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Salve, Regina
Participante 70 - Concurso Nación Rolera - 0 Comentarios - Puntuación: 18 puntos (VOTAR)
Se despertó una vez más con el terrible dolor que castigaba su cabeza. Su cuerpo temblaba, las manos sudaban y la boca la tenía seca; era notable la deshidratación causada por la cantidad de alcohol que había ingerido.
Se despertó una vez más con el terrible dolor que castigaba su cabeza. Su cuerpo temblaba, las manos sudaban y la boca la tenía seca; era notable la deshidratación causada por la cantidad de alcohol que había ingerido. Abrió los ojos con alguna dificultad y se deslumbró por el fulminante brillo de la mañana, que se colaba por la ventana, cuya cortina dejó abierta y por lo cual se lamentaba. No quería ponerse de pie, prefirió pasar el trabajo de cerrarla a enfrentar el día tan temprano. Vio con desesperanza lo desordenado de su cuarto y se dio cuenta que algo allí había pasado. Trató de recordar, pero se recrudeció el dolor de cabeza y optó por tomarse alguna aspirina lo antes posible. Buscó con su mirada y, efectivamente, había un vaso con agua, caliente por el tiempo que había estado allí. Lo tomó y le pareció que se saciaba. En la mesa de noche, encontró su tabaco y el último trozo que le quedaba de hachís. Enroló su cigarrillo, lo prendió y absorbió su humo extasiador. Sintió la necesidad de despejar su mente, estaba cansado de los malditos sueños que le consumían la noche entera y le desgarraban el alma. Se avergonzaba de sí mismo y de sus sueños. ¡Eran tan vívidos!
En esos momentos, sintió que la pesadilla era tan real, que sus manos se sentían adoloridas. El pánico lo acechó y miró a todos lados. Su habitación se encontraba igual a la que había dejado cuando cerró los ojos, antes de dormirse.
¿Por qué estos sueños lo perseguían? ¿Por qué? Siempre se consideró un hombre completamente normal. ¡Esta vez la pesadilla era tan real! Volvió a acordarse de los detalles de la misma y sintió náuseas. Fue rápidamente al baño y allí expulsó todos sus miedos, todos sus demonios.
Esta vez quería irse lejos, como si escapando solucionaría algo. No, aquello estaba allí presente y sin signos de quererse ir.
En su sueño, se habían encontrado la noche anterior. Una simple llamada los reunió en el restaurante de siempre. La llevó a cenar, la llevó a bailar. Bebieron, se embriagaron; él, como siempre su whiskey y ella, vino tinto. La convenció y terminaron haciendo el amor en el departamento de él. No era la primera vez que ocurría. Acordaron tener citas algunas veces al mes. Era lo mejor para los dos.
Ella había sido por los pasados cinco años su amante. Se conocieron en el trabajo y entablaron una mórbida relación amorosa. Ella, una mujer con una seguridad avasalladora; él, un hombre terriblemente celoso. Trataron de forjar juntos un porvenir, pero se dieron cuenta que solamente había química sexual, nada más, nada menos. Así que, convinieron encontrarse espontáneamente cuando fuera necesario. Si no hubiera sido por las terribles discusiones que ambos sostenían ante cualquier nimiedad, él hubiera hecho cualquier cosa por hacerla su esposa. Ante la posibilidad de perder al amor de su vida, aceptó encontrarse con ella las veces que convenían. Nunca pudo encontrar una mujer tan intensa como ella.
Cuando terminaron la sesión fogosa, ella quedó profundamente dormida. Él no pudo conciliar el sueño, quedó mirándola detenidamente fascinado por su belleza. Estaba tendida y desnuda en la cama, que aún gozaba del calor de ambos cuerpos, allí en la oscuridad, volvió a desearla. Y en aquella penumbra, su demonio interior resurgió hablándole: “¡Arrebátale su alma! Puedes hacerlo.” No era la primera vez que escuchaba aquella voz misteriosa; sin embargo, las otras veces que la había escuchado hizo caso omiso de ella. Pensó que tal vez era cosa de locos escuchar una voz como ésa ordenándole, casi doblegándole a actuar bajo sus designios. Esta vez fue diferente.
El creyó volverse loco, no veía a nadie en su habitación aparte de ella. La voz continuó insistente, pidiéndole una y otra vez. El joven se agarraba la cabeza con terror. Sintió que debía hacerle caso a la voz. Más allá de obedecerle a una voz desconocida, sentía que era voz provenía de adentro de él. Entonces, se dio cuenta que a quien escuchaba era a sí mismo, a su conciencia.
