Parada frente el espejo, Marta se ve más gorda y no sabe a que atribuirlo, “más tarde paso por la farmacia y me peso, porque si le pregunto me va a sacar cagando”, se arregla un poco el pelo y decide que así está bien, se queda con las chatitas que tiene puestas, porque anoche llovió y no quiere arruinar las nuevas. En la tele, Confesore dice que no va a seguir lloviendo, le cree y se decide, no va a llevar el piloto, con una sonrisa lo devuelve al placard pensando en que con eso puesto queda parecida a ese pájaro horrible de Plaza Sésamo. Va a la heladera, hay un vino y algo para picar, queda un poco de comida de ayer para el almuerzo, en la lata todavía quedan galletitas y hay leche para la tarde. Todo ok. Con un grito desde la puerta le avisa que se va, lo escucha refunfuñar desde la cama, “debe andar con esos dolores espantosos” piensa, mientras cierra se va olvidando un poco y solo por un rato, de todos los problemas que se quedan puertas adentro.
La calle es un mar de barro, las zanjas están casi desbordadas y tienen ese olor espantoso mezcla de mierda, meo y restos de basura, que los días de humedad, te hacen acordar que te querés mudar a un barrio con cloacas. Saltando charcos y con una o dos patinadas, llega poco embarrada a la puerta de la vecina, el hijo de ella, fruto de algún polvo anónimo, está sentado en la vereda, absorto, mirando el infinito. Le pregunta por la madre y Pablito lleva los ojos a algún punto, donde su recorrido pasa en línea recta cerca de donde está parada Marta y posa la mirada en un árbol. Sin entender mucho y muy preocupada por la salud del joven, Marta, cruza la puerta abierta de la casa de Ceci. La encuentra en la cocina, lavando ollas y todo lo que usó para preparar la vianda que le llevan al hijo mayor. Mientras ceba unos mates, charlan de nada en especial, mira los moretones de los brazos de la vecina, tan notorios como los gritos que se escucharon la noche anterior, seguramente de la pelea que donde nacieron esas marcas. “Ayer no los tenía” piensa acomodando la idea a sus cánones de entendimiento, antes de desviar la charla al hijo en la vereda “Me parece que se sentía mal”, y vuelve a desviar el tema, ahora al clima, después de escuchar a Cecilia decir “Ese va a terminar como el Claudio”, porque ella con eso no se mete.
Caminan hasta la ruta para tomar un colectivo que por suerte viene rápido. Cecilia está agresiva y rápidamente ataca con un “Por qué no lo dejas”, Marta piensa en quien lo va a cuidar si ella no está, después en que se casó para toda la vida, siempre piensa en ese orden, sin poder dejar de lado lo que quiere y siempre ahogándolo con lo que debe. Recuerda los días y noches en el hospital esperando a ver si se moría o no y el sentimiento encontrado de siempre, las ganas y el deber auto impuesto, encontrándose en ese choque tan eterno como puede ser la vida de dos personas que, unidas de alguna manera, se cruzan con alguna forma de “para siempre”. Usa el accidente como excusa, como para probar si puede escaparle a la confrontación. “Ay Marta, desde antes del accidente ya era borracho, violento y putañero” La charla se termina con el timbre, en la próxima parada se bajan.
En medio de Caseros, más grande, más alto y más gris, está el edificio de la cárcel. En la puerta un mar de gente, agolpados y a los gritos, cámaras, micrófonos, las camionetas de los principales medios y gente corriendo de un lado a otro. La comunicación entre los de afuera y los de adentro es a los gritos. Desde las ventanas de unas de las alas del segundo piso, se eleva una columna de humo. Se baja del colectivo detrás de Cecilia, que como posesa, se va corriendo al amontonamiento de gente para averiguar que pasó. Marta ahora mastica mierda, por la respuesta atragantada antes y el peso de las bolsas que le encajaron. “¿Habrá pasado algo?” piensa, le cuesta encontrarla en el medio de tanta gente, “Ahí está la del noticiero, en cuanto terminé de hablar le pido un autógrafo, el viejo se muere, con lo que le gusta esta piba, de cerca no parece tan bonita, está muy maquillada pero igual es muy linda”
Desde las ventanas se asoman los presos, a los gritos hacen su denuncia y así se encargan de entregar su versión de los hechos. En la puerta algunos guardias intentan evitar que el portal caiga por el peso de la gente, mientras alguno, un poco menos inferior que los demás, cuenta el lado de la historia que les corresponde.
Marta, que desde donde está escucha los dos lados de la campana, intenta definir, en medio del aburrimiento que le causa no entender mucho y la falta de importancia que tiene todo el motín para ella, quien tiene razón, decanta por los presos, cuando escucha algunas palabras sueltas de una cronista a pocos pasos de ella, ”la seguridad de los internos en el segundo piso está en riesgo” que “el fuego se está expandiendo al tercero” y que “los guaridas mantienen las puertas cerradas”, “¡Que hijos de puta los guardias!“ define. “¿Dónde andará está loca?” la encuentra por los gritos, porque ella es petisa y entre tanta gente no la veía, está preguntando por Claudio a los que desde el segundo piso se asoman.
Se queda con ella, sin perder de vista a la chica del noticiero, mientras busca donde puede firmarle el autógrafo que le va a pedir. Le cuentas las novedades, que para ella, son las más importantes, pero a Cecilia solo le interesa saber si su hijo esta vivo, no tiene tiempo para fijarse si tiene un papelito para pedirle una firma a la del noticiero. Para mostrarse informada y tranquilizarla, Marta le cuenta lo que le escucho decir a la cronista. Obviamente no se tranquiliza, porque Claudio está en el tercero pero como puede saber eso ella, si a Marta no le interesa para nada lo que está pasando, si está ahí es por acompañarla a Cecilia y para salir de su casa un rato y en su cabeza no puede definir cuál es la razón principal. La policía intenta disuadir a la gente, ganar la puerta para que los familiares no entren por la fuerza al penal. Mientras se aleja un poco, escucha a su amiga gritándole a un oficial “De acá no me voy hasta saber que mi hijo está bien”. Ya sentada en un cantero, de la vereda de enfrente y un poco retirada, como para poder estar tranquila, Marta deja el atado de bolsas heredadas, saca el celular de la cartera y marca el numero de su hija, que a esta hora ya debe haber salido del colegio.
Un auto se acerca, se abre una puerta y baja un hombre trajeado, los periodistas apostados en el lugar rápidamente lo rodean, Marta estirando el cuello, con el celular en la oreja le cuenta a la nena que acaba de ver a la chica del noticiero, intentando no mover el culo del apoyo que le consiguió mientras prosigue con todas las novedades que tiene para contar, intrigada por la identidad del hombre que acaba de llegar y que desde donde está, no puede averiguar quién es ni escuchar nada de lo que hablan.
Cuando corta, se empieza a acercar, muy lento para ver quien es el señor de traje, como si al caminar despacio, de forma pausada, lograra una mejor visión o como si la comprensión fuera inversamente proporcional al rebote de sus pechos dentro de la blusa. Poco le interesa a Marta lo que pasa, lo que dicen, quién es el tipo o por qué en un barrio que podría ser residencial hay una cárcel. Marta está tranquila porque sabe que la nena se va a ocupar de la cena. |