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1931 - Humanidad (IV)
Gabriel Romero de Ávila Cabezón - Relatos de Scyla: Ciencia Ficción - 0 Comentarios - Puntuación: 21 puntos (VOTAR)
Protegedme de la sabiduría que no llora, de la filosofía que no ríe y de la grandeza que no se inclina ante los niños. (Khalil Gibran)
Capítulo 4

La batalla interminable



Critias: Tal como dije antes acerca del sorteo de los dioses – que se distribuyeron toda la tierra, aquí en parcelas mayores, allí en menores, e instauraron templos y sacrificios para sí –, cuando a Poseidón le tocó en suerte la isla de Atlántida la pobló con sus descendientes, nacidos de una mujer mortal.

En dicha isla habitaba uno de los hombres que habían nacido de la tierra, Evenor de nombre, que convivía con su mujer Leucipe. Tuvieron una única hija, Clito. Cuando la muchacha alcanzó la edad de tener un marido, murieron su padre y su madre. Poseidón la deseó, y se unió a ella, y, para defender bien la colina en la que habitaba, la aisló por medio de anillos alternos de tierra y mar de mayor y menor dimensión: dos de tierra y tres de mar en total, cavados a partir del centro de la isla, todas a la misma distancia por todas partes, de modo que la colina fuera inaccesible a los hombres.

Entonces todavía no había barcos, ni navegación.

Allí engendró y crió cinco generaciones de gemelos varones, y dividió toda la isla de Atlántida en diez partes, y entregó la casa materna y la parte que estaba alrededor, la mayor y mejor, al primogénito de los mayores, y lo nombró rey de los otros. A los demás los hizo gobernantes, y encargó a cada uno el gobierno de muchos hombres, y una región de grandes dimensiones. A todos les dio nombres: el mayor y rey, aquél del cual la isla y todo el océano llamado Atlántico tienen un nombre derivado, llevaba el nombre de Atlas, o Atlante. Al gemelo que nació después de él, al que tocó en suerte la parte externa de la isla, desde las columnas de Heracles hasta la zona denominada ahora en aquel lugar Gadirica, le dio en griego el nombre de Eumelo, pero en la lengua de la región, Gadiro. Su nombre fue probablemente el origen del de esa región. A uno de los que nacieron en segundo lugar lo llamó Anferes, al otro, Evemo. Al que nació primero de los terceros le puso el nombre de Mneseo y al segundo, Autóctono. Al primero del cuarto par le dio el nombre de Elasipo, y el de Méstor al posterior. Al mayor del quinto par de gemelos le puso el nombre de Azaes y al segundo, el de Diáprepes.

Todos éstos y sus descendientes vivieron allí durante muchas generaciones, y gobernaron muchas otras islas en el océano, y también dominaron las regiones interiores hacia aquí, como ya se dijo antes, hasta Egipto y Etruria.

La estirpe de Atlas llegó a ser numerosa y distinguida. El rey más anciano transmitía la monarquía siempre al mayor de sus descendientes, y la conservaron a lo largo de muchas generaciones. Poseían tan gran cantidad de riquezas como no tuvo nunca antes una dinastía de reyes, ni es fácil que llegue a tener en el futuro, y estaban provistos de todo cuanto era necesario proveerse en la ciudad y en el resto del país. En efecto, aunque importaban mucho del exterior a causa de su imperio, la mayoría de las cosas necesarias para vivir las proporcionaba la isla.

Entonces era más que un nombre la especie del oricalco, que se extraía de la tierra en muchos lugares de la isla, el más valioso de todos los metales entre los de entonces, con la excepción del oro.

Lo relativo a los puestos de gobierno y los honores estuvo ordenado desde el principio de la siguiente manera. Cada uno de los diez reyes imperaba sobre los hombres y sobre la mayoría de las leyes en su parte y en su ciudad, y castigaba y mataba a quien quería. El gobierno y la comunidad de los reyes se regían por las disposiciones de Poseidón, tal como se las transmitía la constitución y las leyes escritas por los primeros reyes en una columna de oricalco que se encontraba en el centro de la isla, en el templo de Poseidón, donde se reunían, bien cada lustro, bien, de manera alternativa, cada seis años, para honrar igualmente lo par y lo impar.

