“Me lo confirmaron hoy; ahora está a su nombre. Use Ud. mejor el pasaje. No veo cuándo podría hacerlo yo”.
En algún sitio de las memorias palpitan esas palabras. Mirándolo bien, desde la distancia que permite el tiempo. Gloria, la cachaca alegre, no me regaló un billete a San Andrés, me lo canjeó por mis poesías. Ni más ni menos que un vulgar negocio fue la cosa.
Así fue, aunque cueste aceptarlo. No es que mis poesías valieran mucho, ni que yo pudiera haber alcanzado la fama con ellas. Nada de eso. Me dolió el trueque involuntario porque eran las únicas que me recordaban a la Angélica, fuego lento que, durante suficientes años, devoró mis entrañas. Asimismo me hacían pensar en las noches en vela que me hizo pasar, y en el amor imposible en que se convertía meses después. El pillaje simpático lo sepultó en definitiva. Olvidarme de la Angélica, despedirme de mis primeras poesías, indicaba el camino. El destino juega con las vidas.
No recuerdo exactamente cuánto duró el vuelo en Avianca ya que me lo pasé pendiente de irritaciones peculiares. Me picaban las manos, la excitación me subía y bajaba. Isa, la prima de Gloria, me había explicado la noche anterior, que en San Andrés no se conocían las penurias ni el hambre.
“Aún no tengo notisias de alguien que se haya muerto de sed. Así que no tendrá problemas”.
“Voz que sale a duras penas”, dije para mis adentros. Una cuestión tediosa la llevaba a tildar de inútil la mayoría de los encuentros. Ante mi estupefacción esa vez se metió Gloria. Se sabía atractiva, convincente, apetecible. Tenía bien presente cuánto la deseaba. Coquetearía conmigo hasta donde fuera posible, pero sin darse, a menos que se lo pidiera de rodillas y le permitiera jugar.
Gloria no altera una palabra, repite las frases de Isa, pero con tanta soltura de cuerpo que me parece fuera de sitio preguntarle si ya conoce la islita antillana. Ahora me arrepiento de no haberlo hecho. Cuando existió la oportunidad de alterar un rumbo.
Semilleno venía el avión. Quince turistas, distribuídos de acuerdo al principio de multiplicidad máxima, observaban las andadas del avión en el aire. Horas después un concierto de palmeras elegantes que se cimbraban al vaivén de la brisa marina que dibuja y sopla olas en un mar verde turquesa, me dio la bienvenida.
Grande es el contraste con Bogotá, ciudad lluviosa, si bien desde el mirador se ve mágica, como sumergida en el tajo fértil y verdoso que crean la cordillera Occidental y la Oriental. Mientras en la capital andaba dándome diente con diente del frío (también del hambre), y me preguntaba las razones de evitarse el tuteo entre conocidos y amigos, en San Andrés se me echa encima un aire cálido, compadrito, prometedor, alegrón, hecho para las amistades y el turismo rápidos. Sobre todo para pasarlo bien. Traigo una dirección adonde llegar, y pienso quedarme un tiempo en la isla, exento de los rompecabezas tradicionales que es comer, dormir...
Ramón Wagner, el chilenoalemán que había conocido en Manaus, me la facilitó días antes de ahuecar el ala. Tras agradecérselo nos perdimos de vista. Se me quedó grabada en la memoria su sonrisa. Me la figuré salida de la alegría, fruto de la despreocupación, típica de quienes les ha ido más bien que mal. ¡Qué error! Esa sonrisa significaba otra cosa, encerraba un enigma que tampoco conseguí descifrar a tiempo. Si acaso lo habré intuído. Pero vamos a ver si sería así.
“¿En tránsito?”, quiere saber el de extranjería.
“Sí”, le respondo.
“Entonses no tiene necesidad de tarjeta de turismo”, concluye mediante una mueca ambigua.
Reclamo el equipaje que tanta curiosidad ha despertado en el aeropuerto de Bogotá y salgo. Frente a mí se despliega un ambiente de película. Hace sol y el día promete bonanzas a granel. Me basta una.
