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Participante 60 - Concurso Nación Rolera - 0 Comentarios - Puntuación: 25 puntos (VOTAR)
No creo que nadie llegue jamás a leer esto. Es demasiado dificil, absurdamente complicado, de una imposibilidad teńida con extrańezas. El día de mańana, quizás dentro de veinte o treinta ańos, a nadie se le ocurrira rebuscar entre las
Que no está muerto lo que yace eternamente
Y con el paso de los evos, aun la muerte puede morir.

Abdul Al-Hazred.
Necronomicón.


No creo que nadie llegue jamás a leer esto. Es demasiado dificil, absurdamente complicado, de una imposibilidad teńida con extrańezas. El día de mańana, quizás dentro de veinte o treinta ańos, a nadie se le ocurrira rebuscar entre las ruinas polvorientas y lugubres, hogar de alimańas y hedores, en que se habrá convertido el lugar donde ahora moro, donde escribo lo que escribo y conozco lo que, desgraciadamente, sé. Quizás es mejor, probablemente sea mejor el saber que hablas sólo para el silencio, que tu auditorio es sólo una persona sorda y ciega. Librarte de inhibiciones, de prejuicios sobre tu propia perspectiva, sobre el resto, que son los que te hacen a ti, al final. Esquivar, por ello, las andanzas por las que te llevaría la razón, la lógica humana, que no es sinó una paradoja, un absurdo oximoron. Evitar, en definitiva, lo que es la pura verdad, la descarnada realidad que luce desprovista de los abalorios con que la civilización la desdibuja, la despoja de su intimidad.
No creo que nadie llegue jamás a leer esto, y por eso voy a decir unicamente la verdad.
Pienso y reflexiono, ovillado sobre mi mismo para intentar engańar fugazmente al viento helador que se cuela por entre las ajados muros, procurando fabricar calor con calor, intentando que se disipe lo menos posible. Es el silbido de ese mismo viento el que acaricia espesamente mis oidos, mi razón, aquel que actua desde hace mucho tiempo, demasiado tiempo, como mi único compańero, a la vez confidente y, claro, delator. Supongo, creo que sé, que aquello que voy a relatar, que la descripción incompleta y grotesca que inicio ahora sobre las cosas que he visto, que me han vivido, no puede estar al alcance de las personas. De ninguna persona. Es una cavilación que apareció en mi hace ya algunas fechas, y que ahora ha tomado la apariencia de autentico dogma de fe, de verdad irrefutable. Ningún ser con entendimiento esta preparado para conocer esta historia, para asirla aunque sólo sea por un pequeńo borde, sin caer irremediablemente en una enajenación absoluta, en un estado de terror preternatural y amorfamente cósmico semejante a la muerte. No se puede, en fin, aspirar al conocimiento absoluto sin pretender arrastrar también la imperecedera condena que ese conocimiento acarrea.
Quizás antes no hubiese pensado así, seguro que no lo habría hecho. Pero antes era otra cosa. Por de pronto también tenía otras verdades incontrovertibles que hoy no me lo parecen tanto. El hecho mismo de “antes”, la existencia misma del tiempo como algo medible y acotable, es una de esos principios que comienzan a desmoronarse en mi cabeza, mejor, en mi espíritu. Las cosas que he visto, que quizás he creido ver, me hablan bien a las claras de una existencia mas allá de las limitaciones formalmente admitidas de espacio y tiempo, una existencia que nos excede, a mi y a todos los seres humanos, en eones y en miles de kilómetros. Cosas, seres, que eran antes de cualquier antes, que son ahora y a la vez siguen siendo dentro de y hace millones de ańos. Que existen, sin mas. Dudo que el conocimiento mas o menos generalizado de estos saberes oscuros pudiera arrastrar a la humanidad a un destino diferente de su total exterminio. Sencillamente, la mentalidad del hombre no está preparada para admitir estas verdades indemostrables, y, sin embargo, horriblemente corporeas. La solución, la única salida, es el colapso mental mas absoluto. Por eso, ni yo mismo puedo saber si lo que voy a escribir es cierto o no, porque tengo la absoluta certeza de que mi salud mental ha terminado por quebrarse. Por eso, no puedo asegurar que estas cosas ocurrieran, pero si sé con seguridad que me ocurrieron.
