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1931 - Humanidad (I)
Gabriel Romero de Ávila Cabezón - Relatos de Scyla: Ciencia Ficción - 0 Comentarios - Puntuación: 10 puntos (VOTAR)
Protegedme de la sabiduría que no llora, de la filosofía que no ríe y de la grandeza que no se inclina ante los niños. (Khalil Gibran)
1931 - HUMANIDAD


Prólogo

Jon Atlan contra las fuerzas del mal




Últimas noticias:

Un gigantesco robot ha aparecido en los alrededores de Ciudad Lunar.
Fue detectado hace cuatro minutos en la periferia del Mar de la Tranquilidad, moviéndose rápidamente en el área exterior de la Cúpula.
Se desconocen su origen y sus intenciones.
Ni el gobierno de la colonia ni las Naciones Unidas reivindican su fabricación, y hasta el momento se ignora… ¡Un momento! Me informan en exclusiva de que se han visto actitudes hostiles en el robot.
En breve recibiremos imágenes en las que golpea la Cúpula hasta casi romperla.
El Gobierno teme que se ponga en peligro la supervivencia de sus habitantes.
Ya ha sido enviada una señal de auxilio a la Agencia Delta…



– La alarma saltó a las 08:45 horas de la mañana – dijo la seria voz metálica –. Los satélites que orbitan la Luna lo detectaron moviéndose en las proximidades del Mar de la Tranquilidad, y al instante supimos que era hostil. Demasiado grande… demasiado rápido… Ya están de camino los Ases del Cielo, pero no creo que lleguen a tiempo. Es un robot de más de cien metros de altura y unas cien toneladas, que se mueve a más de doscientos kilómetros por hora, y está golpeando la cúpula de Ciudad Lunar con la fuerza de mil lluvias de meteoritos. Sabes lo que eso significa…
– Que nuestros enemigos subestiman la resistencia de la cúpula – contestó Jon Atlan, desde el espacio aéreo de Nueva York –. Puede aguantar mucho más de lo que cualquier robot sea capaz de lanzarle. Pero aun así habrá que detenerlo, o cundirá el pánico. Voy para allá…
El Héroe cortó la comunicación, y en segundos bajó los cinco niveles que lo separaban del hangar… y de la cabina de teleportaciones.
Los Ases del Cielo ya habían partido, pero no iban a alcanzar su destino a tiempo. Eran los mejores aviadores del mundo, y sus naves las más rápidas que se hubieran inventado, pero ni eso sería suficiente. La distancia entre su base (en la famosa Isla del Progreso, en medio del Océano Atlántico) y la amenazada Ciudad Lunar, era de más de trescientos mil kilómetros, y hasta para ellos eso significaba unos cuantos minutos de viaje. Minutos que no tenían…
Jon Atlan corrió hacia la ancha y dorada plataforma enclavada en el suelo, tomó el mando portátil de programación, y marcó el código específico de Ciudad Lunar. Al instante le envolvió una extraña nube de partículas doradas, su cuerpo pareció estirarse y encogerse a la vez, y toda su materia se transformó en energía. Después, su cuerpo y su alma fueron instantáneamente recogidos por la computadora, condensados en un estrecho rayo láser invisible al ojo humano, y enviados a la Luna.
A trescientos mil kilómetros por segundo (la velocidad de la luz), el viaje hasta la magnífica ciudad bajo la cúpula no duró ni el tiempo necesario para contarlo.
Una vez allí, una inmensa antena receptora, situada en lo más alto de la gigantesca Torre de Observación Espacial, recibió e interpretó la energía que llegaba hasta ella cruzando el cosmos, y volvió a convertirla en Jon Atlan.
Otra amplia plataforma dorada, análoga en todo a aquélla que apenas acababa de abandonar, transformó de nuevo la energía en materia, sirviéndose de la tupida nube de partículas cuánticas para volver a hacerle persona.
Y allí, otra vez, el Campeón de la Justicia estuvo en activo, y dispuesto a pelear por toda la Humanidad.



– ¿Qué sabemos del robot? – preguntó Atlan, en el mismo instante en que recuperó la conciencia de sí mismo.
– No mucho – respondió Ken Hamura, director del Centro de Observación Espacial –. Apareció en nuestros detectores hace nueve minutos, y no ha dejado de moverse desde entonces. Surgió de las afueras del Mar de la Tranquilidad, de un pozo que no habíamos descubierto antes, y que nuestros satélites vigilan ahora sin nuevos hallazgos.
– No entren sin mí. Esperen a que neutralice esta amenaza y me ocuparé de investigar el pozo. ¿Qué pasó después?
– Impactó contra la cúpula hace siete minutos, y desde ese instante ha seguido golpeándola con saña. Por ahora resiste, y esperamos que siga así, aunque el robot ha demostrado que puede aumentar la intensidad de sus golpes de manera exponencial. Si no alcanza su máximo en menos de media hora, la integridad de la cúpula puede correr peligro.
– No durará tanto. Explíqueme las características del robot…
– Cien metros de altura. Ciento doce toneladas de peso estimado (en gravedad terrestre). Doscientos cincuenta kilómetros por hora de velocidad de trayectoria. Su fuerza de impacto crece exponencialmente…
– Me basta. ¿Tienen lista mi nave?
– Sí, señor. La Olimpo está preparada en el hangar nueve. Y… que tenga suerte.
Atlan se giró hacia el pequeño jefe de astrónomos, y vio en su rostro un profundo signo de preocupación. Sonrió, con esa mueca de eterna confianza.
– Tranquilo, amigo Ken. Me enfrento a estas cosas todos los días, ¿sabes? Mi principal problema será qué hacer por la tarde. Espero que algún otro genio científico planee un ataque en masa contra un núcleo urbano densamente poblado, o voy a aburrirme muchísimo…
Y caminó orgulloso por el largo pasillo brillante, sonriendo y altivo. Afrontando el peligro con la cabeza bien alta.



