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Peces Chinos
Participante 65 - Concurso Nación Rolera - 0 Comentarios - Puntuación: 53 puntos (VOTAR)
Mis pensamientos empezaban de nuevo a parecerse a los peces chinos de un acuario. Nadaban en un hábitat que les resultaba extraño, si bien estaba artificialmente preparado para ellos, y se comportaban agresivos y nerviosos de un modo en absoluto inesperad
Mis pensamientos empezaban de nuevo a parecerse a los peces chinos de un acuario. Nadaban en un hábitat que les resultaba extraño, si bien estaba artificialmente preparado para ellos, y se comportaban agresivos y nerviosos de un modo en absoluto inesperado, al fin y al cabo no estaban en su entorno natural. Podían, además, parecer vistosos, coloridos y llamar la atención, pero realmente su complejidad era mínima, tan sólo boqueaban y atravesaban el agua clara sin otro propósito que el de nadar. Daban vueltas y vueltas absortos sobre sí mismos, se golpeaban contra los cristales por pura estupidez olvidándose a cada momento dónde diablos estaban y preguntándose qué hacía ese cofre del tesoro arrojando burbujas a la superficie. Buceaban, además, alejados entre sí, atacando con ferocidad a aquellos que osaran acercarse a pocos metros de sus largas aletas. Los pensamientos suelen ser muy territoriales y solitarios, aunque parezca que vengan juntos en realidad no desean estar al lado de los otros, son unidades discretas, compartimentos estancos y si a veces formaban un banco era sólo para defenderse de pensamientos más grandes y peligrosos o para hacer más daño cuando se trata de devorar a otros más pequeños. A veces, incluso, estos peces podían pasar desapercibidos en el acuario, confundías unos con otros y daba la sensación de que había peces nuevos que no habías visto hacía unos minutos, pero en el fondo eran los peces de siempre que seguían nadando como si nada de esto fuera con ellos. Solían ser peces preciosos, pero llenos de veneno, te gusta contemplarlos, pero por nada del mundo deberías comértelos. No existía el chef lo suficientemente preparado para quitarles la bolsa de veneno y hacerlos comestibles.
De todas formas, siempre que pruebo la electro-cafeína me pasa lo mismo, tengo una plaga de peces chinos en la pecera, así que tampoco me hagáis excesivo caso.
El problema de las drogas consistía en que tu organismo se acostumbraba en cierta medida a ellas, por lo que cada vez necesitabas una dosis mayor para tener la misma sensación de la primera vez aunque, en el fondo, supieras que esa primera vez fue bastante desagradable. Todas las primeras veces lo son aunque nos empeñemos en negarlo. Ese problema se acabó una vez que se consiguió que la sustancia adictiva se introdujera directamente en el órgano regulador. La electro-cafeína se introducía en un puerto USB en lo alto de la nuca, en conexión directa con el hipotálamo, así que no tengo más dificultades que introducir la ampolla en mi jeringuilla y ésta en el orificio que me realizaron en la base de la nuca. Aprieto el émbolo y el compuesto navega con decisión fanática directo al hipotálamo, hacia las cruzadas en Tierra Santa donde se exterminará tejido cerebral como si fuera un ejército de infieles. Sin prisioneros, sin cuartel. Hasta el último de esos hijos de puta. Aspiro e inspiro con avidez como si el sobre-contaminado aire de Marte fuera su pelo al salir de una ducha; mis músculos se tensan, haciendo un poco de ejercicio por primera vez en días; mis nervios chillan de gozo; las neuronas se alborozan; los ojos me giran en sus órbitas como planetas desquiciados a pocos metros de su sol, del que empiezan a sospechar que se volverá rojo en breve. El corazón me late con una fuerza capaz de hacer añicos las copas de cristal más frágiles, se para durante un tiempo glorioso que sería incapaz de precisar y vuelve a latirme con la frecuencia acostumbrada. ¡Ya era hora de que el mundo del progreso llegara a los estimulantes artificiales!, si habíamos colonizado Saturno no tenía sentido que las sustancias excitadoras se hubieran quedado en la edad de cobre.
