Me despido de mi mismo atado a los mandos del taxi que cada día conduzco; me dejo ahí, indiferente reproducción de cartón mate y voy siguiendo el trayecto a casa mientras la luz azul del atardecer se hace de la basura diseminada por las calles. Y es que ocurre que el día se acaba y, poco a poco, bolsas andantes se encaminan sin chistar hacia los contenedores, tal y como ocurrió ayer, tal y como ocurre SIEMPRE.
Todo oscuro. Un espejo distribuye mi imagen en pequeñas cajitas negras justo antes de tomar el primer escalón de la escalera. Subir ciento doce peldaños por prescripción médica es una manera de recuperar mis piernas anquilosadas por la rutina de una continuada posición de sentado.
La luz del rellano se apaga: otra bombilla fundida. Fuertes sonidos de martillazos según me acerco al séptimo piso, que no séptimo cielo; el tic-tac de un reloj acierta a señalar el bombeo craneoencefálico de la migraña que sufro tras siempre ésta desembarcar vía oral a través de las simientes de una margarita plantada en una maceta de latón y cuyo supervivencia se favorece de algún tragaluz que yo todavía, veinte años llevo viviendo en este bloque, no he sido capaz de ver. Pero la cuestión es que la planta crece y echa flores. He cogido una, como suelo hacer cuando abundan, en espera que, desde las raíces del cansancio, ya que conozco esos pétalos como dicotomía individualizada, al deshojarla será capaz de dictarme si he de obedecer a un hambre furibundo e incontenible o, por el contrario, me invadirán unas ganas inexcusables de arrojarme al sillón para caer en singular letargo.
Esto son tres obreros: uno español, uno marroquí y otro ucraniano… el comienzo de un chiste intercultural. Buen susto, en cambio, me ha metido la efigie blanca del ucraniano, rostro lánguido y lechoso increíblemente poliforme, que baja por las escaleras, no se si también por recomendación médica. Ya casi en el rellano me aborda el obrero español y me habla mientras sostengo la flor de la margarita con ya un solo pétalo
- ¿Es usted el del séptimo?
- Sí –contesto.
- Encantado. Perdone el que no haya venido hasta hoy, pero creo que los chicos lo han hecho bastante bien sin mi. Todo está quedando como nos dijo su mujer.
- Muy bien.
“Y a mí que me importan los asuntos de mi mujer” pienso, no obstante los dos sonreímos mientras me pregunto qué es aquello que los chicos han hecho tan bien y qué es lo que les dijo mi mujer. El tío ese se va, dejando la puerta abierta al ver mi cara hombre agotado. Es algo en lo que se combina la pereza y el cansancio por lo que una puerta abierta contribuye a no tomar el manojo de llaves, cada vez más numerosas, y que van alojándose en este soso llavero gris que gané el verano pasado en la tómbola más cutre que uno puede echarse a la cara. Son las llaves quienes obran el aumento de carga al bolsillo derecho de mi pantalón. Eso, a lo que hay que sumarle la calderilla, el dinero que cuelga del día como un racimo de aplanadas uvas herrumbrosas. De modo que, sin miramientos, casi ciego, me agarro al concepto de puerta abierta como si fuera un clavo ardiendo.
Poso las llaves en una table. Perdón por el desliz bilingüe pero es que vengo de recibir clases de inglés y el profesor nos ha aconsejado a los alumnos que practiquemos brevemente cada día con palabras de nuestra vida cotidiana. El verano se acerca y hay que atender a los clientes extranjeros como es debido.
Podría, sin duda, caminar siete metros más para llevar las llaves a un lugar adecuado, pero su peso es ahora insoportable, y acato las órdenes de la desidia al tiempo que me gusta ver la casa en ese desarreglo fabril, de muebles desorientados cubiertos por plásticos translúcidos. Se confunde la partida o la llegada de indefinidos residentes: jóvenes de nuevo que vienen, quizá, o evolucionados maduros que van. Nosotros mismos. Ahora pienso en por qué el money no ha acabado también en la table junto a las keys. Ir a bordo de esta incoherencia da mayor razón a la razón inicial de emprender una reforma en la casa, por lo que comprendo mejor la decisión de mi mujer, quien, por cierto, no está en casa. Pues no, ni rastro de mi esposa ni de mi hija. Casi mejor.
