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La Torre de los Sueños
Joaquín Soriano Lizarán - Relatos de Scyla: Fantasía - 0 Comentarios - Puntuación: 23 puntos (VOTAR)
Cuando la figura entro en el cerco de luz de la antorcha, los tres viajeros retrocedieron asustados ante la visión que tenían delante. Se encontraban frente a frente con un esqueleto andante.
La enorme mole de la torre de Gummsh, dios de los sueños, se extendía frente a ellos, y por primera vez desde que el viaje comenzó pensaron en las posibilidades de fracaso. La estructura se alzaba hacia el cielo con sus quinientos metros de altura, parecida a una aguja amenazante de piedra gris; Los rayos de luna embellecían su tenebroso porte; Las pequeñas ventanas desperdigadas en la fachada desprendían una luz anaranjada y parpadeante, como si todavía hubiese gentes descansando ante las hogueras y contando antiguas historias de hazañas antiguas. Pero los compañeros sabían que era imposible.
Hacia miles de años que el dios de los sueños había caído, degradado por el supremo Crynus, y, en vista de su inminente final, había conjurado una maldición en el lugar, con el fin de que nadie robara sus preciados tesoros. La antigua ira del lugar brillaba con luz propia.
De pronto se escucho un grito desgarrador que ensombreció las caras de los compañeros. Lauthan, que no conocía el temor, se adelanto con la cara pálida, y sin decir palabra, encamino su montura hacia la tenebrosa torre. Arthos y Wink se miraron el uno al otro, con el miedo pintado en el rostro, y siguieron la estela de su compañero, rezando a los dioses que conocían y a los que no.

- Rápido Wink- dijo Arthos con temblor en la voz- pásame la antorcha.
La estancia estaba completamente a oscuras, no había ventanas que iluminaran los pasos de los compañeros, así que se quedaron quietos, en silencio y preparados para lo que podrían encontrar. Se escucharon unas ligeras y suaves palabras de la boca de Arthos, y rápidamente la antorcha se encendió con una llama viva y anaranjada, iluminando una amplia estancia, rodeada de polvo y muebles viejos. Un esquelético cuerpo apoyado en la pared los recibió con una eterna sonrisa pintada en su rostro de hueso. Wink lo miraba sin pestañear.
- No parece que este haya sido atacado- Dijo Wink ausente- parece haberse quedado sentado esperando la muerte.
-Yo no me pienso quedar sentado esperando mi muerte- dijo Lauthan resueltamente- pienso encontrarme con ella y vencerla.
Wink no intentó discutir con él. Lauthan siempre había sido el líder del grupo, no por su inteligencia o su audacia, pues en eso Wink lo superaba, sino por aquella ciega valentía y resolución, que los hacia enfrentarse a cualquier peligro sin pestañear. Por muy segura que fuera la presencia de la muerte, Lauthan se negaba siempre a aceptarla. Algún día eso cambiaría, y ese día perfectamente podía ser aquel.
Wink iba perdido en estos pensamientos mientras ascendían al siguiente nivel por una escalera de caracol. La tensión se hacia palpable en el ambiente mientras ascendían, coreados solo por el ruido de sus pasos. Si hubieran echado la vista atrás, habrían visto la cabeza esquelética seguirles con la mirada y dedicarles su eterna sonrisa una vez más.
Ascendían con cuidado y con las armas preparadas, Wink empuñaba su daga y sable en silencio y resuelto a acabar con aquella incursión cuanto antes.
La torre de los sueños se había convertido en una horrenda pesadilla.
Se oían extraños gritos aterradores que oscurecían la resolución de los compañeros. Mas de una vez habían estado apunto de gritar ante la visión de una figura extraña, las cuales aparecían por cada recodo a medida que la luz cubría la densa capa de oscuridad. Ascendían por la escalera en silencio aunque sus corazones gritaban de terror a cada paso.

Llegaron a una estancia extraña. El suelo estaba cubierto por extrañas pinturas de bestias sin nombre, las paredes eran irregulares y de contornos afilados, como si se tratara de roca sin pulir, y cubierta de sangre; seca, y también reciente. En el suelo ante ellos se apiñaban un conjunto de cadáveres destrozados. Sus cuerpos estaban descuartizados y la sangre formaba un charco en el medio de de la habitación. Un temor impulsivo se apoderó de los compañeros.
- La sangre aun no se ha secado- observo Lauthan con frialdad- no hace mucho tiempo que estos desgraciados murieron.
La frialdad del tono de su amigo despertó en Wink un renovado respeto hacia él. Para Lauthan, la visión de unos cadáveres descuartizados era doloroso, por los recuerdos que le traía, pero no repugnante como lo veían los demás. Había visto morir a su pueblo, el pueblo de Heldar, cuando apenas contaba veinte primaveras. Había luchado, y había sobrevivido desde entonces como único representante vivo de su orgullosa gente. Y ahora, diez años después, Lauthan era frío, e incluso cruel, al tratar con la muerte.
- Vayámonos de aquí- decía Arthos, aunque sin en menor atisbo de temor en su voz- Este lugar contiene una magia latente, no es una torre cualquiera, no hay ningún tesoro aquí que podamos disfrutar con vida.
Wink miraba los cadáveres asombrado, estaba acostumbrado a ver matanzas, pero había algo sobrenatural en aquella torre. Sentía el miedo en los mas profundo de su ser.
- No sabia que Gummsh fuese un dios maligno- dijo Wink, que creía haberse equivocado de torre.