Había muchas otras leyes especiales acerca de los honores de cada uno de los reyes; lo más importante: no atacarse nunca unos a otros, y ayudarse todos en caso de que alguien intentara destruir la estirpe real en alguna de sus ciudades, y tomar en común, como antes, las determinaciones concernientes a la guerra y a otras actividades, bajo la conducción de la estirpe de Atlante.

Y así, sobre la base de tal razonamiento, y mientras permanecía en ellos la naturaleza divina, prosperaron todos sus bienes.

Mas cuando se agotó en ellos la parte divina, porque se había mezclado muchas veces con muchos mortales, y predominó el carácter humano, ya no pudieron soportar las circunstancias que los rodeaban, y se pervirtieron, y al que los podía observar les parecían desvergonzados, ya que habían destruido lo más bello de entre lo más valioso, y los que no pudieron observar la vida verdadera respecto de la felicidad, creían entonces que eran los más perfectos y felices, porque estaban llenos de injusta soberbia y de poder.

El Dios de Dioses, Zeus, que reina por medio de leyes puesto que puede ver tales cosas, se dio cuenta de que una estirpe buena estaba dispuesta de manera indigna, y decidió aplicarles un castigo para que se hicieran más ordenados y alcanzaran la prudencia. Reunió a todos los dioses en su mansión más importante, la que, instalada en el centro del universo, tiene vista a todo lo que participa de la generación y, tras reunirlos, dijo...

(Fragmento extraído del diálogo “Critias”, escrito por Platón alrededor del año 350 antes de Cristo, sobre la naturaleza de la Atlántida. El texto termina así, abruptamente. Parece que no pudo terminarlo, o no ha llegado completo a través de la Historia).




Pero la visita guiada aún no había terminado. En realidad no estaba más que empezando.
Tras la sala de proyecciones se hallaba el auténtico museo. Catorce salas, amplias y espaciosas, que recorrían desde muy diferentes aspectos todo el extraño mundo alrededor del Campeón de Axura. Sus inicios, amigos y enemigos, batallas cósmicas, mundos perdidos, razas alienígenas, objetos prodigiosos, o los misterios de la ciencia… Todo estaba representado allí, para que pudieran disfrutarlo.
Sin guía, sin prisa, los turistas podían caminar pausadamente entre los recuerdos y maravillas de sus héroes, y agotar cien carretes de fotos en un solo día.
Como estaban dispuestos a hacer Ellen Todd y su hijo.
Pero no iba a ser tan fácil…