Avanzo por la casa hacia el dormitorio conyugal. Siento curiosidad por evaluar la progresión de los trabajos de pintura en este lavado de cara que es más una operación de cirugía estética y que se unirá a la ya obrada de echar un par de tabiques abajo, teniendo claro ambos, mujer y yo, que la habitación destinada a la varonil descendencia desciende irremisiblemente hacia el olvido. Pero los tabiques, ante mi sorpresa, han regresado, y la habitación anexionada por el dormitorio matrimonial, ha resurgido con una solidez que es de asustar. Vuelve al inicio, por lo tanto, la desorientación que me indeterminaba como individuo hasta hacía bien poco.
Realmente la habitación, a pesar de los pesares, está quedando preciosa. No recuerdo el nombre de ese color, ese tono, ese matiz que relaciono con un postre que nunca he tomado. Para mí, la habitación está quedando muy yellow. Very, very yellow. Observo la habitación, brazos en cruz, ninguno de mis dedos tropieza con absolutamente nada, es el principio de todo vuelo para quien tiene alas, aunque el ventanal del dormitorio, sin cortinas, está muy lejos de parecerse al horizonte. En fin…abriré una de las ventanas que da a la calle humeante ya que esta habitación vacía tiene más exigencias de aire impuro que yo. El aliento embriagador de la city.
Buscar las pantuflas es indagar bajo las faldas de los fantasmas de esta house desaliñada. Así pues, me atrevo a descalzarme, cualquier cosa es mejor que sufrir el constante golpeteo de los zapatos contra el suelo.
¡Vaya!, hay una nota en el suelo. Necesito mis gafas. Nada en la chaqueta, nada en donde miro. Idea: rescato, llamativa casualidad, una lupa que venía, creo, en un kit de mineralogía que debí adquirir, ahora no lo recuerdo, en aquella época donde me interesaba la ciencia y la presciencia; lupa que ahora estaba solitaria y perdida en un cajón. A duras penas consigo descifrar la letra. La nota dice así:
Cariño, no se por donde empezar. Lo mismo empiezo por el final. Por nuestro final. Mientras dormías y yo, a tu vera, en la cama, leía novelas sí, pero en las páginas impares, que sabes leo con menos interés, seguro que por manía, pensaba en lo nuestro y en las ocasiones perdidas. Te dejo esta nota, dejándote también a ti.
P.D.: Se lo tuyo con esa.
¿Una broma? ¿El destino? ¡Así que leía mientras yo roncaba! Es verdad que me llega el sueño con gran rapidez, pero la brevedad de la nota ha sido insultante. Es de esperar que una buena ingestión literaria le nutra a uno de cierta habilidad para confeccionar notas exquisitas, pero mi esposa leía demasiados best-sellers de curas espías y secretos vaticanos, aunque tampoco es culpa suya. Yo, en cambio, hubiese escrito:
Desamor, a ti escribo pensando que lo entiendas. Las cartas del desengaño son mutuas, porque los espacios en blanco que dejo los llenas tú, con aquello que piensas para mí. Es, por lo tanto, un monólogo que ambos coescribimos.
Lo se, es más breve mi texto pero resulta más denso sin lugar a dudas, son las palabras mías y las suyas alojadas en mundos separados aunque paralelos.
Es demencial, por su parte, haber emprendido esta obra, en la que se implica toda la casa, y acabar dejándome. Tareas inconclusas, remordimiento de conciencia… la conclusión no se deja esperar: ella es infiel, pero, al tiempo, se equivoca conmigo por que yo no lo soy. Pienso, incluso, que las woman ni me miran, ni me escuchan, ni me ven, espectral versión del cuarentón apacentando en los pastos de la autocomplacencia.
Primeros minutos tras la catástrofe; segundos que forjan al héroe o descubren a un ordinary man. Siguen pasando los minutos tras esta catástrofe.