- Y no lo era- dijo pausadamente Lauthan- simplemente protege sus tesoros, como cualquier otro haría, solo que este tiene mejores medios para hacerlo.
- Vayámonos de aquí- decía de nuevo Arthos- ahora que tenemos elección. Pues cuando la magia se despierte sufriremos el mismo destino.
Los tres compañeros observaron los cadáveres amontonados en el suelo como alimento de las ratas. Aunque ni las ratas se atreverían a entrar allí. Lentamente, y sin quitar la vista del suelo se dieron la vuelta. Al bajar por las escaleras se fijaron en una sombra que subía por ellas. Cuando la figura entro en el cerco de luz de la antorcha, Los tres viajeros retrocedieron asustados ante la visión que tenían delante. Se encontraban frente a frente con un esqueleto andante.
Las cuencas vacías de sus ojos brillaban con un fuego interno, y sus pálidos huesos estaban quietos en medio de la escalera. Ninguno de los compañeros se atrevió a moverse, el miedo les paralizaba la sangre.
-¿Qué buscáis, necios mortales, en la tumba del dios?- dijo el esqueleto con voz ronca y pausada- todos venís en busca de tesoros- afirmo - y la muerte será lo único que encontrareis.
Y dicho esto la extraña figura se evaporo en el aire. Y en la estancia resonó el eco de su carcajada final, que anunciaba la muerte. Los compañeros no se movieron del sitio, vigilaban estrechamente cada recodo del lugar esperando que en cualquier momento se hiciera realidad el anuncio de la calavera. Cuando paso un minuto se miraron, y asintieron. Sus armas estaban preparadas. No era la primera vez que los tres compañeros se enfrentaban a una batalla. Hacia tiempo que habían asumido los riesgos que su estilo de vida conllevaba, Y sabían que la muerte podía llegarles en cualquier momento. Lo único que podían hacer era estar preparados para ese momento culminante y afrontarlo con dignidad y sosiego. Así, los tres combatientes esperaban con calma para enfrentarse al peligro.
No tuvieron que esperar mucho más.
Las sombras se deslizaban entre las paredes, figuras extrañas y oscuras acechaban a los compañeros, que estaban preparados para su batalla.
Las sombras tomaban forma, las extrañas figuras comenzaron a hacerse corpóreas. Donde antes solo había débiles sombras, ahora había guerreros armados, de ojos blancos sin pupila y rostro terrorífico. Había por lo menos veinte guerreros fantasmales, fruto de la locura y los sueños de Gummsh. Los fantasmas se lanzaron contra ellos.
Comenzó la batalla.
Las espadas chocaban con ruidos metálicos, Los compañeros se hallaban cercados por el enemigo, pero no se rendían. Una bola de fuego cruzo la estancia desde las manos del mago Arthos y abrasó a dos guerreros fantasmales, sin embargo estos no parecieron percatarse y continuaron su asedio con resolución. El círculo empequeñecía, y los compañeros veían su muerte cada vez más cercana.
- Por el pueblo de Heldar el valiente- gritó encolerizado Lauthan, y se abalanzó hacia los guerreros lanzando estocadas como un poseso. Los fantasmas retrocedieron ante la ferocidad de Lauthan, el que nunca se rendía. Wink aprovecho el respiro y saco la ballesta, la cargo con cinco flechas, y las descargó contra los fantasmales guerreros. Estos ni se inmutaron. El bardo dejo caer la ballesta y se lanzó con la daga y el sable, en unos de sus momentos de valentía. Mientras tanto Arthos descargaba su magia contra los enemigos a un ritmo frenético. Los compañeros se batían con desesperación, y eran más peligrosos que nunca.

En ese momento los guerreros se detuvieron. Bajaron sus espadas, y se desvanecieron como el viento. Los compañeros se miraron los unos a los otros con desconfianza, ninguno se atrevía a aliviarse, sino que permanecieron alerta. Sabían que no podía ser tan fácil.
- ¿Quiénes son estos caballeros que con tanta gallardía empuñan sus espadas?- la voz era de terciopelo que acariciaba el oído, y provenía de su espalda. Los tres se dieron la vuelta con rapidez y desconfianza. Una mujer se apoyaba en la pared con una sonrisa en los labios.
Su cabello era negro brillante, y descendía por sus hombros hasta la cadera, y sus ojos lucían un color verde enérgico e impetuoso, solo una ligera túnica de seda blanca cubría su sinuosa figura. Los compañeros la miraban asombrados. De repente olvidaron por que se hallaban allí, en la torre del dios loco. Olvidaron por que luchaban, o por que vivían, olvidaron todo excepto la belleza de aquella mujer.
Al notar sus intensas miradas, esta se sonrojo y miro hacia otro lado con gracia y sin dejar de sonreír.
- ¿Acaso tengo algo en la cara? – Dijo con aire inocente, y de repente empezó a reír con una risa cristalina- Todavía no habéis contestado a mi pregunta, bravos caballeros, ¡que descortesía! y eso que os acabo de salvar la vida.
Los compañeros, Hechizados por aquella extraña mujer, iniciaron las presentaciones torpemente.
- Yo soy Lauthan, un humilde guerrero- dijo mientras inclinaba la cabeza en gesto de sumisión.
- Mi nombre es Arthos, maestro de la magia- dijo mientras hacia otro tanto. La mujer sonreía ante cada inclinación.
- Mi nombre, buena señora, es Wink, y mi profesión es la de bardo, si es que se podría considerar como tal- Wink era el único con la suficiente presencia de animo para extenderse en su discurso- Me gustaría daros las gracias en nombre de mis compañeros, y creo que hablo en nombre de todos si digo que serviros será todo un placer.