La Olimpo era la más veloz e impresionante de todas las naves de las Naciones Unidas. Su larga silueta de más de treinta metros y su brillante superficie plateada la habían convertido en un símbolo universal, en una bandera de progreso, de paz e igualdad. Cuando la gente la veía surcar el cielo, podía respirar tranquila, porque sabían que su Héroe estaba allí para protegerlos.
Jon Atlan observó la nave, y de una forma tan automática como respirar, inició los procesos mentales que transformaron sus ropas. Con sólo el poder de su avanzado cerebro, entrenado durante años en la meditación y el control de los elementos, forzó la transmutación de su traje de átomos cambiantes, pasando de las sencillas ropas de un hombre de la calle a la moderna armadura de tono esmeralda que era su uniforme de batalla. Suave y ligera, pero férrea y segura cuando era necesario, la clásica armadura con los símbolos de la vieja Atlántida envolvió otra vez su cuerpo, como llevaba haciendo tantos años. Y el grueso yelmo cubrió su cabeza.
En un segundo ocupó el puesto de piloto detrás del ancho timón, y conectó los motores. La Olimpo rugió, con sus gigantescos propulsores gemelos de fusión nuclear, retumbando en cada hueco y cada pasillo del Centro de Observación Espacial.
Jon Atlan se dirigía hacia la muerte, y tenía que quedar lo bastante claro.



La propulsión aplastó su cuerpo contra el amplio sillón de cuero, mientras en la pantalla discurría a toda velocidad el amplio hangar, y al fondo se abrieron las grandes puertas que daban al exterior. Y un eterno mar de estrellas llenó sus ojos.
Y voló por encima de Ciudad Lunar.
El cielo era oscuro como la muerte, plagado de diminutas perlas de un valor incalculable. Perlas que, tal y como Atlan había descubierto a lo largo de sus terribles viajes, albergaban infinitas formas de vida. Perdió un instante su vista entre ellas, y soñó con cuántos nuevos mundos aún le quedaban por descubrir…
Luego miró a Ciudad Lunar, y se maravilló con sus preciosos edificios de colores metálicos, sus largas autopistas elevadas, y sus vehículos antigravitatorios, moviéndose como diminutas abejas a un kilómetro del suelo. Un lugar tan hermoso no debía ser amenazado…
Se acercó a la cúpula, transparenta y bella, y al instante sonó en la radio la voz electrónica del robot controlador.
– Nave Olimpo, se está aproximando a las afueras de Ciudad Lunar. Procederemos a la transmisión a través de la Cúpula. Gracias por su visita.
Soltó el timón, y dejó que la Torre de Vigilancia Aérea guiara su rumbo. La nave siguió recta hacia la cúpula, y notó cómo las partículas de metacrilato se apartaban suavemente para permitirle el paso. Protegida la ciudad bajo un compacto campo de fuerza que mantenía dentro su rica atmósfera, nada importaba que la cúpula pudiera abrirse un segundo para que él la atravesara.
Estaba fuera. Ahora quedaba lo más difícil…
La computadora adaptó al instante el sistema de pilotaje a la drástica reducción de gravedad, fuera ya del efecto de los generadores artificiales de la ciudad, y no mermó su velocidad ni un ápice.
Y entonces lo vio…
Era gigantesco, un monstruoso titán de acero y roca sin rasgos humanoides, y que movía terriblemente deprisa sus dos largos brazos, acabados en sendos bloques de piedra, con los que impactaba una y otra vez contra Ciudad Lunar. Sus ojos eran dos pequeños puntos luminosos, de un rojo mezquino, y en lo que debía ser su rostro, no había ningún otro elemento que lo marcara: ni boca, ni nariz ni oídos. Su cuerpo era una masa informe, con sólo esas dos largas y férreas protuberancias a modo de brazos, y sus piernas eran dos largas columnas de roca asentadas con firmeza en el suelo lunar.
Y al verlo, Jon Atlan se estremeció por un instante.
¿Quién podía haber creado semejante aberración? ¿Y con qué fin?
Bueno, eso era bastante más obvio. Aquella cosa atroz sólo existía con un propósito: sembrar el caos en Ciudad Lunar.