Mirándolo bien, la lógica indica que, a causa de su abandono, es posible que yo conserve la casa y así podré afrontar el presente andando sobre mis propios steps. Serán los suyos, los de ella, manchas que casualmente han adquirido la forma de una huella; el dibujo que te enseña un psicólogo y que te pide interpretar, y yo veo en esas huellas a palomas volando, árboles floridos, niños jugando, o mi suegra asesinada por un psicópata, sangre, cuchillos, pero no a ti Verónica, cariño, ni a tu cuerpo, posiblemente desnudo, respondiendo tus piernas a una petición mía; no volverá el tren desconocido a penetrar por ese túnel que se aleja con la montaña a cuestas, una aureola malva que envuelve al monte y a las ovejas y a los pastores, y a los perros salvajes acechando. The wolves and the moon.
Supongo que no me ha dejado la cena hecha. Camino hacia la kitchen. Una vez se resuelva el tema de papeles, los días serán divertidos: las pizzas, los amigos, las pelis porno. Acciones que sustituyen a imposiciones: la visita de la suegra, las amigas de ella, las sábanas rosas de franela sobre nuestros cuerpos. Pues no, no hay comida hecha. Voy a llamarla. Tal vez aclarando las cosas, enmendando errores…No encuentro justo que ni siquiera nos hallamos dado una oportunidad. He de mostrarme manso pero decidido. Marcharé hasta el servicio y en el espejo me diré previamente todo aquello que decida correcto.
No recordaba el baño tan frío, ni mi delgadez enfermiza, ni tantas otras cosas. ¡Que limpio lo deja ella cada día! Menos hoy, por cierto. Pero queda disculpada: ella pensaba que hoy sería un día como cualquier otro. Se levantó y yo no estaba. Desayunó y yo no estaba. Llamaron a la puerta y yo no era quien se mostraba al otro lado. Follaba como una loca y yo no…¡Maldita puta barata! Me refrescaré la cara a ver si el water me… pues eso, me refresca. Estoy decidido a llamarla. I soy yo, a person, y tengo derecho a ser tratado con respeto y dignidad.
¿Que es ese ruido? Unas fanfarrias, una burla a mis pensamientos, una exageración, la melody polifónica de mi móvil que me anuncia una llamada entrante. ¿Quién es? Pantallita verde, dime tú que me ves, ¿Quién es el más guapo? ¿Más fanfarrias? ¿Esa es tu respuesta a todo? Al menos descíframe la identidad de quien perturba mi agonía. Verónica. No se si contestar. Siempre ha sido ella la que daba el primer paso, de modo que ésta es una idónea ocasión para cambiar las reglas del juego. Contesto:
- ¿Sí?
- ¿Papá?
- Aída, ¿Estás llamando con el teléfono de mamá?
- Sí.
- Pero dime, ¿Dónde está ella?
- Ahora mismo no puede ponerse.
- Es muy importante que se ponga al teléfono.
- Ahora no puede.
- Aída, ¿Quieres que te castigue? ¡Que se ponga, coño!
- Está hablando con unas amigas.
- ¡Malditas!
- ¿Qué?
- Nada. Haber, entonces… ¿Para qué me llamas?
- Sonia va a hacer una barbacoa en su casa y me ha invitado.
- ¿Y qué?
- Es su cumpleaños.
- No puedes.
- ¿Por qué?
- Estás castigada.
- ¿Desde cuándo?
- Desde ahora.
- ¡Era una amenaza!
- No, es una represalia.
- ¡Que te jodan!
Estúpida edad del pavo. Los hijos se te cuelgan de los huevos y no hay manera de que se suelten. Les das la mano y te cogen las pelotas, los muy cabrones.