La mujer se reía ahora a carcajada limpia.
- No será necesario, maestro Wink- dijo la mujer- Para mi ha sido un placer salvar la vida a tan valientes hombres.
- Por cierto señora- Dijo tímidamente Lauthan- ¿seria una descortesía pediros vuestro nombre?
- Por supuesto que no, humilde guerrero- respondió entre risas- mi nombre es Alertha, y acepto vuestra servidumbre. Os e librado de los fantasmas, por tanto ahí una deuda que pagar- dijo con una mirada intensa.
- Decídnosla, señora- dijo Wink con otra inclinación- y estaremos encantados de servirla.
- No es nada difícil- dijo quitándole importancia al asunto- simplemente aguantad lo suficiente con vida, para que el placer de mataros sea aun mas exquisito.
Dicho esto, soltó otra carcajada y desapareció. Los ecos de su hermosa risa se prolongaron en la estancia.

- Deberíamos hacer algo ¿no?- alzo por fin la voz wink.
- Deberíamos irnos de aquí- repuso con vehemencia Arthos.
- Deberíais callaros- zanjo Lauthan- no podemos salir, descartad esa posibilidad, esa hermosa dama ha hecho desaparecer a veinte fantasmas mientras reía.
- Tiene la intención de jugar con nosotros- dijo Wink- Lauthan tiene razón, creo que debemos seguir adelante. Ya que no podemos salir, lo mejor seria hacer lo que hemos venido a hacer y largarnos, ¿y si lo conseguimos?
La pregunta floto en el aire como una terrible burla cuando se fijaron en los cadáveres despedazados del suelo. En ese momento ninguno de los tres tenia ninguna esperanza de salir de allí. Pero no había otra forma. Ninguno se atrevería a bajar por las escaleras, donde descansaba el terrible monstruo esquelético, así que seria mejor avanzar y descubrir horrores nuevos, que podían ser menos peligrosos. O más.
Las escaleras que subían hacia el tercer nivel estaban mejor pulidas, y cada peldaño lucia extraños dibujos grabados en la piedra gris. Las piernas de los compañeros avanzaban vacilantes entre ellos. Sus miradas se deslizaban por cada una de las sombras que se extendían más allá de la luz de la antorcha. La subida se hacia interminable, los minutos se alargaban y el extraño terror que la torre les insuflaba se acrecentaba a cada peldaño. Un extraño ruido los alerto, se pararon en seco. Era como un gruñido profundo, y procedía del estomago de Wink.
- Creo que es la hora de comer algo- susurró- así aliviaremos tensiones.
- Así aliviaremos tu insaciable estomago- gruñó Arthos- no se como puedes pensar en comer, con la muerte en cada recodo.
- Yo no lo pienso- protesto Wink- es mi estomago.
- Ya se que no estas muy acostumbrado a pensar- dijo Arthos.
Se sentaron en un escalón y disfrutaron de la que podía ser la última comida de sus vidas. Devoraron en silencio, concentrados, y cuando acabaron se sentían mejor, dispuestos a continuar con el saqueo y, si era necesario, a morir dignamente, el ultimo consuelo de los locos.
Cuando por fin acabaron las interminables escaleras se encontraban en una sala oscura, bañada por la luz de luna que se colaba por las amplias ventanas. Los tres saqueadores se asomaron a echar un vistazo. Había más de quinientos metros hasta el suelo, así que era imposible descolgarse por la fachada. En ese momento echaron en falta una cuerda, necesaria en un buen saqueador. Sin embargo Wink había perdido la suya cuando se vieron obligados a escapar por la ventana de una posada. Si lo hubiesen sabido, habrían pagado de buena gana a ese tabernero gruñón. Pero no había lugar para los desconsuelos. Se pusieron a investigar la sala, en busca del peligro con el que se tendrían que enfrentar. Lauthan caminaba por la estancia con su larga espada desenvainada. La hoja presentaba diversas muescas y cicatrices; pues aquella arma había presenciado diez años colmados de batallas y escaramuzas. El guerrero le tenía cariño a aquella espada, que durante tantos años le había servido.
Caminaba con estos pensamientos en la cabeza, cuando un cuadro colgado de la pared atrajo su atención. En el estaba pintada con todo detalle Alertha, La hermosa mujer que los haba salvado para luego condenarles con enigmáticas palabras. La imagen parecía oscilar y moverse, como en una danza interminable de colores vivos que en conjunto formaban la imagen de la mujer, de modo que parecía real. Tan real que su belleza hechizó de nuevo a Lauthan como con la verdadera Alertha, “¿o era una propiedad del cuadro?” Pensaba Lauthan, que la miraba a los ojos abiertos. La mano de la mujer se despego del lienzo ante su asombro. El guerrero no podía deducir si era verdad o un producto de su imaginación y de su miedo. Lo cierto es que no podía hacer nada por moverse, ni lo intentó. La mano se extendió hacia su cara y le tocó los labios con un ademán suave. Un cosquilleo brotó en el interior de Lauthan, que se mareaba. La sala desapareció de sus ojos en un borroso remolino. Solo los ojos de la terrible Alertha brillaban inmóviles, desafiándolo, y a la vez consolándolo.
Cuando Wink lo vio fue demasiado tarde, se lanzó hacia su amigo con un grito en los labios, con el fin de apartarlo de aquella extraña visión, pero sus dedos traspasaron el cuerpo de Lauthan, que había desaparecido.

