Como evento culminante de las fiestas patronales de los trabajadores del puerto marítimo de Cartagena, organizaron para el día siguiente una corrida de toros a las cuatro de la tarde en la plaza principal, a la cual asistieron personalidades nacionales, internacionales y los de la tauromaquia, quienes llevaron sombreros de diversos estilos. Los dirigentes sindicales engalanaron la plaza con banderines alusivos a la causa, con la efigie de la reina de los trabajadores que habían elegido el día anterior, y del torero de ellos apodado Toro por su similitud con un vacuno, ya que entre ellos se llamaban con remoquetes según el parecido con algo o con alguien. Centraron la expectativa en el último toro de la tarde de nombre Fecheco, quien en realidad fue un personaje de la televisión nacional, fanático a los toros de lidia, que se gozaba del espectáculo macabro a que sometían a estos vacunos, pero hoy haría el papel de toro. Era jabonero, de pitones en forma de luna nueva, y procedía de la ganadería sevillana Miura, de 666 kilos y su número 999. Había permanecido tres días en los chiqueros, sin hierba y a ración de agua. En cambio, Toro oraba en la capilla de la plaza encomendándose a La María de la Macarena. Los tendidos próximos a la barrera llegaron al cupo máximo de espectadores, igualmente los balcones donde se ubicaron los necesitados.
El Palco Presidencial ordenó la salida del toro, y el cuidandero de los chiqueros, que no fue otro que el estibador marítimo apodado Piquete, le pinchó el morrillo a Fecheco. Éste salió disparado, cruzó a toda carrera por el corredor hasta partir plaza, donde Toro lo esperó arrodillado en medio de la música de un pasodoble, quebró la cintura y le dio un mantazo que despidió chispas al rozar con los cuernos. Siguió con uno y otro capotazo, inventó pases y los espectadores respondieron con vítores. Después, Fecheco se fue a uno de los burladeros, corneaba las tablas queriendo herir a los ayudantes del lidiador. El tercio de banderillas estuvo a cargo de los estibadores Puya Hoja y el Gancho. Cada uno acertó un par de banderillas en el morrillo y en la cerviz. Salvaron sus vidas volando sobre las tablas, ya que Fecheco daba corcovas y acometía. Los aplausos volaron por la plaza por la forma magistral como ejecutaron el oficio.
Los picadores salieron al ruedo en medio de la música para ejecutar el tercio de vara que ordenó la Presidencia. Uno de ellos Burropeón, bautizado así por su imprudencia de dejar escapar sus ventosidades en cualquier sitio, al punto de disgregar una reunión. Y Toroquemasmea, el jefe de las operaciones portuarias.
Toro tiró la montera, y cayó boca abajo como buen augurio de que la corrida sería exitosa para él. Sus ayudantes le entregaron la muleta y se dirigió a Fecheco, el cual cabeceó, escarbó y corrió para cornearlo, pero recibió un muletazo de pitón a pitón. Luego embistió de nuevo y Toro se pasó la muleta a la derecha y le hizo una verónica, después otra, y una tercera doble. El público ovacionó enloquecido: «¡Olé! ¡olé! ¡olé! ¡Ese español es mejor que aprenda a bailar mapalé!». Dio un pase de pecho y uno por arriba, y el pitón izquierdo pasó cerca de su cintura. Fecheco demostró su casta, respiraba buen aire, lo que lo hacía un ejemplar boyante y de excelente arranque. Por momentos dudaba de sus lances quedando algunas veces a medio camino, pero Toro lo obligaba con el engaño. Con la muleta en la derecha le sacó tres pases naturales, después se arrodilló delante de él, puso su cara frente de la de Fecheco y le besó los pitones. Se movía con arte y sacaba los olees del público y el pasodoble también continuaba. Cuando lo tuvo listo, entregado, con poco aliento, la mirada ciega, los movimientos enredados, solicitó permiso a la Presidencia para matar. Pidió a los ayudantes la espada y cambió de muleta, se acercó a la reina y le dedicó la muerte del toro.