Suenan de nuevo las fanfarrias. Pantallita green, ¿Quién es el más bueno de todos los padres? ¿Quién es el más perfecto y consentidor de todos los maridos? Otra vez Verónica. ¿Lo cojo? Esta vez sí será ella. Tiene gracia que me acabe de dejar y promueva a la chiquilla a llamar, buscando un consentimiento paterno. Como si mi opinión de veras importase. Si al menos hubiésemos tenido un chico… Las mujeres tienden a fusionarse de manera atroz, de forma que acaban convirtiéndose en un monster de cuidado. Seguro que la Aída ha terminado llorando, con lo que, sin ninguna duda, habrá encontrado el inmediato consuelo de las amigas de Verónica y éstas, a su vez, habrán hecho cierta esa leyenda de la fusión mujeril con la intención de mitigar la resistencia de la madre en sostener que toda decisión matrimonial se compone de una paridad innegociable de modo que si no hay quórum no hay nada. Los hombres, sin embargo, somos enormes osos que vagan solitarios durante toda su vida y sólo nos juntamos con el sexo femenino para fornicar. Hoy me siento más bear que nunca, más que nunca estas zarpas rascan mi trasero con deleite sin parangón. ¡Ah, el móvil! Se me olvidaba. Lo cojo:
- ¿Sí?
- ¿Señor?
- ¿Quién eres tú?
- Soy Sonia.
- ¿Sonia?
- La amiga de Aída.
- ¿La que se emborracha todos los sábados? ¿La que se lió con un profesor para que le subiese la nota de un 3 a un 5 y consiguió un 5 y medio? ¿La que duerme en minifalda por si en la noche hay un incendio y tienen que venir los bomberos?
- En algunos países es tradición.
- No lo creo. En ningún país se rinde culto a la incontinencia sexual. ¿Pretendes que me crea que vas a hacer una inocente fiesta donde se frían costillas y salchichas?
- Habrá sidra también.
- ¿Sabes que te digo?, ya puedes informar a mi hija de que la doy permiso para que se coma todas las salchichas que quiera, cuanto más gordas mejor, que te compre un buen regalo y que felicidades.
- De acuerdo. Y gracias.
¡Como me duele la cabeza! Necesito una aspirina. ¡Dios santo!, no recordaba que hubiese tantos medicamentos en esta casa. Botes por aquí, cajas por allá, pastillas para dormir, adelgazantes, vitaminas. Descarto las aspirinas. Mejor beber para olvidar.
Entra el viento en la casa y baila con los plásticos, introduce sus dedos bajo esas faldas semitransparentes, descubre los muebles pero ante mis ojos están irreconocibles, como agujeros negros, lagunas cóncavas de aguas sombrías. Me muevo por el salón como un pez sobre la tierra, dejado de la mano de dios, esquivando parejas que siguen danzando. No hay mejor director que el wind, no hay mejor orquesta que la nace de su improvisación, no existe mejor bailarín, mejor galán.
Yo mismo, camarero de chaqué prestado, viajante empedernido del anochecer, mala señal que éste abriendo la door del armario donde se guardan los vinos, el coñac y muchas otras bebidas más.
Fuera fundas del sillón, fuera precauciones y me espatarro con mi copa que es una mezcla de casi todo y que desde hoy bautizo como “El desengaño” y que sabe a rayos, perfecto constituyente de esta tormenta sentimental generada en la polvorienta llanura, zona de recreo para los ermitaños como yo.
La coincidencia de estos pensamientos con la previa ingesta de alcohol llámese el cocktail “El desengaño” o el sucesor “Melancolía”, es más que sospechosa, aunque quién soy yo para juzgar los hechos como ciertos o falsos, perecederos al fin y al cabo, no es menos duradera una mentira que una verdad.
Mala suerte la que me priva de los desmanes, de las felicidades del alcohol y aunque nunca he sido un borracho agresivo ahora encuentro la excusa y la necesidad de serlo. Destruyo las bottles que quedan en el paredón del armario pero soy muy inocente al pensar que este ha sido nuestro último encuentro, a sabiendas del incesante y alineado desfile marcial que se está produciendo en este presente concatenado, allá, en miles de industrias dedicadas a la elaboración y embotellado de este tipo de bebidas.