Enfiló el morro hacia la gigantesca espalda del monstruo, pulsó un minúsculo botón dorado bajo el timón, y apuntó los misiles. La Olimpo era la nave más rápida y maniobrable del mundo, pero tampoco le faltaban armas para el combate. Portaba bajo las alas una buena colección de cañones y cohetes tierra–aire, sin olvidar proyectores láser y rayos de tracción. A pesar de que Atlan se declaraba pacifista a ultranza, no temía luchar para defender esa misma paz con que soñaba.
Seleccionó el blanco (sin muchos problemas, pues aquella espalda inmensa ocupaba todo su visor frontal), y oprimió el botón.
Veinte misiles partieron de sus fundas bajo las alas, al tiempo que la nave ascendía bruscamente. El estallido fue brutal, iluminando la superficie de la Luna como un nuevo sol.
Si hubiera oxígeno en el espacio, el trueno habría dejado sordos a todos sus habitantes.
La Olimpo siguió camino por encima de la urbe, bañada en el intenso fulgor de la guerra. Por unos segundos, ni los ojos del Héroe ni sus instrumentos de medida fueron útiles, sobrecargados de estímulos luminosos. Pilotó por inercia, por el agudo instinto de los cazadores, y dejó que su vista se fuera acomodando al exterior, protegida por el visor tamizado de la nave. Y entonces recuperó el mando.
Sus ojos especiales, avanzados más allá de lo propio del Hombre, y adaptados a las condiciones más duras, no tardaron en hacerse con el control del momento. Y sus manos fortísimas sometieron al timón. Giró, y afrontó de nuevo lo poco que pudiera quedar de su enemigo.
Y allí lo vio otra vez.
Más allá del humo y del fulgor, más allá de la guerra y los horrendos misiles que había utilizado, allí estaba su rival. El monstruo, intacto. Igual de gigantesco y temible, igual de letal con sus larguísimos brazos de roca. Y mucho más furioso que nunca.
Sus malignos ojillos color sangre se clavaron en el pequeño mosquito que lo estaba amenazando. Y había un compendio de ira y sorpresa al contemplarlo. ¿Cómo podía un ser tan minúsculo liberar tal grado de violencia? ¿Qué podía ser aquello…?
Pero no hizo signos de sentirse impresionado. En un segundo, su enorme pero inútil cerebro tomó la decisión de librarse del peligro. Y al instante, sendos rayos de pura energía carmesí brotaron de sus ojos, abiertos en abanico, buscando a su presa. Atlan tuvo que maniobrar de manera frenética, esquivando el ataque como pudo, y aun así la cola de la Olimpo resultó levemente chamuscada. El ordenador se puso a chillar como un loco, tratando de evaluar los daños a toda prisa. Y el Héroe vio con alivio que había tenido mucha suerte. El timón seguía de una pieza, y de milagro podría continuar en vuelo.
Iba a tener que pensar una estrategia distinta…
Los rayos cesaron, y el androide no volvió a intentarlo. Ráfagas potentes, pero cortas. Incluso en un mecanismo tan grande y capaz como aquél, no resultaría fácil contener las energías necesarias. Demasiado derroche, en un robot que no podía transportar grandes generadores. Por eso no había utilizado ese poder contra la ciudad.
Atlan supo que tenía que darse prisa, utilizar los segundos que su rival tardara en recargarse, antes de que fuera demasiado tarde.
Pero, ¿cómo? ¿Qué podía hacer ante semejante horror…?
De pronto, una voz atronó en la radio.
– Torre de Observación Espacial llamando a Nave Olimpo. ¿Me recibe?
¿Qué estaría pasando? Debía ser algo grave para que le contactaran de esa forma, en medio de otra misión…
– Aquí Nave Olimpo. ¿Qué ocurre?
– Señor Atlan, soy Ken Hamura de nuevo. Nuestros satélites han detectado un flujo lineal de energía que va del pozo al robot. Un delgado hilo que proporciona recarga al monstruo. Como un cordón umbilical…
¡Claro! ¡Ésa era la forma!
Así era como aquella cosa se alimentaba. Más fácil y práctico que cargar con baterías. Pero también más vulnerable…
– ¿Y se puede interrumpir ese flujo, señor Hamura?
– Temo que no. Ya lo hemos intentado, y está protegido por una secuencia de no intercepción.
¡Mierda!
Habría sido tan fácil, tan directo… Aunque…
– Señor Hamura, ¿y se le podría aportar más energía?
La voz en la radio enmudeció de pronto. Se había quedado sin respuestas.
– Ehh… Bueno… Sí… supongo que sí. No hay ningún comando electrónico que lo evite.
No necesitaba saber más.
En segundos, el Héroe colocó su nave en órbita estacionaria con la Luna, mantenido por el piloto automático y los propulsores verticales. Y se puso en marcha. Conectó con el delgado hilo de energía que iba del pozo al androide, y empezó a alimentarlo. Y cuando vio que funcionaba, dio un paso más en su plan.
– Señor Hamura, necesito energía, mucha energía. Puede que toda la energía de Ciudad Lunar. Voy a sobrecargar a ese monstruo, y no será fácil…
– Pero… señor Atlan… harán falta muchos permisos para eso…
– Pues dese prisa. Despierte a quien tenga que despertar, y que autoricen mi plan lo antes posible. Y háganse una pregunta: ¿qué les compensa más, un monstruoso apagón, o el final de su bella ciudad? Escojan…
La radio enmudeció de nuevo, y el Héroe aguardó, tenso pero optimista. Tardaron veinte minutos en responderle. Veinte minutos de silencio, de impotencia y nerviosismo, de sudor resbalándole por las mejillas. Sus ojos se abrieron como platos, contemplando el cruel ataque de la bestia en la ciudad. Su boca estaba seca como el mismo desierto, y su pecho resoplaba asfixiado por los nervios. ¿Qué sería de él, y de su misión? ¿Triunfaría al fin? Y sobre todo: ¿podría hacerlo a tiempo, antes de que hubiera una catástrofe?
La pantalla de la nave mostraba cómo la cúpula empezaba a agotarse. Si alguien no intervenía pronto…
Y fue en ese instante cuando resonó la voz.
– Señor Atlan, soy Thaddeus Jurgen, Gobernador de Ciudad Lunar. Ya he dado orden de que le faciliten completo acceso a las reservas de los generadores, para que haga de ellas el uso que mejor vea. ¡Mucha suerte!
El Aventurero sonrió. No iba a ser fácil, pero al menos ahora sería posible…
El poderoso ordenador de la Olimpo conectó con la red informática de Ciudad Lunar, y empezó a redirigir la energía hacia el nexo del robot con su creador. Parecía sencillo, pero el riesgo era altísimo. La nave empezó a brillar, con todos sus instrumentos enloquecidos, y el metal recalentándose. La carcasa tembló, y el timón despedía un calor propio de un mismo volcán. Ningún artefacto humano estará jamás preparado para semejante cantidad de energía pura. Atlan quiso maniobrar los controles, reducir el aflujo para evitar que todo explotara como fuegos artificiales… pero le fue imposible. El panel de mandos brillaba como un pequeño sol, y su temperatura quemaba los guantes del Héroe con el más leve roce.
Así que no pudo más que confiar en su suerte, y rezar a sus lejanos dioses griegos.
El monstruo empezó a brillar también, conforme el intenso aflujo sobrecargaba sus sistemas. Se detuvo, frenando su terrible ansia de muerte, como la bestia curiosa que observa al valiente mosquito. Y su limitado cerebro no supo responder a aquello. Notaba cómo su energía aumentaba a cada segundo, pero no fue capaz de entender eso como una amenaza. Y ése fue su error…
Atlan sonrió, consciente de que tenía una oportunidad de triunfar. Sólo una, pero quizá le bastase. El exterior del robot brillaba con un fulgor indescriptible, fundiendo lentamente sus placas de metal. Era el momento. Puede que la Olimpo explotase, puede que su vida y su misión se perdieran para siempre, pero nadie podría criticarle que no lo hubiera intentado…
Gritó, como una fiera que expulsa su rabia, y en un movimiento velocísimo aumentó la descarga de energía al androide. Notó como sus dedos se abrasaban casi hasta el hueso, y cómo el ordenador gemía por el terrible esfuerzo, pero lanzó la onda.
Un brutal suministro de energía cruda, que ningún aparato del mundo habría resistido.
Y entonces ocurrió lo fatídico. Tres actos, en principio independientes, que habría de marcar el final de esta historia. Primero de todo, Ciudad Lunar se hundió en las sombras. Las luces y vida que había sido el orgullo de la colonia se esfumaron de pronto, dejándola quieta y oscura, tan negra e inmóvil como un cementerio.
Al mismo tiempo, el robot explotó en pedazos. Su carcasa no fue lo bastante férrea para aguantar la sobrecarga, y su tremenda luminosidad pronto llevó a una terrible explosión, tan intensa como el mismo nacimiento de una estrella. Uno tras otro, los mortales frentes de onda golpearon la cúpula, llevándola hasta el límite que todo temían. Pero aguantó. El ordenador central de control de la cúpula marcó en su pantalla, siniestramente:

