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Recuerdos junto al fuego
Participante 69 - Concurso Nación Rolera - 0 Comentarios - Puntuación: 29 puntos (VOTAR)
El calor de la hoguera se fue apagando poco a poco. A Alwyn le entusiasmaba ver el tenue baile de las llamas antes de ir a la cama, y acercarse hasta casi chamuscarse las cejas, tanto, que muchas veces su abuelo le reprendía.
El calor de la hoguera se fue apagando poco a poco. A Alwyn le entusiasmaba ver el tenue baile de las llamas antes de ir a la cama, y acercarse hasta casi chamuscarse las cejas, tanto, que muchas veces su abuelo le reprendía. Siempre le decía la misma frase: “Un día te acercarás tanto que serán ellas las que se alejen de ti.”
Aquella noche el fuego se apagó pronto, era verano y no hacia demasiada falta. Alwyn fue hasta el salón, donde como una estatua siempre estaba el abuelo, con sus anteojos perfectamente colocados y siempre algún libro entre las manos. Sentado en su sillón orejero de cuero vetusto y grotescamente desconchado devoraba libros, y había quien decía que era el hombre más culto del pueblo; Alwyn así lo creía.
Llegó hasta la pequeña habitación compuesta tan solo de una estantería con demasiados libros como para recordar todos sus nombres, un pequeño brasero humeante aún con algunas brasas vivas y el antiguo sillón del abuelo.
-¡Zanguán! ¿Qué haces aún levantado? –Preguntó el abuelo. Le llamaba Zanguán desde que tenía memoria pero nunca supo lo que significaba; era algo cariñoso y le gustaba.
-Abuelo no puedo dormir. Hace demasiado calor.
-Yo sé lo que te hace falta a ti: una buena historia y un vaso de leche fría. Creo que podré conseguir las dos cosas esta noche –Dijo quitándose los anteojos y dirigiéndose a la cocina.
Al cabo de unos instantes el abuelo volvió trayendo consigo la leche y una galleta. Le dio el vaso y la galleta que, aceptó con entusiasmo y lo sentó en su regazo delicadamente.
-Bien, ¿Por dónde íbamos?
-Historia y leche, historia y leche –Respondió como solo un niño de ocho años puede hacer.
-¡Ah! sí… -Quedó un momento pensativo mientras volvía a colocarse los anteojos- ¿Sabes que desciendes de un caballero de renombre? -Los ojos de Alwyn se abrieron como platos mientras mordisqueaba la galleta mojada en leche. -Así es pequeño Zanguán. El abuelo de mi abuelo, es decir, tu tatara-tatara-tatara-abuelo, fue Goran, llamado El Manzana. ¿Adivinas por qué?
-¿Por qué siempre comía manzanas?
-Muy bien –Revolvió el pelo del joven oyente. Pero bueno, ¿Qué historia quieres que te cuente?
-Una en la que salga él. Quiero ver si era bueno o malo.
-No pequeño zanguán. Él no podía ser malvado. Era uno de los 187 del rey, su juramente lo comprometía para con el rey, y así lo demostró. A ver que tenemos por aquí. Creo que tenía un libro…
El abuelo se levantó dejando con cuidado a Alwyn en el sillón. Se acercó al candil y obsequió a la habitación con un poco más de luz. Tanteó con sus grandes manos, encalladas por el paso de los años y por el duro trabajo de la tierra, la biblioteca. Pasaba rozando con su dedo índice cada uno de los millares de títulos que tenía tarareando sus nombres y autores, hasta que su dedo se detuvo en uno.
-¡Aquí esta! Estaba seguro de que no lo había perdido –Su cara sonrió de una manera extraña, demasiado alegre como para que se tratase de un simple libro, y un sin fin de surcos adornaron su frente haciendo notar su lozana vejez. –Este es el libro de Cuentos de Perlamar y cuenta todas las historias antiguas que el mundo conoce. Es un libro muy caro –Y se lo enseñó.
Era un libro antiguo, viejo, y ello se notaba al tacto de sus hojas. Alwyn sopló sobre la tapa, adornada con letras plateadas y una pequeña perla en su centro, y una diminuta nube de polvo viajo por la habitación.
-Llegó a nosotros a través de Goran.
Alwyn pasó las hojas con cuidado y el libro mostró su desacuerdo lanzando pequeños quejidos. Tenía muchos dibujos y letras muy extrañas y un millar de nombres tan sólo leyendo una página.