Retorno al baño para arrancarme un trozo de vidrio que he pisado. Alucino al ver la gran herida provocada. Estoy perdiendo mucha sangre, que se escapa irremisiblemente y sigue la inercia de su movimiento desde mi interior hasta colarse por el desagüe de la bañera. Habrá que ver cual es su siguiente destino: si un nuevo corazón, o la antípoda de otra herida abierta, pongamos, en Australia. Espero que le llegue a alguien realmente necesitado, porque lo que es yo…
Sucio y sudoroso, será un milagro encontrar en este desorden algún repuesto para mi pantalón ensangrentado. La fortuna de encontrar un pantalón caqui me obliga a consignarme dos veces. Meteré al tiempo una puyita del por qué aquello y lo otro cuando bien sabe Dios que todo, en general, es injusto.
¡Que extraño, estos pantalones me vienen anchos y largos! Y, al tiempo, ¿Qué hago yo con un pantalón caqui teniendo en cuenta que decidí odiar ese colour en algún momento de mi vida? ¡Esto es el colmo!, ¿Pues, no son los pantalones del querido de mi mujer? Lo dicho, ¿lo he dicho? Dicho o no dicho, lo digo: un descaro. Pero para valor y coraje el mío, para dignidad la mía, para alta estima la mía, así que bien me sirve una de estas cintas que reposan en el floor junto a las latas de pintura y, con un golpe mágico de mi barita mágica, ¡Ta chan!, lo convierto en cinturón y me lo ato a la cintura, aunque bien parece que me lo echo al cuello pues tengo un nudo en la garganta pensando en intangibles, en deseos fatuos, la juventud perdida por un love enclaustrado. Pasarán los años y acabaré incorpóreo, con una identidad aproximada, como si fuera la shadow de un fantasma o yo que se.
Se escuchan de nuevo las fanfarrias. Es el fin del mundo por lo que deberé tomar posiciones. Pantallita verde, ¿Cuánto tiempo me queda? ¿Es el cielo o el infierno mi próximo castigo? De nuevo Verónica. Ventrílocua Verónica que me habla con las voces de otros. Seguro que esta vez si es ella. ¿Cuando dejó de serlo? Pasea, nerviosa, por la entrada de una cafetería. Ensaya sus palabras como yo he ensayado las mías antes. Seremos dos autómatas, dos robots programados que juegan a entenderse. Yo la diré, por ejemplo:
- ¿Cómo me haces esto?
Y ella, también por ejemplo, contestará:
- No eres tú, soy yo.
Yo replicaré, incrédulo:
- ¡Ya!
Y ella, no concederá:
- Ya no, yo.
Colgaré sin mucho tardar y saldré de esta autoprocurada abiosis, viviré con satisfacción la consiguiente hiperventilación. Han callado las fanfarrias y, a cambio, se escucha un suave ruido cuadrúpedo. A mis pies un perro, ¿mi dog?, lleva una pelota en la boca, me pide jugar. Cabalga perrito, cabalga, es más interesante tu trote que cualquier peripecia humana. Me gustaría ver tus ojos pardos, fija la mirada hacia la pelota policroma, sin que te despisten ninguno de sus botes, parece que tú mismo los dirigieras con sólo unas milésimas de desfase que incluso también te atreves a prever.
Ahora que duermes en mi regazo debería disculparme por no haberme acercado a ti en todo este tiempo, sin ni siquiera recordar tu nombre. Entenderás que soy alérgico a los perros, pero desde hoy, amigo mío, he quedado inmune a todo, bien jodida y gorda era la aguja que me han clavado y ahora la cura circula sin descanso por mi organismo. Hoy poseo la misma inmortalidad que un dios. Generas un gran calor, ¿sabes?, me encanta cuando lo abstracto se unifica, eres la generosidad y el sueño a la vez.
Adiós perrito, adiós. Ahora que emprendes tu viaje más allá de la terraza, y una blanca luminosidad te toma entre besos, me siento distante e incómodo conmigo mismo… ¡Danger, danger!, recaída psicológica que, en contra de mi voluntad, me exige ver los álbumes de fotos para reinventarme, revitalizarme, volver a empezar, pero en este espejismo de conceptos donde cada objeto es tapado por telarañas de plástico, no resulta fácil encontrar nada. Comprendo entonces que hasta el momento las cosas me habían venido a la mano mansamente; la buena vida a día de hoy, cuando debo despojar los muebles de sus cubrimientos y no descarto encontrarme bajo uno de ellos, desnudo completamente, escultura incomprendida que se pierde por el pasillo.
