de las festividades anuales. “Aprovecharé el tiempo en mi ensayo sobre mitología griega”, pensó. Y se dispuso a tomar las cosas con más calma. Al caer la tarde llevó a Bruno a un parque cercano donde corrieron y jugaron hasta el cansancio. De regreso a casa y luego de una frugal cena, vio las telenoticias, bebió una taza de café y se quedó dormido en su sillón preferido. Bruno, siempre a su lado, parecía asumir su papel de guardián de la noche.
Pronto amaneció y Juan alcanzó a ver por la ventana de la sala una lluvia pertinaz que caía lentamente sobre los árboles del parque, como preludio de un día frío y nublado.
Luego de breve ducha, tomó en sus manos una pequeña regla y midió, de nuevo, el tamaño de su pene. Y ¡Oh sorpresa! Tenía dos centímetros más respecto a la medida inicial .Esta vez sintió que un sudor frío recorría todo su cuerpo…Volvió a tomar la regla y confirmó que no había error en la medición. “¿Será posible que esto esté pasando?”, se preguntó.
Como tenía todo el tiempo disponible, dedicó la mañana a investigar por Internet los posibles casos clínicos de su ‘patología’, revisó la literatura médica sobre episodios de crecimiento progresivo del pene y no encontró respuesta científica que lo dejara satisfecho y tranquilo: La llamada macrofalosomía, considerada por algunos como un desorden de carácter hormonal a nivel de hipófisis, no lo convenció lo suficiente como para pensar que podría ser su caso. “Consultaré al mejor especialista del país, pero lo haré después de investigar por mis propios medios”, pareció decirle a Bruno, que lo miraba, en espera de una caricia tardía sobre su negra testa.
Al revisar la mitología griega le llamó la atención el culto a Príapo, un enano deforme con un enorme falo en perpetua erección, símbolo de la fuerza fecundadora de la naturaleza, con quien— pensaba— llegaría a competir si el tamaño de su pene seguía en aumento.
Se encontró, también con fragmentos de la obra de Maggie Paley, “El Libro del Pene”, donde la autora sostiene que en el paleolítico el hombre le daba una connotación divina a su miembro generador y que en la cultura griega, Príapo y Dionisios o Hermes eran considerados como los dioses del pene y adorados por su capacidad para dar fertilidad a las mujeres y buena suerte a los hombres, no sólo en la batalla que se libra en el lecho, sino también en la guerra con otros pueblos.
Se imaginaba compitiendo con Rocco Siffredi, el llamado “semental italiano” por el gran tamaño de su pene y por su resistencia como pareja sexual, o con la fama de Rasputín, ‘el monje loco’ de Rusia, quien poseía un pene de cuarenta centímetros y del cual, aún se conserva la mayor parte, en una solución de formol, en el Museo Erótico de San Petersburgo. “No me gustaría ser símbolo sexual ni mucho menos figurar en el Guinness Book of World Records,” pensó.
Mientras se dedicaba a la preparación de algún alimento para él y para Bruno, apagó el ordenador y buscó entre su amplia colección musical la “Fantasía para un Gentilhombre” de Joaquín Rodrigo. Luego de una breve siesta, llevó a Bruno al parque, dejó que el perro jugara libremente por los amplios jardines y caminó por la arboleda cavilando acerca de cuál sería el próximo paso a seguir. “Mañana iré a consulta médica”, pensó, al tiempo que regresaba a su casa.
Esa noche le resultó difícil conciliar el sueño. Trató de alejar de su mente oscuros pensamientos, invitó a Bruno a ubicarse a sus pies para sentirse menos sólo y menos triste de lo que estaba y después de algunas horas y de muchas vueltas en la cama, se quedó dormido mientras en el ambiente se escuchaban los acordes del primer movimiento de la sexta sinfonía de Beethoven.
Otro día comenzaba en la vida de Juan. Despertó ojeroso, hizo un poco de gimnasia rápida para despejar su mente y tomó su acostumbrada ducha, sin mirarse al espejo como solía hacerlo y sin fijar la mirada en sus genitales pues tenía miedo de confirmar sus sospechas. Se decidió a tomar la regla y midió el tamaño de su pene…Sus dudas se disiparon al instante: su miembro había aumentado otro centímetro y ya era más notoria la diferencia respecto a la primera medición.
