Dicen que los buenos escritores tienen vidas tormentosas y que sus relaciones sentimentales se cuentan por fracasos. Dicen de los buenos escritores que se sumergen en dolor y relamen penas para poder escribir un texto. Sus depresiones y vicios son de tal magnitud, que casi diría que su mayor expectativa es la de ver amanecer el día siguiente. Dicen que son buenos porque sus experiencias son la mejor historia que se pueda contar.
De los mediocres dicen que llevan una vida modélica. La mayoría están casados, tienen hijos y ejercen de padres. Su existencia es tan patética como monótona. Está llena de apegos y responsabilidades, que utilizan para justificar su mediocridad y sepultar su imaginación. Afortunadamente, su aportación a la literatura se limita a escribir un par de noveluchas en toda una vida, sin más pretensiones que rellenar su escaso tiempo libre. Dicen que son malos escritores porque sus vidas son tan perfectas que no tienen nada interesante que contar.
¿Es esto cierto? Sinceramente creo que no siempre es así, pero en mi caso lo es. Yo era un escrito mediocre, y desearía volver a serlo. Desearía que la tristeza y el desconsuelo salieran de mi vida, desearía dejar de buscar soledad y marginación, desearía dejar de hurgar en las miserias de la gente para encontrar algo que escribir, pero no puedo. Algo me empuja a hacerlo, a salir de caza, a la caza de penas y sufrimientos, de historias repletas de dolor que no son otra cosa que realidades aún por escuchar. Soy un vampiro del sufrimiento. La colección de turbulentos relatos y novelas que he escrito narrando el lado más oscuro del ser humano me han proporcionado cierto éxito y prestigio, y eso no hace otra cosa que acentuar mi sed de miserias. Por eso necesito salir en busca de una historia, necesito salir en busca de pena y dolor.
Apuro el whisky, me pongo el abrigo y me echo a la calle. Comienza la cacería. Paro un taxi y nos dirigimos a los suburbios. El tráfico es lento, eso me permite disfrutar de las vistas. Esta noche la ciudad está hermosa. La mezcla de fina lluvia con la luz de los neones crea un arco iris artificial que corona la urbe. La gente camina bajo su halo de polución. Algunos atropelladamente, tienen prisa por cumplir con su larga lista de actividades. Otros con la cabeza gacha y los ojos clavados en el suelo, quizá por el peso de su tristeza. Los hay que se dejan arrastrar por el torrente humano y miran a los lados preguntando si hacen lo correcto. Los menos, disfrutan de la noche y se sienten vivos. Como tú y como yo. Me coges del brazo y aprietas con fuerza tu rostro contra mi hombro. Tus ojos hablan de lo que siente tu corazón, y cuando sonríes, se convierten en una delgada y dulce línea. En tu pelo, gotas de lluvia quedan atrapadas dotándole de un esplendor majestuoso. ¡Cuánto echo de menos perderme en ese esplendor cada mañana!
Fin de trayecto. Pago al taxista, me bajo y comienzo a caminar en dirección al ruido, zambulléndome en la multitud.
Paso delante de dos o tres antros con aspecto deplorable en los que, estoy seguro, encontraría muchas cosas, excepto la historia que estoy buscando. Necesito una señal, algo que me indique que ése es el sitio. Sigo caminando y el letrero de un tugurio llama mi atención: “El Purgatorio”. Con ese nombre estoy seguro de que encontraré alguna confesión, alguien que quiera compartir sus penas para ganarse un pedazo de cielo. Nada más bajar las escaleras, un fuerte olor a derrota me aturde. El bar está plagado de borrachos, acabados, infelices y putas enamoradizas. Sin duda es el sitio que estoy buscando.
Me siento en un taburete alto y el camarero, de similares características a las de su clientela, se acerca:
* ¿Qué quieres?
* Que me atienda una rubia tonta de tetas gordas – respondo.
* Se nos han acabado, tendrás que conformarte conmigo.
* ¿Qué les pasó? – pregunto.
* Se cansaron de capullos como tú.
* ¡Vaya! Eres más ingenioso de lo que cabría esperar del barman de tan selecto club. A ver si tienes la misma habilidad para servir un whisky que para contestar.