El clima cálido y la humedad me recordaban Brasil. Caminando por la costa contemplé la hermosura de la playa. “Igualita a las del nordeste brasileño”, me dije cual suspiro imposible de contener más tiempo. Por algún motivo encubierto todavía me resistía a sacar provecho de la dirección recomendada.
Burros negros me hace ver la resolana. No me queda más remedio que mudarme de ropa y dirigirme a la Policía Nacional.
“Deje sus cosas ahí. Tiene que buscar dónde dormir y comer”.
Escueta es la información y no admite réplicas. El hambre psicológica hace delirar las tripas. Se me echa encima cada vez que ignoro dónde y cómo dormir y comer. Sin embargo, me siento igual que los pájaros. Basta y sobra la sensación de estar vivo. Cae la tarde y trae una noche tibia. Sobre mí...millares de estrellas. Nadie me apura ni exige nada.
En varios sitios intenté conseguir alojamiento y comida. En algunos me dieron de comer y me facilitaron “diresiones útiles”.
“Vaya donde Jairo, en el Hansa Club. Allí siempre nesesitan gente”, me aconsejaron en un restaurante. Le di las gracias y me puse a caminar estudiando la inclinación de los platanares y la singular esbelteza de las palmeras. El consejo me llevó a la punta de la isla. Sentado en una de las numerosas sillas de madera me dispuse esperar. Había poca luz y sobraba la belleza. La peculiaridad del paraje daba para soñar a gusto y gana.
“Estamos completos. Ayer bino el último. Vuelva la prósima semana, tal bes haya algo”.
Me largo. No mejora mi suerte en los demás locales. Leído Eduardo Zalamea de punta a cabo me pregunto qué hago en esta isla turística sin un centavo en los bolsillos. Toca hallar trabajo, lo que sea para seguir viajando a la buena de Dios.
Hice noche en una construcción. Tempranito me encaminé a la playa situada a unos metros. No sabiendo qué monos pintar un domingo tan largo, me fui por la orilla y divisé un barrio residencial. Pronto se terminó el pavimento, desaparecieron las casas. Un vistazo a la costa reveló la presencia de arrecifes. Abundaban los roqueríos, de tramo en tramo salpicados de cabañas.
De mano a boca se larga a llover. Sin siquiera inmutarme prosigo el camino. En mi mano el maletín negro, en la mente la dirección de don Ramón. Copiosa se ha vuelto la lluvia. Ni modo de ponerme rebelde y seguir. En un refugio, un chalet de pretensiones rústicas, puesto muy a propósito, me quito la camisa, el pantalón y me pongo el traje de baño. Estoy solo. El bullicio de los aviones yendo y viniendo brindan lejana compañía.
En cuanto amainó seguí caminando. Siempre fui bueno para caminar. “Tanto arrecife. Bendito sea el que haya inventado tanto arrecife. A estos roqueríos no se llega en bote. Tampoco invitan a la pesca o la natación”. Un nuevo chubasco interrumpió mis pensamientos. Pero el nombre de arrecifes daba vueltas y más vueltas en la cabeza. Como no quería mojarme otra vez busqué un sitio cubierto. Los mosquitos se ensañaron conmigo. En una de ésas vi venir un taxi. Le hice señas. Paró.
“Los Arresifes. Desde luego que conosco el local”, responde el conductor. Tengo la sorpresa pintada en la cara. “Si quiere, lo yebo. Está ahí no más. No le va a costar nada la carrera”, comunica en seguida. Respiro aliviado nada más verificar que la dirección de don Ramón tiene pies y cabeza.
La lluvia no pensaba detenerse. Sumido en el silencio se encontraba también el conjunto de viviendas portando el casi obvio nombre de “Los Arrecifes”. A los veinte minutos se acercó un tío convertido en huesos y pellejo.
"¿Está Fidel?"
