Un frío helado recorría mi cuerpo, era algo normal, después vendrían las oleadas de calor que acompañan a la descarga de adrenalina por el ansia asesina. Había tenido esa sensación cientos de veces, el regocijo que sentía al acabar con la vida de un hombre en el campo de batalla, la satisfacción de no ser yo quien yaciese en mi propio charco de sangre incapaz de controlar mi cuerpo, mientras la vida abandonaba mis venas para dejar paso a la gélida muerte y después a la diabólica oscuridad.
Hundí mi espada hasta la empuñadura en mi adversario, la letal arma emergió por la espalda del desdichado con un ligero chirrido al seccionar la columna. La vida del hombre se apagó sin más, observé sus ojos carentes de vida, saqué mi arma del cuerpo y continué. Seguí avanzando, no buscaba la gloria ni el reconocimiento, sólo quería que el calor que inundaba mi cuerpo no me abandonara, quería que perdurara por siempre y el combate era la única solución.
Un nuevo enemigo tuvo la osadía de ponerse en mi camino, su rostro se volvió pálido al observar mi demente cara. Grité como una bestia, descargué mi espada con una fuerza brutal; mi oponente consiguió alzar su escudo pero de nada le sirvió, mi espada atravesó el escudo y alcanzó al guerrero. Una nube de astillas y sangre se alzó cegándome un segundo. Mi enemigo se agarraba la garganta en vano. Continué avanzando mientras escuchaba los agónicos estertores del moribundo hombre y saboreaba la sangre que bañaba mi rostro.
Algunos enemigos huían espantados ante mi sola presencia, me sentía como un rey de reyes, como un dios de caos, destrucción y muerte… quería que perdurara esta sensación, quería más adversarios, quería más muerte.
Un soldado se lanzó a la carrera a por mí con valiente determinación, alzó su espada, sólo pudo hacer ese último movimiento. Al instante siguiente el desventurado notaba mi cálido aliento en su cara y mi fría espada en sus entrañas. Saqué mi arma de un tirón produciendo un sonido de succión. Lo último que pudo ver el hombre antes de morir fueron sus tripas al descubierto.
Una capa de sangre cubría la mayoría de mi armadura dándome un aspecto endemoniado. Me asombré de mi propia fuerza, de mi superioridad en el campo, de no tener igual entre esa plebe que se autodenominaba ejército. Reanudé mi marcha.
Un frío sepulcral recorrió mi cuerpo, era algo extraño, no tenía que tener esa sensación en ese momento. Mi cuerpo fue obligado a dar un paso hacia adelante al ser golpeado; escuché el sonido de mi armadura, de mi carne y de mis huesos al ser atravesado por una espada. Observé confuso como la punta del arma sobresalía en mi pecho, noté la cálida sangre recorriendo mi torso. Mi asesino me empujó hacia adelante para poder liberar su arma. Inmediatamente caí de rodillas, el mundo daba vueltas, la vida me abandonaba, una inmensa agonía ocupaba su lugar. No podía morir ¡Soy invencible! Un dios de caos, muerte y destrucción…
Un frío glaciar invadía mi ser, la parca apareció. Si su rostro pudiese esbozar una sonrisa creo que habría sido la más cruel de ellas. Mi última asesina me señaló y luego, tan solo, oscuridad. |