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Sombría noche nevada en Morbihan
Participante 73 - Concurso Nación Rolera - 0 Comentarios - Puntuación: 39 puntos (VOTAR)
Sería un buen título para un poema, pensó Jacques LeGuanec dándole una buena chupetada a su pipa. Aquellas reflexiones solían llenarle de una gran paz, como si hubiera descubierto un nuevo engranaje de la enorme maquinaria que compone el universo.
Sería un buen título para un poema, pensó Jacques LeGuanec dándole una buena chupetada a su pipa. Aquellas reflexiones solían llenarle de una gran paz, como si hubiera descubierto un nuevo engranaje de la enorme maquinaria que compone el universo.
La noche era fresca y tranquila, y una gran luna llena iluminaba los campos. La nieve había cuajado con fuerza y cubría por igual los tejados de las casas y las copas de los árboles, las obras de Dios y de los hombres. No corría una brizna de aire y los animales invernaban; ni un susurro se oía en los campos. Era, sin duda, un paisaje dado a los grandes pensamientos.
Jacques no había dudado ni un instante en salir del opresivo calor de la posada, donde todos se arremolinaban en torno a la chimenea a escuchar historias de korrigans, para pasear fumándose una buena pipa. Siempre andaba a la caza de la inspiración y aquel momento, eterno como corresponde a las noches de invierno y fugaz como todas las medidas de tiempo, parecía esconder alguna clave mayor. No podía dejarlo escapar.
Es cierto que en aquella remota población bretona no había iluminación a gas por las calles, ¡ni siquiera soñaban con ello los paisanos! Y también que, en noches como ésa, los lobos seguían aproximándose a los pueblos en busca de comida como si los fusiles no existieran. Pero no eran hechos éstos que amedrentasen a nuestro hombre.
En cierto modo, la proximidad de los lobos y el misterio de las noches carentes de luces amarillentas eran dos motivos por los que se había decidido a pasar el invierno en casa de sus abuelos. Como buen escritor romántico, ansiaba encontrar la magia de los lugares en los cuales sus ancestros habían compuesto sus baladas. Aquella noche, tal vez, podría encontrarla.
Sombría noche nevada en Morbihan, paladeó de nuevo con delectación. Sombría noche nevada. Y los druidas parecían caminar en silencio más allá del linde del bosque, donde el argénteo reflejo lunar devenía oscuridad absoluta. Allá bajo las ramas, reino de sombras y tinieblas.
Jacques continuó su marcha en torno a la iglesia y se introdujo por la puerta entreabierta del cementerio. Era un escenario formidable, con las lápidas semienterradas y las cuencas de los cráneos desbordando copos de nieve. A otros, aquella costumbre de mostrar las osamentas viejas apiladas contra el muro de la sacristía les parecía macabra y bárbara. A él le fascinaba y le hacía soñar con los tiempos en que los celtas vinieron a aquellas tierras a erigir sus monumentos funerarios y sus megalitos astrales. Sí, se dijo exhalando una gran nube de humo, absolutamente formidable.
Fue entonces cuando, mirando en derredor, apercibió una sombra encorvada que se aproximaba por el sendero que venía del bosque. En la penumbra nocturna apenas se columbraba la figura de un hombre tirando de un fardo. De hecho, el surco que éste dejaba en la nieve resultaba más visible que su silueta cubierta de copos.
Inexorable, el hombre, un viejo según pudo ver Jacques, llegó hasta el cementerio antes de que el escritor pudiese tomar determinación alguna. Y así fue como le encontró, exhalando humo como un autómata, con los ojos fijos en el recién llegado y en su extraña carga; y eso justifica en parte el desabrido saludo que le brindó.
─¡Demonios, écheme una mano! Que no es ésta noche para estar a la intemperie mirando como alunado. ¡Coja una pala y ayúdeme a retirar la nieve!
Jacques dudó unos instantes. Miraba el bulto cubierto de nieve y no se decidía a buscar en él la herramienta requerida: las cadenas que sujetaban la lona dándole forma, y que habían permitido al viejo tirar de él, le repelían extrañamente; y no por el óxido que las cubría.
El viejo, terminada la inspección de una de las lápidas a la que había sacudido la nieve, se volvió impaciente hacia él y le apartó sin demasiadas consideraciones. Refunfuñando, abrió el saco y cogió una pala.
─Si no le parece adecuado ayudarme ─le dijo con cierta malicia─, puede irse a cualquier otro rincón perdido a buscar a sus musas, señor escritor.
Ante aquella declaración, Jacques se sintió enrojecer. No se tenía por un maleducado, y tampoco por un escritor serio, todo sea dicho, por lo que aquellas palabras tuvieron el efecto inmediato de disipar sus temores bajo un manto de vergüenza. De cualquier forma, era imposible que aquel viejo fuera un ladrón de cadáveres.
A no ser, reflexionó, que me haya tomado por su cómplice. Aunque sería demasiada casualidad que éste fuese escritor también, desechó la idea rápidamente.
