Oía la cuenta atrás dentro de su cabeza. Era un sonido casi melodioso, dulce, infantil. Tan suave como la neblina que se deslizaba a rozar del suelo en suaves olas blancas en contraste con la noche, al otro lado de la ventana. Tan acogedor como el frío tic-tac de algún reloj sin cuerda cuyo latido resonaba en uno de los miles de pasillos de la mansión.
Diez… nueve… ocho…
Oía el compás de su respiración tranquila, el susurro traidor. Incluso oía el tenue repiqueteo de un corazón dentro del pecho, medio dormido, medio resignado. Todo pertenecía a ella. Ella era la dueña de esas sensaciones muertas. Levantaba la mirada del suelo, apoyaba la frente contra la ventana y solidificaba su alma en vaho contra cristal. Fuera, los fantasmas de niebla danzante acechaban.
…siete…seis…
El primer grito fue lejano. Fácilmente podría haber pertenecido a un televisor de mala calidad que emitía una película de terror en casa de los vecinos. Un grito escueto, agudo y seco. De mil toneladas de desesperación condensadas en un segundo. Y ya estaba, no había más. El silencio más pétreo de todos. Su dueño ya no era más que otro muñeco de trapo que añadir a la colección.
Más vaho. Más fantasmas. Más deliciosa tentación a la muerte.
..cinco…cuatro…
El segundo dolió más de oír, era evidentemente más agudo, más débil, más aniñado. Fue prolongado y emitido entre sollozos y alguna que otra súplica igual de lejana. Desesperación. Todo venía de fuera.
Todo del ático, de los dormitorios de sus padres y sus hermanos. De un mundo aparte al que no pertenecía.
El grito cesó. En algún rincón de su cabeza, la chica por fin lo identificó como el de su hermana pequeña.
Fuera los fantasmas de niebla habían empezado a pegar la nariz al cristal. Podía ver sus ojos cristalinos, diminutos, blancos, observarla con sádica inexpresividad.
…tres…
Y sonrió. Hubiera sido bonito, se dijo. Si las cosas hubieran sido distintas, quizás incluso habría conservado la capacidad de arrepentirse de haber conocido a un monstruo. Lástima. Ese monstruo en aquel momento le era tan necesario como el aire que respiraba, como el tímido susurro del corazón dentro de una jaula sin barrotes. Como el todo y la nada abrazados en un letargo artificial.
…dos…
─Te amo…
Fue un susurro casi cariñoso. Un sonido insolente, turbia sinceridad. Ella levantó la mirada, pero sabía qué se encontraría incluso antes de hacerlo.
Porque era él, aunque hubiera cambiado. Aunque fuera distinto.
Y no era su voz. No eran sus ojos, teñidos de severidad negra y sombras proyectadas por el umbral de la puerta. No era el brillo del revolver en su mano derecha, inmaculado, perfecto; el arma letal de un ángel. No era nada de eso, lo que le helaba y aturdía la sangre.
─Dónde quiera que vayas, recuérdalo. Te amo.
Era su sonrisa.
…uno.
La sonrisa rota y manchada de lágrimas inexpresivas del que, en algún momento de esa pesadilla llamada “vida”, llegó a considerar el hombre que amaba. |