-Parece más un libro de historia que no uno de cuentos -Dijo Alwyn.
-Los cuentos muchas veces son historia. Este libro tiene demasiados años. Permite que se tome la licencia de estar algo más viejo que tu abuelo –Sonrió. Te leeré una bonita historia en la que salga él.
Volvió a colocar a Alwyn en su regazo y éste derramó un poco de leche que goteó cayendo al sillón, algo que no vio el abuelo, o por lo menos no pareció importarle.
Tanteó con sus dedos el cantó del libro y lo abrió por la mitad, pasó un par de hojas hacia atrás y encontró lo que buscaba. Allí se podía leer:
Capítulo 9 – El Duque del Este
Y como todas las buenas historias, nuestra historia comenzó con un buen comienzo: Hace ya muchos años, cuando el tiempo era aún muy niño… Y el abuelo empezó a narrar.
-El rey Rowel había recibido noticias del ducado del Este… Bueno, antes de que conozcas la historia te contaré algo de Goran. Era un pequeño pícaro que acababa de cumplir hace unos meses los dieciséis años. Pasaba las tardes entre los manzanos buscando las frutas más jugosas y tiernas, y más de una vez tuvo que escapar de los granjeros, pero siempre volvía. Se movía como pez en el agua entre el ramaje cortando con sus dos afilados cuchillos las manzanas. La gente del pueblo le tenía cariño a aquel pequeño pícaro de ojos saltones y mejillas sonrosadas que los embelesaba con su sonrisa juvenil.
Ahora bien, cierto día fue apresado por un granjero y aunque nadie quiso hacerle daño, robar era robar y merecía su castigo. El alguacil del pueblo le propuso un trato: “Trabajarás una hora por manzana robada o tendrás que irte del pueblo”. No quería desterrar al niño y presuponía que aceptaría trabajar, sin embargo y para sorpresa de todos, el ladronzuelo ya no estaba a la mañana siguiente. Se había ido dirección a la capital a buscarse la vida. Siempre libre fueron sus últimas palabras oídas en el pueblo.
Días después, nuestro trotamundos llegó a la capital y allí se estaba celebrando una justa para elegir al nuevo 187 que formaría parte de la orden. El recinto mostraba cientos de colores: pendones de gules, azur y sinople; de plata y oro; escudos que adornaban las tiendas de los aspirantes a cada cual más elaborado. Paseando por la gran urbe, embriagado con la inmensidad de la ciudad, observó un cartel donde se podía apuntar para competir. No le interesaba luchar, ni pertenecer a la orden, pero había un sustancioso premio en monedas de oro que sí le atraía.
Llegó el momento de luchar. Entró en la arena comiendo una manzana roja que acababa de robar y vio a su adversario. Un hombre fornido, de más de treinta años, con una armadura de placas y una espada larga colgando de su cintura. Portaba un yelmo labrado imitando a cadenas que llegó a intimidar a Goran. Él tan solo tenía sus dos pequeños cuchillos y una camisa de lino que poco podía compararse al caballero de las cadenas. El combate comenzó y Goran hizo gala de la agilidad conseguida tras años de andar por las ramas. El caballero de las cadenas golpeaba a diestro y siniestro con su gran mandoble romo, pero era demasiado lento para Goran que saltaba de un lado a otro evitando cada una de sus estocadas. Sus pequeños cuchillos no podían lidiar contra el acero de su armadura, así que esperó a que su rival se cansase. Seguía saltando entre las risas de la gente y los insultos del caballero al creer que se estaba mofando de él. Golpe a golpe, sus estocadas fueron siendo más lentas y su respiración más profunda. Dentro de la armadura se notaba como su pecho se hinchaba y deshinchaba cansado por el esfuerzo. En ese instante, Goran aprovechó para esquivar la última estocada y colocando uno de sus cuchillos en el cuello desprotegido el caballero de las cadenas, éste se rindió.
Fue venciendo caballeros uno tras otro hasta que al final consiguió el dinero y pertenecer a la orden ya que ésta daba sustento a sus 187 miembros y Goran no dejó pasar la oportunidad. Pero… ¿Por dónde iba?