No tenía la menor idea quién sería, pero causa buena impresión dar a entender que ya nos conocemos.
“No. Salió, pero ya ba a yegá”.
El flaco Humberto me invitó a entrar. Tres perros, salidos de vaya a saberse qué mescolanzas caninas, me acogieron a punta de ladridos, lengueteos y olfateos.
Sobre la barra se ve carne, frutas y verduras. “Van a preparar comida”, pienso luego. La posibilidad de saciar el hambre incrementa los jugos gástricos. Haciéndome el desentendido me quedo un buen rato hasta que me invitan. Como todo lo que me ofrece Carmen. Hace tiempo que tengo la costumbre de engullir hasta la última migaja. Nunca se sabe si mañana habrá de comer.
En compañía de doce chicas, a cuál más distinta, dimos cuenta de las frutas tropicales. Se veían soñolientas, cansadas, en un sitio oculto excursionaban sendas vistas y causaban la impresión de haber perdido algo valioso, pero sin saber qué era.
“Será un lugar perdido en los sueños, estará lejos y nadie podrá encontrarlo”.
Soy consciente de la irrealidad de tamañas ocurrencias, sin embargo, persisto, negándome a la realidad de que estas niñas se venden de noche y duermen de día. Y el local es una casa de putas con todas las de la ley.
“Viejo pillo...gringo pillo”, dije corregida la impresión, enviado el agradecimiento. Ya enseguida me pregunté si don Ramón todavía andaba libre, al estilo de los pájaros amazónicos o ya tomaba el sol a cuadritos. Los cruzeiros fuleros, en particular, las monedas de oro-pel, el día menos pensado lo iban a meter en sepa Ud. qué líos. Era para la risa la historia.
“Twenty dollars of Love”.
A lo más pensé que, por la nitidez, semejante acuñación venía inspirada en una charada o una medalla chusca, de suerte que las monedas eran casi, casi auténticas. Hasta pesaban tanto como las de oro. Hizo picar a varios bancos. Manos ávidas, si bien poco sabidas, las proyectaban al aire. Al punto se concentraban los oídos en el sonido al rebotar en el suelo. Una y otra vez. Melodía celestial para sus oídos porque hasta les cobró el doble y ellos demasiado felices.
“Sim, sim. É ouro. É mesmo ouro”, decían los expertos, y los ojos abrillantados saboreaban ganancias seguras, caídas del cielo. Cambió treinta antes de que le echaran el guante. No fue un brasileño quien dio en el clavo, fue un turista inglés. Tampoco él dudaba de la autenticidad...hasta leer la consigna: “Twenty dollars...of what? I see. Of love!”
Sonoras, provocantes, imposibles de desoír, fueron las risotadas. Sacó un diccionario de bolsillo y se lo explicó a los bancarios provinciales. Así era en los pueblos del interior, así en el Brasil de los sesenta y setenta. Y así el viejo.
Mi mente, en cambio, regresa a Los Arrecifes.
“Vengo de parte de don Ramón Wagner. Sé cosinar bien. En Nueva York trabajé en varios restaurantes de categoría internasional. Nesesito un sitio donde comer y dormir. Na’ má’. Con eso tengo bastante”.
El dueño, don Fidel, acepta a ojos cerrados. Tras despedirme voy a buscar mis bártulos. De nuevo hace sol y las esperanzas acaban de renacer. Rememoro las pláticas, las preguntas de las chicas. De la curiosidad inicial se pasaron a la indiferencia apenas se enteraron de que andaba con los bosillos pelados porque quería saber cómo era la gente.
Había oscurecido cuando regresé a mi nuevo hogar. El flaco Humberto dormitaba en el salón. Al rostro cadavérico se sumó un gesto mecanizado; ambos me indicaron donde dejar el equipaje compuesto de una mochila, un saco de dormir, verdes, y un maletín negro gracias al cual me mandaba la parte. Acto seguido me indicó el cuarto donde dormir. Cuchicheando me hizo saber que, en el fondo, ese cuarto estaba destinado a las nuevas. Solucionadas las dificultades no hubo impedimentos para desanudar la alegría.
