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1931 - Humanidad (III)
Gabriel Romero de Ávila Cabezón - Relatos de Scyla: Ciencia Ficción - 0 Comentarios - Puntuación: 1 puntos (VOTAR)
Protegedme de la sabiduría que no llora, de la filosofía que no ríe y de la grandeza que no se inclina ante los niños. (Khalil Gibran)
Capítulo 3

Recuerda


Critias: Escucha, entonces, Sócrates, un relato muy extraño, pero absolutamente verdadero, tal como en una ocasión lo relataba Solón, el más renombrado de los Siete Sabios de Grecia. Le contó a Critias, nuestro abuelo, que de viejo nos lo relataba a nosotros, que grandes y admirables hazañas antiguas de esta ciudad habían desaparecido a causa del tiempo transcurrido y la destrucción de sus habitantes, y, de todas, una, la más extraordinaria, convendría que ahora a través del recuerdo te la ofreciéramos como presente, para elevar al mismo tiempo loas a la diosa con justicia y verdad en el día de su fiesta nacional, como si le cantáramos un himno.

Sócrates: Bien dices. Pero, por cierto, ¿no explicaba tu abuelo cuál era esta hazaña que, según la historia de Solón, no era una mera fábula, sino que esta ciudad la realizó efectivamente en tiempos remotos?

Critias: En efecto. Es la historia de la hazaña más importante y, con justicia, la más conocida de todas las llevadas a cabo por los atenienses, pero que no llegó hasta nosotros, por el tiempo transcurrido y por la desaparición de los que tomaron parte.

Así pues, contaba mi abuelo cómo nuestra ciudad detuvo en una ocasión la marcha insolente de un gran imperio, la Atlántida, que avanzaba del exterior, desde el Océano Occidental, sobre toda Europa y Asia. En aquella época se podía atravesar aquel océano, dado que existía este continente ahora perdido delante de la desembocadura que llamamos columnas de Heracles. Este continente era mayor que Libia y Asia juntas, y estaba formado por islas, entre las que podían viajar cómodamente, y de las islas a toda la tierra firme que se encontraba frente a ellas. En este lugar, Atlántida, había surgido una confederación de reyes grande y maravillosa, que gobernaba sobre ella y muchas otras partes de la tierra firme, como eran los pueblos de Libia, hasta Egipto, y Europa hasta Tirrenia.

Esta potencia unida intentó una vez esclavizar en un ataque a toda nuestra región, Egipto y el mar interior que había frente a ellos. Entonces, el poderío de los atenienses se hizo famoso entre todos los hombres por su excelencia y fuerza, pues superaron a todos en valentía y en artes guerreras, condujeron en un momento de la lucha a todos los griegos, luego se vieron obligados a combatir solos cuando los otros se separaron, corrieron los peligros más extremos, y dominaron a los que les atacaban.

Alcanzaron así una gran victoria, e impidieron que los que todavía no habían sido esclavizados lo fueran, y al resto, cuantos habitaban más acá de los confines heráclidas, los liberaron con generosidad.

Posteriormente, tras un violento terremoto y un diluvio extraordinario, en un día y una noche terribles, la clase guerrera ateniense se hundió toda a la vez bajo la tierra, y la isla de Atlántida desapareció de la misma forma, hundiéndose en el mar. Por ello, aún ahora el océano es allí intransitable e inescrutable, porque lo impide la arcilla que produjo la isla asentada en ese lugar, y que se encuentra a muy poca profundidad.


(Fragmento extraído del diálogo “Timeo”, escrito por Platón alrededor del año 350 antes de Cristo, sobre la naturaleza de la Atlántida).