Despertó después de lo que le parecieron unos segundos. La cabeza le dolía terriblemente y no hallaba la presencia de ánimo para mirar alrededor. El contacto frió de su cara le hizo deducir que se hallaba boca abajo. Una extraña música tranquila y desquiciante le retumbaba en los oídos. Reunió fuerzas y se levanto. La pierna le ardía por algún golpe que no recordaba haberse dado. Cuando abrió los ojos descubrió que se encontraba en una habitación circular, iluminada por la potente luz de varias antorchas. La sala estaba rodeada por nueve umbrales oscuros. Dio gracias a los dioses cuando notó la tranquilizante forma de su espada en el cinto, y la desenvaino mientras miraba con desquicio en derredor. Una risa alegre le heló el corazón.
Ante apareció de repente una forma curvilínea y sensual, tapada solo con una delgado manto de seda, Alertha.
- valla- exclamo la hermosa dama- que alegre coincidencia volverte a encontrar aquí, ¿te has perdido?
Sus carcajadas retumbaron por la sala circular como una hermosa canción. Lauthan empezaba a aborrecer aquella risa.
- No lo intentes – dijo Lauthan- no me embaucaras otra vez con tus engaños.
Dicho esto se abalanzo sobre ella con la espada por delante, buscando su pálida carne. Pero cuando llego, esta había desaparecido. Aquella risa infernal resonó de nuevo en la sala. Lauthan reconsideró la situación con frialdad, y decidió probar suerte con alguno de los pasadizos. Eligio el que más cerca tenia y se adentro en el, corriendo como nunca lo había hecho. La oscuridad lo envolvió como un pesado manto, no podía ver donde ponía los pies. Y sin embargo seguía corriendo utilizando la hoja de la espada como guía. Se maldijo a si mismo por no haber traído una de las antorchas, pero en este tipo de situaciones el miedo no le deja a la mente racional mucha libertad. Pronto la espada se estrelló contra una pared, y con ella el cuerpo del guerrero, que llevaba demasiada velocidad como para detenerse a tiempo. El golpe lo hizo tambalearse y casi caer, pero se recupero con rapidez, tal era la prisa que llevaba. Cuando lo hizo, palpó frenéticamente la pared buscando una salida de aquella encerrona. Encontró una a su izquierda, tan oscura como un pozo. No dudó en salir corriendo por ella, utilizando la misma táctica de sujetar su espada por delante de su cuerpo. Corrió como si los demonios lo persiguieran. Con el corazón desbocado y la pierna destrozada. El guerrero oía a su espalda ligeros murmullos; no podía discernir si se trataba de la mujer o en cambio era otro nuevo horror. Herido y cansado. Lauthan decidió detenerse a descansar y reconsiderar la situación, así que se paró y apoyó la espalda en la pared empedrada.
La quietud era absoluta, no se oía otro ruido que no fuese la agitada respiración del guerrero. Y este silencio lo agobiaba más que el más estruendoso rugido. La pierna ya no lo sostenía, el dolor se agolpaba en su garganta luchando por salir, pero Lauthan se relajó, respiró hondo, y dejó resbalar su espalda hasta hallarse sentado. Intentó tranquilizarse, la verdad es que se había visto en muchas situaciones difíciles, y había salido airoso de todas ellas. Y sin embargo nunca había tenido tanto miedo como cuando esa mujer estaba frente a el, con su sonrisa en el rostro, provocándole y amenazándole. Lauthan emitió una risa ahogada, mientras pensaba que nunca más confiaría en las mujeres, ya que solo traían problemas. De pronto su vista se lleno de claridad, como si una explosión de luz se hubiese producido en su cara. Los ojos le ardían por el brusco cambio. Se los frotó con energía y miró hacia el frente, para encontrarse con el rostro de Alertha a un palmo de su cara.
En ese momento si que gritó con todas sus fuerzas. Y su grito fue seguido por una explosión de risa. Lauthan se puso en pie. Con la espada al frente, mientras se enfrentaba a su mirada con ojos implacables. Estaba jugando con el. Se aprovechaba de su miedo en un juego macabro. La furia quemó al guerrero como el fuego.
- Se acabo el juego- gritó- si vas a matarme tendrás que hacerlo ahora, puta despiadada.
De repente la cara de la mujer cambio. Su rostro alegre se convirtió en una mascara de frialdad impenetrable. Lo miro durante unos segundos.
- Que así sea.

Wink estaba desanimado y temeroso. Su mirada circulaba por todos los rincones de la sala. El cuadro por donde Lauthan había desaparecido ya no estaba, por mucho que el bardo rebuscara por todos lados, mientras Arthos se hallaba sentado, pensativo, en una esquina.
- ¿Dónde diablos se habrá metido?- dijo Wink con desesperación- y lo más importante ¿Por qué?
- Ha sido hechizada por esa mujer- decía Arthos- como nos paso antes. Supongo que quiere acabar con nosotros uno a uno.
El ánimo de Wink decayó aun más al escuchar las palabras de su amigo. Si Lauthan se enfrentaba solo con esa mujer, no creía que tuviese ninguna posibilidad. Al bardo le dolía enfrentarse a esa verdad, pero por mucho que intentase negarla, al recordar la facilidad con la que los había hechizado Alertha, no podía sino llorar la muerte de su amigo.
