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Participante 66 - Concurso Nación Rolera - 0 Comentarios - Puntuación: 37 puntos (VOTAR)
La noche ha caído como una maza de cinco kilos sobre las paredes de una casa por derrumbar, demoliendo mis sentidos. La oscuridad me impide ver lo que se agita entre las sombras. El silencio nocturno se llena de sonidos anónimos.
La noche ha caído como una maza de cinco kilos sobre las paredes de una casa por derrumbar, demoliendo mis sentidos. La oscuridad me impide ver lo que se agita entre las sombras. El silencio nocturno se llena de sonidos anónimos. El viento frío me congela la piel, me tapa la nariz con el polvo que arrastra y contamina mi lengua, volviéndola áspera.
No sé que quieren, pero ahí están. Vienen por mí. Aunque no pueda verlas, sé que están ahí. Cada sombra es una de Ellas. Cada ruido una pisada. Están en la radio. Lo sé bien. Programan las canciones para advertirme que saben todo de mí. Que vendrán por mí. Y en la televisión. Y en el diario. Y en las revistas. Cada vez que el teléfono suena sé que son Ellas. Llaman para que yo sepa que Ellas saben que yo sé que Ellas saben que yo estoy en casa. No sé que quieren de mí.
No. Sí sé que quieren de mí. Son mujeres, lascivas, lujuriosas, ninfómanas, sólo piensan en el coito. Y me desean. Desean que las posea, sin importar mis sentimientos. Mis sentimientos no cuentan. Sólo mi sexo. Son animales salvajes buscando saciar sus instintos primarios, dejando de lado sus almas inmortales y su esencia humana por quince minutos de placer. Y están por todos lados. Una de Ellas ahora camina hacia mí. Pretende provocarme con el bamboleo sensual de sus caderas, las faldas al viento permiten ver sus piernas, las piernas que desea que yo acaricie, al igual que el resto de su impuro cuerpo, las piernas entre las cuales se agita el más oscuro demonio del mal, cuyas fauces infectas pretenden corromperme con su perverso beso, para alejarme de mi humanidad y convertirme en un animal, una bestia.
Comienzo a correr. No me van a atrapar. Un solo pensamiento recorre todas las fibras de mi ser. Escapar; esquivar; evitar; eludir; sortear; desaparecer. Huir.
Ya es tarde. El sumo sacerdote está frente a mí. Lo reconozco pese al sobretodo con el que pretende esconder su túnica, y el mentón libre de las barbas que marcaron su perfil por quinientos años. Mete la mano bajo el sobretodo. Sé lo que va a hacer. Va a sacar una espada. O un campo de fuerza para inmovilizarme. Es capaz de todo. No le doy tiempo. Saltó sobre él y le propino una bofetada, a la velocidad del sonido. Con eso lo dejaré inconsciente al menos unos minutos, lo suficiente para alejarme.
El Rey también me ha encontrado. Seguro que los androides le dijeron donde estaba. Junto con una tropa de soldados avanza por el arenoso sendero. Montados en briosos corceles, las armaduras emiten resplandecientes destellos a la luz de la Luna. Lanzas y espadas se acercan a mí. El férreo armamento busca teñir la tierra con mi sangre. Subo a mi bicicleta, comienzo a pedalear, alejándome de ellos, de él, de Ellas.
Las calles de cemento están llenas de serpientes que no me dejan pasar. El Rey y sus soldados a mi espalda transitando el arenoso sendero. Los luengos reptiles frente a mí retorciendo sobre el asfalto. No hay salida. No hay escape posible. Mi fiel cóndor surca el firmamento. Viene a rescatarme. Subo en su amplio lomo, mientras él agita sus alas tan largas que apenas caben entre acera y acera. El aire frío de la noche me golpea la cara cuando atravieso junto a mi emplumado amigo los vastos infinitos de la inmensidad. Las estrellas nos saludan. Nos cuestan de su día y preguntan por el nuestro. Y nos advierten de los peligros que acechan en la superficie de la tierra, donde los hombres matan por unas monedas a quienes tienen otro color en la piel, o profesan otra idea política, o le rezan a otro dios, o no viven del mismo lado de una línea trazado por el arbitraje de un tercero.