Unas cincuenta personas se reunieron en torno a la alta y delgada muchacha cuya voz les atraía hacia un rincón del poblado hall. De larga melena rubia y brillante, ojos claros y sonrisa luminosa, vestía como sus compañeras un elegante traje de chaqueta azul, con falda negra por encima de la rodilla, y altos tacones que llevaba con soltura. Y en la solapa, hermoso y llamativo, lucía un pequeño broche que la identificaba: redondo, azul y plateado, con un gran tigre blanco dibujado en el centro.
El uniforme era sobrio, pero correcto, diseñado por el prestigioso creador René Lavenaux (al que Atlan salvó una vez de morir horriblemente quemado, tras sufrir un largo secuestro por parte del Coronel Panzer, y luego ser arrojado a la boca de un volcán para entretener al Héroe mientras él escapaba; así, en agradecimiento, el afamado diseñador se encargó de toda la línea de vestuario del personal de servicio del Dirigible Atlántida).
Alrededor de la joven pronto llegó un numeroso y variopinto grupo de turistas ilusionados. De diferentes aspectos, razas, ropajes y lenguas, todos ellos compartían un mismo sueño: la visita guiada al Museo de Jon Atlan. Y se dirigían frenéticos hacia la muchacha, la devoraban con los ojos, sonreían embobados, y aguardaban expectantes cualquier movimiento. Y ella los manejaba con gracia natural, siempre risueña, guiándolos con sus blancas manos de pianista.
Había gente de raza blanca, negra, había asiáticos, nativos americanos, y muchos, muchos niños. Había niños altos y bajos, algunos guapos y simpáticos, y otros menos agraciados, e incluso había dos de ellos con parálisis cerebral, que acudían al llamamiento de la joven en sus sillas de ruedas, guiados por unos padres solícitos. Pero en ningún momento había tristeza en aquel grupo, ni compasión por ellos: el Dirigible Atlántida era un lugar de alegría, transmitía felicidad en cada esquina y cada pasillo, y absolutamente todos eran felices al entrar allí.
Cuando los tuvo reunidos, la dulce muchacha les fue entregando uno por uno diminutas cajitas blancas que extraía de una bolsa, y les hizo gestos para que las abrieran. Dentro había un único y minúsculo objeto, de color azul celeste: un auricular. Automáticamente, todos los turistas procedieron a colocárselo, y fue sólo entonces cuando la joven empezó a hablarles.
– Buenas tardes a todos. ¿Me oyen bien? El aparato que ahora llevan colocado en el oído es un traductor universal, capaz de interpretar casi cinco millones de lenguajes comunes, utilizados por todo el Universo Conocido. Fue inventado y patentado por el doctor Leonard Ono para la Agencia Delta, y es el pequeño ingenio que hará posible nuestra visita turística de hoy, sea cual sea su lengua materna y su país de origen. Incluyendo si hay entre ustedes algún espía infiltrado...
A medio camino entre asombrados y divertidos, los turistas rieron el chiste con ganas. Se miraban entre ellos, y por primera vez en sus vidas, podían entender cualquier idioma que les hablasen.
Como la mítica reunión de Pentecostés, pero en la moderna Nueva York.
Y cuando ella supo que todos la escuchaban de nuevo, empezó realmente el espectáculo.
– Bienvenidos al Dirigible Atlántida. Mi nombre es Mariah, y seré su acompañante a lo largo de este maravilloso viaje por la imaginación humana. Síganme, por favor. La visita está a punto de empezar…
La guía comenzó a andar hacia el fondo del hall, a la derecha del enorme mostrador de mármol negro, y todos caminaron detrás con aspecto obediente. Pero por dentro, sus corazones bombeaban ansiosos, y su presión se disparaba: por fin llegaba lo bueno.