« NIVEL DE RESISTENCIA: 2 % »

Un nivel tan bajo como nunca se había visto, y que caería fácilmente ante el más mínimo envite. Pero seguía entera. Y su enemigo se derrumbó como una montaña de basura. Como un títere al que le cortan las cuerdas, y que cae fláccido y muerto sobre la espesa arena de la Luna.
Y a la vez, la nave Olimpo se hizo pedazos. La explosión fue simultánea, ensombrecida y casi invisible tras su gigantesca hermana mayor. El fantástico vehículo de combate se aplastó como una nuez, arrasado por las inmensas cantidades de energía que no supo controlar. Iluminó débilmente el cielo, con una breve llamarada que apenas nadie notó. Y luego se extinguió para siempre.
Y a punto estuvo de matar a su piloto…
En el último instante, viendo el aciago final que le esperaba a su nave, Jon Atlan tiró de la palanca de eyección bajo el asiento. Y todo su habitáculo interior salió proyectado. Notó la energía brotando apenas a un milímetro de su cuerpo, y el fuego y el calor persiguiéndole ansiosos. Pero sobrevivió. Con un margen tan estrecho que ni él lo hubiera imaginado, pero vivió.
El diminuto vehículo surcó el espacio sin aire de la Luna, y muy despacio fue bajando hacia la arena. Planeando, como un pájaro sin alas, se posó lentamente junto a los restos calcinados del robot.
Y el Héroe pudo respirar al fin.
Había triunfado.
– Nave Olimpo llamando a Ciudad Lunar. Aquí Jon Atlan. Me encuentro en las proximidades del Mar, y necesito que alguien me remolque…



Interludio

Un palacio por encima del bien y del mal



Últimas noticias:

Jon Atlan detiene a un gigantesco robot en los alrededores de Ciudad Lunar.
El monstruo apareció de la nada y sembró el caos en la apacible colonia,
amenazando con destruir la cúpula que la rodea,
y poniendo así en peligro a los cinco millones de habitantes de la urbe.
La Agencia Delta envió allí a su mejor hombre, y no pudo tomar mejor decisión.
La batalla fue rápida, pero también cruel,
y aunque las imágenes se mantienen bajo estricto secreto de las Naciones Unidas hasta que se investigue al responsable de los hechos,
podemos informarles de que no tienen desperdicio.
El Héroe de Axura puso en su lugar al engendro mecánico, y las luces de la explosión pudieron verse en la Tierra.
Este noticiario quiere mandar su enhorabuena al Campeón, y desea que los causantes de este acto de terror sean pronto capturados.
Buenas noches, América.



