El viento ululaba y las hojas de los robles se movían en un vaivén incesante, rítmico y de alguna manera, estremecedor. Ligeras ondulaciones se formaban en el tranquilo Lago de Eternidad y sólo el distante sonido del aletear de algún ave que se alejaba, cegada por el miedo o quizá la tristeza, rompía la armonía de la melancólica melodía que creaba el aire.
Levantando el cuello de su mugrienta camisa, Dirnaiam intentaba protegerse del gélido soplo que chocaba contra su nuca, le helaba la sangre y le congelaba las lágrimas que parecían a punto de caer de sus ojos.
Estaba rodeada de once magos: Fenia, Alain, Bari, Cedric, Daon, Eada, Birgan, Harven, Idun, Loomis y Orome. Todos eran especialistas en algún arte místico diferente: eran nigromantes, animistas, conjuradores, hechiceros, elementalistas, demonologistas, invocadores... y todos, tanto ella como los demás, callaban y muchos miraban al suelo.
Por la mente de todos pasaba una sola idea: la muerte.
Kauleor, el mago invocador cuyo nombre todos los hechiceros conocían, el hombre de quien se decía que igualaba en poder a su propio Dios, el ser de cuya sabiduría y control de la magia se profetizó que nunca llegarían a ser igualados por ningún mortal, había sido destruido.
Kauleor, el casi omnipotente Guardián de La Reunión Arcana. El único que, habiendo vencido al Demonio de los Dragones, tenía en su poder el Broche de la Realidad, un objeto que sólo alguien como él podía haberle arrebatado al hijo bastardo del Dios Ailaknord, el Señor de los Cielos Oscuros. Un objeto que ampliaba su poder hasta límites insospechados.
Por eso no cabía en la mente de nadie, aunque los corazones de todos lo presentían, que Kauleor hubiese muerto. En cuerpo y alma, para siempre.
Durante un largo rato nadie dijo nada. Las blancas nubes se deslizaban por el cielo que empezaba a oscurecerse y en la lejanía se oía el graznido de un cuervo. Pero nada de esto atraía la atención de los presentes. Las 12 figuras permanecían en silencio, todas vestidas de forma diferente, todas de rasgos distintos, todas con creencias que no coincidían pero todas unidas por un símbolo, por un pacto, por un juramento: su pertenencia a La Reunión Arcana. El grupo de los 13 magos más poderosos y sabios, que ahora había visto reducido su número a 12 de manera inesperada, trágica y triste, callaba.
-No puedo creer que haya muerto, Birgan –dijo Dirnaiam, atreviéndose a romper el sagrado silencio.
Aunque algo desconcertado, por el hecho de que alguien hablase en ese momento, su compañero le respondió en voz baja:
-Nadie puede. Si no fuera por lo que me susurra el aire –respondió el elementalista- jamás creería que pudiese ser cierto. ¡Kauleor! –suspiró- Él era el mago más poderoso. Si él no lo ha logrado, ya no hay esperanza.
-Sin duda fue el más poderoso. Usando su magia él habría podido derrotarnos a todos, pero eso no quiere decir que aun no podamos vencer.
-¿Acaso crees en serio que si que él no ha conseguido acabar con el Ser de la Penumbra, alguno de nosotros podrá? Además de ser el mago que mayor dominio ha llegado a tener sobre la magia, su instrucción se limitaba sólo a las artes de batalla. ¡Hechicería de combate, Dirnaiam!
-Cierto. Pero escúchame ahora –rogó con voz trémula-. Su Dios no es otro que Huilesiark, ArchiDuque del Terror y de las Ilusiones. Es verdad que los hechiceros que le adoran son especialistas en magia de guerra, pero apenas sobrepasan a un aprendiz en cualquier otro aspecto.
-Kauleor era diferente... -contestó Birgan- y de cualquier forma, ¿qué problema supone eso a la hora de enfrentarse en combate, a vida o muerte, con un monstruo?
Dirnaiam guardó silenció ahora. Sin embargo, el resto de los presentes ya murmuraban y lamentaban la muerte de aquel que había sido el más antiguo miembro de La Reunión Arcana. Todos hablaban sobre ese gran compañero y maestro, que ahora habían perdido para siempre. Pero en sus voces se oía el lamento de una pérdida aun mayor: el de la esperanza en cualquier posibilidad de victoria sobre lo que acontecía.
Sobreponiéndose al sentimiento de derrota que a todos afligía y superando ese estado de inacción que les afectaba, Dirnaiam, convencida de una posibilidad de salvación, levitó, alzando sus brazos hasta la altura de la cintura, y se posó sobre una roca que descansaba a la orilla del lago. Después extrajo con delicadeza, y alzó con gesto poderoso, su Moneda Rúnica: una de las 15 que existían y de las cuales La Reunión Arcana era poseedora de 13.
