Wink empinó la jarra de cerveza hasta que la última gota deslizó por su garganta, luego la dejó encima de la mesa y se recostó en su silla para eructar profundamente y entrar en ese estado de embriagadez en que todo parece vago y aparente. La posada estaba tranquila, y el silencio solo se veía interrumpido por el monótono sonido de los platos al fregarse, que se colaba por la puerta de la cocina. Una espesa capa de humo reposaba sobre las cabezas de los pocos rostros habituales, iluminadas por la luz de unas velas que veían cercana su muerte.
Wink contempló su mesa, repleta de vacías jarras de cerveza, y se dio cuenta de que el sueño tiraba suavemente de él, apagando sus parpados y nublando sus sentidos. Sacudió la cabeza para librarse del amodorramiento y observo la sala. Una veintena de mesas se extendían por ella, algunas ocupadas por fatigados viajeros y aventureros que reposaban sus penas y achaques en sendas jarras de alcohol. Alguna voz que otra surgía de sus gargantas, sobre todo para pedir más cerveza o para soltar algún comentario, aunque por lo general los clientes preferían la tranquila presencia del silencio.
Hasta que el chirriar de una silla, seguido de una escueta explicación, rompió la idílica tranquilidad de la estancia. Wink siguió el rastro del sonido y cuando lo encontró, vio a un hombre alto y rubio, con el rostro marcado por unas facciones delicadas. Iba cuidadosamente vestido con una túnica azul y una capa negra que cubría sus esbeltos hombros. A su espalda colgaba un laúd, que el hombre se descolgó y mostró a los presentes, como pidiendo permiso. Una oleada de asentimientos cruzo los rostros de los presentes, y el hombre se sentó en un taburete y se colocó el instrumento sobre las rodillas ante la atenta mirada de los borrachos y viajeros. Hasta el posadero y las camareras dejaron sus quehaceres y se sentaron cómodamente entre las mesas vacías para contemplar el espectáculo.
El hombre rasgueó las cuerdas, comprobando la afinación del instrumento, y comenzó a tocar una melodía sencilla pero dulce y pausada, que penetraba en los corazones de los presentes. De pronto una voz hermosa y aguda entonó una hermosa canción en un idioma desconocido.
Las notas y las palabras se entrelazaba entre si y se complementaban, despertando los adormecidos sentimientos de los sucios viajeros, que empezaron a prestar cada vez mas atención, aunque el idioma les era desconocido. Las dulces notas alentaban el corazón de Wink, que sin querer movía la cabeza, siguiendo el compás de la hermosa canción.
De pronto se vio perdido en un mundo muevo, un mundo de belleza sin igual, donde toda la magia se entretejía un una sola canción, una canción que guardaba todos los sentimientos de su corazón. El amor, la bondad, la pasión; todo tenia presencia en aquellas notas mágicas, que reverberaban en su mente constante pero suavemente, como si aquella melodía hubiese formado parte de él toda su vida. Aunque no sabía que decían esas misteriosas palabras, sentía que había desentrañado el significado de la canción, pues esa música había despertado y liberado sus más profundos sentimientos, elevándolos a su más pura esencia. De pronto las notas se apagaron, y la voz calló. Un profundo silencio se adueño de toda la posada, que aun divagaba entre sueños hermosos, hasta que un torrente de aplausos se elevo desde las regocijadas almas de viajeros y maleantes, que habían experimentado la bondad de sus corazones y ahora daban las gracias al bardo. Un bardo que no conocía mejor recompensa, por brillante que fuera, que la satisfacción de su público.
Cuando el cantor volvió a colgar el instrumento a sus hombros y se disponía a marcharse, Wink lo llamó, haciéndose oír sobre la naciente algarabía que acababa de despertar en la posada, y le hizo gestos para que se acercara.
- ¿Cual es vuestro nombre, bardo?- preguntó Wink.
- Aravil, señor- respondió el bardo educadamente- ¿y el vuestro?
- Mi nombre es Wink- respondió- me gustaría saber de que habla esa canción, si no es ninguna molestia.
- Me temo que es imposible- respondió el bardo con una sonrisa en los labios.
-¡¿No lo sabéis?!- exclamó Wink, incrédulo.
Una grácil carcajada surgió ahora de los labios del bardo cuando respondió:
-Nadie lo sabe. |