-El rey Rowel había recibido noticias del Este…
-Ah sí… El rey había recibido noticias del Este sobre revueltas y sublevaciones sin mayor importancia. Pero todo ello cambió cuando ya no llegaron noticias y envió a sus propios emisarios. Éstos regresaron con el terror en sus rostros. El duque no obedecía las órdenes reales. Era un claro desafío al poder real y Rowel no podía permitirlo. Sin embargo, no deseaba una guerra civil, así que mando llamar a los 187 caballeros del rey con dos propósitos: El primero, hacer saber al duque que le tenía en cuenta y el segundo, intimidarle, convocando frente a su castillo a la mejor orden de caballería del reino.
Rowel envió correos a todos los puntos de Altaria para convocarlos y tras unos pocos días de espera, una gran columna de caballeros armados para la batalla hizo su aparición. Portaban antorchas que refulgían sobre sus armaduras. La gente se agolpaba en las calles para ver la marcha y con asombro, los niños jugaban con palos imitándolos.
Llegaron al palacio real, descabalgaron y cuando todos los mozos de cuadras se habían llevado sus caballos su capitán alzó la mano derecha y al unísono gritaron todos:
-Los 187 caballeros del rey están de nuevo reunidos. Que los Ocho nos den fuerzas para proteger al rey que nos ha ungido. Salve Rowel, rey y señor de los hombres.
Y allí estaban, 187 caballeros con sus armaduras plateadas de acero arcano, portando sobre su pecho el escudo de la orden, una cruz flordelisada de gules sobre campo de oro protegida por ocho torres de oro sobre una banda de gules. Habían desenvainado sus armas, todas diferentes, e hincando la rodilla derecha hicieron una gran reverencia a su rey.
Al día siguiente se pusieron en camino hacia el Este. La columna de caballeros viajaba al trote, y al frente de ellos, Rowel y Alcastor el inmortal, con su penacho rojo sobre el yelmo que le reconocía como capitán de la orden; también viajaba con ellos Rowan, el hijo del rey, un joven de quince años al que tu antepasado Goran debía proteger.
Tardaron un par de días en llegar ha su destino. Pero el duque no se había quedado de brazos cruzados, y al oír que el rey viajaba con sus caballeros en dirección a su castillo tomó una decisión que aún hoy se lamenta. No entendió que aunque fuesen los 187, éstos no tenían la fuerza como para sitiar un castillo y mucho menos invadirlo. No fue capaz de ver que Rowel no quería una guerra. Así que mandó llamar a todas sus fuerzas para entrar en batalla. Reunió en poco tiempo más de tres mil hombres ayudado por otros nobles que también estarían allí.
-¿Y todos querían pelear contra el rey, abuelo?
-No todos Alwyn, no todos. Es de renombre lo que allí hizo Plenant seisdedos marqués de Quiana. Plenant era un hombre despiadado, cumplidor en exceso de las leyes que aplicaba con mano férrea. Le llamaban seisdedos porque había perdido cuatro en una revuelta hace un tiempo. Sin embargo, aunque toda su vida fue odiado y repudiado por cuantos le conocían, su nombre ha pasado a la historia envuelto en gloria redimiendo todos sus pecados. Pero no adelantemos acontecimientos. Déjame continuar.
-Thurion, que así se llamaba el duque, había reunido en su castillo más de tres mil hombres provenientes de todos los puntos del ducado del este. Llegaron arqueros y ballesteros de Térralind y Téraveth; lanceros de Áris y Nyvia; mercenarios contratados en Dhaerid y cientos de hombres de la misma capital. Todos y cada uno de ellos engañados con las tretas del duque, pero eso ellos no lo sabían.
Era por la mañana cuando llegaron a la llanura que precedía al castillo. El aire fresco de la mañana era de agradecer y el rocío aún se podía ver en la hierba. Una hierba que nada haría presagiar que ese día sería regada con la sangre de inocentes engañados.
El sol brillaba en lo alto cuando el rey tocó su cuerno. Sus caballeros estaban detrás de él y entre ellos, Goran, sudando por el calor del mediodía. Estaba nervioso y era demasiado joven para ir a la guerra. Nunca había dado muerte a nada. Aquel no era su lugar. Su sitio estaba entre los extensos manzanos, en un pequeño pueblo, siendo el pequeño truhán que alegra a la gente con su sonrisa y sus mejillas sonrosadas. Pero allí estaba, acompañado por los mejores guerreros del reino y aún así solo. Solo, con sus pequeños cuchillos y una manzana que aquel día no resultaba tan dulce. A su lado estaba Rowan, el príncipe, y su cometido era proteger con su vida al que un día sería su señor. Lo habían elegido por la cercanía de edad y porque Alcastor, el capitán, no consideraba a Goran aún preparado para entrar en batalla para defender al rey.
