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A camisa rasgada…
Javier Salazar Martínez - Relatos de Scyla: Fantasía - 1 Comentarios - Puntuación: 35 puntos (VOTAR)
Tal vez nos angustia deslizar la sábana que cubre nuestras extensas penumbras y prefiramos pasear nuestros cuerpos desnudos, ocultando nuestras almas incluso a nosotros mismos.
Hoy, domingo, 23 de diciembre de 2007, comienzo mis primeras notas, apuntes para lo que luego vendrá a ser mi primer y supongo último libro. De hecho, a día de hoy ni siquiera sé de que va a tratar. El objetivo es tan solo demostrarme a mi mismo que soy capaz de escribir unas cuantas frases seguidas dignas de ser leídas. En realidad esto puede tener su origen en el anhelado deseo de ser un escritor. Siempre lo desee. Un trabajo sin horario, sin jefes, sólo tú, la pluma y esa hoja dispuesta a ser tomada. Talento es lo que me falta. Por eso me he dedicado a un oficio como otro cualquiera, con poco talento por cierto también, pero que me da para seguir…


La muerte. Yo personalmente nunca la he temido. Soy como un Juan sin miedo. Durante toda la vida hemos tenido una guerra entre los dos. Porque a la muerte le gusta vernos temblar, producirnos pavor y hacer protagonista su presencia. Es por eso por lo que se ha vengado de mí y me está dejando sólo en este mundo. Poco a poco ha ido conquistando los cuerpos de todos mis seres queridos. Al final, de hecho, me he convertido en una mala compañía.

Quizás nunca he sido feliz, eso seguro y así todo resulta más entendible. La verdad es que no he tenido motivos para no querer disfrutar de la vida. He dispuesto de todo lo que una persona normal pueda necesitar. Mi infancia fue adecuada. Era un niño popular, buen deportista y un estudiante aceptable. Sin embargo tenía la marca de la búsqueda de algo más. Un contenido para todas mis pensamientos, algo que me proporcionara explicaciones, que procurara olvidar mis secretos y sobre todo, asegurarme de que el mundo fuese más atractivo conmigo en él. Disponía de esa soledad voluntaria, necesaria para atenuar y anestesiar mi vacío total, mi pequeña locura, mi furioso deseo de llegar a poseer la verdad.

Dispongo de energía pero no puedo encaminarla en la dirección adecuada. Al final, la realidad es que yo ya estoy muerto. Es por eso por lo que yo no la temo. De igual manera que unos niños que juegan con las olas, lo hacen despreocupados si estas ya les han conquistado por completo pero con cuidado si aun están secos. Yo estoy mojado, de hecho nací mojado.

A veces cuando voy por la calle, veo a otras personas mojadas. Nos detectamos pero resulta irelevante. Bueno, en realidad, no fingimos. La mayoria de la gente nos causa indiferencia, es por eso por lo que somos un tanto antisociales. Buscamos la auténtica felicidad. Pero en eso actuamos como jueces implacables y la mayoría son culpables. El día que nació el hombre, murió la felicidad. Esto no es tanto porque el hombre es malo por naturaleza sino en realidad por la capacidad que el hombre dispone para desarrollar dicha cualidad. Desde el hombre de las cavernas, pasando por los hacendados señores feudales y acabando en todos nosotros hoy en día, hemos demostrado de lo que somos capaces. No podemos encontrar sociedades que vivan una bella realidad. Tan solo belludas realidades con auténticas y excepcionales honrosas salvedades. Pero es igual. Aunque lo encontráramos, no nos valdría de nada. Buscamos con la esperanza de no hallar, de justificar nuestro sino. No queremos encontrar para así no reconocer nuestra incapacidad para elegir, para cambiar, para soñar con algo mejor, con algo posible. Por eso permaneceremos eternamente húmedos, húmedos y tristes, pero a la vez conscientes, profunda y terriblemente conscientes, que dadas las circunstancias puede ser considerada una virtud digna de estimación.

El hombre comparte piso con Doña Felicidad Leve de apellido. Y encima la muy puta aparece más bien poco por casa. Esto le hace vivir el famoso túnel, en el que crees que pilotas tu vida cuando no es sino en realidad una sucesión de acontecimientos preestablecidos. Muy poca gente se plantea temas importantes, básicos. Sólo lo urgente nos importa. Es más, se ha hecho famosa la frase de “No nos pongamos trascendentales” cuando una conversación se torna ligeramente profunda. Tal vez nos angustia deslizar la sábana que cubre nuestras extensas penumbras y prefiramos pasear nuestros cuerpos desnudos, ocultando nuestras almas incluso a nosotros mismos.
Lo pero de todo es que él soy yo.
Ya les dije que tenía poco talento. Al menos he sido breve. Cuidensen.

Serpas.

Le doy a este relato
puntos

inverna 22 dice:
01/07/2008
Has descrito algunas cosas con las que me familiari-zo, algunas cosas que siento.Yo también quiero partizipar en este concurso pero, si tú ganaras me visiaría Doña Felicidad . Suerte.

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