Capítulo 2
Un hogar con vistas a Central Park
« El Dirigible Atlántida.
Pocas construcciones en la ciudad de Nueva York, o en cualquier otra ciudad del mundo, guardan tanta historia entre sus paredes como este emblemático lugar. Exclusivo laboratorio, gimnasio de entrenamiento para héroes, almacén de algunas de las mayores y más modernas tecnologías del mundo, emplazamiento turístico por excelencia, y un símbolo de heroísmo y esperanza en el mañana. Todo eso y mucho más es el Dirigible Atlántida, y quizá sólo su prometedor futuro pueda ensombrecer su magnífica y brillante historia pasada.
Situado sobre los cielos de la Gran Manzana, directamente encima de la Calle 42 y la sede central de las Naciones Unidas, su perfil es uno de los más conocidos y fotografiados en todo el planeta, y aunque sus características han variado mucho a lo largo de los años (sobre todo a raíz de los progresivos descubrimientos científicos que se han llevado a cabo en él), su exterior ha permanecido más o menos inalterado.
Construido hace una década por la ya famosa Agencia Delta de la ONU, fue pensado desde el principio para albergar el cuartel general del popular aventurero y explorador Jon Atlan, Campeón y Embajador de la Isla de Axura ante el mundo. Sus tareas no eran sencillas, pues desde ese portentoso lugar entre las nubes comenzó a trabajar por el progreso y la evolución de todo un planeta. Robótica, ingeniería, medicina, tecnología de los alimentos… Cualquier disciplina con impacto en la sociedad tenía su hueco en el Atlántida. Pronto, un numeroso ejército de sabios e investigadores siguieron los pasos del Héroe, compartiendo sus descubrimientos con toda la Humanidad. Y al frente de ellos, se situó el célebre ganador del Premio Nobel de Medicina, el profesor Leonard Ono, nombrado Director Científico de la Agencia Delta.
(Actualmente Ono se encuentra inmerso en una delicada investigación en Siberia, donde trabaja en el esclarecimiento de los procesos de inmortalidad que conlleva el famoso Suero de Atlas, que el Embajador de la Paz trajo de su misteriosa isla mágica, y gracias al que ha aumentado la esperanza de vida en nuestro mundo hasta límites insospechados.)
(Desde la marcha de Ono, la organización del Dirigible Atlántida recae en las capaces manos de la Reina Lyra de Extinta, suprema líder científica de su nación, y esposa del Campeón Atlan. Y hay que decir que realiza su trabajo con tremenda eficacia.)
Siempre se ha dicho que, en un principio, el fin que Atlan esperaba para sí mismo y su destino era convertirse en alguna suerte de investigador científico extremadamente avanzado, que por medio de sus descubrimientos y exploraciones permitiera a la Humanidad alcanzar un paso más en su evolución global.
Pero las cosas le vinieron de otro modo.
Desde su primera aparición en 1931, en plena guerra de la Humanidad contra el maligno brujo atlante Ártemus Zang, se hizo evidente que el destino había pensado para el Héroe una ocupación algo más “activa”. Era un buen estratega, un cerebro privilegiado, pero más que cualquier otra cosa en el mundo, era un soberbio guerrero. Él solo formó la oposición del mundo libre contra la invasión de los hombres–pez voladores de Eunesos, y derrotó prácticamente en solitario las pretensiones imperialistas de Zang.
Entonces lo conocimos, y no pudimos más que rendirnos ante su poder.
Nos dio la libertad, y la voz necesaria para exigir un mundo mejor. Nos dio una conciencia, un progreso científico y social como nunca habíamos imaginado, una hermandad de todos los hombres y todas las naciones, y un futuro juntos.
Y cuando el planeta volvió a correr peligro, siempre estuvo ahí para defendernos. Daba igual que el enemigo fuera supremo, como el caso de Andrómaco, el Hombre Robot. O Dale Arrow y las Valkirias del Ártico. O la Isla del Dios de un Solo Ojo, o el General Cara de Póker, o el temido genio científico del profesor Emil Solgol, su más acérrimo enemigo.
Nada importaba… Él siempre estaría allí.
Y eso le granjeó una fama pocas veces vista en la Historia. La aventura resurgía. Un tipo osado tomaba las riendas cuando la situación se ponía dura, y defendía a costa de su propia vida la libertad y la paz en todo el mundo. La prensa le adoró. Cientos de periodistas, incontables artículos y fotos, y un increíble movimiento de masas por todos los países, alrededor del que consideraban su nuevo héroe.
Y desde entonces nunca nos ha fallado. Cinco décadas protegiendo el mundo libre, peleando por los derechos de los más necesitados, y luchando siempre por la paz.
El Héroe, el Aventurero, el Campeón Rubio, el Embajador de la Libertad.
Había nacido una leyenda.
Y toda, toda, está dentro del Dirigible Atlántida. (...) »
(Fragmento extraído del artículo “Jon Atlan: Un héroe enfrentándose a lo desconocido”, publicado en la revista JET-SET, con motivo del aniversario de su primera aparición pública).