Hacia seis años que lo conocía. Lo había encontrado moribundo tirado a un lado de la carretera como un perro muerto. El bardo, que se dirigía a un pueblo cercano para asistir a unas fiestas, se apiado de Lauthan y lo curo, para luego llevarlo consigo. Cuando se recupero, el guerrero le manifestó al bardo sus deseos de venganza contra los bandidos que le habían agredido. Y así fue como los dos eternos amigos buscaron a los indeseables y les dieron muerte. Wink le dijo a Lauthan que le acompañaría hasta el fin. Habían pasado seis años desde que se lo dijo, y el bardo temía que pudiese cumplirse.
- Debemos buscarle- dijo de repente- no puede andar muy lejos, y no soporto quedarme aquí mientras el puede necesitarnos.
- Tranquilo- dijo Arthos- lo único que conseguiremos si lo buscamos a ciegas es matarnos. Solo déjame que ordene mis pensamientos y utilicemos un poco la cabeza, que nos llevara más lejos que los pies.
Wink se impacientaba por momentos, y empezó a andar sin rumbo por la sala, mirando de cuando en cuando al mago, el cual miraba al vacío sumergido en sus pensamientos.
- estate quieto- dijo Arthos pausadamente.
- ¿y que quieres que haga?- gritó Wink- nuestro amigo en peligro y tu ahí descansando.
- pues quiero que te sientes y esperes- respondió Arthos- y deja de chillar, que vas a despertar a todos los demonios que moran en este castillo.
Wink obedeció a regañadientes. Se sentó al lado del mago y se puso a contar las piedras de la pared. Era una forma de dejar de pensar en cosas oscuras. Tras unos minutos de silencio que se hicieron insoportables para Wink, Arthos hablo.
- Dime otra vez lo que viste.
- Cuando mire hacia él- empezó el bardo- miraba con ojos desorbitados el cuadro, luego vi como la figura de Alertha se movía sinuosamente. Entonces corrí hacia el, pero cuando llegué había desaparecido, ya no estaba.
El mago se quedo en silencio unos instantes más antes de abrir la boca.
- Creo que se como encontrarlo- dijo mientras miraba fijamente a un ilusionado Wink- pero debes taparte los ojos, y dejar que me concentre, así que ni se te ocurra abrir esa boca a la que tan fácilmente acuden las palabras. ¿Entendido?
-Entendido- musito Wink mientras arrancaba un trozo de tela de su sucia manga y se lo ataba alrededor de los ojos- ¿así esta bien?
- Si, ahora cállate.
El bardo obedeció, mientras oía al mago trajinar con un objeto que por el ruido parecía de metal. Su imaginación volaba mientras se imaginaba que cosas interesantes estaría realizando su amigo, pero resistió con estoicismo la tentación de quitarse la venda y esperó pacientemente a que Arthos le diese la señal. El mago, que para nada necesitaba tanta concentración para buscar a su amigo, saboreó aquellos minutos de tranquilidad como un regalo, y decidió utilizar esa técnica más a menudo.
- Ahora cógeme de la mano- dijo el mago mientras extendía la suya- prepara la espada, no se con que no encontraremos cuando lleguemos, pero estarás solo, yo estaré demasiado cansado para combatir, y puede que Lauthan halla caído también, así que debo preguntarte que si de verdad quieres hacerlo.
- Por supuesto- un brillo peligroso relucía en sus tapados ojos- haz lo que tengas que hacer, mago. Yo estaré preparado- desenvainó la espada y la extendió ante si. De repente la cabeza le dio vueltas. El estomago se le revolvió, y la ultima comida parecía danzarle en la garganta, pero se resistió y busco el valor en su interior. Sus pies se despegaron del suelo, y El bardo se desestabilizó en el aire. De repente se estrello contra algo solidó, Wink se quito la tela que cubría su visión, se levanto con presteza y miro en derredor. Se hallaba en una habitación iluminada por antorchas y rodeada de negras bocas de túnel. Arthos callo al suelo, tan como dijo, se hallaba demasiado cansado para continuar. Un tremendo grito lleno de ira llegó a los oídos del bardo desde uno de los túneles. Habría reconocido ese grito a cientos de kilómetros. Consulto con la mirada al mago que se hallaba en el suelo y este movió la cabeza en gesto afirmativo. Wink desenvaino su daga y se adentro corriendo en el túnel. La mirada preocupada de Arthos lo siguió hasta que la oscuridad se lo trago.

Lauthan se movía frenéticamente, mientras la terrible mujer descargaba sobre él infinidad de rayos que salían de las puntas de los dedos. Uno de aquellos luminosos proyectiles lo alcanzo en un costado y lo lanzo hacia la pared. Pero el experimentado guerrero se recuperó con presteza justo cuando otro rayo se iba a estrellar contra su cabeza. Luego siguió esquivando como podía aquella lluvia mortal, esperando el momento para pasar a la ofensiva, un momento que bien no podía llegar.
- no sabia que los de tu calaña supiesen bailar- dijo con crueldad Alertha- mas pareces un bufón que un guerrero.
Por toda replica Lauthan se abalanzó espada en mano contra el cuerpo de la mujer, pero cuando el arma llegó a su destino la mujer había desaparecido. El hombre rugió cuando un terrible dolor en su espalda lo hizo caer. Miró hacia atrás, La cara de Alertha lucia una sonrisa fría y cruel. Esta vez el rayo lo había dañado seriamente. Lauthan se quedo en el suelo dolorido e incapaz de levantarse, mientras Alertha se vanagloriaba con su fácil victoria. Sin embargo no estaba dispuesta a dejar morir tan valioso entretenimiento de forma tan súbita. Con un ademán indiferente, hizo que el cuerpo del guerrero se alzara en el aire. Mientras con la otra mano hacia surgir miles de pequeños objetos brillantes y afilados que flotaban en el aire a su alrededor, para luego lanzarlos sobre el cuerpo de Lauthan. Los pequeños proyectiles se hundieron a un centímetro en el cuerpo del guerrero, que aullaba de dolor y de rabia. Alertha lo dejo caer al suelo.