El viejo, indiferente a la apatía del señor LeGuanec, clavaba la pala con violencia y extraía grandes bloques de suelo helado. Su frenético ritmo llenaba la noche con los quejidos del metal contra la tierra. Era el único sonido en aquella quietud de camposanto.
Al Diablo, se dijo Jacques extendiendo su mano hacia la masa informe de lona y cadenas. Si se tratase de un criminal ya me hubiera dado cuenta, pensaba, y si no, no sé cómo podría delatarle sin que, a estas alturas, la gente creyese que soy un cómplice. ¡Qué tontería, un ladrón de tumbas! Nadie va a robar a un cementerio en una noche de luna llena y montando tal escandalera.
Sin embargo, a pesar de todos estos razonamientos, no llegó a coger la pala. No fue su conciencia la que detuvo su mano: un gato negro, que reposaba sobre el saco, fue quien le hizo desistir de su propósito. Aquel animal tenía algo todavía más repulsivo que las cadenas, aunque no bufara ni mostrara los dientes. Era algo a lo que no conseguía poner nombre y que le llenaba de confusión, pues el felino ronroneaba hecho un ovillo y le miraba con patente simpatía.
Un golpe seco sobre una superficie de madera le hizo dar un respingo. La carcajada del viejo, que resonó en todo el pueblo a continuación, no fue más tranquilizadora.
─Écheme una mano, señor LeGuanec ─le dijo éste saltando al interior de la fosa─, si no tiene demasiado miedo a que le muerda el gato.
Jacques se sobresaltó al oír su nombre. No recordaba haber sido presentado a aquel tipo. Seguramente le conocería a través de su familia, pero no le parecía adecuado que le diese aquel trato sin haberse identificado siquiera. Reuniendo coraje, se acercó al borde de la tumba para hacérselo saber. Con los hombres del campo es mejor marcar las distancias, pensó.
─¿Le importaría decirme de qué nos conocemos? ─le espetó con toda la fuerza y autoridad que pudo dar a su voz.
─¡La cadena! ¡La cadena! ─gritó el otro como enloquecido─. ¿O es que cree que saldré volando de la fosa?
El viejo volvió a echarse a reír de aquel modo perverso. Jacques, desde el borde del agujero, le miraba con aprensión. El ataúd estaba totalmente destrozado y el cuerpo de una mujer, momificado y cubierto por una mortaja blanca, asomaba entre las tablas. Era un espectáculo dantesco.
─Mire ─gritaba el viejo blandiendo dos trozos de madera─. Está totalmente carcomida, destrozada por las termitas. ¿Cree que es lugar para que repose un muerto, un lecho de termitas?
Ahora el viejo parecía enfadado, iracundo. Jacques, por fin, creyó entender lo que ocurría y, en cierto modo, le confortó. Un enterrador que va a cambiar el ataúd de un difunto es algo más tranquilizador que un ladrón de tumbas, aunque trabaje de noche. Dispuesto a no seguir haciendo el ridículo, tomó la cadena y tiró de ella hasta que uno de los extremos colgó hasta la altura del viejo. Éste lo tomó y lo pasó por debajo de los brazos del cadáver y, una vez hubo asegurado el nudo, trepó hasta el exterior demostrando una inusitada agilidad.
─Vamos, vamos ─conminó con vehemencia al escritor─ no querrá que nos pasemos toda la noche en un lugar tan lúgubre.
Un poco aturdido por sus palabras y sus constantes risotadas, Jacques le ayudó a sacar el cadáver de la fosa y a colocarlo sobre el bulto. El viejo lo aseguró con la cadena, cubriéndolo con la lona, y, una vez terminado el paquete, se puso a tirar de él en dirección al bosque, retomando el sendero que él mismo había creado en la nieve.
Jacques recogió su pipa del suelo y le dio unas fuertes chupadas intentando encenderla de nuevo. Pronto se formó una gran nube de humo que, de un modo extraño, pareció captar la atención del anciano, pues éste le daba la espalda al escritor.
─Parece que voy a necesitar ayuda para tirar de este fardo ─dijo como si unos instantes atrás no hubiera empezado a irse sin despedirse─. Tal vez usted podría ayudarme durante un trecho del camino…
El aludido le observó atentamente. A pesar del extraño fulgor de sus ojos, que recordaba al de un gato, el viejo sólo parecía un hombre desastrado y cansado. Sus ropas eran viejas y estaban raídas; apenas debían protegerle del frío. Sus manos nudosas no sugerían miembros robustos. Sin duda tirar de aquella carga siniestra era un trabajo muy pesado para aquel anciano. Jacques no podía dejarle allí, a pesar de que estaba deseándolo para vengarse de sus risas y sus comentarios hirientes, para desquitarse del modo en el que le había puesto en evidencia aprovechándose de la macabra situación. En el fondo, Jacques LeGuanec tenía un gran corazón.