El nutrido grupo se internó por un ancho pasillo de color crema, y desembocó en una amplísima sala de alto techo, decorada con un sinfín de cuadros y recuerdos de otra época, a las puertas de un auditorio.
– Bienvenidos a la primera parada de nuestro viaje: el descubrimiento público de Jon Atlan de Axura. Recuerden la escena: un viejo aventurero que afronta la que espera que sea su última expedición, y encara un espeluznante viaje a las profundidades del Océano Atlántico. Allí descubrirá una perdida civilización de hombres–pez, y sin quererlo desatará sobre el mundo la más terrible plaga que éste nunca haya conocido. Una invasión de guerreros y asesinos dispuestos a despoblar el Mundo de la Superficie. Corre el año 1931, y la Humanidad se encuentra indefensa…
» Acompáñenme, y serán testigos de primera mano de todo cuanto ocurrió...
Y con un simple gesto, les invita a cruzar la puerta.
El auditorio era inmenso, de planta semicircular y asientos elevados de fieltro azul. En el centro, ladeado a la derecha, había un magnífico atril marcado con el mismo símbolo de la guía turística, y donde ella se situó. Lentamente, los felices visitantes fueron entrando, buscando un asiento desde el que no se perdieran nada. Y poco a poco, los llenaron en silencio. La tremenda magnificencia del lugar les imponía de forma absoluta, haciendo que ninguno fuera capaz de mantener una conversación en voz alta. Como si esperasen algo indefinido que no terminaba de llegar.
Algo que empezó tan pronto como se sentó el último de ellos.
De repente, las luces se apagaron, y un estrecho y potente haz de luz impactó de manera vertical sobre el atril que ocupaba la joven.
– Bienvenidos, señores y señoras – dijo, lentamente, a través del micrófono –. Bienvenidos a un mundo diferente, a un universo complejo y vasto, plagado de maravillas. A un sinfín de razas perdidas y aventuras exóticas, siempre con el destino de la humanidad en juego. Pero tranquilos… No temáis perderos. Os guiará el más importante cicerone del mundo: ¡Jon Atlan de Axura!
Su luz se apagó, y muy despacio, como si cobrara vida propia, algo empezó a iluminarse en mitad de la pista. Al principio sólo era un reflejo tenue, como si dudara de mostrarse, vergonzoso. Pero luego fue tomando cuerpo, sustancia sólida, y lo que aquellos incontables ojos vieron formarse en la nada, en el aire intangible del formidable teatro, les dejó completamente apabullados: una imagen holográfica, una representación tridimensional, de un realismo incomparable, que mostraba en pie, ante ellos, a su Héroe.
Jon Atlan y su familia hacían una aparición virtual ante sus fans.
Allí estaba el Campeón, en el centro de la imagen, con su clásica mirada limpia y su cabello y barba dorados, sonriendo al espectador, transmitiendo fe y seguridad. Esposo, amigo, líder, científico, y posiblemente el hombre más inteligente del mundo. Y si él, que había descubierto tantos misterios del universo, y conocido la maldad en tantas de sus formas, se mostraba sereno y tranquilo, entonces todos podían sentirse igual.
A su lado, tan importante como él mismo o incluso más aún, estaba su esposa, la Reina Lyra de Extinta, toda calma y dominio. Alta y hermosa, con su larga melena totalmente blanca, y sus pálidos y fríos ojos azules. Monarca de su misteriosa nación de Hombres Neandertales escondidos en el Ártico, líder y guerrera, esposa y amante, y la mujer más bella del mundo. Su fortaleza era mítica, su voluntad indomable, y su carácter, un ejemplo a seguir. En los cincuenta fue acérrima defensora de los derechos femeninos, enseñando a las mujeres a encontrar su propio hueco en un mundo de hombres, y defenderlo con la misma vehemencia que sus compañeros. Todos sabían que aquella dama era una de las más generosas y amables, capaz de los mayores actos de amor y dedicación que puedan imaginarse… Pero también era cabeza de familia, una matriarca feroz en la defensa a rajatabla de los suyos. Con la mente más aguda y los instintos salvajes de un cazador, sumados a la voluntad inquebrantable de utilizarlos en la forma correcta. Admirada por muchos, temida por los malvados.
Y finalmente, pero sin duda el primero al que todos miraron cuando la imagen brotó del aire mismo, a la derecha de sus dueños, estaba la fornida y corpulenta figura de Lun, el Tigre Blanco, la bellísima mascota traída de Axura en aquellos lejanos años treinta. Fiel y bonachón, cariñoso y amable, pero terrible y feroz con el enemigo. Muchos rivales de su amo sintieron a lo largo de las décadas la mordedura cruel y las garras salvajes de esta criatura. Y muchos hombres de bien admiraron su nobleza y compartieron su afecto. Él representaba sin duda la definición misma de lo que significa ser un héroe.

Al verlos, el anfiteatro entero se puso en pie, de manera espontánea, y rompieron en aplausos.



