Cuando lo conocí era una niña. Una niña pobre, flaca, sucia e insignificante. Vivía con mi familia en una casucha acurrucada bajo un puente que debía pertenecer a la circunscripción más mísera de Paris. Odiaba aquel sitio. Era oscuro, húmedo y el calor humano agobiante, pero fue allí donde di mis primeras bocanadas de aire. Y fue allí donde mi garganta quedó impregnada con el sabor del Paris más escondido, lastimero y vergonzoso pero, a la vez, más real y sincero. Estoy segura que aquel lugar endureció mi carácter a pesar de mi temprana edad. Me hizo fuerte. Me hizo apreciar en todo momento lo que tengo. Y saber que algo peor siempre existe. Y reconozco que a veces una repentina añoranza me embarga, incluso por las negras ratas que tantas veces serpentearon entre mis piesecitos descalzos. Sí, se lo debo.
Los recuerdos que tengo de mi madre nunca son mudos porque desde que me parió, quizás incluso de antes, no dejé nunca de oírla toser por la tuberculosis. Me resulta imposible disociar el recuerdo que tengo de ella de su tos agarrotada. Y de su pañuelo raído rebosante de flema, sus ojos enrojecidos, su palidez amarilla, y el vapor de las dudosas infusiones que gustaba de preparar. No sé si llegué a verla morir, pero a ella le debo el traerme a este desdichado mundo así como el perturbado hábito de aferrarme desesperantemente a la vida por encima de cualquier agonía. Se lo debo.
No he retenido a mi padre en mi memoria con igual claridad. Únicamente la misteriosa certeza de que hubiera podido ser un mejor hombre de lo que fue si alguien le hubiese dado sólo una única oportunidad. Pero nunca la tuvo. Quizás la dejó pasar sin saberlo. Quizás no la merecía después de todo. Sólo le quedó ser un borracho amargado. Era hombre cariñoso y gustaba acostarse conmigo y mis hermanas, para darnos mutuamente calor según decía. Mientras, mis hermanos mantenían a la familia, trapicheando, robando, o recurriendo a la mendicidad. Pero esto último nunca lo reconocían delante de papa, porque la única lección que grabó a fuego en nuestra piel fue una penosa y contrahecha noción del orgullo. Insana, parcial, equivocada, estúpida cuando se vive en la indigencia, pero no carente de una rara dignidad solemne. Ese orgullo y esa dignidad me los dio él. Se los debo.
Yo era aún demasiado joven y no estaba suficientemente formada como mis hermanas mayores para ser vendida, pero ansiaba ese momento. No para escapar. No sospechaba entonces que algún sitio mejor pudiese existir. Sino por mi familia. Ser vendida de criada, o de lo que fuera, era mi único recurso para contribuir al esfuerzo común de la familia para mantenerse a flote en aquella miseria. Aún ahora, después de tanto tiempo, es nítido y doloroso el recuerdo del hambre como para preferir sin dudarlo cualquier tipo de corrupción. Moral o no. Debo a mis hermanos y hermanas ese sentimiento de unidad y sacrificio. Y el sentido práctico suficiente para reconocer el autentico valor de las cosas en orden a sobrevivir. Se los debo.
El hombre al que amé una vez apareció de repente, no sé muy bien cómo. ¡Es difícil recordar! Buscando refugio de la lluvia creo que nos dijo. Sin embargo, lo recuerdo bien, sólo una débil llovizna humedecía esa noche y nada más. Nuestro padre, muy hospitalario él cuando estaba bebido, fingiendo siempre ser el hombre que no le dejaron ser, no dudó en convidarle a nuestra inexistente cena de todos los días. De madrugada, antes del amanecer, cuando todos parecían dormidos, él me cogió en sus brazos y salimos fuera. Era la primera vez que me alejaba tanto del hogar y nunca volví a saber de aquella casucha bajo el puente. Nadie acudió a despedirme, y yo no me despedí de nadie. Sólo silencio. No estaba segura entonces de cómo hacerlo. Y creo ahora que tampoco era necesario. Y así empezó mi nueva vida y mi oportunidad. Era un aristócrata bien parecido, cultivado, de gustos refinados y aires de alta alcurnia con caminar pomposo e hipnótico. Siempre divertido, a veces melancólico. El tipo de hombre imposible de encontrar bajo un puente, excepto aquel día. Sin embargo para mí, la niña materialista que había aprendido a ser, encontré los colores nuevos y brillantes, los perfumes tan ajenos a los propios de las cloacas, los tejidos siempre suaves y limpios y los suculentos manjares regulares, que siempre devoraba aun no teniendo hambre, mucho más interesantes. La esperanza de que exista un paraíso, y de que las cosas siempre pueden ser mejores de lo que son, se la debo a esa casa a la que fui llevada en volandas. Se lo debo.