Una había sido destruida antaño, por Ailaknord, el Señor de los Cielos Oscuros, en un intento de reducir el poder que pudieran acumular los mortales. Pero sus planes fueron frustrados al menos en parte por Kauleor, cuando éste acabó con su hijo bastardo y líder de las fuerzas caóticas que había enviado con el fin de destruir el resto de las Monedas. La otra había caído en desgracia, hace ya tanto tiempo atrás que ni los más antiguos libros hablaban de ello. Algunos rumores y profecías, sin embargo, especulaban acerca de su paradero y si eran ciertas, la Moneda se encontraba en el peor lugar donde podría estar.
Pero no había tiempo para pensar en eso. Dirnaiam estaba herida, aunque no de gravedad, por las luchas en las que acababa de participar. Llegar a la cueva del Ser de la Penumbra no le había resultado una tarea fácil a la Reunión Arcana. Comenzaba a estar cansada, pero aún no estaba agotada y reservaba mucho poder por el momento.
Para atraer la atención de todos desde su posición elevada, gritó:
-Escuchadme todos, magos de La Reunión Arcana –y su voz era reconfortante-. Cierto es que hemos perdido a nuestro miembro más poderoso, pero mientras uno sólo de nosotros permanezca de pie, aun quedará alguna posibilidad de vencer.
Pero nadie escuchaba. A lo único que hacían caso era al lamento de su corazón y sólo oían, una y otra vez, el punzante sonido con el que su esperanza de victoria se había resquebrajado.
Entonces, advirtiendo que nadie le atendía, Dirnaiam estiró el brazo en dirección al Lago de Eternidad, agarrotó sus dedos hasta formar con la mano una forma parecida a la de un cuenco y, mientras el viento que soplaba más fuerte levantaba su capa, agitándola con furia y sus cabellos largos se alborotaban, gritó:
-Si ya os rendís es que no sois dignos de vuestro cargo. Si ya desistís es que no merecéis una Moneda Rúnica y estoy segura de que si Kauleor os viese ahora tampoco recibiríais su aprobación –y cuando dijo la última palabra, de su mano contraída surgió una luz blanca que se condensó y que fue tomando color amarillento. Inmediatamente después una esfera de energía salió disparada a la velocidad de un rayo hacia el lago-. Despertad del letargo en el que parecéis sumidos o sí que llegará nuestro verdadero fin.
Birgan, que era el único que le había estado prestando atención desde el principio, permanecía en silencio, admirando como la esfera mágica que había invocado Dirnaiam se hundía en el Lago de Eternidad, el cual desde entonces perdió su nombre, pues lo que ocasionó el hechizo fue un enorme estallido en el interior del lago. Una inmensa erupción de agua estalló y ésta alcanzó varios metros de altura, para después, como una catarata rugiente, caer de nuevo y levantar nuevas olas aun de gran tamaño, que rompieron ferozmente en todas las orillas.
Todos los magos salieron del trance adormecedor en el que parecían haber estado sumidos y dirigieron sus cansadas miradas, faltas de vida, hacia aquella mujer que había provocado tal alboroto.
El tono que Dirnaiam usaba al hablar, la muestra de poder que había dado su hechizo, sus palabras sabiamente escogidas... todo ello habría hecho que hasta un campesino, armado sólo con su azada, tuviese la certeza de que podía vencer a un dragón negro. Pero ese campesino no sabría que Kauleor había muerto... que existía algo que había sido capaz de destruirlo y que, para sobrevivir, alguien debía derrotar a ese monstruo y vencer a un poder mucho más grande del que nunca nadie hubiese llegado a pensar que podía tener ninguna criatura que habitase en aquel mundo.
Y por eso, a pesar de lo reconfortante que era la presencia de Dirnaiam, todos permanecieron con la esperanza apagada; todos siguieron actuando como si ya hubiesen sido derrotados y todos volvieron a bajar la mirada hacia el suelo. Luego, como si el Cuerno de la Desesperación hubiese sonado, comenzaron todos a caminar de manera lenta y torpe, alejándose de la Gruta del Ser.
Incrédula y enfurecida, pero, por algún motivo sin fuerzas para gritar, Dirnaiam observó como todos se alejaban. Sólo permanecía junto a ella Birgan, quien, aunque estaba decidido a quedarse allí, a los ojos de la maga presentaba un aspecto lamentable y de completo abatimiento.
El tiempo transcurrió muy lentamente, hasta que las diez figuras desaparecieron por el horizonte. Cuando era ya imposible verlos, las olas del Lago de Eternidad ya se habían calmado y casi parecía que podría volver a llamársele así. Algunos pájaros retornaban y el cielo comenzaba a clarear. Parecía que todo volvía a la normalidad, que nada había ocurrido y que el miedo y la tristeza eran cosas del pasado y que el futuro sería mucho más claro y tranquilo.