Mi nombre no tiene importancia, no tiene mas importancia que la que la gente quiera darle, y aunque esto pueda parecer una irresponsabilidad, no lo es. A lo largo del tiempo, presa del mas horrendo de los aprendizajes, he llegado a concluir que nuestro nombre no es sinó una reunión hueca de sonidos mas o menos lógicos, y que si de alguna manera se nos denomina no es, desde luego, con las palabras que pronuncia el sacerdote ante la pila bautismal. No voy, por tanto, a facilitar ese dato, toda vez que a partir de él se podrían reproducir mis postreros pasos, y la iniquidad humna, llena de ignorancia y soberbia, ansiaría volver a abrir la puerta que debe permanecer siempre cerrada. Ojala jamás mano alguna manche este papel, pero queden aquí estas palabras a modo de advertencia por si el azar es caprichosamente malevolo.
No recuerdo bien la larga serie de circunstancias mas o menos casuales que me llevaron al lugar donde ahora moro y donde, presumiblemente, voy a encontrar el fin de esta primera vida. Quizás es la memoria, perra caprichosa, la que se niega a mostrarme el pasado con una claridad meridiana, de una manera prístina que me permita discernir cuanto de voluntad y cuanto de sugestión ha existido en todas mis anteriores decisiones. A lo mejor en lugar de maldecirla debo ponderarla, por librarme de tan pesadas cargas para estos mis últimos momentos. Amplias lagunas surcan mi mente cuando trato de evocar los días anteriores a esta situación, a este viejo torreon y todo lo que él arrastra. Parece como si no hubiesen existido, como si fusen sólo bosquejos de un sueńo. Semeja, en fin, que no fui yo quien vivió esa vida. Hace unos meses esta simple idea me hubiese arrancado una sonrisa franca. Hoy en día sólo me produce un escalofrio de veraz terror.
La sola mención del lugar desde donde escribo esto no hace sino trastornar mi ánimo, llenandome de oscuros y nefastos presagios. Su ubicación debe quedar, por el bien de la humanidad, en el mas oscuro desconocimiento. Quiera el tiempo que nadie jamás holle de nuevo estas piedras malditas, que sobre ellas crezca inclemnte la hiedra del olvido. Diré solamente que la construcción se corresponde con una torre de vigilancia, erguida orgullosa sobre unos furiosos acantilados, afiladas y espumosas rocas. Su antigüedad es destacable, aunque, de alguna manera, difícil de precisar, pues parece haber sufrido numerosas y destacables reformas. Aislada como está en un paraje de peligroso acceso, sin siquiera un camino que informe de su paradero, mi esperanza de que quede enterrada en las profundidades de la memoria permanece viva.
La historia de cómo llegó tan singular construcción a mi patrimonio está salpicada de extrańas coincidencias y, también, de algunas lagunas mentales que hoy se me alzan insoslayables. La mera posibilidad de que alguien pueda encontrarla después a partir de mis palabras me resulta inaguantable, preńada de algo que está mas allá del horror. Por ello, encubriré cualquier referencia concreta bajo el velo de una falsedad necesaria.
Hoy en día aún no consigo explicar racionalmente qué es lo que me empujo a establecerme aquí de una manera estable. Siempre me había considerado un hombre con cierto cosmopolitismo, amante, en fin, de los pequeńos placeres que otorga a la vida el contacto continuo con tus semejantes. Y sin embargo, de la noche a la mańana, me traslado a vivir a un sitio para el cual ni siquiera existe un acceso seguro, algo que podamos llamar vaga y remotamente camino. Hoy en día, en esta hora en la que mis ojos han visto mas allá que los de cualquier otro hombre, me veo irremediablemente arrastrado a pensar que yo no fui quien vino a este lugar, sino que me arrastraron a él.