El dolor le impedía moverse, y la sangre brotaba de todo su cuerpo. En un último intento desesperado intentó arrastrarse por el suelo de piedra, mientras dejaba un rastro de sangre en él. Sin embargo avanzó unos metros y se rindió. Todo el cuerpo le pesaba, empezaba a marearse, estaba perdiendo demasiada sangre. Respirar era una ardua tarea que estaba empezando a no poder llevar a cabo, y su visión se nublaba por momentos. Sabía que estaba a punto de morir. Tantas batallas, tantas aventuras, y por fin había acabado. La tangible presencia de la muerte lo tranquilizaba de alguna manera. Ahora que había llegado, no tendría que preocuparse tanto por esquivarla. Sin embargo intentó resistirse, intentó conservar hasta el último segundo de vida en el mundo, abrió los ojos, lo único que vio mas allá de la luz mágica de Alertha era la impenetrable oscuridad. Dejo sus ojos fijos en ella, ya que no le quedaban fuerzas para mover la cabeza, Los ojos se le nublaron otra vez, su corazón latía cada vez más lento. Lo último que vio antes de desmayarse fue un fugaz brillo plateado procedente de la oscuridad.

Cuando volvió a abrir los ojos, todo el mundo le pareció una mancha borrosa. El dolor aun recorría su cuerpo como una plaga, escuchó una voz distante y familiar que lo llamaba por su nombre, pero no era capaz de mover los labios. Al final, superado por el dolor, de nuevo se quedó inconsciente.
Cuando volvió a levantarse el dolor había amainado. Y se dio cuenta de que estaba en la sala de las antorchas.
-Ha abierto los ojos- dijo una voz aguda e irritante- benditos sean los dioses que nos han bendecido.
-Nos maldecirán si no cierras el pico- se alzó una voz autoritaria- no sabemos si este es un lugar seguro.
Lauthan intentó levantar la cabeza. Solo notó una pequeña punzada al hacerlo. Pero al intentar ponerse de pie, se vio obligado a tumbarse de nuevo.
- ¿Wink?- dijo con esfuerzo- ¿estáis ahí?
- Claro, amigo- respondió Arthos- ¿que tal te encuentras?
- Como si me hubiese atropellado una manada de elefantes.
- Y no es para menos- dijo Wink- tienes heridas por todo el cuerpo, aunque no son graves, son miles. Pareces un colador.
Lauthan no se tomo bien la broma, y su cara así lo expresó.
- ¿Crees que podrías levantarte?- pregunto Arthos.
- Dame unas horas- dijo pesadamente.
- De acuerdo.
-Por cierto- dijo el guerrero- ¿como os las apañasteis con Alertha?
- Le lancé un cuchillo- dijo Wink- no creo que este muerta, le di en un hombro, pero creo que tardara en molestarnos.
Lauthan se tumbó en el suelo a descansar. Ya no sentía tanto dolor como antes, pero estaba mareado. Intento levantarse otra vez, y por primera vez desde que se levanto se dio cuenta de que las graves heridas habían desaparecido, aunque toda su ropa estaba llena de sangre, al igual que el suelo. Pensó fugazmente que seguramente se debía a la magia de Arthos, y agradeció en silencio a los dioses por haberle dado un amigo con tales dotes. Volvió a tumbarse con cansancio e intentó dormir un poco, sin embargo no lo consiguió, su cabeza se lo impedía.
Pasaron unas horas antes de que el guerrero consiguiera levantarse y andar, aunque con la ayuda de Wink. Y pasó otra hora más antes de ponerse en camino. Wink había explorado los túneles mientras Lauthan estaba inconsciente, y había descubierto unas escaleras. Se introdujeron en uno de los túneles, ahuyentando la oscuridad con la ayuda de una antorcha. Y tras media hora andando pesadamente, las encontraron.
El ascenso fue mucho mas difícil, ya que a Lauthan aun le costaba subir escaleras, y lo tenían que ayudar entre los dos. Pronto descubrieron que otra fuente de luz iluminaba el recorrido. Apagaron la antorcha. Una luz azulada que surgía del final de las escaleras. Los compañeros agudizaron sus sentidos, a la espera de cualquier peligro. Sin embargo, tras unos minutos a la espera, decidieron continuar.
Lo que vieron allí arriba los dejó sin palabras. Era una enorme caverna. De paredes irregulares de las cuales colgaban antorchas de llamas azuladas. En el centro de la sala, había un sarcófago de oro macizo, que se hallaba descubierto. El ataúd contenía grabados extraños en los laterales. Alrededor había montañas de oro y objetos extraños y preciosos; magnificas espadas forjadas con metales preciosos, monedas de oro y platino, y joyas y alhajas de todo tipo. Los ojos de los compañeros danzaron por la sala llenos de avaricia, y no tardaron en correr hacia el tesoro olvidando toda precaución. Solo Lauthan permanecía en calma y alerta, pues el había sufrido mas que nadie los horrores del castillo, y no estaba dispuesto a dejarse hipnotizar por objetos preciosos. En esos momentos su máxima prioridad era salir de allí con vida.