A lo lejos la titánica torre de cristal brillaba como un alma entrante en el paraíso tras ser purificada en el purgatorio, rebosante de luz, orgullosa y altiva, palpitando confianza. Encima de ella, la antena de transmisión interplanetaria sobresalía de la estructura como la espada de San Jorge, continuamente matando al dragón de la incomunicación. Con cada destello rojizo, con todos sus parpadeos intermitentes, las distancias dejaban de ser reales para no ser más que conceptos abandonados en el remoto lugar donde se aprisiona todo aquello que ya ha dejado de existir.
La plaza financiera de la capital de Marte siempre tiene el mismo aspecto, los edificios brillan, aunque ninguno tanto como la brillante torre Bradbury, propiedad del banco Carter, el primer banco del sistema solar; la gente chilla; la publicidad subliminal te asalta con cada pensamiento, escondida en cada mota de polvo que se aspira; las prostitutas con implantes cibernéticos salen de las aeronaves personales tras haber realizado sexo oral a un alto ejecutivo que no ha dejado de mirar las cotizaciones de la bolsa marciana mientras le prestaban ese servicio por tercera vez en el día. Ajena al bullicio la lluvia salpicaba las láminas metálicas de la plaza haciendo un ruidito como el chispazo eléctrico de una soldadura sobre una placa base. La lluvia ácida de Marte había reducido un veinte por ciento su acidez según los medios oficiales y los niños huérfanos salían a ofrecerse a los pederastas con mucha menos ropa que cubriera sus miembros carcomidos por las venéreas.
Cruzo las puertas doble de cristal plateado y me dirijo directamente al mostrador de información antes de cruzar el escáner de seguridad.
* Buenos días, preciosa.- Le digo a la recepcionista sin caer en la cuenta en que me juré a mi mismo no volver a llamar a nadie preciosa. Preciosa era sólo para ella. Sólo ella reunía lo necesario para ser preciosa.
* ¿Puedo ayudarle en algo, caballero?- Me contesta fingiendo amabilidad y no lo hace del todo mal.
De repente siento unos deseos irrefrenables de agarrarla por el cuello, besarla salvajemente y arrancarla la ropa para poseerla en este mismo suelo barnizado. Debe tener un implante de feromonas, defectuoso, pienso, no debería haberse activado conmigo, ni siquiera tengo los genes mejorados químicamente. Es lo que pasa cuando compras a través de internet.
* Sí, verá. Me gustaría ver al director de la sucursal.- Contesto agitando la cabeza hasta que la imagen del sexo con ella empieza a difuminarse, sin que mi entrepierna haya llegado al mismo punto.
* ¿Tiene usted cita?- Pregunta con la misma amabilidad fingida mientras se toca con sus largos dedos la base de la nuca, seguramente para tratar de apagar el aparato emisor de feromonas.
* Las citas son para los perdedores. Yo vengo a ingresar todo esto.- Digo mientras levanto una maleta metálica. En realidad está llena de cromos de la liga galáctica, de los repetidos además, pero nadie entra en la sede principal del banco Carter con una maleta a ingresar y se le hacen preguntas capciosas.
“Despacho del último piso, en el ático quince”. Me dice. Ya lo sabía, precisamente por eso pregunté por el director, así que sonrío y me dirijo al ascensor de puertas doradas que se me abren antes de que llegue, como las piernas de una furcia de lujo. Es lo que tiene el dinero. Le asiento el pelo a un extraño que me contempla detrás del espejo que cubre toda la pared del ascensor, pongo la maleta en el suelo y espero a que esta caja de metal me lleve al punto más alto del edificio.
No me cuesta nada golpear al director con la maleta, sabía que la había traído para algo más, y llegar, a través de su terraza, a las escaleras que llevan al punto más alto de Marte.