– Ya conocen la historia – dijo la guía, con voz profunda y tono dramático –: Un hombre sin miedo, que surgió del pasado de la Tierra para enfrentarse a un presente envuelto en guerra, y asegurar un futuro para toda la Humanidad. Un aventurero sin límites, dispuesto a embarcarse en cualquier odisea y cualquier hazaña, por muy peligrosa que resulte, sólo por un sueño. Un viajero del mundo, decidido a romper las anticuadas barreras de la ciencia, y abrir un nuevo camino al mañana. Y el destino le hizo pasar pruebas sin fin, hasta proclamarlo como verdadero campeón de toda la Humanidad.
» ¿Cuánto debemos hoy a aquellos días? ¿Qué habría sido del mundo sin aquellos valientes? No sólo Atlan, sino el mismo sir Jacob Waller, un ejemplo de valor más allá de lo posible. El profesor Leonard Ono, prodigio de la ciencia y las más impensables maravillas. El doctor Sergei Ivanovich, director de la Estación Científica Omega Uno, en la ciudad voladora de Zymbalta. La propia Reina Lyra de Extinta, sabia historiadora de su raza y la nuestra. Y tantos, tantos más…
» Este planeta nunca jamás ha vuelto a ser el mismo…
» Nunca podremos valorar en su medida lo que estos hombres inmensos han hecho por nosotros.
Y mientras la muchacha hablaba, la imagen cambió, mostrando un sinfín de instantáneas de otra época, en un mal conservado blanco y negro. Podía verse la creación de un pequeño barco de exploración submarina, y los rasgos soñadores de un viejo aventurero canoso.
– Pero empecemos por el principio: la Misión Waller, organizada por el brillante explorador sir Jacob Waller, en aquel lejano año de 1931, con el fin de hallar los restos del continente perdido de la Atlántida. Tomó un barco, y un precario equipamiento, y se sumergió frente al Estrecho de Gibraltar con su turbulento sueño en la cabeza. Buscando transformar el mundo. Rompiendo los límites de la ciencia misma. Y lo logró.
» Lo que encontró fue lo más asombroso que nunca pudo haber imaginado. Halló la Atlántida, sí, pero no los restos arqueológicos de un continente perdido, sino una tierra viva, poblada por malignos hombres–pez transformados por la brujería, y que habían logrado sobrevivir a través de los siglos levantando una ciudad en lo más profundo del Océano, llamada Eunesos. Su líder, el terrorífico mago Ártemus Zang, capturó a Waller, y lo usó para convocar antiguos encantamientos que permitieron a los suyos respirar fuera del agua. Así empezó todo.
» Lo que había sido una loca aventura para descubrir el origen de la Humanidad, ahora se transformaba en una seria amenaza contra ella. Waller, aprisionado bajo el mar, tuvo que contemplar cómo un horrendo ejército de hombres–pez voladores atacaba el Mundo de la Superficie, destruyendo con facilidad a las numerosas tropas de la Sociedad de Naciones, y poniendo al mundo contra las cuerdas.
De pronto, el aire se arremolinó espontáneamente en la sala, mostrando a los ojos entusiasmados la imagen cruel y oscura de los soldados voladores de Eunesos, disparando sus gigantescos cañones portátiles sobre hombres inocentes.
– Pero no todo estaba perdido. Había alguien dispuesto a defendernos cuando nadie más podía. Surgió de un lugar aún más misterioso que Eunesos, liberó a sir Jacob Waller de su prisión en el fondo del Océano, y se dirigió solo a Nueva York, dispuesto a terminar la guerra. Y lo hizo…