No puedo sino….
Crei ver algo mas allá de los cristales de mi ventana, dos puntos rojos que me miraban encendidos, desde muy lejos. Y luego el meláncolico tańir de esa campana, golpeando con miserias mi cerebro. Pero no, supongo que ya no estoy del todo cuerdo, que ya me resulta imposible manejar los resortes de mi cerebro sin que estos me jueguen malas pasadas. Volví a mirar hacia fuera y ya no había nada. Posiblemente viera un zorro, los hay a montones por aquí, muchas noches merodean alrededor de estos muros para ver si encuentran alguna sobra de mi comida. Sin embargo, tampoco suelen aparecer en medio de tormentas tan furiosas como la que ahora sufro.
El viento se vuelve a filtrar por entre la silleria, llenandome los huesos de oscuros temblores, silbando, sardónico, como si se burlase de mi. La lluvia, casi granizo, golpea sin descanso las piedras de la torre, llenando el aire de percusiones sordas y breves.
Cuando acabé por vivir acá, lo hice de manera que mi soledad fuese absoluta. Nadie de mi antiguo círculo supo a dónde venía, pues a nadie avise de mi marcha. Lo hice sin pensar, una noche fria. Mientras escapaba al leve resplandor de neones y farolas me sentí extrańamente aliviado. Fue, en fin, como si estuviese huyendo, pero, al mismo tiempo, y de una manera deliciosamente veraz, como si volviese a mi hogar primigenio. Tampoco nadie en mi camino supo de mi nueva morada, así que, supongo, todo el mundo piensa que esta vieja torre sigue deshabitada. De alguna manera, así es.
No me gustaría extenderme en la narración sobre cómo ciertos saberes ocultos y olvidados fueron accesibles para mi. No me parece prudente, no sería justo, pues si alguien acabase leyendo esto no podría por menos, codicioso ser humano, que intentar reconstruir mi senda. No, no puedo. Este escrito debe de ser tanto testimonio como advertencia. El caso es que algunos viejos volúmenes que yo mismo poseía, unidos a ciertos legajos que encontre repartidos por la torre y sus alrededores, me impulsaron a la mas horrenda de las experimentaciones.
Mis progresos….
Ahora ya no hay duda, no hay negación posible, por mas que me empeńe en ello, por mas que quiera cerrar los ojos ante aquello que no es sino totalmente irracional. Pero no puedo abstraerme de esta realidad, de mi realidad, tan diferente, afortunadamente, de la realidad corporea y espureamente temporal que abordan los demás seres humanos. No puedo ya negarme a mi mismo que he escuchado esa risa, esa tétrica carcajada que parece saludarme desde un sitio que esta muy lejos, que esta muy antes. Tampoco puedo pretender engańarme, sabía que algo así podía ocurrir, que algo así iba a ocurrir, por eso estoy escribiendo ahora sobre este ajado papel, intentando vomitar en tinta todo el horror que los ojos humanos pueden soportar. Sabía que iba a ser este el día, esta la noche, me lo habían dicho la especial alineación de los astros, me lo había confirmado la violenta tormenta. Si sirviera de algo, creo que rezaría.
Mis progresos en el campo de lo oculto, de los saberes crípticos, fueron bastante inmediatos, y a la larga se convirtieron, para mi desgracia, en absolutamente llamativos. Trabajaba en base a los documentos que había encontrado, así como con una gran parte de los libros sagrados que las diferentes creencias han ido consignando. Mi método de trabajo podría ser comparado estrechamente con la cábala, aunque esta era extraordinariamente limitada a la larga.