Ignorando la nieve que empezaba a caer, así como la que pavimentaba el suelo hasta donde llegaba la vista, los dos hombres avanzaron con férrea determinación por el sendero del bosque. Al abrigo de sus ramas la noche parecía más oscura y fría. Daba la impresión de que la humedad era mucho mayor.
Sin duda, no era el lugar más indicado para empezar una charla, pero Jacques hubiera lamentado perder la oportunidad de sacar alguna confidencia al lugareño. Además, el sonido de su voz, incluso el de la del viejo, le resultaba tranquilizador. Todos saben que la voz humana ahuyenta a las alimañas. Por ello le preguntó:
─¿Hace mucho que ejerce este oficio?
─Una eternidad ─dijo el viejo soltando una risa cascada─, o al menos ésa es la impresión que tengo. No obstante, nunca olvidaré el día que me llevaron al cementerio porque, ¿sabe?, al cementerio es bueno ir, pero no que le lleven a uno…
Aquel chiste macabro que había recibido como respuesta le quitó las ganas de seguir hablando, y, curiosamente, aquel silencio provocó una risilla constante en el viejo. De hecho, durante los largos minutos que continuaron aquel siniestro viaje por el campo helado, éste no paró de reír entre dientes. Sin duda se consideraba muy ingenioso. No obstante, cuando se dio cuenta del efecto que causaba en su acompañante, intentó tranquilizarle.
─En seguida llegamos. Sólo hay que llegar hasta el viejo pozo.
Y, en efecto, no tardaron en llegar. En el siguiente recodo que hacía el camino se encontraba el lugar al que se refería. Era una construcción de piedra, probablemente medieval, situada en mitad de un claro que bien pudo haber albergado en otro tiempo algún núcleo habitado. Algunas rocas blanquecinas bien talladas que asomaban entre la maleza así parecían atestiguarlo. Una suave neblina cubría el suelo, denotando la gran humedad que había en aquel sitio.
─Hace un frío de mil demonios ─dijo Jacques frotándose los brazos y dándole una buena chupetada a su pipa─. ¿Tardarán mucho en venir a buscarlo?
─No ─respondió el viejo cesando por fin de reírse─. De hecho, ya están aquí. O más bien debería decir ella está aquí.
Un terrible escalofrío le recorrió la columna vertebral al oír aquellas palabras. Nervioso, miró en derredor buscando una explicación a lo que decía el viejo. Sin embargo, nada parecía indicar que allí hubiese nadie más que ellos dos y el cadáver de la mujer. Tampoco, según se dio cuenta en su inspección, había ningún camino por el que llegar a aquel rincón del bosque a parte del propio sendero por el que habían llegado. Instintivamente, fue retrocediendo hacia el mismo.
─Vamos, acércate ─le dijo el viejo maliciosamente al ver su reacción─. No irás a asustarte a estas alturas. Te necesito un momento más. No querrás que nos quedemos a medias, ¿verdad? A ella no le gustaría.
Jacques dudó un instante. Las palabras del viejo, aunque incomprensibles, parecían tener sentido y, sobre todo, mucho peso. Tal vez no debería irse así. Tal vez tenían que terminar aquello que habían empezado. Tal vez el viejo estaba loco y, en realidad, nada más estaba pasando. El gato bufó sobre el bulto y salió disparado de allí, perdiéndose entre la maleza.
El gesto del viejo se endureció al ver aquello. Una gran preocupación parecía haberle asaltado. Jacques deseó imitar al animal y salir corriendo de aquel sitio, pero algo le retenía donde estaba, una suerte de fascinación morbosa. Un ruido se oyó en el interior del pozo, como si unas uñas arañasen la piedra. El viejo arrancó de un brusco tirón la lona y la luna iluminó el cadáver de la mujer. Arrastrado por la cubierta, había quedado en una posición grotesca.
─No podemos demorarnos más ─exclamó el viejo con una nota de pánico en la voz.
Entonces, sin que Jacques pudiera preverlo, el viejo tomó a la muerta de los cabellos y de un brazo y la arrastró bruscamente hacia el pozo. Espantado, corrió tras él pronto a detenerlo. Desafortunadamente, sus pies resbalaron en la nieve y cayó contra el borde de piedra. El viejo aprovechó aquel paso en falso y volcó el cuerpo haciéndolo caer al interior del pozo. En un último esfuerzo, Jacques saltó y se introdujo hasta la cintura en el agujero intentando atraparlo. Y entonces la vio.
Una criatura pálida, agazapada en las paredes del pozo como una araña en su tela, había tomado el cuerpo y lo arrastraba hacia el negro fondo. Sus ojos destellaron un instante con un brillo tal que le hicieron caer de espaldas. Era el horror el que le había hecho caer, el horror a lo que habitaba en el pozo.
─¿Qué es eso? ¿Qué has hecho? ─balbuceó conmocionado.
─Hay que alimentar los sueños, ¿no crees escritor? ─le contestó el viejo con maldad─, también aquéllos que llamamos pesadillas.

Le doy a este relato
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