Ellen Todd y su hijo caminaron presurosos por plena Calle 42, divisando a lo lejos su objetivo: la imagen blanca y refulgente del inmenso dirigible, llenando los cielos nevados de la Gran Manzana.
Llegaron enseguida al último puesto de la larga fila, y pronto vieron ante sí el grandioso helipuerto de altas columnas y puertas gigantescas, desde el que se realizaban los transbordos de pasajeros y mercancías con el impresionante cuartel general del Héroe.
Despacio, pero sin detenerse, la abundante masa de alegres turistas fue ocupando los grandes vehículos vacíos, blancas naves antigravitatorias dispuestas unas junto a otras, de forma ovalada, controladas por ordenador. Cuando ya hubieron entrado los ochenta viajeros por nave, finas puertas transparentes se cerraron tras ellos, y la avanzada computadora se puso en marcha. Sin ruido de motor, ni humo ni suciedad, apenas un débil zumbido anunciando su despegue, los hermosos vehículos empezaron a separarse del suelo, y juntos en formación, como una bandada de palomas en busca del sol, abandonaron la protección del ancho hangar, flotando en silencio por el gélido aire del invierno, hasta el dulce cobijo del gigantesco Dirigible Atlántida.
El viaje fue rápido, que no brusco, y terminó con la misma suavidad que había empezado.
Un inmenso portalón de doble hoja se abrió despacio frente a ellos, permitiendo el paso hasta una ancha sala de aterrizaje, donde ya descansaban no menos de cien pequeñas naves blancas idénticas a la suya. Y de éstas bajaban y subían constantemente una riada de personas con cámaras al hombro, técnicos vestidos con monos azules de la ONU, y enormes cajas marcadas por todos sitios con la palabra “FRÁGIL”.
Las puertas transparentes se abrieron de par en par, y el numeroso grupo de turistas fue libre de unirse a sus otros compañeros.
Estaban por fin en el Dirigible Atlántida.
Al fondo de la enorme sala estaba la prueba.
Siguiendo el río de gente entusiasmada, Ellen Todd y su hijo llegaron hasta una altísima pared cubierta por entero de un bellísimo mosaico de estilo antiguo. La imagen mostraba la clásica escena atribuida a la Atlántida, una isla tan grande como Asia y Libia juntas, situada frente al Estrecho de Gibraltar, y en cuyo centro estaba la ciudad reina, protegida por una serie de anillos de tierra y mar que la hacían inexpugnable.
En ese instante supieron que habían llegado a su destino, y una sonrisa feliz se dibujó en sus rostros.
Se acercaron con decisión a la enorme puerta giratoria que había a los pies del mosaico, y por la que constantemente entraban y salían numerosos grupos de personas, la mayoría turistas, bastantes científicos (se les distinguía bien por sus modales universitarios y su mirada abstraída, pero sobre todo porque solían marcharse del trabajo con la bata puesta), y unos cuantos técnicos de reparación (y no cualquiera, porque una maquinaria tan única y compleja como la que allí se usaba sólo podían conocerla y revisarla unas pocas personas en el mundo). Ellos dos se mezclaron sin dudar con la tremenda masa humana, y atravesaron apelotonados una de aquellas grandes puertas giratorias automáticas.
Tal y como rezaba la publicidad, “las puertas del Dirigible Atlántida siempre están abiertas a los visitantes”. Y era cierto. Constantemente llegaban al hangar nuevas remesas de pequeñas naves automáticas, y todas las numerosas puertas giratorias que éste lucía eran recorridas sin cesar por un océano de pequeñas cabecitas laboriosas, a cualquier hora del día o de la noche. Altos, bajos, gordos, flacos, con sombrero o con un kilt. Seres tan distintos como la noche y el día, en procesión infinita, transitaban a cada momento por aquel lugar privilegiado. Y todos buscaban allí su destino, fuera cual fuese.
De modo que no les resultó difícil llegar hasta el hall. Lo verdaderamente complicado vino después. Porque, tan pronto como cruzaban cualquiera de las puertas, esos curiosos personajes se dividían y repartían por doquier, distribuyéndose a gran velocidad por huecos y pasillos, como rápidas hormiguitas al levantar una piedra. Unos marchaban hacia el área de los ascensores, con gruesos maletines o abultados portafolios; otros se perdían por el fondo de la sala, con la cabeza llena de probetas y ecuaciones; y la mayoría se acumulaba en grupos reducidos en el abarrotado hall, con los ojos como platos y sin decir palabra. Era el poder de la fantástica imagen de aquel lugar.
Así que ellos dos quedaron solos, a un lado del hall, constantemente circundados por las caudalosas corrientes de personas, y sus ojos recorrían asombrados la estancia. Era inmensa, plagada de luz natural, proveniente de gigantescos ventanales situados en las grandes paredes de tono lechoso. El suelo era de mármol blanco, inmaculado, igual que el altísimo techo. Al fondo, con aspecto triangular, y dispuesto diagonalmente sobre la planta cuadrada, había un gran mostrador de mármol negro, con una sonriente señorita de larga melena rubia y traje de chaqueta azul, que atendía a los recién llegados. Tras ella, en la alta pared oscura, lucía un orgulloso símbolo que atraía todas las miradas: un magnífico tigre blanco tallado en altorrelieve, sobre un grandioso círculo de plata.