Con más desconcierto que los días anteriores, preparó su cereal con frutas, atendió las necesidades de Bruno y llamó a un reconocido urólogo. Por su insistencia, logró una cita para ese mismo día en las horas de la tarde.
A sus cuarenta años, Juan era un brillante catedrático universitario, respetado y reconocido por la comunidad académica de la región. Dos meses atrás había vivido su peor crisis afectiva al romper relaciones con Alicia, una joven y hermosa violinista francesa, a quien aún amaba. Tenía la esperanza de un pronto retorno. De allí su preferencia musical por el barroco y los clásicos, única manera de calmar la angustia de una separación dolorosa…
Esa tarde Juan acudió al consultorio del especialista. Luego de una revisión física detallada, el médico le ordenó varios exámenes de laboratorio para descartar posibles sospechas de lesiones cancerosas o de otro tipo de enfermedades conocidas por la ciencia.
Tres días después fue citado al consultorio del galeno para conocer los resultados de las pruebas. No pudo ocultar el desconcierto que lo embargaba.
– ¡Hola Juan!, ¿cómo te sientes hoy?, preguntó el médico.
– Muy mal doctor, mi pene ha crecido seis centímetros. ¿Qué será lo que tengo?, dijo Juan, atropellando las palabras y notoriamente preocupado.
–Debo ser sincero contigo –le contestó el especialista. – La junta médica del hospital conceptúa no saber absolutamente nada acerca del origen de tu caso. Se han descartado todas las enfermedades conocidas, con base en los resultados negativos de la pruebas. Mientras seguimos investigado, te recomiendo estar en permanente contacto conmigo, tener calma y si eres creyente, mucha fe en Dios…
De regreso a casa y más confundido que nunca, entró al supermercado y compró provisiones para una semana. Pensó que lo mejor era pedir una licencia en la universidad pues no se sentía en condiciones de dictar clases. Tuvo deseos de llamar a Alicia para contarle todo lo sucedido pero su malherido orgullo se lo impidió. Tan pronto llegó, abrazó a Bruno, se puso ropa liviana, escogió a Vivaldi para mitigar su dolor y se sentó frente al ordenador. Buscó ansiosamente la página Web culpable de toda su tragedia y quedó más desconcertado al descubrir que el sitio había desaparecido de la red…
De pronto, los acordes de los violines de Vivaldi se mezclaron con los sonidos de su móvil. ¡Es Alicia! –Gritó, mientras saltaba de su silla –. ¡Le contaré todo!
– ¡Mi amor, qué grata sorpresa!, le dijo Juan.
– Ya no soy tu amor, pero sí quiero ser tu amiga...
– ¡Necesito verte pronto, es urgente, por favor!, insistió Juan.
– Yo también deseo estar contigo, pero ando en gira de conciertos fuera de la ciudad. Cuando regrese, dentro de dos semanas, iré a visitarte. Te mando un beso. “Au revoir”.
Al oír la dulce y sensual voz de Alicia, gratos e íntimos recuerdos se agolparon en su cerebro y sucedió lo que Juan no quería: ante sus ojos una lenta, dolorosa y extraña erección estaba teniendo lugar…
– ¡Adiós, mi amor!, le dijo, mientras colocaba su móvil cerca al ordenador.
No quería imaginar lo que sucedería cuando volviera a ver a Alicia, en su casa, con toda su desnudez y su ternura, dentro de dos semanas, metida en su cama, interpretando a Bach, con la fuerza y la pasión de siempre…
Para evitar ser visto por los vecinos, llevó a Bruno al parque en horas de la noche y a su regreso se dispuso a contestar todos sus correos y a trabajar en sus ensayos literarios.
Estaba tan agotado que se quedó dormido sobre el teclado del ordenador. Al verlo así, Bruno – a su lado como siempre –, lamió afectuosamente su rostro y lo despertó. Se levantó pesadamente de la silla y se tiró en su cama. Durante el resto de la noche los acordes de los ‘concerti grossi’ de Handel parecieron acompañar sus sueños…
Al otro día, muy temprano, Juan repitió su rutina: tomó una ducha y volvió a usar la inevitable regla. Con rabia esta vez, agregó otro centímetro a su registro numérico. Ya no había duda. Nada podría evitar esa terrible realidad: su pene seguiría aumentando de tamaño de forma incontrolada y no quería llegar a soluciones extremas como la cirugía o el suicidio. Su agnosticismo no le daba opciones ‘divinas’ para encontrar una salida. “Si no hay causas médicas conocidas, existirá otra explicación racional”, pensaba repetidamente.