Él me puso bajo la tutela de su ama de llaves. Una mujer severa, seca, curtida, que nunca hacía preguntas ni expresaba emoción o cariño en su voz, no porque los ocultara, sino porque definitivamente había perdido tales facultades. Pero de sus motivos nunca supe nada. No sé qué fue de ella. Y verdaderamente no confío en que sintiera algún afecto por mí. Pero a ella le debo mi educación. Era eficiente y leal en su cometido. Saber cómo utilizar cada cubierto y cómo arreglarme, conocer los secretos de la conversación locuaz, discreta e inteligente que se espera de una dama y manejar los sutiles dones de la hipocresía y la indiferencia, o el hecho de poder escribir estas mismas líneas sobre papel, es obra suya. Se lo debo.
No se cuando empecé a amarle. Supongo que desde el principio. Durante años mi corazón, decaído por la mañana, se aceleraba a medida que avanzaba el día y se aproximaba el anochecer pues sólo cuando el sol había atravesado esa línea que llamamos horizonte, él regresaba. Aunque no sé de dónde ni de qué tarea. Y, finalmente, irremediablemente, siempre partía movido por misteriosos designios privados antes de que aquel mismo sol despuntara. Yo me ocupaba de prepararle una cena que jamás probaba y de acomodarle un lecho que dudo usara alguna vez para el sueño, a pesar de todo, eso y no otra cosa requería de mí y perseveré en aquellas labores inútiles. Pienso, divertida, que le gustaba hacerme rabiar, pues muchas veces traía mujeres hermosas a su casa. Emperifolladas con bellísimos vestidos de gala. Felices. Siempre guapas, nunca tontas. Y reían juntos mientras bebían un suave vino descorchado sólo para ellas. Y las risas de ambos me herían pero también despertaban mi fantasía. Y soñaba que aquella voz femenina era la mía, aquellos vestidos cubrían mi piel, mi pelo desprendía aquellos perfumes exóticos y su felicidad me pertenecía. ¡Que tontería! ¿Verdad? Pero por encima de todo soñaba que estaba con él, compartiendo las bromas, los besos y las confidencias. Tal vez no fuera verdadero amor sino una muestra sentida de agradecimiento intenso. Pero ¿qué importa? Eran bonitas ensoñaciones que me saciaron al tiempo que me orientaban. Le debo pues a aquellas rivales esa gracia femenina y ese encanto que aún desprendo. Se los debo.
Y llegó mi noche. La noche iluminada por velas y adornada con jazmines, en que yo fui lo suficientemente hermosa, inteligente, culta y espontánea como para ensombrecer a cualquier mujer que él pudiera encontrar dentro o fuera de Paris. Mi piel era fina pero dura, mis ojos eran cristalinos pero insondables, mi boca una sonrisa de doble filo. Conocía la faceta más cruel de la vida pero era capaz de sueños inmaculados. Él me hizo excepcional, como él mismo era y, en cierta manera, yo fui producto de su ansia por rehuir la soledad. Mas que su juguete o su muñeca yo era un aroma que sólo pudo cosechar combinando las substancias más dispares y opuestas, y dejando que el tiempo fermentara su timbre agridulce. Así que en nuestra noche, él no cesó de respirarme, orgulloso de su obra, Deseoso de conservarme en un frasquito para que no pudiera perder jamás ninguna de mis irrepetibles esencias. Yo, a mi vez, deseaba igualmente retener aquel momento tan largamente anhelado en tantos días en que, devota, esperé la noche. Pero por encima de todo quería solventar la deuda que había adquirido con él. Y no había más pago que darle lo que las otras no pudieron. Por eso le dije que no tuviera miedo, que esperara un poco más. Sólo un poco más. Y él aguardó mientras la noche avanzaba. Y reímos, bebimos y bromeamos juntos, sin cansarnos de respirar aquel aroma más suyo que mío. Él contenía el apetito y el miedo que le carcomían y yo, con suaves placeres y susurros de mujer que ahora ya he olvidado, le infundía un valor que jamás creyó albergar alguna vez. Él quería algo de mí y yo quería dárselo. Por eso, cuando él se sintió desfallecer, y el terror y el deseo de la sangre fueron demasiado intensos, tuve que estrecharle contra mi pecho con fuerza. Y compartí con él mi latido. Y a su ritmo ambos nos dejamos seducir y conducir hasta entregarle lo que nadie más pudo ofrecerle.
Y le mostré el amanecer. Un espectáculo que solo puede ser apreciado por aquellos que conocen el auténtico valor de las cosas. Como él, y como yo. Eso y no otra cosa fue lo que le di entonces, y creo, creo, que me lo agradecía mientras el viento dispersaba aquel polvo gris. Lejos de mí. Para siempre. Pero nunca lloré, ni he lamentado aquel momento, pues fue esta la primera de las deudas contraídas que pude pagar. Y ya no le debí nada.
Dedicado a una amiga de tiempos pasados. |