Sin embargo un objeto llamó su atención entre las montañas de oro. Se vio caminado dificultosamente hacia una de aquellas maravillosas montañas de oro, y examino aquello que lo llamaba la atención; un puñal, de acero, que resaltaba por su sencillez entre todos aquellos objetos preciosos. Lauthan lo cogió con miedo y pasó un dedo por la hoja. Estaba muy bien afilado, y era completamente equilibrado. Solo una marca extraña de plata brillaba en la empuñadora como la única reseña de su auténtico poder. De repente sintió algo extraño. Era como si de repente todo su malestar y su dolor desapareciera, sustituido por un poder extraño y latente, que se agolpaba en sus músculos esperando ser empleado. Un objeto maravilloso aquella daga. La enfundo en su cinturón, y en el mismo momento que separó su mano de la empuñadura, los dolores volvieron a recorrer su cuerpo y lo hicieron arquearse y quejarse. Pero pronto recupero la compostura y se acerco hacia sus amigos, que examinaban el sarcófago.
-Está vacío- informo Wink tan pronto como Lauthan llega hacia la pieza central- tampoco encontramos la tapa por ningún lado, es extraño.
- Todo aquí lo es- dijo Lauthan- ¿habéis cogido algo?
Por toda respuesta Wink abrió una bolsa que llevaba atada al cinturón, cuyo contenido despedía un reflejo dorado. El bardo también desenvainó una espada, cuya hoja llevaba engarzadas piedras preciosas.
- No podrás pelear con esa espada de juguete- rió Lauthan- espero que tengas la tuya para las cosas serias.
- No podré pelear- dijo mientras esbozaba una sonrisa- pero alcanzara un buen precio en el mercado.
- Eso si salimos de aquí.

En ese momento, y como recalcando las palabras de Lauthan, una risa cristalina les llegó a sus espaldas, por donde habían entrado. No necesitaban darse la vuelta para ver de quien se trataba.
- Me sorprende que halláis llegado tan lejos- dijo Alertha- incluso conseguisteis herirme, habéis cumplido con creces la promesa que me hicisteis- la mujer enseño su pálido hombro, donde brillaba una cicatriz- ya me he divertido bastante con vosotros.
Alertha extendió las manos hacia el cielo, y sobre sus palmas empezó a surgía una luz potente y cegadora. Y antes de que los compañeros tuvieran tiempo de esconderse, miles de luminosos proyectiles surgieron de la fuente de luz y se dirigieron hacia ellos. La imagen de la mujer desapareció tras un torrente de luminosos proyectiles.
Una pared invisible los frenó.
Arthos extendía sus manos con expresión concentrada. Gotas de sudor resbalaban por su rostro. No aguantaría mucho tiempo más. La luz desapareció, y el rostro de Alertha se hizo visible de nuevo. Wink y Lauthan corrieron hacia ella, con la esperanza de pillarla desprevenida. Sin embargo dos solitarios y potentes rayos encontraron sus cuerpos y los lanzaron contra las paredes de piedra. Cayeron al suelo y se quedaron allí, inmóviles.
Arthos levanto las manos e hizo surgir una llamarada de ellas. El fuego arraso la estancia. Pero Alertha había desaparecido.
Para reaparecer a dos palmos de su rostro y con una sonrisa en sus labios. Arthos miro impotente sus ojos verdes como una fiel representación de la muerte. Los pies del mago se alzaron en el aire. Estaba inmóvil, no podía mover ninguna parte de su cuerpo.
-Impresionante- dijo Alertha- pero completamente inútil-

Lauthan lucho por levantarse. El dolor de sus antiguas heridas se mezcló con la nueva formando una agonía como nunca antes había sentido. Sangraba otra vez. Giró la cabeza y vio que Wink intentaba moverse. Pero tras un cabeceo se tumbo de nuevo, y se quedo inmóvil. “¿esta muerto?” se pregunto angustiado el guerrero. Si era así, pronto el también lo estaría. A no ser que…
La daga.
Lauthan rebusco en su cinturón, cada movimiento le parecía un infierno. Se sintió revivir cuando agarro la empuñadura. La energía que la daga emitía lo invadió como si un río de poder se agolpara por sus venas. El dolor desapareció paulatinamente. El guerrero sentía los deseos de la daga de matar, su ansia de sangre y de muerte. Sin embargo no le dio demasiada importancia. Él ansiaba complacerla.
Pasó un rato y por fin podía ponerse en pie. Vio como Arthos era alzado en el aire, y oyó un murmullo proveniente de los labios de Alertha, aunque no pudo distinguir las palabras. Avanzo hacia la mujer sigilosamente. Le costaba andar, pero conseguía hacerlo lentamente y sin hacer ruido. Sin embargo, cuando estaba ya tan cerca que podía oler su perfume, Los ojos de Arthos lo miraron involuntariamente. Y con ellos la cabeza de Alertha se volvió para fijar su mirada verde en el guerrero que se aproximaba a su objetivo.
El cuerpo de Arthos emitió un ruido brusco al caer súbitamente. Alertha corría ahora hacia el guerrero. Una espada surgió de su mano y se dirigió al pecho le Lauthan. Este la esquivo por poco, pero no pudo esquivar el rayo que salió despedido de la otra mano de la mujer.
El guerrero se vio en el suelo de nuevo, y ni el poder de la daga disminuía el dolor que sentía ahora. Dejo sus ojos fijos en la cara de la mujer, que reía de nuevo.
Por última vez.