Por fin, un día, misterios que tenían eones de antigüedad, que gozaban de raiz preternatural, aparecieron claros ante mi, se me revelaron. Fui capaz de descifrar el Shem Shemaforash, aunque para eso lo tuve que desprender de toda su carga de superstición acumulada durante siglos. Lo que yo vi, lo que sentí, no tenía nada que ver con Yahve como dios único y omnipotente, era una idea radicalmente distinta, mas lugubre y complicada, que bebía sus fuentes de los elohim que nombra el Pentateuco, dioses multiples, crueles y despiadados, nada de un solo dios misericordioso. La noche que accedí al conocimiento estaba sentado a la mesa desde la que ahora mismo escribo. Sabía muy avanzados mis estudios, cercanos ya a su final. Dije la última letra del nombre divino, no importa si era gimel, zayn o samej. Era alef, era tav. Lo último que recuerdo de aquel día fueron mis labios esbozando la letra maldita, y el tańido insistente de una campana que, forzosamente, no podía existir, y que ahora vuelve a atormentar mis agotados oidos.
Cuando desperté, los rayos del sol entraban furiosos por la ventana. De una manera innatural, yo sabía. Había accedido al conocimiento, ahora estaba todo dentro de mi cabeza, insertado para siempre en mi espíritu. Me incorporé abrumado, sin reflexionar, no me hacía falta, ahora el entendimiento del tiempo y la materia estaban asimilados en mi como la actividad de respirar, de una manera mecánica e inevitable. Salí afuera, para respirar un poco de aire diferente de aquel que absurdamente viciaba mi estancia. El día era soleado caluroso. Los árboles estaban florecidos, en algunos incluso asomaban los primeros frutos. Recuerdo que terrible sensación me recorrió la espalda, como una droga que invade poco a poco el cuerpo. Cuando pronuncié el Shem Shemaforash, las hojas amarilleaban cubriendo el suelo, era otońo.
Pero ahora ya no puedo seguir fingiendo, ya nada me impide escuchar con claridad el lento tańido de esa campana que no existe, que jamás debe de haber existido, desde luego no en este tiempo, quizás en algún otro de los muchos que, de manera agónica, he llegado a avistar. Ese oscuro sonido que pugna por alzarse mas allá de los truenos, del furioso chocar de olas y roca que cabalgan casi a mis pies. Que deja en leve murmullo los casi imperceptibles pasos que creo escuchar.
Yo maldigo, maldigo a todo, a todos. Maldigo el oscuro conocimiento que arrastra el ser mas allá de sus fronteras físicas, los mundos de pesadilla que sólo en determinados lugares dejan de ser paralelos y pasan a ser ligeramente tangentes. Maldigo con fuerza la curiosidad insana que me arrastró hasta valles mas profundos que ningunos otros, hasta desfiladeros tan escarpados que jamás la luz del sol ilumina sus mańanas. Maldigo, en fin, a las pobres y orgullosas marionetas que todos somos sin saberlo, sin siquiera sospechar nuestra perfecta alineación con todos y cada uno de los actos que acaecen en el cosmos, sin atisbar el principio o el fin de una representción que dura muchos millones de ańos, y, a la vez, sólo unos pocos segundos.
Pero ya nada sirve, nada puede albergar esperanza, cuando en mi cabeza resuenan retumbantes las grotescas carcajadas que anuncian el comienzo de una nueva existencia, tan pavorosa, en fin, que es imposible sea finita. Es espureo el interes por estos últimos instantes mientras la campana sigue sonando desde tan lejos, mientras las afiladas garras comienzan a arańar la puerta de madera que, sé, cederá sin compasión.
Ya no existe esperanza. Si pudiese rezaría, pero después de todo aquello que he visto, de todo aquello que he sentido, sé que es inútil.
Lo único que puedo hacer es esperar, e intentar no mirar directamente a esos ojos.

Le doy a este relato
puntos

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