En una cocina descomunal está mi reino. Las ollas, sartenes, las cacerolas familiares, así como los platos y pocillos, son mis súbditos. De no lavar, cocinar, duermo a pierna suelta.
“No se preocupe, duerma no más, mañana lo despierto”.
Agradecidas las palabras del flaco Humberto prosigo la siesta, de tanto en tanto bien retrasada. A centímetros de mi cuarto se acicalan las muchachas, parlotean a un tiempo, se ríen las unas de las otras. La sección del dormitorio, la de mayor importancia en lo que es el ingreso de plata, se llena de pullas. Sobre las siete de la tarde despiertan a la vida. La llegada de la noche encuentra bien decorado el sexo y atizados los calores que les quedan.
No abundaban las conversaciones. Los motivos podían variar. El más común era la fatiga producida por una noche interminable y el consumo de alcohol. A la fuerza digamos, visto que formaba parte del negocio al igual que ellas mismas. Yo era un cuento aparte. Había caído de rebote. Enviado por un viejo pillo, experto en negocios raros, si bien más aun en conseguir divisas estrafalarias.
Cuando alcanza el tiempo intercambiamos unas frases. Yo les cuento un chascarro, ellas me confían unos episodios o me miran de hito en hito antes recogerse en sus cuartos. Hasta el momento no he tenido la oportunidad de departir con putitas. Las conozco de pasadita más bien. Como quienes las buscan en cuanto se acaba el trago y la fiesta se va a pique.
Interesante fue la primera impresión de Carmen. Se veía sensual, de modales educados, modulaba bien las palabras antes de largarlas. Pasadas unas horas me di cuenta del error. Sus intereses giraban en torno a los pesos que le iban a entrar esta noche. En resumidas cuentas, no traslucían la menor intimidad.
Los demás intercambios tampoco arrojan demasiados frutos. Se distinguen en lo que a adoptar actitudes diferentes se refiere. Si algo les preocupa es causar buen impacto en hombres platudos. Pero también actúan frente a cualquier hombre como si montaran un escenario gigantesco y ya no cupieran los alucinados. Acotaciones diversas, algunas ocurrentes, las más sólo groseras, risas al buen tuntún, sin revelarle el motivo a los extraños, son los recursos habituales para mantener a raya a los intrusos, ya que con los clientes son seda pura. Sedita hecha de recatos.
Las había para todos los gustos. Marjorie era rubia de ojos azules. Cual rosa inconquistable, y reina encantadora, siempre quería llevar la batuta. Su hechizo ficticio, más que nada basado en el hecho de haber nacido rubia de ojos azules, no aceptaba competidoras. Menos...competidores.
Unas culinegras “de pura mala suerte” eran sus compañeras. Puntiaguda era su risa y ocultaba a las mil maravillas impulsos naturales, bien así como un vaho de Tabú los malabares inquietos de su estómago vistas las repetidas incontenciones de gases que se le escapaban en el peor de los momentos.
Todavía niña había aprendido a disfrazar las represiones y frustraciones que pronto iba a recibir a granel. Noche a noche, porque noche a noche esperaba al príncipe azul que la iba a sacar de este antro con un cocinero que no tenía la más reputa idea de cómo preparar un cocido antioqueño (uno de los motivos de mi partida dicho sea de paso), soñaba con los ojos abiertos. Y noche tras noche acababa igual. Decir dónde estaba en un momento dado era lo más sencillo del mundo, ya que bastaba seguir las huellas perfumadas para descubrir la fuente. Más de alguna vez, un pedo indiscreto espantó al príncipe de turno.
Blanca, en cambio, ha nacido con el don natural de mando. La líder pura. No obstante inhibirse a la hora de reconocer que trabaja porque se deja cepillar, tal vez persiguiendo hacerse perdonar, me cuenta su historia. Sus historias, mejor dicho.