La azotea me recibe con el estrépito del viento alrededor, me rodea gritando y me hace sentir como si estuviera en medio de un recreo en un colegio para niños hiperactivos, no solamente me grita al oído, también me despeina con dedos crispados, tira de mi ropa por cientos de sitos a la vez y me empuja con una fuerza que hace que tenga que asentar mis pies firmemente para no dejar que me tumbe en el suelo y me devore del mismo modo que hacen los leones.
La lluvia ácida se dirige ya al extrarradio de Marte, a los barrios de inmigrantes y de protección oficial, pero tras el claro otras nubes hinchadas de veneno se preparan para soltar su carga. Tal vez sean las mismas de hace días que vuelven, como cuando bajabas por el tobogán en el parque y te ponías a la cola para subir de nuevo la escalera y volver a lanzarte al vacío controlado. De todos modos la vida no es mucho más que estos pequeños claros entre descargas de lluvia ácida o las cientos de horas gastadas antes de que te permitan volver a bajar por el tobogán.
Mis peces chinos se agitan, tiemblan en la profundidad de su pecera, ya que es cierto que las tormentas ponen nerviosos a los animales. Mucho más cuando saben lo que planeo, más que nada porque uno de ellos a lo mejor contiene en su panza escamosa la información. Seguramente estén ahora revueltos, buscando al traidor, levantando con la rapidez que permiten las emergencias puestos de control en cada recoveco oculto del acuario para dar con él. Pero lo mismo es tarde y la pequeña resistencia se ha convertido en mayoría.
Me acerco con cuidado a la barandilla y el metal frío se me clava en las palmas de las manos con la fiereza de quien lleva mucho tiempo esperando para hacerlo, el frío se transmite a enorme velocidad por todo mi cuerpo y, durante un instante, pelea con la electrocafeína por la posesión de mi sistema nervioso central. Pero la electrocafeína ya ha ganado antes batallas más difíciles y derrota al frío sin parpadear.
Los peces se asustan y corretean como animales de corral atrapados y justo en este momento, mientras me levanto y empiezo a traspasar con las piernas la barandilla de la azotea, empiezo a reconocer a los peces chinos uno a uno, con una seguridad imbatible, como cuando ves las antiguas fotos de tu promoción muchos años después, pero eres incapaz de confundir una cara con otra. A ese pez rojizo le conozco, lo mismo que a ese verde traslúcido. Hacía mucho que no veía a aquel plateado con una pintita anaranjada en las escamas cercanas a las branquias… Pero sobre todo distingo a ese pez del mismo color que sus ojos, del color del bronce viejo y sabio. Era el pez más musculoso, más en forma, el que más veces había nadado en el acuario, día tras día, noche tras noche, podía sentirle atravesar la pecera de un lado a otro. Este pez no estaba sólo compuesto por unos ojos, también lo conformaban una risa rompiendo contra los acantilados del aburrimiento, unas arruguillas en los extremos de los ojos cuando ponía un gesto de fastidio o la manera de apoyar la cabeza en las dos manos cuando pensaba que nadie la estaba mirando, lo que era del todo imposible, ya que su brillo eclipsaba a la de la torre de transmisión interplanetaria que lanzaba mensajes a mi espalda, pasara lo que pasara a su alrededor.
Oigo voces en la puerta de la azotea, pronto vendrán a por mí, así que no puedo demorarme.
Salto y el viento me sostiene en volandas como si fuera un paracaidista hasta que descubre que no llevo paracaídas y entonces me suelta, le pasa el problema a su hermana la gravedad. Los peces chinos se quedan muy quietos, aguantando la respiración en el agua que ya ha perdido el climatizador y se les ha quedado fría. Voy a lamentar perderme, cuando el acuario estalle en mil pedazos de cristal contra el suelo a los pies de la torre Bradbury, ver como boquean en busca de aire, mientras la lluvia ácida les cocina para que sirvan de sustento a cualquier ser vivo que no tenga miedo de alimentarse de ellos.

Le doy a este relato
puntos

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