Pero todo eso no era más que una ilusión, el cruel engaño de un dulce sueño, más irreal incluso que aquel que un hombre puede imaginar al dormir. El viento se había calmado y el lago reposaba ahora tranquilo, era cierto. Pero no por que hubiese paz, sino por que algo tan maligno y poderoso se cernía sobre ellos que no se atrevían a moverse. Las aves regresaban y eso era real, pero sólo se oía su tierno canto y ni Dirnaiam ni Birgan podían ver aun que se trataban de seres tan engañosos y mortales como las sirenas. Y aunque el cielo se despejaba no era sino por que algún oscuro poder de allí arriba estaba apartando las nubes para observar mejor lo que iba a ocurrir de un momento a otro... si nadie hacía nada.
Como habiendo pensado y sentido todo esto, Dirnaiam recuperó de nuevo la iniciativa, que parecía haber perdido mientras había permanecido observando como los miembros de La Reunión Arcana se alejaban y desistían del empeño que les había llevado hasta allí. Dejándose caer lentamente, bajó de la roca en la que se había subido para intentar alentar a sus compañeros. Miró fijamente a Birgan quien le sostuvo la mirada en silencio.
-Escucha –comenzó diciendo Dirnaiam-, si nosotros no hacemos nada, todos estaremos perdidos. No sé que ha pasado aquí, pero temo que algún conjuro mucho más poderoso de lo que podíamos prever ha sido lanzado contra nosotros. No creo que la muerte de Kauleor haya desalentado a todos hasta el punto de renunciar a su vida. Tiene que haber habido algún influjo mágico.
Si realmente era así, Birgan parecía a punto de sucumbir a él.
-¿Y por qué crees que nosotros hemos resistido ese encantamiento? –su voz sin embargo era serena y segura, como siempre. El sólo oírla le supuso a su amiga un nuevo soplo de esperanza.
-No puedo estar segura -dijo titubeando-, pero quizá antes de que fuese lanzado, ambos habíamos salido en parte de la depresión que nos había causado la muerte de Kauleor. Recuerda que fuimos los primeros en asumirlo en voz alta -Birgan no se inmutó-. O quizá -continuó diciendo más nerviosa, más rápidamente- seamos más resistentes a esa magia. ¡No lo sé, demonios! -gritó finalmente- ¡Lo importante es que tú y yo aun podemos hacer algo!
Birgan inspiró profundamente, como si aquella fuese la última vez que iba a respirar aire tan puro como aquel.
-Está bien, entonces vamos –dijo. Y se encaminó hacia la entrada de la Gruta del Ser, donde, muy abajo, aguardaba el horror que suponía la derrota de la humanidad.
Pero Dirnaiam se interpuso en su camino.
-¡Aguarda! –dijo con los brazos extendidos frente a él para impedirle el paso- No voy a permitir que vayas. Debes quedarte aquí –bajó la mirada y con voz triste añadió-, si yo muero debe aun haber alguien que pueda recuperar el apoyo de La Reunión Arcana, alguien que de alguna esperanza aun de lucha, que no se rinda y que guarde una llama de ilusión por la salvación.
Con gesto enormemente compasivo y lágrimas en los ojos (que escaparían de su lugar con sólo cerrar los párpados) y en un tono dulce, Birgan, mientras agarraba los hombros de la maga con las dos manos, le dijo:
-¿Y por qué he de ser yo quien se salve? Debería ser yo quien bajase allí. Tú tienes más ilusión que yo. No sé por cuanto tiempo podré resistir este maldito sortilegio, o lo que sea. No sé cuanto más seguiré manteniendo esta desesperación alejada, repitiéndome a mí mismo que sólo es una falsa sensación, que aun hay una posibilidad –después desvió la mirada de los ojos de su amiga para posar su vista sobre el suelo y derramar en forma de lágrimas su tristeza-. No creo que pudiese soportar tu muerte. Eso me haría derrumbarme por completo.
-¿Y qué crees que me pasaría a mí si tú fueses a enfrentarte a la muerte en mi lugar? –Dirnaiam gritaba y se zafó, moviéndose de un lado a otro como una niña enfurecida, de las manos que Birgan tenía posadas sobre sus hombros- Si tú bajas, seré yo quien tendrá que soportar la culpa de tu muerte. ¡Esto ha sido idea mía, el riesgo debo afrontarlo yo!
Pero el elementalista estaba demasiado cansado para discutir y sabía que en su estado no tenía ninguna oportunidad de sobrevivir. Dirnaiam al menos seguía teniendo fe y si su Diosa le escuchaba y le protegía, podía vencer... quizá.