Mi cóndor desciende. Una flecha le ha dado en el vientre y la perdida de sangre lo ha dejado débil. A partir de ahora estoy librado a mi suerte. Una de Ellas viene hacia mí. La reconozco. Es una hechicera. Sus embrujos no habrán de engañarme. Sé que si sus labios se posan en los míos seré su esclavo por toda la eternidad, y más tiempo quizás. No me dejaré embaucar, aunque sus ojos grises son tan hermosos que me cuesta trabajo dejar de contemplar. Me mira, siento que me desarmo ante tanta belleza contenida en unos pocos músculos faciales. No me atrapará en sus redes. Conozco bien a las de su especie. Rostros bellos, angelicales, escondiendo demonios espantosos bajo la fachada. Es una mascarada. Y la bruja no me hará caer en su telaraña. Soy inmune a sus encantamientos. Sus trucos sólo funcionan con los hombres comunes, los hombres que no ven el mundo como yo, con todos los peligros que acechan en la oscuridad, esperando que nos descuidemos para corrompernos y asimilarnos en su fétida podredumbre.
Lo sabía. La bruja se está transfigurando. Era el supremo sacerdote que quería engañarme. Tendría que saber que nunca podría burlarme con tan vil encanto. Pero no ha venido solo. Las serpientes salen por cientos de bajo su sobretodo y se dirigen hacia mí. Vuelvo a correr. No dejaré que me atrapen. Nadie va a agarrarme. Una vez que entró en calor puedo correr casi dos veces más rápido que el sonido. Lamentablemente, el supremo sacerdote también puede moverse a esa velocidad y está pisándome los talones. Me arroja serpientes, algunas de las cuales casi me alcanzan con sus fauces abiertas, listas a morderme e inyectarme su ponzoña. Ellas y las serpientes. Todas quieren infectarme con su mordedura y su veneno.
Maldición. He estado corriendo en círculos, y he vuelto a donde mi querido cóndor me salvó del Rey y las serpientes. Estoy nuevamente rodeado. Los ofidios empiezan a separarse y a dejar un sendero en medio del cual se desplaza una víbora más larga y gruesa que todas las demás. Los soldados del Rey también se están separando y un ser gigantesco y blindado de férrea coraza camina con largas zancadas en mi búsqueda. La serpiente gigante y el caballero gigante se lanzan sobre mí, al mismo tiempo. Yo me hago a un lado y la ponzoñosa dentadura choca contra el escudo de noble acero, conjurando los dos males. Corro mientras ellos se distraen con esta venturosa acción y me interno entre los restos de una fábrica abandonada. Tampoco aquí estoy libre de peligro. Comandos profesionales se despliegan por el edificio, con sus armas prestas a dispararme. Me apuntan y me ordenan que me rinda. Vuelvo a correr. Las armas se disparan. Las balas no me dan. Desvíe sus miras con mi telekinesis. Dos de ellos me cortan la retirada, parapetados firmemente en la única puerta de salida. Les lanzó dos rayos de energía con mis manos. Caen como pesadas bolsas de papa en el mercado.
Mi cóndor vuelve por mí. Sus heridas han sanado. Le indico que distraiga a las serpientes, mientras yo busco una salida a un lugar seguro, quizás mi santuario en las montañas, quizás un oasis en el desierto. Pero son tantos los viles reptiles que mi amigo de los aires no puede contra todos y le ordeno que se vaya. No me escucha y sigue combatiendo, sin posibilidades, sin esperanza. La esperanza sucumbe con él.
Yo caigo en un pozo. Un pozo sin fondo donde no siento nada. Quiero hablar. Pero no puedo. Quiero gritar. Y desespero.
Escucho el grito lejano de mi cóndor. Me dice que no tiene por qué ser así. No todas Ellas son malas, me recuerda, algunas solamente están desviadas. Vuelvo a estar en la superficie, rodeado del Rey con sus soldados, las serpientes enroscadas, la bruja de belleza consumada y el sumo sacerdote portando una espada. Y Ellas, que acechan entre las sombras, esperando mi llegada. Sonrío para mis adentros. Una idea se me acaba de ocurrir. De bajo mis ropas saco un antiátomo de hidrogeno, provocando una reacción en cadena que destruye a los que me cercaban. Todos se convierten en vapor en la noche neblinosa. Yo me protejo con mi telekinesis. Estoy libre. Libre del sistema. Libre del miedo. Libre del engaño. Libre de lo desconocido.
Pero no libre de Ellas. Continúan acechándome. El beso animal me sigue buscando. La maldad se mueve en círculos. Se disfraza de actitudes políticamente correctas. El desdeño por la capacidad de otros es siempre una fachada para la envidia y la ambición, los celos y la soberbia. No me van a atrapar. Sé que están en todos lados. Ellas, que me envían mensajes por la Internet, que alteran los satélites para hacerme saber que están detrás de mí, que provocan guerras y esparcen pestes para que por las noches no pueda dormir. Sólo correr. Tan sólo huir.