El gigantesco palacio flotante abandonó las nubes muy despacio, mientras los tibios rayos del sol llenaban la escena a través del inmenso ventanal de cristal reforzado.
Iluminando el hermoso despacho de Jon Atlan.
El gigante de piel cobriza miró hacia tierra, al tiempo que la imagen se iba aclarando lentamente, abriéndose ante sus ojos como una revelación. ¿A qué altura se encontraría? ¿Diez mil metros, doce mil? A veces él mismo, en medio de aquel paraíso extraño y silencioso, perdía la noción. Era tan bello, tan impresionante…
Era una de las cosas que más iba a echar en falta.
Frente a él, un mar de nubes como jirones rotos de algodón se estremezclaba sin orden, en una bellísima sinfonía más propia de ángeles. Tibios rayos de oro se reflejaban en un campo eterno, infinito, como si el mundo no tuviera nunca fin, y él estuviera solo bajo el cielo.
A su espalda, un cómodo y funcional despacho le aguardaba, con una enorme alfombra tibetana bajo sus pies, y una falsa chimenea francesa al fondo. Inmensos tapices marroquíes cubrían cada minúsculo átomo de las tres paredes descubiertas, mientras un colosal mirador transparente ocupaba por entero la cuarta. Su mirador. Su ojo en el cielo.
Y este hombre, que había recorrido los confines del planeta, que visitó lugares más allá del tiempo y la imaginación, volvió a sentirse conmovido. Ante esta inmensidad, cualquier ser empezaba a notarse extremadamente pequeño. ¿Qué son los mundos, las diferencias, las naciones incluso, frente a lo eterno?
¿Qué es más importante que lo infinito?
Pasó una mano por su tupida barba dorada, y luego por la enorme cabeza de Lun, su viejo y grandioso tigre blanco de Axura. El animal miró un instante a su veterano dueño, con el que había compartido tantas guerras y aventuras, y luego se arremolinó mimoso sobre la gruesa alfombra. El Héroe sonrió. Ojala él pudiera olvidar tan fácilmente sus preocupaciones…
Atlan nunca fue un hombre demasiado religioso, a pesar de su origen. Siempre confió más en lo agudo de su instinto y la fuerza de su brazo que en lo alto que pudieran llegar sus oraciones (Además, de todos los dioses que conoció a lo largo de su vida, ninguno le impresionó demasiado, ni logró quitarle la idea de que no se preocupaban más que de sí mismos y sus planes ególatras). Pero a veces, aquí, solo entre las nubes, no podía evitar preguntarse si tal vez hubiera algún ser por encima de todo, de la vida, de la muerte, de la ruindad y el engaño, de la pena y el suplicio.
Y si lo había… ¿qué lección pretendía enseñarles sometiéndolos a todo aquello?
Asintió, y miró brevemente hacia la izquierda, al tiempo que, sobreimpresionado en el cristal, aparecía la respuesta a su pregunta:

14.435 METROS

Aún le quedaban unos cuantos minutos de descenso.
Un rato más para ponerse melancólico…
Desabrochó el botón de su americana, y guardó una mano en el bolsillo. ¿Realmente habían pasado ya cincuenta años? Nadie lo diría…
Desde luego, las cosas habían cambiado mucho en ese tiempo, la mayoría para bien. Pero había ocurrido todo tan deprisa, la revolución de esta convulsa sociedad se había instaurado en tan pocas décadas, que se le antojaba un sueño oscuro y borroso. Como cuando lo tuvo por primera vez, en el ahora lejano 1931.
Al principio, cuando ocupó su primer despacho, en esas frías y asépticas oficinas en plenos Campos Elíseos, el mundo era muy diferente, y demasiado parecido en otras cosas. El hambre y la guerra asolaban unas naciones continuamente enfrentadas, casi siempre por motivos estúpidos, y lo único que todas compartían era el dolor y el sufrimiento de sus gentes. Terribles enfermedades incurables se extendían como la pólvora, a lo largo de viejos continentes que almacenaban demasiadas fortunas en su tripa como para sacar del hambruna a sus pobres niños ricos. Oh, sí, aquellas tierras olvidadas estaban llenas de oro y diamantes, de cotizadas materias primas que les habrían convertido en señores de la economía mundial… pero seguían muriendo por falta de higiene y medicinas, o por guerras tribales pagadas por naciones del norte, y asesinándose con armas fabricadas a muchos kilómetros de allí, y pagadas con su alma y sus fortunas.
Pagaban a otros países por darles el derecho a matarse entre ellos…
Cuando Jon Atlan, el Campeón de Axura, llegó a los Campos Elíseos, esta situación le pareció ridícula, y creyó que era el momento de cambiarla. Por supuesto, nadie estaba por la labor. Tuvo grandes rivales, sobre todo desde el poder establecido, que no iban a consentir que nadie (y menos un héroe de novela barata salido de las ruinas de la Atlántida) cambiara el organigrama de las naciones del mundo. Se le opusieron con vehemencia, y en alguna ocasión incluso intentaron acabar con su vida…
Pero él no se rindió.
Ya en aquel entonces, el Héroe supo ver como nadie las posibilidades que les deparaba el futuro, supo entender las naciones como una sola, y más que ninguna otra cosa, supo tener esperanza.
Esperanza en un mañana distinto, en un progreso de unidad y bienes compartidos, y en un pueblo que supiera olvidar el rencor para poner su vista en el futuro.
Esperanza en la humanidad, por mucho que ésta se empeñara en defraudarle.
Hace cincuenta años, al gigante de piel cobriza (que en esa época ya lo era) le encantaba subir tan alto como podía, y contemplar desde la azotea de su edificio la bóveda estrellada de París, con la mirada perdida en un horizonte extraño y misterioso. Y soñaba, con un mundo que no era el que vivía, con unas razas y unos pueblos que podían cambiar si se lo propusieran, pero que de momento no estaban dispuestas. Y él creía en sus ideas de porvenir, en su utópica locura. Pero era el único.
Ahora también sueña, y aún observa la ciudad desde arriba, pero todo lo demás ha cambiado. Y cuando se recuerda a sí mismo cinco décadas atrás, no puede evitar una sonrisa. Ya no tiene una oficina en los Campos Elíseos, sino en una mansión voladora, por encima del bien y del mal, desde la que sigue contemplando el mundo con la objetividad de un investigador. Y por debajo, el planeta también ha cambiado, por suerte, como de la noche al día. Y ha sido ese sueño aparentemente irrealizable el que ha permitido tan inmenso cambio.
Un solo hombre ha alterado la faz de la Tierra para siempre.
Toca brevemente el cristal, y su mirada se pierde, se difumina. Mira a lo lejos, y sus ojos descubren a cada instante qué perfecto puede llegar a ser el mundo, y qué horrible a veces. Y sabe, en lo más profundo de su conciencia, lo afortunado que ha sido de ser Jon Atlan, y lo feliz que es ahora.
Y así, en la distancia, su portentosa visión adivina el semblante de aquella ciudad que es su destino: Nueva York. La Gran Manzana.