Una sombra se movió en una tronera de la barbacana y después desapareció. Al cabo de unos segundos el duque apareció sobre el portón.
-¿Cómo el rey quiere que le deje pasar trayendo un ejercito ante mis puertas? -Dijo Thurion.
-Soy el rey y esta es mi guardia personal. ¿Acaso he de dar explicaciones sobre mis actos cuando vos, duque, no cumplís con mis leyes?
-Pero mi señor, sois vos y no yo quien ahora amenaza. Y más aún cuando con orgullo traéis a los 187. Parece que mi amistad para con vos se quiebra por momentos.
-Excelencia, no deseo la guerra. Pero es inadmisible que no cumpláis mis mandatos reales y que con amenazas e insultos despidáis a mis correos.
-¿Entonces para qué las armas? No majestad, no pienso seguir escuchando vuestras palabras envenenadas. Queréis que os abra las puertas para así derrocarme. Pues vuestros ojos no me verán claudicar –Con un ademán de su mano mandó su ejercitó salir. –Ahora mi rey, pagaréis por este insulto. ¡Salid mis leales amigos y dad muerte a quien hoy nos ofende!
Rowel retrocedió al galope y sus caballeros corrieron hacia él con las armas ya desenvainadas. Goran no se separaba de Rowan mientras los dos, en la retaguardia, veían salir al ingente ejército. Primero los arqueros y ballesteros, que lanzaron una lluvia de flechas sobre ellos, pero no mataron a ninguno. Sus armaduras de acero arcano eran impenetrables a las saetas y a las flechas. Los 187 instigaron al rey a retirarse. Alcastor daba órdenes a los caballeros e intentaba disuadir a Rowel de luchar.
-¡Es una locura, mi rey! ¡Una locura! –Decía.
Rowel aceptó huir ante la avalancha de jinetes a las órdenes de Plenant y otros muchos que les estaban alcanzando. Intentaron huir, pero era demasiado tarde. Los habían rodeado y lo que antes era la retaguardia, ahora era el frente. Y allí estaba Goran Manzana, con el príncipe, delante de más de trescientos caballeros dispuestos a poner fin a sus vidas.
Plenant azuzaba a su caballo a galopar más rápido. El había nacido por y para la batalla, y allí era feliz, era lo único que había conocido y lo único que quería conocer. “Nací en la batalla y moriré en ella” se le oía decir.
Embistió por el frente y derribó a unos cuantos hombres pero la suerte quiso que uno de ellos antes de caer, clavase su lanza en la cruz del animal, matándolo. Plenant se rehizo lo más rápido que pudo y con su maza empezó a atacar a cuantos veía. Mientras tanto, los hombres a pie, con Thurion a la cabeza, salían del castillo como una marabunta hambrienta.

Estaban rodeados. La caballería cercando la huída y la infantería obligando a los 187 a agruparse en torno al rey. La batalla estaba siendo cruenta. Goran veía como sus nuevos hermanos caían a su alrededor traicionados. El hedor a sangre pronto asoló el páramo y él solo pensaba en comer una manzana. Quitó de su mente las divagaciones y llevó a Rowan al centro, con su padre.
-Quédate aquí. –Le dijo.
Goran desenvainó sus pequeños cuchillos y con cierta locura, o quizás desesperación se preparó para segar vidas. El primero fue un hombre gordo con terror en los ojos; el segundo un pequeño y escuálido esclavo; y ya no hubo tercero pues al darse la vuelta ni Rowel ni Rowan estaban allí. Miró en derredor buscando a su protegido y lo vio pegado a un árbol, con su padre protegiéndole con su cuerpo y su espada. Corrió hacia ellos saltando cuerpos inertes y moribundos, y esquivando más de un mandoble que le hubiese cortado la cabeza, pero llegó.
Plenant seguía atacando y bajo su maza ya habían sucumbido dos caballeros. Combatía con fuego en los ojos, golpeando y machacando escudos como un loco. En la confusión de la batalla, se separó de su caballería, o lo que quedaba de ella pues casi estaba solo, y se fijo en un caballero protegiendo a otro mucho más joven y, a su lado otro, tan joven como el anterior vestido de 187. Fue a por él pero al llegar y dar el primer golpe descubrió que se trataba de su rey, a quien debía lealtad. Estupefacto dio gracias a los Ocho dioses porque su primer golpe lo parase el escudo.