Sin mediar palabra el camarero se aleja, prepara la bebida y la deja sobre el mostrador.
Al pagar le dejo propina, me gusta premiar a los tipos ingeniosos, y busco un sitio donde sentarnos.
* Ahí puede estar bien – digo en alto.
No sentamos en una mesa al fondo. Tú llevas puesto un jersey blanco de cuello alto, dos gotas de perfume y unos ojos que enamoran. Paseas los dedos por el borde de la copa, mientras tu mirada pensativa queda atrapada en algún rincón que sólo tú encuentras interesante. Me incorporó y te beso los labios. Ríes, y cuando lo haces, siento que la vida merece la pena.
* ¿Quieres que te cuente lo que he hecho hoy? – me preguntas.
* ¡Claro! – contesto.
Comienzas a relatarme cómo ha sido tu día, las pequeñas cosas que te han pasado, con quién has hablado, qué has visto. Me gusta escucharte, me gusta mirarte, me gusta tenerte, porque la rutina a tu lado es un placer, porque verte cada día para mí es lo más importante.
Una rubia maltratada por los años y por la larga lista de vicios a la que parece aficionada se acerca hasta la mesa.
* ¿Qué haces aquí tan solo, cariño? ¿Necesitas compañía?
Cuando voy a contestarle que no, que ya tengo la mejor compañía posible, ella decide sentarse. Pega un largo trago a su bebida y me pregunta:
* Y dime, ¿Qué se te ha perdido en este sitio?
* Estoy buscando una historia que escribir. A veces, cuando ando falto de ideas, doy una vuelta por sitios extraños, y este me parecía un buen lugar.
* ¿Así es que eres escritor?
* Así es.
La dama pega otro sorbo al vaso, dejando la bebida por la mitad, y se pasa la lengua por los labios en un intento de parecer sensual.
* Te diré una cosa, aquí seguro que puedes encontrar muchas historias, pero ninguna va a ser bonita.
* Esas son las mejores. Me gustan las historias crudas, son la carne humana.
* Los escritores sois gente curiosa. Hurgáis en las miserias de la gente para luego publicarlas y vivir del cuento, nunca mejor dicho.
* No creas, algunos tienen imaginación y todo.
* Esos son los peores – responde, para después vaciar el vaso.
* Parece que conoces bien a los escritores.
* ¿Me invitas a una copa?
Saco la cartera y deslizo un billete por la mesa. Cuando regresa, lo hace con dos vasos.
* Pues sí, por mi vida han pasado un par de escritores.
* Intuyo que no te debió ir muy bien.
* No tan mal para que no quiera conocer a otro. Así es que... háblame de ti, cariño.
* ¿Qué quieres que te cuente?
* Lo que quieras, no tengo prisa, nadie me espera. Posiblemente lo que me cuentes sea lo mejor que oiga esta noche. Cuando termines te contaré mi vida, y puede que de ahí saques tu historia.
* Me parece bien.
Doy un sorbo a la copa y comienzo a relatarle mi vida. Le hablo de mis tres últimos años, no estoy dispuesto a remontarme más atrás. Le hablo de mi soledad, de mis pecados y faltas, de mi reciente éxito y mi sed de angustias ajenas, de cómo el dolor es el mejor vehículo para escribir, de cómo soy y de cómo quise ser. Durante una hora le hablo de todo, menos de ti.
* Interesante, escritor. Todos soléis tener algo en común, una especie de tristeza o pena que os acompaña. Por no hablar de todo a lo que os agarráis para salir de ella.
* Sí, supongo que es así. Bueno, ¿Y ahora me vas a contar tu historia?
* Lo haré, cariño, pero creo que este no es el lugar más adecuado. Aquí el ambiente degenera a medida que avanza la noche. Vivo cerca de aquí, en mi piso podré contarte mi vida si es lo que quieres, y no seremos molestados.
Apura el vaso y saca de su bolso las llaves. No estoy muy seguro de querer ir con ella, no creo que lo que me vaya a contar sea muy interesante, pero he de reconocer que es lo único que hay.