De pronto, una voz melosa de mujer le sacó de sus ensoñaciones:
– Cariño, el envío está preparado para subir a bordo. Sir Jacob por la línea cinco…
Sonrió, y volvió al mundo real.
Una dulcísima voz de mujer. Su mujer. Lyra, Reina de Extinta... y la mujer más preciosa que nunca ha existido sobre la faz de la tierra.
Se giró hacia la puerta, y sus ojos se encontraron con aquellos otros, de un azul casi blanco, inmaculado, pese a que hiciera ya casi cinco décadas desde que los contempló por primera vez, allá en el Ártico. Ella le devolvió la mirada tierna, y caminó hasta el mirador, mientras los blancos cabellos y la hermosa falda de reflejos de oricalco flotaban tras sus pasos.
– ¿Qué piensas, querido? – le dijo mientras le abrazaba –. ¿Estás preocupado?
– Oh, no, para nada. El asunto de Waller no debería ser difícil… Sólo estaba recordando. Han pasado tantas cosas desde que vine a Nueva York en el treinta y uno…
– ¿Y aún la reconoces? No tiene nada que ver con aquélla…
– No, desde luego… Y a veces me pregunto… si hemos hecho bien.
– ¿A qué te refieres? Sabes cuánto has ayudado a este planeta… lo mucho que te deben.
– No me deben nada. Todo lo han hecho por sí solos. Lo único que yo hice fue enseñarles el camino correcto, y motivarles para que lo recorrieran. Pero ellos siempre supieron que ese camino estaba ahí.
– ¿Y ahora te arrepientes? No lo entiendo.
– No, no me arrepiento… Es sólo que a veces me pregunto qué habría pasado sin ninguno de nosotros. Tú seguirías en el Ártico, a salvo en tu reino escondido, y yo sería a estas alturas heredero de Atlas, y tal vez Consejero Real. Y estas ropas nos seguirían pareciendo ridículas. Pero… ¿y el resto del mundo? ¿Cómo habría sido este planeta sin nuestra intervención?
– Peor, no lo dudes. Seguirían metidos en sus absurdas guerras internas, hermanos contra hermanos, matándose por un puñado de oro o de tierra, como han hecho siempre.
– Sí… Sí, supongo que tienes razón… Pero también habrían sido mejores en otras cosas. Más… independientes…
La mujer le observó con ojos dudosos, sin comprender hacia dónde llevaba sus palabras.
– ¿De qué estás hablando?
Él sonrió.
– No lo sé. No es nada, tonterías de un viejo nostálgico. Mejor volvamos al trabajo, ¿te parece? Hay mucho que hacer.
Guardó de nuevo la memoria en su baúl, y caminó hasta la mesa. Oprimió un diminuto botón sobre la pulida superficie metálica, y una borrosa imagen tridimensional tomó cuerpo frente a él, mientras una voz llenaba el despacho.
– Hola, Jon. ¿Cómo te va?
– Sir Jacob… ¿Cómo siguen las cosas por ese maravilloso laboratorio en el frío?
– Bueno… El profesor Ono está consiguiendo algunos avances muy valiosos en la replicación del ADN. Dentro de poco podrá entender cómo demonios funciona ese maldito Suero de Atlas que nos ha hecho casi inmortales.
– Siempre tiene que mirarle el diente al caballo, ¿verdad?
– Siempre. El día en que deje de hacerlo, será porque habrá muerto…
– Me alegro. El mundo no debe perder la curiosidad, o estaremos condenados… ¿Y usted? ¿Cómo lleva su expedición?
– Aburrida. Ya no es como en mis tiempos, cuando la vida corría peligro de verdad en todo este hielo. Ahora es sólo cuestión de robots y sondas de reconocimiento. Me he vuelto más un informático que un aventurero.
– Mejor ser un informático aburrido que un aventurero muerto, ¿no cree? Por cierto, está llegando su paquete, el que trajimos de la Luna.
– Bien. En ningún lugar estará mejor que ahí. Cuídalo bien. Sabes que es peligroso…
– Aquí no lo será. Están preparadas las medidas de contención específicas. Podremos estudiarlo con calma.
– Llámame cuanto tengas algo. Un beso para Lyra.
Y lentamente, la imagen se desvaneció en el aire, con la misma sutileza y completo silencio con que había surgido. Y Jon Atlan y su mascota Lun bajaron hasta el hangar número doce, a recibir en persona el envío.