-Mi rey…yo… ¿Qué hacéis aquí?
-Intentar salvar la vida de mi hijo, sangriento traidor.
-Yo no… Thurion nos dijo que los 187 se habían revelado y nos atacaban.
-Pues deberéis elegir mejor los amigos porque éstos os mienten.
Plenant, que no había visto la conversación que Rowel mantuvo con Thurion en la muralla estaba confuso. Se repuso y todo su cuerno. Rápidamente unos cincuenta hombres aparecieron a su lado.
-Mi rey, huid. Os debo lealtad antes a vos que a ese traidor. Espero sepáis perdonar mi error. Mi maza y mi vida entera os pertenecen.
Rowel estrechó la mano de Plenant y con un gesto de comprensión le perdonó. Acto seguido, Plenant dio órdenes para que sus caballeros luchasen al lado de los 187.
-¿Cómo te llamas?
-Goran, mi señor, pero todos me llaman manzana.
-Bien Goran manzana. Ahora es tu oportunidad de probar tu valía. Salva a mi hijo, pues es el heredero y tu futuro rey. Hazlo ahora y te estaré agradecido toda mi vida.
-Sí, mi señor. Cuidaré a Rowan con mi vida.
Goran cogió de la mano al joven príncipe y buscó un caballo cercano. Lo montó detrás y cabalgó como el viento hacia un lugar seguro en lo alto de un cerro, entre las piedras.
-¿Así que Goran salvó al príncipe, abuelo?
-Sí. Gracias a él continuó viva la casa real y por eso es recordado.
-¿Y qué pasó con el Rowel? ¿Y Plenant? ¿Qué pasó con todos?
-Si me dejas, te lo cuento.
Plenant había cambiado de bando y luchaba ahora al lado del rey. Los 187 se habían reagrupado y habían acabado con toda la caballería de Thurion, pero la infantería seguía siendo un problema. Thurion instigaba a sus hombres a continuar y pronto éstos reaccionaron y flanquearon la formación. Consiguieron llegar hasta Rowel y este quedó de nuevo cercado. Tan sólo estaban con él unos pocos caballeros y Plenant, quien había perdido a todos sus hombres. Intentaron aguantar, pero un hombre a lomos de un caballo penetró en la formación que defendía a Rowel. Portaba una larga lanza que apuntaba al mismo corazón del rey y éste no tenía ni siquiera escudo. El jinete embistió con toda su fuerza pero Rowel no murió, pues Plenant en un acto de redención utilizó su cuerpo para frenar la lanza. Empalado, cayó al suelo sangrando por la boca.
-Mi rey, perdonad mi error. Mi vida por la vuestra. Es justicia. -Y cerró los ojos para no abrirlos nunca más.
Los 187 llegaron hasta el rey y el cuerpo caído de Plenant. Montaron al rey a caballo y huyeron entre una nueva lluvia de flechas. Ahora bien, la mala suerte quiso que aquel día, una flecha guiada por el viento y la mano de la crueldad, encontrase su fin en el cuello desprotegido del rey. Con un quejido lancinante se dejó caer del caballo y murió entre las lágrimas de sus caballeros que poco pudieron hacer por él.
El cuerpo de Rowel fue recogido y enterrado entre los honores que merecía, ante la pena de su hijo que ahora se había convertido en rey a la joven edad de quince años. Goran fue recibido entre vítores por salvar a Rowan, y a Plenant se le recuerda en muchas canciones, aunque su cuerpo nunca fue encontrado. En cuanto a Thurion, después de que los 137 superviviente pusiesen a salvo al heredero, clamaron venganza y convocaron un nuevo ejército. Thurion huyó y ya no se supo más de él.
-Y esa es una de las historias en las que sale nuestro antepasado Goran. –El abuelo esperó la respuesta de Alwyn pero nunca la recibió. Se había dormido escuchando la voz de su abuelo entre batallas y fantasías de mundos extraños.
El anciano se quedó un tiempo escuchando la respiración del pequeño hasta que la suya y la de él fueron una. Y allí, sentado en el viejo sillón de cuero vetusto, rodeado de libros, observó como la última brasa se apagaba lentamente, y él también se durmió.

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