» Llegó con ansia, y la furia de un guerrero, luchando con armas que nunca habíamos contemplado. Dion, su espada creada por los dioses… Urus, la mítica armadura de la Atlántida… y su moderna pistola de rayos paralizantes. Volaba, como un cometa de justicia que traía la paz a un mundo convulso y herido. Y alcanzó la paz en sólo unos días.
Viejas fotografías ocuparon la imagen, mostrando al Héroe cruzando el cielo, con su luminosa armadura de color esmeralda, y sus efectivas armas de origen místico. Luchaba, peleaba valerosamente contra los demonios voladores, limpiando el mundo de enemigos.
– Cuando lo vio, Ártemus Zang se estremeció en su dorado palacio en Eunesos. Porque sabía que estaban perdidos. Porque en el acto reconoció las insignias de Jon Atlan, heredero y campeón de Axura, la otra ciudad erigida por supervivientes de la Atlántida, creada sobre una isla mágica regalada por Poseidón, y que existe más allá del alcance de los hombres.
» Pero además, se estremeció porque sabía que su propia mezquindad venía a buscarle. Porque recordó que él mismo fue quien provocó la destrucción final de la Atlántida, hace diez mil años, al pactar con el dios Hades en contra de Poseidón. Al extender por el magnífico continente la peste del poder impío del infierno. Y el Dios del Mar lloró aquel día, viendo la isla que pobló con sus brillantes hijos, consumida por la podredumbre y la muerte. Destruida por un maremoto horrendo que segó muchas vidas.
» Poseidón no quiso tolerar aquello, y como un acto final de amor inmenso, salvó del Holocausto a la Familia Real de la Atlántida, los hijos y herederos de su propia estirpe, a los que entregó el presente de una nueva isla que gobernar, lejos de las ruindades y maldad de los hombres. Ellos crearon Axura, que significa “El paraíso en la tierra”, y existieron felices por toda la eternidad. El resto, fue consumido por la crueldad de Hades, y transformados para su vergüenza en grotescos hombres–pez, que habrían de sufrir en sus propios cuerpos lo que significa traicionar a un dios.
» Ahora, en el momento que Zang consideraba su mayor éxito sobre el Mundo de la Superficie, el Campeón de Axura volvía de su isla apartada, para devolver la Justicia al planeta Tierra. Y lo consiguió.
Y ante sus ojos, un solo hombre vestido con armadura lograba hallar el medio para derrotar a un infinito ejército de demonios. Los hombres–pez capitulaban, y el brujo Zang era perseguido y atrapado en su viejo sarcófago atlante, del que se decía que extraía el poder de Hades para sus fines malignos. Allí reposaría, inmóvil y enclaustrado, por toda la eternidad.
Y de pronto, la sala se vio llena de enormes vítores, y música de celebración, cuando el frío holograma mostró a los turistas una fecha inolvidable: el 1 de Enero de 1932. El día en que volvió la paz al mundo.
La llamada Guerra de la Atlántida había oficialmente terminado, y todo era fiesta y alegría entre los hombres y mujeres que habían tenido que sufrirla. Nadie podría olvidarla nunca, y todavía quedaban muchas heridas por sanar… pero en este día no podían más que sonreír, y mirar al cielo esperanzados.
Se habían ganado una segunda oportunidad.