Al mismo tiempo, en un laboratorio secreto bajo la estepa rusa, el explorador sir Jacob Waller reprimió un escalofrío. No le gustaría tener que ser él quien tratara con esa… cosa.



Capítulo 1

La ciudad que nunca duerme





Nueva York, una ciudad de más de mil kilómetros cuadrados, y más de diez millones de habitantes. Se la considera la mayor metrópoli del mundo, y desde luego es la más poblada de todos los Estados Unidos. Para los amigos, “la Gran Manzana”.

Ubicada en la costa noroeste del país, en el Estado del mismo nombre (cuya capital, curiosamente, no es ella, sino Albany), se divide en cinco distritos: Manhattan, Queens, Brooklyn, el Bronx, y Staten Island. El más poblado de ellos es Brooklyn, que en el último censo pasaba de los dos millones y medio, seguido de cerca por Queens. En la isla de Manhattan (a la que mucha gente se refiere impropiamente como Nueva York, pero que los que ya la conocen suelen llamar “the City”) no viven más de dos millones y medio de habitantes, generalmente hacinados en inmensos rascacielos, buscando las alturas debido a la preocupante escasez de suelo. De ahí la famosa imagen de la silueta tremendamente edificada de la ciudad, con un panorama retratado en innumerables ocasiones en películas, libros y fotos.

Casi la mitad de esa población se compone de personas de raza blanca, seguidos de hispanos y negros, aunque Nueva York es una de las ciudades del planeta con mayor mezcla de etnias (tan sólo Los Ángeles recibe más inmigrantes en todos los Estados Unidos), pudiendo hallarse igualmente en sus calles individuos de origen irlandés, italiano, africano, judío, asiático (de todas las posibles naciones de origen) e incluso nativos americanos (paradójicamente, los menos frecuentes). Y muchos de estos grupos étnicos, en lugar de entremezclarse e integrarse con los demás habitantes, han formado sus propios barrios dentro de la ciudad, en los que vivir y relacionarse únicamente con sus compatriotas, como ocurre en la mayoría de las grandes urbes del planeta.

(Se dice con sorna que en Nueva York hay más judíos que en la propia Jerusalén)

La población de la ciudad creció sobre todo a partir del siglo XIX y primera mitad del XX. Debido a su posición ventajosa como puerta del Atlántico, pronto se convirtió en punto clave en el transporte de pasajeros por barco entre Europa y América, lo cual para muchos significó el inicio de una nueva vida. Esto, unido al gran mito del sueño americano, y sus proclamados valores de libertad y justicia, representaba alcanzar verdaderamente un “nuevo mundo”, tal y como habían desembarcado los españoles en el continente cinco siglos atrás.

De ahí surgió la idea de la ubicación de la famosa Estatua de la Libertad en el Río Hudson en 1886, de forma que desde entonces es lo primero que contemplan los viajeros que llegan por mar a Nueva York. Están llegando a la tierra de la libertad...

Por supuesto, todo eso cambió con la generalización de los viajes aéreos (aunque desde el aire también puede contemplarse la estatua), pero la fama de Nueva York no ha hecho más que crecer.

Hoy en día, es uno de los principales destinos turísticos de la nación, con célebres edificios y monumentos, de visita obligada para todo aquél que no los conozca. (…)

Pero la Gran Manzana ha cambiado mucho en las últimas décadas.

Sigue habiendo béisbol, y neones en Times Square, y el Árbol de Navidad del Rockefeller Center, y el Empire State, el MOMA, Wall Street, el Puente de Brooklyn, el Edificio Chrysler, y la Estatua de la Libertad…

Pero ahora se han añadido otros muchos lugares, de indudable atractivo para el turista: el Monorraíl Victoria, con su fabulosa imagen de diablo alocado… el gigantesco Puente de los Deseos sobre Central Park, diseñado en los 50 por el arquitecto Johann Mähler… y por supuesto, en el número uno de la lista, el Dirigible Atlántida, cuartel y refugio del aventurero Jon Atlan, Campeón de Axura.

Como ven, hay un millón de cosas en Nueva York que merecen la pena. Busquen tiempo, y apuren el paso, porque les prometo que no quedarán defraudados.



(Fragmento extraído de “La guía para el viajero en Nueva York: su primera vez”)