Toro le hizo un molinete y el pase del desprecio, con la muleta en la izquierda y la espada en la derecha le echó la panza a la cara, pues aún mantenía la cabeza un poco levantada. Fecheco vio que se alistaba para matarlo, entonces ventoseó. Buscó aire y no lo encontró, jadeaba con la lengua afuera a medida que su respiración se englobaba. El sufrimiento corrió por sus carnes, el espíritu se le asomó por las narices y miró a su familia adolorida que estaba en los palcos de honor, entonces dijo a Toro:
—¿Acaso esto va en serio o es parte del realismo virtual que tú vives? Fui fanático de la tauromaquia desde niño, anduve en las plazas de la nación narrando corridas, adulando a los toreros y criticando a los toros, pero nunca pensé desempeñar el oficio de ellos. El martirio de sus carnes no me dolió, porque no tienen alma ni piensan, solo me interesó el entretenimiento y el buen sabor de la carne asada después de la faena. Así es el arte que se complementa con el buen gusto.
—Cultivar el arte para divertirse y alegrarse del dolor animal, es vil forma de prostituirse, pues el verdadero artista es aquel que no destruye lo natural y determina el valor de las cosas a partir de lo humano —le respondió Toro—. Quien dice que es artista y asesina a lo bello, no compagina con la armonía del universo, porque lo que produce placer innoble no cumple con las leyes naturales ni agrada a la generalidad. Los que no tienen un genio se amparan en los aleros del arte, lo cual quiere decir que no tienen virtud de artista, porque si así fuera, los asnos serían los mejores. Esos son los imbéciles que degradan lo bueno, muchas veces calumniadores de la obra ajena, tiran piedras y su mano queda escondida en el bolsillo, son tan pequeños que la sabiduría de la hormiga no los determina. Matar a un toro con el deseo de alegrar el espíritu o para relajar los músculos es un insulto a la naturaleza. Asar sus carnes después de la corrida para saciarse del triunfo de la tarde, es un insulto a la humanidad y a esa Virgen de la Macarena. Divertirse con la vida ajena es lo mismo que adular a su madre y no respetar a la del prójimo. Cuando la razón pelea con la brutalidad, es lógico que gana la razón, injusta se midió a lo irracional. ¡Pobre gente! No merecen la vida, tampoco la muerte, son la vergüenza de la humanidad —.
A pesar de la merma de sus sentidos, escuchó atento las palabras de Toro. Jadeó y vio que se alistó para darle la estocada final.
—Dame el indulto —le imploró Fecheco—. Siento que los sufrimientos de los toros que vi morir en los ruedos, seguidos de aplausos y olees, se arruman dentro de mí, fue tan grande el martirio que vi en ellos, que me aterra imaginar que seré víctima de tu estocada. Ahora es cuando entiendo que una corrida de toros es igual al calvario que sufrió Jesucristo. Veo que en los palcos mi madre se siente vaca y padece horrendo suplicio, porque yo hago el papel de toro. Por favor, indúltame, sácame de tu realismo virtual.
Toro buscó a alguien que lo perdonara, pero todos se negaron. Confundido miró al público que gritaba unánime: «¡Muerte, muerte, muerte!» Inconforme se dirigió al Palco Presidencial, solicitó el indulto, pero los que ahí estaban agacharon el dedo pulgar de la mano izquierda. Entonces le hizo el pase del desprecio y entró a matar, afinó la puntería con el ojo derecho pasando la visual por la punta de la espada hasta el morrillo del penitente, le echó la panza de la muleta a la cara para hacerlo bajar la cabeza, pero se resistía, entonces lo pinchó de nuevo en la nariz. Cuando logró su objetivo se empinó, ambos se fueron al encuentro saliendo ganador Toro, pues le hundió el estoque por la falda del morrillo hasta el pomo, el cual impidió que se fuera por la herida. De inmediato el público saltó de júbilo. Fecheco experimentó todos los dolores, corcoveó, defecó y trató de cornear a los auxiliares que lo manteaban en círculo para ayudarlo a morir. Trastabilló cerca de las tablas y eructó espadañadas, escuchaba los olees y los aplausos dentro de él, como salidos de sus entrañas. El estoque le produje quemazón en la cavidad cardiaca, por donde pasó sin pedir permiso. Dobló el cuarto delantero y quedó arrodillado: «Hoy muero en lo que amé, siento que mi sufrimiento es igual al de los toros que vi morir en las plazas del mundo», fueron sus últimas palabras. Se echó y murió con el padecimiento con que deberían morir los toreros. |