Al salir del restaurante te cojo del brazo. Lo hago para sentirte cerca en cada paso que doy, lo hago para que nunca te alejes. Llegamos a tu piso, cuando entramos en el ascensor te beso, como lo hacía al principio de nuestra relación. Aquellos besos que duraban una eternidad, cuando la pasión se apoderaba de nosotros, y nos devorábamos los labios. Besos en los que juntábamos nuestros cuerpos. Besos que se intercalaban con algún gemido o queja por algún arañazo desmedido.
Cruzamos el umbral de tu casa y te desnudo. Tu cuerpo, joven, pálido, hermoso, es el único templo ante el que me arrodillo. Lo hago, y te lleno con caricias, dejando que mi boca se pierda en él. Con lujuria me arrancas la ropa y recorres mi cuerpo con tus manos tratando de memorizarlo, de atraparlo. El deseo nos arrastra hasta el dormitorio donde hacemos el amor como adolescentes rabiosos, ávidos de poseer el uno al otro, ansiosos de rendir tributo a la carne. Al terminar, exhausto, me duermo en tu pecho, sintiendo tu calor maternal bajo mí.
Al abrir los ojos veo a la rubia desgastada, desnuda y sonriente. Sus pechos se rindieron hace tiempo a la gravedad, su piel, carente de brillo, cubre las imperfectas formas con numerosos pliegues y arrugas. Despeinada, sus cabellos caen por su rostro dándole un aspecto casi enfermizo. Da una calada al cigarrillo y abre las piernas sin dejar de sonreír. Grotesca, esa es la única palabra que puede definir aquella estampa. Salgo de la cama y comienzo a vestirme a toda prisa.
* Pero ¿qué haces? ¿Dónde vas?
* Me largo de aquí.
* ¿Ya no quieres escuchar mi historia?
* No.
Me pongo la chaqueta y salgo de la habitación. Mientras cierro la puerta de la entrada oigo como me grita:
* Si querías echarme un polvo no hacía falta que te montaras la película esa sobre el escritor desamparado.
Hace frío, la gente poco a poco ha ido desapareciendo de las calles. Sólo unos cuantos borrachos se resisten a regresar a casa, probablemente ellos tampoco tienen a nadie que les espere. No sé hacia donde me dirijo, pero sí sé que no quiero parar, quiero dejara atrás la imagen de esa mujer sonriente abriendo las piernas. La búsqueda de mi historia me está conduciendo hacia infiernos desconocidos, se me está escapando de las manos, estoy dejando de ser yo. Desearía volver a ser un escritor mediocre, no tener nada que contar, que no me pasaran estas cosas, que mi vida careciera de angustias y penas, de personas extravagantes y vicios inconfesables. Desearía que mi vida dejase de ser escrita por algún atormentado escritor que me utiliza para comunicar sus ideas y publicar sus escritos a través de mí.
Alguien me chista a mis espaldas. No me giro, no quiero saber nada de nadie. Vuelven a insistir, ahora son dos las voces.
* Eh tú. ¡Amigo!
No detengo mis pasos, yo no tengo amigos.
* Espera un segundo – me gritan.
No espero, sigo andando.
Algo me golpea con fuerza en la nuca y caigo al suelo. Dos individuos comienzan a golpearme insistentemente. Me llueven patadas y puñetazos, mientras trato de cubrirme la cabeza para protegerme. Tú empiezas a gritar, pides ayuda, pero nadie te escucha. Los golpes siguen, su violencia se incrementa, tus gritos también. Ellos te dicen que te calles, pero tú no lo haces y agitas los brazos para que alguien nos vea. Comienzan a registrarme la chaqueta. Pides por favor que me dejen, llorando y gritando horrorizada. Algo silencia tus llantos, te calla para siempre. Después, sólo queda el eco de pasos huyendo a la carrera y tu cuerpo inmóvil.
Está amaneciendo. Me incorporo aquejado por una fuerte resaca de tristeza y lágrimas. El hecho de ver salir el sol debería alegrarme, no siempre encuentro fuerzas para desear volver a verlo desde que tú te fuiste. Durante estos tres últimos años he huido de mi dolor refugiándome en el de los demás, para al final terminar encontrando mi propia miseria. |