Sin embargo, en esta tarde en cuestión, a mitad de un invierno que se revelaba temiblemente frío, el día se escapaba entre las manos de dos pobres turistas del Medio Oeste americano, dos típicos visitantes de zapatillas deportivas y cámara de fotos colgada del cuello.
La tarde se extinguía ya lentamente, el sol languidecía perezoso, discurriendo entre las cuadriculadas siluetas de los rascacielos, cubriéndolos con su dulce y terso manto oscuro. Y en respuesta, los altísimos edificios devolvían, en su refulgente piel de cristal y acero, el mismo brillo rojizo del suave atardecer, repartiéndolo, desparramándolo por las anchas avenidas, los hermosos parques, el frío asfalto de Nueva York. Las horas se habían consumido, y el día se fugaba poco a poco.
Sin embargo, para Ellen Todd y su hijo, aún quedaban unas cuantas horas por delante. Llevaban todo el día recorriendo la ciudad, plano en mano, y los pies les dolían tantísimo que ya apenas podían sentirlos. Según la guía de la ciudad, que habían comprado nada más bajar del autobús, “el clima en Nueva York es húmedo, con veranos calurosos e inviernos fríos y nevados, reservando temperaturas suaves y cálidas para las estaciones intermedias”.
“¡Y tanto!”, pensaba ella. Al fin y al cabo, estaba ya cerca Navidad, y los termómetros marcaban a esas horas unos gélidos cinco grados. Al menos, ya sólo les quedaba regresar al hotel y descansar, dormir de un tirón hasta mañana, el día en que por fin podrían regresar a casa, a su pequeño Cabot Mills, en el corazón de Utah.
Pero lo que no sabían es que lo mejor estaba aún por llegar...
– Bueno, Trevor, ¿qué más nos queda? Hemos visto el Empire State, y el Puente de Brooklyn, y Central Park…
– Mamá, ya lo sabes...
–... y la Quinta Avenida, el Monorraíl Victoria, el MOMA...
– Venga, mamá, llevo todo el día deseando...
–... y la Estatua de la Libertad...
– ¡Por favor, mamá! ¡Tenemos que ver el Dirigible Atlántida!
– No. Ya sabes lo que pienso, Trevor. Ese lugar es muy peligroso, están peleando constantemente, o haciendo experimentos arriesgados, y no voy a permitir que corramos el riesgo de...
– Oh, vamos, mamá. Eso es una exageración. Lo visitan casi cinco millones de personas al año, y nunca pasa nada. Bueno, casi nunca... Además, el sistema de defensa previene cualquier ataque.
– Aún así, Trevor. Meterse en ese sitio es correr un grandísimo peligro. ¿Quién sabe cuándo va a aparecer Andrómaco, o el profesor Solgol, y detonar una bomba que derribe el zeppelín o nos mande a una dimensión paralela? ¡Eso les pasa a ellos todos los días!
– ¡Venga, mamá, sólo fueron dos veces! Y ya sabes que adoro a Jon Atlan. Tengo todas sus novelas, y las películas,… ¡y hasta los posters antiguos de los años cincuenta! No podemos venir de visita a Nueva York y no conocer el Dirigible Atlántida. ¿Qué le voy a decir a Tommy Hutchinson cuando volvamos?
– Trevor...
– Venga, mamá, por favor...
– Trevor Edward Todd...
– Mamá… por favor... – y en los ojos del pequeño comenzaron a asomar las lagrimitas – tengo que verlo... Si nos vamos de Nueva York sin haber conocido el Dirigible Atlántida... ¡me moriré en el acto!
Ellen Todd contempló a su hijo, y una sonrisa tierna afloró a sus labios, al tiempo que por dentro se conmovía. “¿Por qué nunca podré negarle nada a este pillo…?”.
Pero lo del Dirigible Atlántida lo pensaba de verdad. Ese sitio le daba escalofríos al verlo en televisión, siempre atacado por horribles villanos, con explosiones y fuego por todas partes. De hecho, no había un solo refugio en el que hubiera vivido Jon Atlan a lo largo de las décadas que no hubiera sido gravemente dañado en alguna batalla. Las antiguas oficinas en París, la Estación Submarina Internacional, el Arca... siempre aparecía algún viejo enemigo deseando vengarse, y si no podía acabar con el héroe y su familia, al menos lo pagaba con su cuartel general.
Y todo eso está muy bien, y es muy divertido cuando lo ves por televisión, o lo lees en el periódico, sentada tranquilamente en casa, pero es muy diferente cuando la idea es meterte dentro…
Justo entonces, pensando estas cosas, Ellen Todd miró a los ojos de su hijo, esos ojos azules y llorosos, tan llenos de pena, y que aguardaban esperanzados una respuesta de sus labios... ¿qué le iba a decir?
– Trevor... no está bien llorar...
– Mamá... es mi héroe favorito... – y dos enormes lagrimones le cayeron por las mejillas – y estamos aquí al lado...
La mujer sonrió, impotente.
– De acuerdo, pero que sea una visita corta, ¿eh? Y si vemos que hay peligro, saldremos de allí inmediatamente. ¿Me has oído, jovencito?
– ¡Sííííííííííííííííí! ¡Gracias, gracias, gracias!
Y en un segundo, la alegría brotó de nuevo en su carita de ángel, y empezó a reír a carcajadas, y a saltar a su alrededor como un loco, abrazándola todo el rato y dándole cientos de besos.
– ¡Trevor! No seas pelota, chavalín, y vamos de una vez, antes de que me arrepienta.
Y marcharon juntos por la calle 42, en dirección a sus sueños. “Maldito diablillo”, pensaba la mujer al verlo. “Hace de mí lo que quiere. Pero claro, me mira con esos ojos... Son los mismos ojos de su padre...”
Y al recordarlo, de pronto su ánimo cambió, y le inundó la tristeza. Su padre. Ronald Todd. Valiente capitán del Cuerpo de Marines de los Estados Unidos. La mujer respiró hondo un par de veces, tragó saliva, y se prohibió a sí misma demostrarle al niño lo que sentía. “No, Ellen, éste no es el momento. Hemos venido aquí a pasarlo bien, no a recordar...”. Y siguió caminando sin detenerse, con su hijo del brazo. Lo único que Ellen Todd permitió que siguiera en su cabeza era lo mucho que realmente admiraba a Jon Atlan, ella también, aunque su rol de madre preocupada no le permitiera demostrarlo.

Le doy a este relato
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