De pronto, una gruesa pared de plomo y hormigón saltó en pedazos, y un mar de puños y pies cayó enmarañado en mitad de la visita turística. El nutrido grupo se apartó automáticamente, presa del miedo más puro, y entonces contemplaron lo que les había caído del cielo: un horror, una bestia sin nombre, un ser monstruoso y repulsivo. Sólo lejanamente recordaba su figura a la de un inmenso gorila africano, pero sus ojos brillaban con un fulgor maligno, y sus manos despedían una potente luz, brillando al rojo vivo.
La cosa volvió su horrenda mirada hacia el público, y babeó, presa de una furia como nunca ha conocido el Hombre. Y de su garganta brotó una voz grave y demoníaca, como ácido que se derramara sobre el suelo:
– ¡Argh! ¡Despreciables humanos! ¡Hoy descubriréis la maldad de la que es capaz Mingol, Rey Emperador de los Sub–Hombres!
Y a su espalda, sonó una potente voz de varón:
– ¡Cuidado! ¡Ha caído en un área de civiles! ¡Está en mitad de la zona turística!
Y entonces lo vieron. Su héroe, el mismo que habían seguido en tantas ocasiones, el que protagonizaba el intenso espectáculo que habían vivido en directo, estaba ahora en plena batalla contra un monstruo.
Jon Atlan corrió desde la habitación contigua, luciendo su orgullosa armadura de la Atlántida. Luchando de nuevo por la verdad y la justicia.
Y todos se quedaron paralizados en el acto, con expresión embobada.
– ¡Lyra! – gritó el Campeón –. ¡Protege al público! ¡Yo trataré de sacarlo de ahí!
Y notaron que hablaba con tremenda seguridad y aplomo en su voz. Como si realmente hiciera este tipo de cosas a cada momento…
Tan absortos se hallaban los turistas en la contemplación del Héroe, que no vieron llegar a su esposa hasta que la tuvieron al lado. Lyra Atlan, Reina de Extinta, surgió ante sus ojos desde una trampilla en el techo, y lucía los vaporosos tules propios de su nación, sobre una compacta armadura de batalla.
La Mujer Guerrera volvió un segundo sus preciosos ojos azules en dirección al concurrido grupo de turistas, y apuntó hacia ellos un diminuto cilindro de metal. Y al momento la densidad del aire subió de forma ostensible. Y ellos supieron que estaban protegidos por un impenetrable campo de fuerza.
El monstruo quedó paralizado un segundo, con una rara expresión de incredulidad. De humana incredulidad. Pero enseguida la cambió por odio.
– Muy bien, hembra – dijo sonriendo –. ¿Quieres proteger a tus cachorros? Entonces arrancaré ese maldito aparato de tu mano muerta, desactivaré el campo de fuerza que has levantado en torno a ellos, y luego… ¡me comeré sus hígados!
Y saltó hacia ella, mostrando sus largos dientes afilados, y apartándose del grupo de turistas. Como ellos pretendían.
Ése fue el instante que aprovechó Atlan para recuperar la ventaja. Corrió desde el fondo de la sala, con sus atronadores pasos de roca, fijó su mirada en el horrendo monstruo de fauces babeantes, gritó su furia de bestia salvaje, y propinó un terrible derechazo que sacudió todas las ventanas del lugar. El gorila voló por el cielo, atravesando el mismo hueco por el que había llegado, y desapareció de la vista.
– ¡Ve tras él! – dijo Lyra –. Yo me ocuparé de la gente.
Y el Hombre de Axura se puso en marcha, corriendo tras su enemigo.
Mientras, la Reina Guerrera se volvió hacia la tranquila guía turística (la cual, extrañamente, lograba mantener la calma incluso en medio de aquel desastre).
– Mariah – le dijo, con voz clara y firme –, programa X29-3. Prioridad: evacuación y protección de la población civil.
Justo en ese instante, se acercó corriendo un pelotón de seis hombres armados con extraños fusiles marrones, y vestidos con monos azules y cascos. En la espalda lucía cada uno el clásico símbolo del tigre blanco en un círculo de plata. Trevor Todd había leído sobre ellos en una revista: eran los Star S.W.A.T., el Equipo de Operaciones Especiales de la Policía de Nueva York destinado al Dirigible Atlántida, encargados por encima de todo de proteger a la numerosa población civil que ocupaba siempre aquella base, colaborando para ello con Atlan y su familia en la batalla interminable contra el mal.
Su líder era el valeroso Teniente Big Tom Tanner, un terco cuarentón irlandés de cabeza pelada y cara de pocos amigos, feo y acromegálico, con el historial más brillante de toda la ciudad, y los métodos más expeditivos.
Tan pronto como llegó a la enorme sala destruida y entendió lo que pasaba, con sólo una breve mirada en derredor, Tanner distribuyó a sus hombres inmediatamente.
– ¡McDonald, izquierda! ¡Vergara, derecha! ¡Yeh, asegura la puerta! ¡Los demás, conmigo!... ¡Señora Atlan! ¿De qué se trata?
La Mujer Guerrera se volvió hacia él, y supo que estaba hablando con alguien de fiar.
– Se llama Mingol, Teniente. Es el Comandante en Jefe del llamado Ejército Rojo, y Rey Emperador de la Raza de los Sub–Hombres. El más terrible de los experimentos genéticos del maldito Emil Solgol, y el último de sus sistemas de emergencia. Le encargó destruir Ciudad Lunar en caso de que él mismo no pudiera hacerlo. Era Mingol quien pilotaba ese enorme robot que apareció esta mañana en la Luna. Mi marido lo capturó, no sin dificultad, y lo mantenía en animación suspendida, pero debía haber algún mecanismo de activación automática oculto en su ADN. Se despertó de pronto, hirió a Lun y escapó. Ahora está suelto, y terriblemente descontrolado…
– ¿Qué puede hacer? – preguntó Tanner, mientras amartillaba su fusil paralizador.
– Posee el material genético de un gorila terrestre, y lo que llama “El toque de fuego”. Mata con sólo un roce de sus manos, y lo guía un cerebro con tanta capacidad como el del propio Solgol. Odia a toda la especie humana, y su único fin es exterminarnos. No es más que rabia ciega, y sed de sangre.
– Muy bien – respondió el policía, entornando los ojos –. Una amenaza de clase A, entonces.
De repente, un trueno llenó el aire, y el fornido cuerpo de Jon Atlan voló sin control, de un extremo al otro. Lyra Atlan reaccionó por instinto, y activó de nuevo su campo de fuerza. En un segundo, el Héroe de Axura se detuvo en medio de la nada, y luego bajó lentamente hasta el suelo.
– Gracias, cariño – dijo, poniéndose en pie –. No creí que fuera a alcanzarme. De no ser por la armadura…
Pero a ella no le dio tiempo a contestar, porque en ese momento, chillando como un monstruo, el gorila volvió a cruzar el agujero.
– ¡Vuelve aquí, humano, y te arrancaré los ojos para hacerme un collar!
Y sus manos lucían como si de ellas brotara lava…