Y en ese instante, resonaron en sus oídos unas palabras que ya eran parte de la Historia del Mundo, y contemplaron la imagen del héroe que los había salvado del desastre, y el discurso que pronunció en una capital aún asolada por los fuegos de la guerra.
– Señoras y señores… muchos de ustedes todavía no me conocen. Y quisiera que nunca hubieran tenido que conocerme. Mi presencia aquí es consecuencia directa del horror que vimos desatado sobre el mundo, y que sólo duramente hemos logrado rechazar. Mi nombre es Atlan, heredero de la Familia Real de Axura, portador de la espada Dion, y de los favores del Dios del Mar. Provengo de una isla más allá de los sueños y conocimientos de los hombres, creada por los escasos supervivientes de un reino antaño brillante y magnífico, destruido por la misma maldad a la que hoy hemos vencido. Y temo que, por desgracia, parte de la culpa por la guerra que ha asolado el mundo durante estos meses, recae sobre mis hombros. O al menos, sobre los de mis ancestros.
» Mis raíces se extienden por la honrosa genealogía de la Atlántida, cuyas tierras fueron sepultadas por las aguas del mar hace ahora diez mil años. El brujo Ártemus Zang, responsable máximo de la invasión de estos meses, era entonces consejero real de la Atlántida, y condujo a la influenciable provincia de Gadiro por extrañas sendas de brujería, jurando lealtad al corrupto dios Hades, en vez de al noble Poseidón cuya sangre corría por nuestras venas. Por culpa de esa traición perdimos el favor de nuestro padre, y los ejércitos de la Atlántida fueron masacrados por las sencillas tropas de Atenas, que reunieron bajo su bandera a toda la coalición de pueblos griegos, e incluso a los egipcios y otras razas, que hasta entonces nos debían fidelidad. Pero no terminó allí su vileza…
» Los traidores vendieron a Hades las almas de todos los pobladores de la Atlántida, y un terrible maremoto asoló la isla, destruyéndola por completo. Sus templos, su magnificencia, se hundió para siempre bajo el mismo mar que idolatrábamos. El Dios de los Muertos reía a carcajadas, en su negro templo bajo la tierra, pensando en los incontables siervos que habrían de unirse a sus legiones.
» Pero nuestro auténtico señor aún no había dicho su última palabra… Poseidón no podía tolerar que se hiciera tal uso de unas olas que en verdad le pertenecían a él, y antes que ver a todos sus hijos muertos y masacrados, salvó en el último instante a aquéllos que todavía le eran fieles, abriendo un camino en el mar que pudieran recorrer andando hasta la salvación. Les premió por su lealtad, otorgándoles la vida. Y les regaló una isla, un lugar mágico y aislado, donde pudieran ser felices por siempre, sin caer jamás en las tentaciones del mundo.
» Y el resto de los atlantes, los traidores, los causantes de la maldición, fueron transformados por su propia brujería, convertidos en monstruos por las mismas fuerzas arcanas que pretendían dominar. Serían hombres–pez, horrores vivientes, padeciendo día a día la condena que pretendían hacer sufrir a los demás. Ellos fundaron Eunesos, la ciudad bajo el mar, que en nuestra vieja lengua significa “La verdadera isla”, mientras los Antiguos Reyes creaban Axura, “El paraíso en la Tierra”.
» Y debo decir, con pena, que desde ese instante nos despreocupamos de ellos, de su futuro, de sus actos malignos, porque creímos que nunca más podrían hacer daño a otros seres vivos. Nos aislamos, en nuestra maravillosa isla perdida, y no atendimos a lo que estaba ocurriendo fuera. Y por desgracia, el destino volvería a unirnos. Con ellos, y con los hombres mortales que habitan ajenos a tales tragedias.
» Hace unos meses, el aventurero Jacob Waller encontró Eunesos, y creyó poder cambiar el mundo con sus actos. Por desgracia, sólo liberó el horror. Zang, preso en su forma de hombre–pez, usó a Waller como vehículo, y lo sometió a embrujos antiguos para aprender su misma forma de respirar aire. Y así, otorgó a los suyos la capacidad de vivir fuera del mar. Y lo usaron para atacar el Mundo de la Superficie. Pudieron haber buscado convivir con los hombres, y compartir las riquezas que ambos poseen… Pero Zang y los suyos son malignos, seres envenenados por un rencor de diez mil años, demasiado viejos y demasiado crueles para cambiar.
» Ésa es la razón de esta guerra, señoras y señores. La capacidad de aventura de un hombre inocente, su deseo de cambiar el mundo, y la maldición que inadvertidamente dejó crecer. Pero sobre todo, la ignorancia de unos Reyes más antiguos que la moderna Humanidad, la confianza en que todo estaba resuelto, y una responsabilidad que no supimos cumplir. Fallamos. Axura falló, en su obligación de vigilar el ascenso de poder de Eunesos. Axura no cumplió con sus viejos deberes. Y por ese motivo me envió a mí, campeón y heredero de sus tierras, hijo de su dios, y devoto de sus leyes, para que pusiera fin a tales desastres.
» Hoy he triunfado, hemos triunfado todos, y logramos una victoria difícil y escurridiza. Pero eso no me libera de la dura responsabilidad que no cumplimos. Hoy quiero pedir perdón ante el mundo, en nombre del Consejo de Reyes de Axura, y reforzar mi compromiso. Nuestra política de aislamiento ha resultado ineficaz, absurda y estúpida. Hoy quedó claro que todos somos hijos de los mismos dioses, y compartimos un futuro común. Axuranos, europeos, africanos, americanos… las razas son sólo aspectos que no deben separarnos. El destino que afrontamos hoy debe ser regalo común a todos los hombres de la Tierra.
» Esta victoria habría resultado imposible sin la ayuda y la participación de las distintas naciones de este mundo. Hoy hemos aprendido una valiosa lección: sólo obtendremos el auténtico progreso cuando aceptemos que la sangre que corre por nuestras venas es la misma. El día en que olvidemos eso, estaremos abocados a una nueva guerra.
» Muchas gracias.