El símbolo de Jon Atlan…
Su tótem…
En ese instante podía uno darse cuenta de que realmente estaba entrando en su hogar.
Ellen Todd y su hijo se quedaron embobados mirándolo, asombrados, con los ojos muy abiertos. Y sonrieron, con la ilusión pintada en sus rostros.
Pero aquel mítico emblema no era lo más espectacular en el enorme hall del Dirigible Atlántida. En su centro y en los laterales, a modo de decoración, había numerosas estatuas y figuras, faraónicos monumentos de piedra gris, formidables, fastuosos, el sueño de la portentosa imaginación de un artista.
Era una inmensa exposición creada en piedra, con los rostros e imágenes de los principales amigos y enemigos que había tenido el Héroe a lo largo de su extensa carrera: allí estaba el enorme Big Tom Tanner (el fortísimo acromegálico que trabaja como responsable de seguridad en el Dirigible desde hace años), el joven y guapo piloto de cazas Dirk Darek (jefe de los Ases del Cielo, el escuadrón de aviadores que siempre escoltan a Atlan en sus aventuras), el temido Barón Niebla (que amenazó a toda Nueva York en los setenta con envenenar su agua de productos alucinógenos), la cruel Madame Cobra (líder de la secta del mismo nombre, que siempre castiga a sus rivales sometiéndolos a la letal mordedura del áspid) o el bonachón Ralph Shattershand (editor jefe del periódico sensacionalista “Commonwealth Diary”, que financió la expedición de sir Jacob Waller a la Atlántida, y que en su afán de vender más ejemplares puso en peligro a toda la Humanidad).
Había muchos, muchos más. El maligno Doctor Zero, que sometió Washington a su temible rayo congelante de nitrógeno líquido. La Alianza del Círculo Negro, hijos deformes de un antiguo culto de manipuladores genéticos, y que ahora llevaban su furia destructiva a las calles asfaltadas del Mundo Libre. O la anciana Möisha Lee, directora de la Corporación Star para el Reparto Equitativo de la Riqueza, y la mujer que enseñó a Jon Atlan todo cuanto sabe, allá en los viejos tiempos en que fue niño en la Atlántida.
Era un océano de estatuas fielmente representadas, y de flashes castigándolas de continuo. Ellen Todd y su hijo no fueron una excepción…
Pero lo más impresionante estaba en el centro. La estatua. La gran estatua. La formidable estatua de Jon Atlan de Axura. Tallada en piedra por Alesha Brown, la famosa y reputada escultora neoyorkina, constituía un espectacular monumento de casi tres metros de altura, propia de un coloso moderno.
Representaba a un hombre alto y fornido, de enorme y tensa musculatura, que sin embargo aparecía relajado, con una amplia sonrisa mirando al infinito. Su rostro era limpio y hermoso, de atractivas facciones, y fino cabello peinado hacia atrás. Su mentón era firme, y sus ojos profundos y sabios, de una inteligencia claramente portentosa.
Éste era Jon Atlan, el Héroe, el Campeón del Mundo Libre, tal y como apareció por primera vez en el ahora lejano 1931.
Vestía su clásica armadura de reminiscencias atlantes, con la fina coraza de tono esmeralda, y el enorme yelmo con cimera, que ahora mostraba sujeto en la mano izquierda. Y en la derecha, esgrimía el arma que le había hecho famoso y temido en todo el planeta: Dion, la Sagrada Hoja de Atlas, la espada de oricalco que forjó el mismo Poseidón para mostrar al mundo quiénes eran sus hijos. Y que el Héroe había recibido de las propias manos de Atlas, el primogénito del Dios del Mar.
La espada con la que había llevado la Justicia a todos los rincones de la Tierra.
Los turistas devoraban la estatua con los ojos, recorriendo sus cuidadas superficies, sus enormes contornos de piedra. Era él. Él de verdad. Su sueño de toda la vida.
Y en el inmenso pedestal de mármol había una placa de bronce, con una inscripción grabada:
« Que la gente de bien siga su ejemplo.
Que la gente de mal tiemble al verle. »
Porque ése era, al fin y al cabo, el lema que mejor representaba la carrera de este hombre único.
De pronto, una voz dulce y melosa, pero firme y potente, recorrió la sala:
– ¡Atención, visitantes! ¡El recorrido turístico está a punto de empezar! Si desean tomar parte en él, acompáñenme, por favor...
Los ojos de Trevor Todd se abrieron como platos, llenos de ilusión.
– ¡Mamá! ¡El recorrido turístico! ¡Tenemos que ir! ¡Es la visita guiada al Museo de Jon Atlan! ¡Y es gratis!
La mujer observó a su pequeño con sonrisa tierna. Sabía que, una vez allí, tenían que participar en toda la fiesta, o no tendría sentido. Aquel demonio de niño no le iba a dejar más opción que seguir adelante…
De modo que lo cogió de la mano y, sin decir palabra, caminó decidida hacia el punto de reunión, y hacia la señorita que había hecho el llamamiento. |