Mientras, al otro lado del salón, la oficial de policía Michelle Yeh custodiaba la puerta con su fusil paralizador, al tiempo que la guía turística llevaba deprisa a los visitantes hacia el abarrotado hall. Sonó la estridente alarma que correspondía a una amenaza de clase A, y por todas partes los muros mostraban un letrero brillante sobreimpresionado:

VILLANO ATACANDO EL DIRIGIBLE.
POR FAVOR, VAYAN ORDENADAMENTE HACIA LAS ÁREAS DE EVACUACIÓN.

Y cientos de investigadores, viajantes, agentes de Bolsa y empleados diversos tuvieron que salir de allí a toda prisa, pero sin miedo, y de manera organizada, tal y como les habían enseñado en los cursillos.
Pero la visita turística no tendría tanta suerte…
Cuando ya la mayoría de visitantes habían abandonado la gran estancia semi–derruida, el monstruo se lanzó sobre ellos. Surgió de la nada, con un portentoso salto que cruzó la estancia, y su aspecto era cada vez más deforme. Se volvía a cada minuto más voluminoso y diabólico, con unos ojos inyectados en sangre y unas fauces gigantescas babeando en el suelo. Sus brazos eran inmensas llamaradas que alumbraban todo el salón, y sus pies, enormes garras clavándose en el suelo.
– ¡Está mutando! – gritó Atlan desde atrás –. ¡No es realmente humano, y sólo se deja llevar por su instinto!
– ¿Y qué esperas? – dijo la bestia –. ¡No os merecéis sino la muerte, despreciables monos involucionados, pretendidos amos de un mundo que os rechaza! Pero no habrá de ser hoy que eso ocurra… Estoy solo, en medio de territorio enemigo, y haré lo necesario para volver con los míos… ¡y devolveros algún día tanta indignidad!
Eso quería decir una sola cosa: el monstruo iba a intentar huir por la puerta. Le tocaba a la agente Yeh controlar la situación. Afianzó los pies en el suelo, contempló a su enemigo cara a cara, y disparó su arma. El rayo de energía impactó de lleno en el pecho de la bestia, y gritó, llena de rabia y maldad. Pero no de dolor. Porque tan pronto como aquel disparo recorrió por entero su cuerpo, las células mutadas del gorila se transformaron automáticamente, usando sus nuevos poderes para burlar la eficaz energía paralizadora como si nunca le hubiera tocado.
Rugió, y su furia homicida estremeció todo el dirigible. Buscaba sangre, y no iba a saciarse con facilidad. Miró a quien le había hecho daño, con unos ojos que destilaban la maldad más pura y salvaje, y proyectó hacia ella sus dos grandes manos, que estaban hechas de fuego.
Todo ocurrió muy deprisa. La agente Yeh no podía competir con la inhumana velocidad de la bestia salvaje, y la lengua de fuego cayó sobre ella, dejándola indefensa. Pero alguien se interpuso en el camino de la muerte: Mariah, la guía turística. La hermosa joven de rubio cabello saltó como un rayo al paso del monstruo, y las llamas hicieron enseguida presa en sus elegantes ropas, luego en su pelo, y finalmente en su piel. La figura entera ardió como una antorcha, con el fuego danzando cruelmente alrededor de su carne blanca. Y cuando ésta se consumió también, en apenas un segundo, todos contemplaron lo que había por debajo: cables y circuitos, engranajes, chips, en lugar de arterias y órganos.
Aquella educada y fiel mujer era en realidad un androide, como la mayoría del personal de servicio del Dirigible Atlántida, y había entregado lo que ella tenía por vida con el fin de cumplir su programación: cuidar de los humanos que estaban a su cargo.
Michelle Yeh se estremeció de horror, al ver a una máquina asumir el destino que le correspondía a ella, y le embargó la furia. Disparó dos veces, tres, y la bestia se retiró frustrada.
– ¡Hay que apartarlo de la gente! – gritó el Teniente Tanner –. ¡Abrid fuego! ¡Empujadlo hacia la esquina!
– ¡Cuidado! – gritó Atlan –. ¡Está demasiado cerca!
Y era cierto. La destrucción de la guía turística había dejado perdidos a unos pocos visitantes rezagados, apenas un grupo de tres mujeres y un niño. El monstruo los vio, y decidió ganar alguna ventaja. Apagó las llamas, y rodeó por la cintura al más pequeño de los civiles, atrayéndolo hacia sí.