“Ya a los quinse era madre soltera. Se lo di a mi primo. Cuando se oscuresía se pasaba pa’ mi cama y nos comíamos casi toda la noche. El muy deslenguado me prendía candela cuando las campanas llamaban a la novena y los agüelos se ponían a chismear. Con la misa de madrugada se iba igual que los gatos.
¡Ay Diosito! Me tiembla todo. ¡Qué hijueputa tan chévere! A los tres meses ya no pude disimular la barriga. Mi madre me mandó donde una tía. Ahí tuve el niño; lo adoptó una familia acomodada. Entonses conseguí un puesto de empleada en una casa. Pero vea Vd., ¡qué barro! Lo que paresía ser buena gente, resultó ser una partida de mágicos y ladrones.
“¿Le proboca un tinto?”, me desía el patrón cuando misiá Teresa andaba en la iglesia y él, pero muy berraco. Se metía todas las noches a mi cuarto. Cuando ya me dejó preñada me hiso abortar el niño ese hijueputa que ya no se cosinaba en dos aguas. Después que fue a parar a la cársel conosí al José Miguel. Me dijo que era doctor. Como estar sola es muy barro, me metí con él. ¡Qué sabía yo que era un nuevo encarte! Impresionada como estaba, fíjese Vd. que ni se me ocurrió preguntarle dónde tenía el consultorio. La vida me mostró que era todo un doctor en vender marihuana, coca y en raterismo.
Nos casó un cura cuchufleta, conosido por cuentavidas y por las desgrasias del hermano menor. Disen que al último lo mató su propio perro. Que cuando se largó de casería pa’l monte, a casar no sé qué, quién sabe dónde ni con quién, como que andubo dejando la escopeta en el pasto porque quería orinar. ¡Sas! De un salto se dejó caer el perraso sobre un bicho, pero en bes de agarrarlo acsionó el gatillo y aportilló al amo cuando todabía se la estaba sacudiendo. ¡Qué berraquera, fíjese Vd! Mi José Miguel también está preso ahora. Barro barro es la cosa. Tuve que defenderme como pude y dejarle el secaleche a los agüelos porque mi madre y se había largado con el nuevo. Ahí fue que conosí a don Fidel. Me paresió buena persona el hijueputa. “Llevámele este aguardientico a mi señora. Dígale que lo hiso don Roque”. Después me pasó unos pesos y el pasaje a San Andrés. Hasen dos años que estoy aquí”.
Decir que no saboreé sus historias, sería mentir. Evitando conclusiones y reflexiones, porque están de más, le deseé la mejor suerte. Estaba claro que ella pensaba quedarse aquí hasta que las velas ya no ardieran. Que estiraría la juventud tanto como se pudiera. Por otro lado, nadie le cuenta historias al tiempo.
Rosa, una morena clara, delgada, bien pechugona, se parece a Marjorie. No obedece el parecido a la belleza, obedece a la actitud frente a las demás. Su pretendida superioridad se basa en la educación recibida en las monjas y en su condición social. Si bien trata a sus compañeras ocasionales con aires de gran señora, y las llama «culiprontas de ocasión», prefiere callar las razones de encontrarse aquí. Pero en un ambiente tan estrecho cuesta un mundo preservar secretos. El día menos pensado se los ventila.
“Comensó la cosa encamándose con el cuñado. Se enamoró perdidamente de él. Picada en lo más hondo del orgullo quiso negarse a ese amor. Claro que cada día le cresían más las ganas. Sabiendo donde, y como hallarlo, un día d’éstos lo fue a buscar. De nuevo se ensendió el fuego. Y de nuebo, los líos con la hermana y la madre. Andaba tan berraca que ahora se lo pedía de rodillas. La pobre aún no estaba enterada del verdadero motivo, de que había nasido...berraca. A todo esto hasía lo posible pa’ disimular. No quería que nadie lo supiera. Pero llegó el día en que ya no se aguantó más. Aprovechando la ausensia de su hermana, y los niños, le prendió fuego a la casa con el cuñado dentro. Lo hiso porque días antes la había mandado de paseo y ahora se le negaba. El pobre tuvo suerte porque alcansó a escaparse por la ventana de la cosina. Esa fiebre berraca la separó del cuñado, y la apartará de todos los hombres. Pero mire Vd. lo que son las cosas. Noche a noche usa su facha pa’ acostarse con quien le da la gana. Como ninguna de nosotras se entrega de cuerpo y alma al elegido. Acabada la cosa ba a misa, se confiesa y jura no volver a repetirlo...hasta que se anochese. Dígame si eso no es mamadera de gayo”.