Y entonces, como ahora, todos los presentes se pusieron en pie, y rompieron en aplausos. Muchos lloraban, otros gritaban de júbilo, pero todos sentían como suya la alegría de pertenecer a una Humanidad compleja y unida.
Alegría y compromiso. Eso significaba Jon Atlan…



La imagen se disolvió lentamente, y el enorme cañón de luz volvió a alumbrar a la dulce guía turística, de pie en su atril marcado con un grandioso tigre blanco.
Pero cuando habló, esta vez su voz sonaba mucho más grave y severa.
– Así empezó todo, y de eso han pasado ya muchas décadas. Pero ni el empuje ni la decisión de este hombre único han mermado en ese tiempo. Ha afrontado peligros sin fin, enemigos mortales y tragedias inmensas, pero su compromiso sigue firme: dar todo lo que esté en su mano por el progreso de la Humanidad. ¿Vamos a hacer menos nosotros?
» No es su fuerza, ni su avanzada tecnología, lo que le convierte en Jon Atlan. Muchos otros seres a lo largo de la Historia han ostentado capacidades e inventos similares, algunos incluso llegando a ser enormes genios científicos, y sin embargo ahora se encuentran en bandos opuestos. El portentoso Andrómaco, el primer Hombre Robot que hubo en el mundo. El premio Nobel de Química Jon Vandral, que luego enloqueció y se transformó a sí mismo en el maligno Hombre Lagarto. O el portentoso cerebro del mal a las órdenes de Stalin, el profesor Valentín Emil Solgol… ¿Qué les diferencia de Atlan?… Simplemente la voluntad de ser un héroe, con todo lo que eso conlleva. Por mucho que pase el tiempo, por muchos horrores y aventuras que contemple…, nada le hará flaquear.
Y mientras hablaba, a su espalda el aire volvió a cobrar vida, y de la nada surgió de nuevo el mundo fantástico del Campeón de Axura. Y ante sus ojos se sucedió a gran velocidad un tropel de escenas, entresacadas sin orden de una larga vida de gloriosas aventuras: las antiguas oficinas de la Agencia Delta en París, la destrucción de la Atlántida bajo el poder de las aguas, la firma del Tratado de Cooperación entre Axura y la ONU en el cuarenta y cinco, la formalización del esperanto como lengua común en todo el planeta, el uso generalizado y popular de la alquimia, coches automáticos movidos por baterías eléctricas, y conducidos por ordenador.
El Centro Meteorológico Antártico de control del clima. El Hotel Atlántida, para vacaciones bajo el mar. Las Diademas de Inducción Mnésica, que inculcan conocimientos durante la noche a través del sueño R.E.M. (con la famosa campaña “Aprender durante el sueño” de 1971). Las míticas Puertas de Oro de la Atlántida. El regreso de Ártemus Zang y sus temidos hombres–pez voladores, causando la Guerra de Australia en el setenta y cinco, y sus millones de muertos. Los terribles experimentos de transformación animal del profesor Emil Solgol. La Corporación Star para el Reparto Equitativo de la Riqueza.
Ciudad Lunar, con sus cinco millones de colonos, protegidos bajo una cúpula de metacrilato. Extinta, el Valle de las Razas Olvidadas, con sus cielos y sus bosques plagados de saurios. Volcania, la Nación de Lava que existe en el Centro de la Tierra. Zymbalta, la Dimensión Onírica. Laputa, la Ciudad en las Nubes…



Y finalmente, brilló rutilante a sus ojos la imagen definitiva, la que todo lo resumía y todo significaba: Jon Atlan, altivo y sonriente, corriendo decidido de cabeza al peligro.
Desafiando lo desconocido.
– ¡Bienvenidos al Dirigible Atlántida! – gritó la guía turística –. ¡Bienvenidos al apasionante mundo de lo fantástico!
Las puertas se abrieron. El infinito les esperaba ahí fuera.



– ¡Uauh, mamá! ¡Ha sido increíble! ¿A que sí?
Todos los visitantes empezaban lentamente a abandonar el enorme anfiteatro, con los ojos y las bocas abiertos y petrificados, las gargantas enmudecidas, y la mente llena de prodigios.
– ¡Jo, mamá, ha sido alucinante! ¿Viste cómo molaba el tigre blanco? ¿Y la batalla con los hombres–pez? ¿Y Extinta, donde todavía hay dinosaurios, y la gente los monta como si fueran caballos? ¡Jo, qué guay! ¿A que sí, mamá? ¿Eh, mamá? ¿Mamá…?
Pero Ellen Todd no era capaz de responder. Su cabeza estaba ahora poblada por las incontables maravillas que había descubierto. Y durante un segundo, dejó de ser una madre para convertirse de nuevo en una niña pequeña. Había recuperado su capacidad de fascinación.
Eso significaba Jon Atlan, ese sueño magnífico de aventuras sin fin, villanos por vencer y mundos por explorar. Siempre había un nuevo reto por delante, otra barrera que romper, otro imposible que dejaba de serlo. La ilusión en el alma de cualquier hombre, el sueño de cualquier visionario,… la sonrisa de un niño.
Un héroe.
¿Qué hay más sencillo y a la vez más complejo que eso?

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