El niño Trevor Todd, de Cabot Mills, Utah.
– ¡No! ¡Hijo mío! – gritaba Ellen Todd, llena de pánico.
El Héroe alargó una mano hacia la mujer, y la apartó del crío, evitando así que el monstruo tuviera dos rehenes. Y se preguntó hasta dónde llegaba la inteligencia de aquel gorila mutado, y hasta dónde su inhumana brutalidad.
– ¡Apartaos de mí! – chillaba Mingol –. ¡No me importará nada arrancarle la cabeza al chico, y lo sabéis!
– ¡Déjalo marchar! –. le dijo el Héroe –. Todo esto es ridículo. Tu gente ya no existe, monstruo. Los Sub–Hombres fueron detenidos y apresados hace meses, después de frustrar su intento de invasión del Continente Europeo. ¡Están todos en jaulas!
– ¡Mientes! – respondió el animal, más intentando convencerse a sí mismo.
– No, no miento. Tu querido amo, el maldito Emil Solgol, los usó como mano de obra en un burdo intento de conquista. Arrasaron Europa, y se perdieron muchas vidas. Tuvimos que pelear duro para vencerle…
– ¿Y… Y Solgol? – preguntó, con la duda sembrada en su cerebro –. ¿Dónde está ahora Solgol?
El Hombre de Axura le miró a los ojos, y habló con la mayor franqueza de toda su vida.
– Muerto. Lo capturamos en su búnker privado, debajo del Kremlin. La ONU lo juzgó, y fue hallado culpable de crímenes contra la Humanidad. Fue… ajusticiado. Tú eras… su mecanismo automático de venganza. Programado para destruir Ciudad Lunar si él caía derrotado.
El monstruo guardó silencio, y bajó la mirada. No le era fácil asimilar tanta información. Despertarse solo, sin amo ni raza a la que guiar, rodeado de enemigos que le tenían a su merced…
– No tiene que acabar mal – siguió Jon Atlan –. Dame al niño y podremos ayudarte. Te reunirás con los Sub–Hombres, y buscaremos una tierra en la que podáis habitar en paz. Aún puede aguardaros un buen futuro…
Mingol le observó, y el odio regresó a su mirada. Apretó sus larguísimos dientes de gorila, y una extraña sonrisa marcó sus labios.
– ¿Pretendes razonar conmigo? – dijo, peligrosamente despacio –. Como tú mismo has dicho, no soy realmente humano… Y no se puede razonar con animales…
Y justo en ese instante, sus manos volvieron a prenderse, mientras sostenían en vilo el cuerpo del muchacho.
El Campeón saltó hacia delante, poniendo sus músculos en completa tensión. Pero a la vez, se sentía terriblemente decepcionado. Había ofrecido una salida pacífica a la bestia, intentando que su humanidad prevaleciera sobre sus macabros instintos asesinos. Pero había fracasado.
Ahora ya no quedaban más opciones.
Ahora tenía que parar esto enseguida, antes de que ocurriera una verdadera desgracia.
Se giró hacia su esposa, y ésta ya sabía lo que le iba a decir.
– ¡Lyra! ¡El monstruo nos lleva ventaja, pero no ha sido diseñado para luchar en el espacio! ¿Entiendes? ¡Sólo sirve en la Tierra!
Era toda la información que ella necesitaba.
La Reina Guerrera se volvió hacia su enemigo, y levantó una mano. Al instante, el niño salió despedido de aquel brazo inmenso y deforme, yendo a aterrizar suavemente en el regazo de su madre.
El gorila rugió y babeó, pero Lyra Atlan permanecía quieta, firme, con una mirada de hielo.
– Aquí termina tu juego, ser inmundo. Incluso tú necesitas respirar…
Justo en ese instante, Mingol, Rey Emperador de la Raza de los Sub–Hombres, se abalanzó sobre la mujer que lo estaba desafiando. Y se detuvo en el aire. Su cuerpo quedó paralizado en el acto, y su rostro se contrajo, con una mueca agónica. Abrió desmesuradamente sus horribles fauces de dientes afilados, como intentando atrapar una última bocanada de aire,… como queriendo asirse a la vida.
Pero fue inútil. A los pocos segundos quedó inconsciente, y sólo entonces se evaporó la fuerza que lo sostenía, y cayó al suelo con estrépito.
La Reina Guerrera al fin pudo relajarse. Había vencido.