Un rayo golpeo su espalda y la hizo tambalearse, como un árbol que recibía los hachazos del leñador y se resistía a caer. La típica sonrisa se borro de sus labios y fue sustituida por una mueca de dolor. El guerrero no desaprovecho la oportunidad. No podía levantarse, pero no hacia falta. La daga salio disparada de su mano, para hundirse entre los ojos de la mujer.
Ahora era Lauthan el que reía.

Le parecía algo reprochable, pero sin embargo disfruto cuando miro el rostro de la mujer, que estaba más pálido de lo normal, atravesado por la daga. Lauthan apretó la empuñadura y arranco el puñal de la cabeza, cubierta por ríos de sangre carmesí. Luego lo limpio en la túnica de seda. El guerrero hacia todo esto pausadamente, saboreando el momento, cuando oyó la voz de Arthos.
- Mirad lo que he encontrado- grito desde el fondo de la sala – rápido.
Lauthan fue hasta donde estaba el mago, mientras agarraba el cuerpo de Wink, que aun tenia dificultades para andar.
- He encontrado una puerta- continuo el mago- pero necesito tiempo para abrirla.
- ¿Sabes a donde conduce?- preguntó el bardo con dificultad.
- No lo se.
Mientras el mago trabajaba con la puerta, Lauthan y Wink se hallaban sentados conversando mientras tiraban piedrecillas sobre el cadáver de la mujer que tanto tiempo les había atormentado.
- No lo entiendo- decía Wink- si tú has sido más veces herido, ¿por que te has recuperado tan rápido?
Por alguna extraña razón, Lauthan se sentía reticente a contarle a Wink nada acerca de la daga. Sentía que su poder le pertenecía por derecho, él la había encontrado, era su gran descubrimiento. Y temía que Wink pudiera robársela o pedírsela. Sin embargo recordó quien lo había salvado, quien había puesto en juego su vida por ayudarle. Por un momento se sintió mal consigo mismo por dudar de la lealtad el bardo, sin el cual no estaría vivo. Rápidamente empezó a relatarle la historia de la daga, mientras la sacaba del cinturón y se la prestaba a Wink.
- Un arma maravillosa- dijo devolviéndosela- quizás deberías…
Una figura entro en la sala, interrumpiendo la conversación. Era un hombre cubierto completamente con hábitos negros. Que caminaba con paciencia por la sala. Wink y Lauthan desenvainaron sus armas mientras observaban al extraño encapuchado.
Seguidamente entraron cinco figuras más. Vestidas con los mismos oscuros hábitos. Ninguno parecía fijarse en los compañeros, que se miraba con gesto sorprendido y desconfiado.
Los monjes empezaron a cantar en una lengua extraña.
-¿Te queda mucho Arthos?- gritó Lauthan, sin despegar la vista de los recién llegados.
- Ya casi está- les llego como respuesta.
El canto empezaba a hacerse más fuerte. Lauthan y Wink se pusieron a cubierto al lado de Arthos, mientras escuchaban con atención la extraña salmodia. Del sarcófago empezaron a salir reflejos azules que se propagaban por la estancia.
- Esto no me gusta nada- decía el mago.
- Solo date prisa- dijo Wink- no pienses en ellos.
Arthos obedecía. El mago examinaba la puerta mientras realizaba extraños gestos con las manos. Una llama azulada salía ahora del sarcófago, estrellándose en el techo y propagándose por la caverna. El canto empezaba a hacerse mas alto y desagradable. Un terrible rugido se extendió por la sala.
-Ya casi esta- decía Arthos a sus amigos, que no lo escuchaban, absortos como estaban en el extraño espectáculo. El canto alcanzo su cenit y murió en los labios de los monjes. El humo se disipo, y todo quedo en silencio.
- Ya esta- dijo Arthos- vámonos.
Lo último que vieron en la sala antes de desaparecer por la puerta fue la imagen de un esqueleto salir del sarcófago y mirarlos con sus cuencas oculares ardientes y una eterna sonrisa en sus huesudos dientes.

Lauthan, Wink Arthos desaparecieron por la estancia corriendo con el corazón desbocado. La última visión de la calavera los había asustado profundamente, acelerando sus doloridas y cansadas piernas.
La puerta daba a un pasadizo ascendente y oscuro, que Arthos ilumino apresurada mente con una llama verde. El pasadizo acababa en una trampilla de madera sencilla. Lauthan la abrió apresuradamente. Un terrible y esclarecedor rugido retumbo a sus espaldas.
- ¡mi hija!-
La trampilla se abrió y el guerrero dio gracias a los dioses cuando la brisa y la luz anaranjada del amaneces se estrellaron contra su cara. Los tres compañeros Salieron a la superficie cuando otro grito similar resonaba en sus oídos.
“mi hija” De repente todo encajó como las piezas de un puzzle. El sarcófago era la tumba de Gummsh. El esqueleto de la entrada era el dios de los sueños, y su hija… Alertha.
-Rápido- gritó- a los caballos.
Los otros dos aventureros habían llegado a la misma conclusión, y comprendieron el peligro que los acechaba. Desataron los caballos apresuradamente cuando un terrible rugido hizo temblar los cimientos de la torre.
Unos minutos más tarde, cabalgaban velozmente atravesando un bosquecillo de altos pinos. Un último grito distante fue transportado por el viento desde la torre, que ya se encontraba a un kilómetro de su posición. Los compañeros echaron un último vistazo a la terrible estructura, y siguieron cabalgando en pos del horizonte.

Le doy a este relato
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