-Está bien –acabó murmurando. Se echó la capucha sobre la cabeza e introdujo sus manos entre las amplias mangas de la túnica.
Dirnaiam dio media vuelta sin decir palabra, incluso parecía enfurecida. Cuando estuvo bajo la arcada natural de piedra, que era la entrada a la Gruta del Ser, apoyando la mano en el borde y sin darse media vuelta dijo:
-Kauleor era el más poderoso, pero ambos sabemos que su Dios nunca ayuda a sus fieles. Puede que el Ser de la Penumbra sea más fuerte de lo que Kauleor llegó a ser, pero nunca superará a un Dios. Sé que mi deidad, Asnillsia, la Dama del Resplandor, me protege e intervendrá si lo necesito.
Y sin esperar respuesta, se adentró en la completa oscuridad y se alejo con lágrimas en los ojos mientras notaba como el frío crecía a su alrededor. Un olor putrefacto y chamuscado inundó su olfato, pero lo peor no era sino el terror; el golpe gélido y punzante que sentía no en el corazón, en el alma.
Ella sólo pensaba en una idea: ningún ser enviado por Ailaknord, el Señor de los Cielos oscuros, podría sobreponerse a la intervención divina de la Diosa Asnillsia, la Dama del Resplandor. Kauleor había muerto por que su magia era inferior a la del Ser de la Penumbra, pero no habría sido derrotado si su Dios, Huilesiark, ArchiDuque del Terror y de las Ilusiones, fuera tan compasivo como la deidad de Dirnaiam.
De repente, cayó hacia delante. El viento que le golpeaba la cara era helado pero el olor caliente y para mayor desconcierto el roce con el aire era templado. Ante esa mezcla imposible de sensaciones, Dirnaiam respondió con un grito. Intentó levitar pero, por algún extraño motivo que escapa a su entendimiento, no lo consiguió y lo único que logró fue caer más rápido. Finalmente, tras tanto esfuerzo desistió y siguió descendiendo sumida en una oscura pesadilla.
Despertó con gotas mezcladas de sudor y sangre en la frente y en la comisura de sus labios. Nada podía ver, ni siquiera su propia mano y de hecho ni tan siquiera la sentía. Sólo había dolor en las piernas, eso era todo.
Pero sabía que no estaba sola, había algo allí y un olor a muerte... o a muerto, insoportable. Escuchó un ruido: parecían huesos arrastrándose, o quizá carne babosa deslizándose. Parecía estar detrás de ella. Apenas se atrevía a moverse. Puso una mano en el suelo para apoyarse y dar media vuelta, para enfrentarse a la muerte. Su mano no tocó el suelo, sino un cadáver. Era Kauleor. Sus manos se mancharon de sangre y cuando, levantando la vista, giró su cuello y miró hacia atrás, vio la penumbra, la soledad, el odio, el horror, el miedo, la fuerza oscura, la ira sin reposo y muchas otras cosas para las que no había palabras que las nombraran, encarnadas todas en un ser deforme e indescriptible.
No pudo hacer más que levantar su mano ensangrentada y aferrar con la otra la Moneda Rúnica mientras intentando gritar, sólo conseguía murmurar con un finísimo hilo de voz:
-Diosa Asnillsia, Dama del Resplandor, imploro tu ayuda, tu fuerza y tu sabiduría para salvar a una fiel devota y amante de tus enseñanzas. Acude a mí por el vínculo que nos une, a mí como sierva y a ti como ama.
La oscuridad siguió creciendo. Todo era silencio, todo era tranquilidad y no había movimiento.
Asnillsia, la Dama del Resplandor, con el alma entristecida se llevaba las manos a la cara para tapar su desconsuelo. Ella era la Diosa más compasiva, la que representaba el amor, la ayuda y la esperanza para todos. Pero había dejado morir, por primera vez, a uno de sus verdaderos seguidores. Ella no lo había querido así, pero tuvo que hacerlo. Nadie la había obligado, nadie podría. Pero tuvo que hacerlo.
Intentó no pensar más en el suceso. Quiso quitar importancia al hecho de que no sólo había dejado morir a su más fiel adoradora, sino que había condenado a muerte a la raza humana. Intentó pensar sólo en que esto era lo que Ailaknord, el Señor de los Cielos oscuros, deseaba. Ahora se habría ganado su amor. Por fin podría tener el cariño de aquello a lo que más odiaba, pero a la vez, y de forma incomprensible, más amaba. Él le había pedido que no interviniese y ella sabía que si lo hacía ganaría por fin la felicidad que había buscado durante cientos de miles de años.
Había dejado morir a los humanos, pero es que los Dioses también aman. |