Miró un largo rato a la chica que seguía adentrada en sus sueños. Así que acercó sus manos a la garganta de la chica; a diferencia de unos minutos antes, las manos ya no temblaban por el efecto de la deshidratación, si no por la ansiedad. Vaciló, pero su demonio insistió. La agarró por el cuello y le apretó. La chica despertó y lo vio. Creyó ver al mismo demonio, su sonrisa era maquiavélica. La habitación parecía estarse quemando en fuego, eran las llamas del Hades que hacían acto de presencia para participar de la suerte de la chica. Él, por su parte, no la escuchaba, a pesar de los gritos de ella, gimiendo su nombre e implorando su misericordia. La apretó desquiciado, hambriento de muerte y de poder. Se enloqueció al ver cómo era el que decidía sobre su vida. También pudo percibir cómo se tensaron los músculos del cuello, solicitando desesperados una bocanada de aire.
Creyó ver la yugular, pulsando al compás de su respiración, a punto de estallar. Le dieron ganas de acercar su boca y morderla en el cuello y arrancarle la vena con sus propios dientes. La cara de ella se amorataba y clamaba misericordia, esto le avivó las ganas de terminar de una buena vez con ella. Acercó su rostro al de ella, para comprobar que estaba interceptando la entrada y salida de aire. Pudo percibir su aroma, el de siempre, el de las veces que la hacía de él. Quiso penetrarla, quiso hacerle el amor de manera brutal y definitiva. De repente, vio las lágrimas de la chica salir por sus ojos. Esto lo detuvo. Eran cristalinas, eran inocentes, eran ajenas. Por alguna razón, volvió a sus sentidos cuando la vio llorar. Ella se sentó en la cama buscando desesperadamente oxígeno y lo miró con miedo.
Cuando se repuso, ella sintió tanta ira que pensó que moriría del corazón.
-¡Maldito hijo de puta!- sólo pudo gritar endiablada. Nunca entendió por qué actuó de esa manera. Después que convinieron en encontrarse esporádicamente, no tuvieron más las fuertes discusiones. El odio que sentía lo desahogó en mordidas, puños, patadas, que luego resintió. Jamás imaginó que ella tuviera tanta fuerza. Antes de irse, ella se encargó de desbaratar cada pertenencia de él. Mientras ella se desquitaba, él quedó mirándola con fascinación, con miedo y arrepentimiento. Finalmente, tomó sus cosas y lo miró con una mezcla de aborrecimiento con pavor. El no sabía ni qué decir, ni cómo reaccionar. Se marchó sin mirar hacia atrás.
A pesar de sentir un terrible espanto, él sentía una morbosa atracción por la idea. Sintió que se asomaba una deliciosa erección ante el hecho de verla ahogándose. En todos los sueños la veía así y esto era lo que le atraía más. Se sentía poderoso con sólo el hecho de pensar que él tenía la autoridad de terminar con una vida, pero a la misma vez sentía mucho miedo y vergüenza. No tenía idea de por qué ella le provocaba este demoníaco deseo. Siempre que se encontraban en la cama, él sentía que no había nada más que lo volviera loco. Su contacto, su perfume, su piel, su sexo, su disposición para complacerlo una y otra vez. Todas las veces que ambos iniciaban la ceremonia sexual, que los aliviaba de las tensiones diarias. Volvió a recordar su sueño, se revolvió en la cama y bramó, tan fuerte que resonó por todo el edificio, pensando que el grito se llevaría los recuerdos de su mente. No funcionó.
Se levantó, dio vueltas como loco por su cuarto y vio debajo de su cama un arete. Lo tomó entre sus dedos y lo examinó. Un fuerte escalofrío recorrió cada centímetro de su cuerpo. Ahora todo era claro. Su sueño no era un sueño. Su sueño era la realidad disfrazada de sueño.
Se tiró al piso de rodillas con el arete entre sus dedos. Las lágrimas bajaban impotentes, sin poder borrar la marca que ya había dejado. Un enorme crucifijo, tallado algún tiempo atrás por su abuelo, le sirvió de amuleto para tratar de aniquilar sus temores. ¿Acaso era un asesino en potencia? ¿Por qué esta idea le atraía más que su propia vida? ¿Podría ser perdonado por ella? ¿…por Dios? ¿Podría perdonarse a sí mismo? Una gran desesperación se apoderó de su alma; el dolor de la culpa era tan grande, que sentía que iba a desfallecer. Allí, en aquella habitación que olía a pecado y a muerte, sus labios se movían imperceptibles, susurrando un rezo que tal vez lo ayudaría aliviar su alma.

Salve, Regina, Mater misericordiae,
vita dulcedo, et spes nostra, salve.
Ad te clamamus, exsules filii Hevae,
ad te suspiramus, gementes et flentes,
in hac lacrimarum valle.
Eia, ergo, advocata nostra, illos tuos
misericordes oculos ad nos converte;
et lesum, benedictum fructum ventris tui,
nobis post hoc exilium ostende.
O clemens, O pia, O dulcis Virgo Maria.
Amén.

Ella había estado allí. Ella no volvería jamás. Él la había tratado de matar.

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