– ¿Se puede saber qué le ha hecho, señora? – preguntó Tanner, asombrado, mientras llegaba corriendo hasta la bestia.
– Lo inmovilicé con un campo de fuerza – contestó ella, como sin darle importancia –, y luego creé una esfera alrededor de su cabeza. Cuando gastó todo el oxígeno, se acabó el peligro.
– Aún hay que llevar cuidado – dijo Atlan, asumiendo de nuevo su rol de científico –. Si hubiera tenido tiempo para aprender a dominar mejor sus poderes, habría hallado la forma para escapar de esa trampa. Ahora está inconsciente, y debemos procurar que siga así. Traeré unas celdas de contención.
El Campeón de Axura oprimió unos diminutos botones ocultos en el dorso de su guante, y en pocos segundos aparecieron por la puerta dos enormes carretillas transportando sólidas cajas de metal. Y a nadie se le escapó que aquellas cosas no se movían por ruedas o cadenas, sino que flotaban libremente medio metro por encima del suelo.
Luego se acercó lentamente al gorila, lo cargó a peso con una sola mano, y lo dejó caer dentro del contenedor. Cerró enseguida la compuerta de seguridad, activó el campo de estasis que mantendría a su enemigo vivo pero biológicamente inactivo, y volvió a pulsar los botones de su guante. Las carretillas se elevaron de nuevo en el aire, y desaparecieron por la puerta.
– No os preocupéis – dijo el Héroe –. Ocupará una celda especial por el resto de su vida… No permitiré que vuelva a pasar.



Mientras, junto a la salida, Ellen Todd y su hijo se abrazaban con fuerza. Sin palabras, sin quejas, sólo lágrimas y amor. No estaban dispuestos a perderse otra vez.





































Epílogo

La otra visita turística



CONMOCIÓN EN EL DIRIGIBLE ATLÁNTIDA
Por Arleen Brown–Silk

Un monstruoso gorila despierta en el interior del gigantesco robot detenido por Jon Atlan en los alrededores de Ciudad Lunar, y siembra el caos en mitad de la visita turística al Dirigible Atlántida.

Todos los detalles en la página 2.



