Tendrán que realizar el mejor relato o cuento que se les ocurra en el tiempo exacto de una hora a partir de este instante, dónde precisamente el tiempo será su único condicionante, ya que gozarán de libertad absoluta para elegir narrador, espacio y tiempo dentro de su historia. -dijo el encargado de un taller literario, poeta de profesión y de espíritu.
Alrededor de la mesa, resoplaron los siete alumnos, sacudidos por una voraz ola de calor, algunos incluso sudando, como quién regresa al colegio y se enfrenta a un examen sorpresa de álgebra. Durante una hora, siete mentes para siete historias, todos aportando lo mejor de sí mismos con gran empeño.
Transcurrido el tiempo, la hora de leer sus trabajos:
El primer alumno, fotógrafo de profesión, relató una historia sobre la belleza del mundo a través de los ojos de un explorador Tibetano, un viaje iniciático alrededor de la esfera terrestre. Cada paisaje, cada persona presente en el relato transpiraba los poros del papel hasta hacerse casi real. Cualquier lector podía sentirse descalzo, caminando por medio mundo en la búsqueda de si mismo. Para el profesor, el único error, dos líneas de más justo al final, que le hacían daño al relato de forma evidente.
El relato de la segunda alumna, ama de casa, trató acerca del valor de la familia y de la importancia de los recuerdos compartidos, en un relato costumbrista y entrañable, desde el sentir de un niño que relata siendo ya adulto. Era realmente bueno, pero le faltaba un plus para ser extraordinario, algo de empaque quizás, subrayó el profesor.
La tercera alumna era comadrona. Por primera vez, vertió sus sentimientos en cada palabra de un texto con marcado acento poético sobre sus vivencias dentro la sala de partos. Eres una gran poetisa, tienes un extraordinario dominio de la metáfora y el texto es realmente hermoso, dijo el profesor, pero aún te falta para ser una gran narradora de cuentos.
La cuarta alumna trabajó un texto repleto de diálogos. Un alegato ágil sobre la pluralidad y la solidaridad en la sociedad occidental. Personalidades bien diferenciadas, cantidad de frases hechas, jergas arraigadas en la conciencia colectiva. Al profesor le fascinó esa habilidad para engarzar diálogos, pero le pareció excesivamente largo. Tienes que aprender a cerrar una historia a tiempo, incidió.
Del quinto alumno, del que poco se sabía a parte de su nombre, Javier, se supo que redactó un ensayo acerca del amor. En tono intimista, reflexiones al oído sobre el motor de la literatura, de la vida para los más románticos. La pasión rezumando en cada línea incitó a los presentes a reflexionar sobre sus propios amores, como absorbidos por aquella espiral recién creada en la mente del alumno. Brillante, pero desordenado, conviene repasar la estructura, explicó el profesor.
La sexta alumna era empresaria. Eligió una narración tradicional e inventó una fábula que contaba la historia de una bailarina que, pese a las reticencias de tu familia, llega a bailar antes miles de personas en la ceremonia de inauguración de unos juegos olímpicos. Su propio sueño, hecho papel y una invitación al lector para perseguir sus ilusiones, llevasen o no hacia un final idílico. Según el profesor, sólo faltaba delimitar con más ahínco su carácter de fábula, pues pudiera ser entendido como relato, y así, ciertamente, su calidad iba en detrimento.
El séptimo alumno, estudiante, contaba apenas veinticinco años y auspiciado por un pretencioso afán de juventud, entregó un relato social que trataba de todo un poco y finalmente, de nada. Quiso impresionar y no impresionó. Los compañeros soportaron estoicamente toda la lectura. El profesor pasó de puntillas sobre la valoración del texto.
Leídos los relatos, ya era tarde y los alumnos se apresuraron a regresar a sus respectivos hogares, recogieron sus propiedades y se despidieron hasta nueva vez, la semana siguiente.
El fotógrafo condujo directamente a casa, dónde aguardaba su mujer. Durante la cena compartieron de buen grado sus jornadas respectivas. Después, se acostó ella y él permaneció inmerso en sus proyectos cerca de dos horas, sin meritorios resultados. Abrió la ventana y divisó bloques y más bloques de ladrillo. Imposible fotografiar nada con alma. Mientras, su mujer dormía placidamente. En su media sonrisa y con una rendija de luz procedente del exterior, la mejor fotografía desde hacía años. Ni la percibió.
La segunda alumna llegó a casa deseando hablar acerca de su relato, acogido de buen grado en el seno de la clase. Sus dos hijos vivían fuera desde hace años, por lo que telefoneó a ambos, uno a continuación del otro. El primero estaba trabajando y no contestó. El segundo comunicaba prolongadamente y, al final, se cansó de intentarlo. Probó a conversar con su esposo, pero estaba viendo una retransmisión deportiva en el televisor y no se prestó a escuchar como dos personas se escuchan realmente. “A mamá le hubiera gustado este relato”, pensó, pero su madre murió hace ya algunos años.
La comadrona tenía turno de noche y la sonrisa de guardia y se dirigió hasta el trabajo radiante como pocas veces. Allí, entregó a sus compañeras copias del relato, esperanzada, segura de que se iban a sentirse identificadas, congratuladas con el texto. Pero se perdieron entre metáfora y metáfora de tan exigente prosa poética. “Lo sentimos, no entendemos absolutamente nada”, fue la única respuesta que obtuvo.
La cuarta alumna regresó a casa y cenó con sus hijos y su marido. Durante toda la cena no se dijeron ni una sola palabra.
El quinto alumno coincidió, en el ascensor de su piso, con la vecina que le había robado el corazón. Sus manos sudorosas y un atasco en el cogote. Mil y una frases en su memoria para enamorarla. En su cabeza, pedirle una cita o acercarla algún día al trabajo. De momento, nada más. Entonces, la mujer llegó a su piso y antes de abrir la puerta del ascensor, se decidió a hablar: “Buenas noches”, dijo. “Buenas noches, Javier”, contestó ella.
La empresaria pagó un taxi que le acercara a casa. Entre paredes, primero la cena recalentada y después el contestador con un aluvión de mensajes que vomitaban lamentos generales. Fue a la habitación y miró de nuevo las radiografías. Resignada, lanzó las copias hasta el escritorio, dejó caer sus muletas sobre la pared y se acostó. Probablemente, nunca volvería a bailar.
El estudiante pasó la noche en su hogar viendo una película mil veces repuesta en televisión. Fuera, la vida se saboreaba en cada esquina, en cada bar, en cada reunión de amigos o de amantes, consumiéndose al frenético ritmo de la noche.
Por su parte, el profesor se quedó sólo en casa, misma sede de los talleres literarios, una vez los alumnos se marcharon. Fatigado, fumó tabaco rubio con la ventana abierta y repasó sus últimos escritos frente al ordenador. De repente, un nuevo correo electrónico en la bandeja de entrada. Por fin, la Editorial. Ilusionado, lo abrió: “Lo sentimos, hemos decidido no publicar su obra, creemos que el proyecto no reúne la calidad suficiente”. |