Me guardo para mí la confesión de Laura.
No era así de locuaz Laura con su propia vida. Costaba trabajo horadar ese hermetismo. Desconfiada por naturaleza o en atención a las experiencias tenidas, apenas habrá tenido ánimos para enfrentar una culpa que la perseguía adonde fuera, le roía las entrañas.
Laura no acepta su condición. Orientados los sueños lejos de sus posibilidades acabará frustrada. De talante extraño, grandes son los deseos de abrirse de este entorno, así sea mentalmente. En un pedazo de papel garrapater algorismos, su modo de viajar a mundos diferentes. La noche de mi partida me cuenta que se ha acostado con su padre. De esa unión nace una hija. Desesperada la madre, desesperada la hija y de seguro la nieta, e indiferente el padre, sólo piensa en huir. Adonde nadie la conozca.
Nazareth, la hembra por excelencia, tal vez la única en aceptar y disfrutar su trabajo, andaba siempre de buen humor y cantando. Marina, dueña de una gracia natural y simpática, tenía una sencillez a prueba de vanidades. Su capacidad de cariño era inmensa. Lo mismo su paciencia: aún esperaba a su gran amor.
“¡Ay! Primo Armando, con la manta en el hombro, quiero amaneser. Con mis amigos parrandeando, quiero amaneser...”.
Entre ollas, cacerolas, sartenes, historias a medio digerir, digeridas e indigeribles, paso días fuera de lo común. Silenciosa compañía la del flaco Humberto, tímida y raquítica presencia que ayuda donde puede y no debe.
Don Fidel tenía un elevado concepto de sí mismo. Amigo de la dialéctica fácil, ahora que abundante, tal cual vez incluso convincente, no le faltaban los argumentos a la hora de justificar las acciones. A Margarita, su esposa, se le hacían pocos los ojos de la admiración. Su Fidel era imagen sagrada. El día que a Marjorie y Gloria se les mete en la cabeza comer un “verdadero” cocido antioqueño, que los clientes vuelven a reclamarle a don Fidel de que ya es la quinta vez que se dirigen al cuarto de siempre y se llevan el susto del siglo al ver a un barbudo de piernas bien peludas y moreno más encima, y no hallar a Marjorie, Blanca, Rosa, Nazareth ni a Laura o a las demás, marca mi partida definitiva.
“Bas a tener que irte. Lo siento tanto como la pérdida del viejo. Era un gran amigo”.
Al ver mi estupefacción procedió a contarme que don Ramón había pasado a mejor vida. Ya no había nada que hacer. De modo reservado me dio a entender que padecía de leucemia y una contracción involuntaria lo obligaba a sonreír a la continua. Evitó más detalles.
“Viejo pillo. Sabías de todo, no inglés. Si tú habrás confundido Love con Gold o el que las acuñó, eso te lo llevaste a la tumba”, me digo antes de emplumármelas. Recibí un dinerillo por no decir nada. No me quedó otra que dejar las pertenencias en la Policía Nacional. Me fui tan silenciosamente como había llegado. Me fui solo, no con Marina, en cuyo dormitorio había pasado noches inolvidables. “Fíjate que sabré alguna’ cosa’, pero to’abía no tengo pasta pa’ cafiche”, le dije cuando me despedí a la ligera. Entonces ya me habían quitado el cuarto para dárselo a Nieves. |