Tenía la convicción de que si dejaba de cavilar por unas horas en el problema y cambiaba de actividad, podría ver la luz más adelante. Retomó entonces el trabajo sobre el mito de las amazonas y seleccionó los conciertos de Brandenburgo como fondo musical. Trabajó de manera incansable durante todo el día, hasta que llegó la hora del paseo vespertino con Bruno. El aire fresco del parque y el sonido de la naturaleza le devolvieron momentáneamente la tranquilidad.
Ya en su casa y luego de cenar, se recostó en el sillón a reconstruir su pasado. Se remontó a los más lejanos recuerdos de la infancia y avanzó lentamente por todos los estadios de su vida, tratando de encontrar posibles episodios traumáticos, sentimientos de culpabilidad, conductas delictivas, o experiencias que pudieran haber incidido en su ‘patología’.No encontró nada malo. “Si pudiera morir en este momento y volver a nacer, repetiría con orgullo, toda mi vida”, pensó. Se veía a sí mismo como un hombre bueno...
De pronto, se quedó observando la colección de sus discos compactos en los estantes de la biblioteca. Sintió que una fuerza extraña lo impulsaba a fijar su mirada en un estuche en particular: “Obras Maestras del Canto Gregoriano”, que años atrás le había obsequiado un monje cartujo, amigo de su padre. Era música que nunca había escuchado, por no ser de su preferencia. Se reacomodó en su sillón y acompañado por Bruno, se dispuso a oír con gran concentración las voces armónicas de “Media vita in morte sumus” y al rato cayó en un profundo letargo…
Al otro día, algo de gimnasia, una ducha fría y la verificación de las medidas. Pero al usar la regla notó que no registraba aumento alguno en el tamaño de su pene y que al contrario, había una reducción de un centímetro. “¿Qué estará pasando?”, se preguntó. De pronto sus ojos se iluminaron y un presentimiento alegró su corazón. Trabajó largas horas en su ensayo sobre mitología griega y al caer de nuevo la tarde, llevó a Bruno al parque. Al regreso sus vecinos lo escucharon susurrar una melodía incomprensible…Por la noche, continuó con el canto gregoriano. Sintió que le agradaba y que algo estaba cambiando en su interior. Se durmió más temprano y más tranquilo. Y Bruno guardó su sueño…
Tan pronto amaneció rompió el orden de su rutina y tomó con mano temblorosa la pequeña regla...Segundos después gritó, pleno de alegría: “¡Sí funciona!” Su pene continuaba reduciendo su tamaño, un centímetro cada día, sin una razón aparente… “Si es lo que yo creo, le prepararé a Alicia una grata sorpresa”, agregó.
Durante los días y las noches siguientes, su casa era una fuente de cantos gregorianos. Suspendió todas las actividades académicas para dedicarse, exclusivamente, a este género musical, sentado en su cómodo sillón y con Bruno a sus pies. Poco a poco dejó que su mente y su espíritu viajaran libremente más allá de los límites del tiempo y del espacio...
Cuando Alicia regresó de su gira de conciertos, fue a la casa de Juan y no lo encontró. Sólo Bruno permanecía echado junto al sillón. El silencio absoluto que allí reinaba asustó a la joven violinista…
Los vecinos le contaron una historia triste. Le hablaron de ambulancias y de clínicas psiquiátricas…De ‘locura mística’... “Pobre Juan”, decían.
Aquella tarde lo vio sentado en el jardín del sanatorio con la mirada perdida. Acompañada por Bruno, se le acercó y lo besó con ternura en las mejillas. Ni una palabra salió de los labios de Juan…El perro lo miró, esperando, quizá, la última caricia sobre su negra testa. Y a Alicia le pareció ver dos lágrimas casi humanas que brotaban de los ojos de Bruno…

Le doy a este relato
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