Vuelvo al dormitorio. He abierto un armario empotrado y dentro me topo directamente con el vestuario de Verónica, de allí sale un aroma que me entra por la boca a manera de endoscopia, así el olor no es olor es vasectomía y abuso de poder. Me embriaga su perfume y me abruma, condensado y pegajoso, pero también sutil, y ahora, indispuesto, caigo al suelo tan cansado…
Catarsis indolora que me sabe a electricidad, soy un ser crepitante, un generador de arcos voltaicos que regresó al dormitorio conyugal y su desnudez contagiosa hace que me arrulle en el suelo, me curvo, retrocedo en el tiempo hasta alcanzar una posición fetal mientras los últimos rayos del sun penetran naranjas en estas entrañas uterinas. Creo que está pasando el time con los segundos que se criban en mi mirada, en los ojos del ensueño mustio, y cualquiera que me contemplara no encontraría descripción en mi, más fácilmente daría con respuestas equivocadas.
Alguien me abofetea, he debido nacer. Mi comadrona es un hombre rudo que huele a tabaco, quiere incorporarme y lo consigue, sosteniéndome. Me habla:
- Pero, ¿Qué hace en mi casa?
Yo no acierto a responderle. Aún soy un bebe. Sí que puedo ver y reconozco las primeras caras. Es ese mi vecino y, descubro, estoy en su casa. Todo ahora me resulta más extraño que nunca.
- Botellas rotas, medicamentos por los suelos, sangre. Llamaré a la policía.
- ¡No! –me apresuro a decir-. No lo haga por favor.
Aún me aferra con sus fuertes manos. Rebusco en uno de los bolsillos del pantalón caqui y encuentro un billete de 10 euros. Se lo entrego.
- Luego le pagaré más, el doble de lo que cueste todo este estropicio.
- ¿Será cabrón? ¡Me está pagando con mi propio dinero!
Ya lo sabía, tan sólo estoy ganando tiempo. Malamente me zafo de él y logro recuperar mi pantalón, de donde cojo la cartera y extraigo tantos billetes como encuentro. Ahora recuerdo que he ido al banco a sacar dinero y le estoy entregando aproximadamente 1000 euros. El muy capullo, aún intuyendo mi desvarío, los acepta y se los guarda. Le ha cambiado el rostro y ahora me observa maternal, no es sino mi madre que tras un breve rechazo me mira y se queda embelesada ante la pureza elemental de su retoño. Le doy también la calderilla:
- Por el pantalón.
Y él lo acepta. He pagado su silencio. No soltará prenda sobre esta pequeña locura transitoria que no es locura sino satisfacción al verme desligado de cierto…papelillo y sus consecuencias. Junto a la cartera está ella, la nota que doblé y guardé sin intención alguna de rememorar. Pienso, “mama, tengo algo terrible que anunciarte, pero mejor léelo por ti misma”. Le entrego la nota:
- Esto es para usted. Reconocerá la letra…
“…que yo no reconocí” añado mentalmente a continuación.
Mal le he acostumbrado a recibir cuando enseguida ha recogido la nota creyendo, qué se yo, que le daba un cheque al portador. Y es que estoy feliz pero no soy tonto. Le he dejado allí leyendo la nota, y no ha respondido a mi despedida:
- Good Bye.
Me marcho casi olvidando las llaves y es que, sin ellas, ¿Cómo podría entrar a mi verdadera casa? El séptimo…B y no el A, en obras. Todo ha quedado en un susto. Por el suelo he recuperado la flower. Empiezo a tener uso de razón, hay que ver lo rápido que he crecido y, lógico, tengo hambre, mucha hambre, lo dice también el último pétalo de esta margarita nada engañosa que termino de deshojar y que huele a maravillosa monotonía. |