– ¡Vamos, grandullón! – gritó Big Tom Tanner, mientras el pequeño Trevor se montaba en sus hombros –. ¿Qué chaval se ha ganado un viaje gratis por las plantas secretas del Dirigible Atlántida?
– ¡Yooooooooooo!
Y ambos subieron al ascensor privado de Jon Atlan, ése que sólo funciona con el código especial de su armadura, y que lleva a los niveles privados donde vive el Héroe.
Aquel niño se merecía un trato especial…
Y en el tiempo en que ese tour se producía, el propio Atlan, vestido ya con ropas de calle, se acercó lentamente a la madre, que ahora reía feliz.
– Señora Todd… en nombre de la Agencia Delta, quiero que sepa cuánto lamentamos lo que ha sucedido. Nunca podremos compensarla por su miedo.
– No tiene usted que disculparse, señor Atlan… al final no ha ocurrido nada.
– Pero… en el fondo… me siento un poco responsable de todo. Era una criatura bajo custodia, transferida a nosotros para que la estudiásemos… y se nos escapó.
– ¿Sabe una cosa? – dijo ella, secándose las últimas lágrimas –. Si vinimos aquí fue por Trevor. Yo antes pensaba eso, que todo lo que rodeaba a gente como ustedes era demasiado peligroso, y que no debíamos acercarnos. Ahora lo veo de otro modo. Ahora creo que, de no ser por ustedes, criaturas como ésa podrían rondar libres por la calle.
» Ustedes no traen el peligro, sino la seguridad.
Atlan le apretó la mano con afecto, y sonrió. Era lo más bonito que había oído nunca.
– ¿Puedo decirle una cosa más? – siguió Ellen Todd –. En el momento que el monstruo cogió a Trevor, pensé en su padre. No hubiera soportado otra pérdida… Mi marido, Robert, era marine… Murió en Australia…
El Campeón se puso terriblemente serio de pronto. La Guerra de Australia. El regreso de Ártemus Zang. Millones de muertos sin sentido.
Su mayor error.
Una imborrable mancha negra en la historia del mundo, y en la de todos aquéllos que pelean por la paz.
Bajó la cabeza. Era incapaz de sostener la mirada de aquella mujer.
– Y ahora – continuó ella –, lo único que quiero es darles las gracias. Por traérmelo de vuelta. Por enseñarme a valorar lo que realmente es importante. Por ser mi héroe…
– Señora – contestó Atlan –. Creo que todos los miembros de las Naciones Unidas le debemos una disculpa. Porque no estuvimos preparados… y nuestro error costó millones de vidas.
– No tiene que decir nada…
– Quiero que sepa… que gente como su marido… son los auténticos héroes.
El Aventurero la observó, con el rostro emocionado, y ella le respondió afectuosamente, mientras sus ojos se llenaban otra vez de lágrimas.
En ese instante, no hacía falta decir nada más.



Justo entonces, Trevor Todd llegó corriendo desde el ascensor.
– ¡Mami! ¡Mami! ¡Ya estoy aquí! ¡No sabes cómo mola lo que tienen arriba! ¡Se van a morir de envidia mis amigos!
– Vale, vale, Trevor, con calma – contestó su madre, riendo mientras se limpiaba el rostro, y cogiendo al niño entre sus brazos –. Intenta respirar de vez en cuando, ¿vale?
– Vale. Mira lo que me han regalado mis nuevos amigos: es un peluche de Lun, con todos los detalles. Y escucha lo que dice cuando se le aprieta en el cuerpo…
Y el hiperexcitado niño enseñó a su madre un enorme peluche blanco, de casi un metro de alto, con el inconfundible aspecto del Tigre de Axura, y sus adorables ojos azules. Y al pulsar el gran botón que lucía en el medio del pecho, emitió el brutal y salvaje rugido que le era tan característico.

Y todos vitorearon eufóricos.
La primera de ellos Ellen Todd…



– Vuelvan pronto – les dijeron las nuevas guías turísticas, también autómatas, que habrían de sustituir, siempre con una sonrisa en los labios, a su pobre compañera destruida en batalla –. Y recuerden: la próxima vez que vengan a Nueva York, no dejen de visitar el Dirigible Atlántida…

F I N

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