Con profundos gritos mi cóndor me avisa que ha logrado escapar, y vuela bien alto delante mío. Las calles se llenan de comandos, de ninjas y de samurais. Con mi telekinesis y los rayos que salen de mis manos los acabo en pocos minutos, despejando el camino. No hay escarmiento suficiente para mis perseguidores. El Inca también viene a buscarme. Ha formado alianza con los reyes del norte. Una multitud de soldados de ambos continentes se lanzan sobre mí. Y las hadas del bosque. Y los guerreros inmortales que vinieron del futuro con una máquina del tiempo. Son muchos. Me rodean. Me aprisionan. Otra vez estoy perdido. Ellas son las responsables. Ellas me han tendido la trampa. No obstante, la multitud desenfrenada que me atosiga no va a detenerme. Todavía tengo las nanomáquinas. Las libero. Las dejo combinarse y formar guerreros poderosos, soldados invencibles. La batalla se desata. La victoria me pertenece. Soy el dios que programó a los vencedores. La impunidad del mundo me había convertido en un paria en el cielo y el infierno, por no querer ser el lamebotas de nadie. ¡Qué a todos los parta un rayo! ¿Dónde están sus dioses? ¿Qué harán ahora con el llanto de sus niños? ¿Y con su falsa ilusión de ser mejores que yo, mientras transitan como mansos borregos el camino al matadero?
Ellas no se dan por vencidas. No me van a dar respiro. No me dejarán dormir por las noches, atormentándome en mis pesadillas, convirtiéndose en mis pesadillas. Seguirán inventado guerras para recordarme que no puedo escapar a sus garras. La noche es un abismo sin fin. El Rey ha vuelto, con más hombres que antes. Le promete la mitad de su reino al que le lleve mi cabeza. Comienzan a llover rocas del cielo, grandes como casas, asteroides errantes del espacio que Ellas deben haber desviado de su trayectoria para atraparme. Las piedras caerán sobre inocentes. Quieren atacar a mi conciencia. ¡No me entregaré! Ya les haré pagar por los inocentes espectros que votarán por su venganza. La locura no acaba. Vienen gladiadores con espadas. Y supersoldados con armas de energía. Ya no puedo correr más. Tendré que pelear. Pero Ellas siguen trayendo a mis enemigos. Los caciques de la Patagonia también se han alineado en mi contra, la indiada arremete en los lustrosos pingos con lanzas y boleadoras. El cielo se llena de bolas de fuego luminosas, que refulgen con tanta intensidad que me ciegan. Ellas están en todas partes, tanto en tiempo como lugar, lo sé, sus computadoras son mejores que las de nadie más. Un portal temporal se abre. Más guerreros venidos del futuro, traídos de la eternidad para acabar conmigo.
Caigo. Mi cóndor me llama. Ya no tengo fuerzas para seguir. La presión es insoportable. No hay resistencia posible. Grito. Si tanto me quieren aquí estoy. Denme de una vez su beso infecto, para que yo pierda mi humanidad y ustedes se puedan jactar de que me han vencido, que mi esencia espiritual ha sido devorada por el demonio que anida entre sus piernas. Pero Ellas no vienen. La radio y la televisión enmudecen. Las sombras se aquietan. Los enemigos se alejan. El cielo se despeja. Ellas ya no me buscan, ya no me desean. Querían matar todo lo humano dentro de mí. Y mi humanidad murió en el instante en que me rendí.

Los psiquiatras contemplaban meditabundos al paciente encerrado en un cuarto de suaves paredes acolchadas, con los músculos petrificados, la mente en un lugar inaccesible.
--Cuando lo trajeron no dejaba de murmurar: "Ellas vienen por mí" --explicaba el jefe del sanatorio a sus colegas--. Aparentemente, en su mente las barreras de la fantasía y la realidad se han roto, provocándole delirios de persecución.
--¡Pobre tipo! --exclamó uno de los psiquiatras más jóvenes, mientras hacía con la mano izquierda el signo de los cuernos para alejar el mal de ojo.
--Ni tan pobre --continuó el jefe--. Para capturarlo tuvimos que abrir un portal dimensional y traer guerreros de una docena de realidades alternativas. Pero el muy canalla resultó ser programador de nanomáquinas. Si no hubiera caído en estado cataléptico difícilmente lo hubiéramos atrapado.

Le doy a este relato
puntos

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