Cap.I “A la caza del lobo”
-Cincuenta y ocho... cincuenta y nueve... ¡Sesenta! -Los ecos de una voz eran lo único que se oía en la vieja palestra del cuartel militar del Templo de la Cúpula Solar de Sartar, otrora un reino libre y orgulloso, hoy una provincia más, al sur del Imperio de la Luna Roja, todavía en proceso de pacificación.
Lentamente, Cráteros se secó el sudor de la frente con su pequeña toalla de algodón y así, empezó otra serie de ejercicios en solitario. Ya no era un muchacho y solamente la actividad continuada, mantenía su cuerpo alerta. Él, había escogido el camino de las armas y sabía lo mucho que debía a sus reflejos, a su físico y a su mente; claridad mental en el combate era algo esencial para un templario. La lucha era como una coreografía, en la que había que seguir ciertos pasos establecidos, no quedaba espacio para la improvisación.
Había visto morir a muchos mercenarios. No levantaban la vista en el campo de batalla. Luchaban como toros embravecidos, sin control ni visión de lo que pasaba a su alrededor. Subir la mirada era lo primero que se enseñaba a un lancero de Yelmalio. Su físico siempre le ayudó a ascender, tanto en el campo de batalla como en la jerarquía de la orden, desde sus casi dos metros (exactamente ciento noventa y seis centímetros) no le fue complicado hacerse lancero de Yelmalio primero, luego Hijo de la luz, después uno de los más valorados mariscales de campo de los Templarios de la Cúpula Solar.
Giró el reloj de arena que había en la palestra y empezó a subir por una soga que colgaba del techo, repitió en varias ocasiones el proceso y siempre que llegaba arriba tocaba con la mano una campana dorada que colgaba al lado de la cuerda. Abajo, junto a su túnica, ya tenía preparado un gladius, una espada corta con la que realizar unos ejercicios de técnica, ataque y defensa. Al lado una comba, con la que acababa saltando, como hacía cada día, para perfeccionar la coordinación de brazos y piernas, hasta que cayese la noche completamente.
Se entrenaba en solitario pues en esta época del año, cuando tan solo unos pocos días restan para el inició del Tiempo Sagrado, lanceros y demás habitantes del pequeño Condado de la Cúpula Solar, se preparan, como la mayoría de cultos en Sartar, para rendir pleitesía con grandes y fastuosas ceremonias a sus dioses. Cráteros, era conocedor de estas ceremonias, del protocolo religioso, del que era un devoto seguidor, pero siempre encontraba un hueco para completar su entrenamiento cuando todos habían terminado ya.
-¡Señor! ¡Mi Señor! Pido permiso para entrar... noticias urgentes me apremian -dijo un joven templario desde el umbral de la palestra, con voz entrecortada y falta de resuello por la carrera que acababa de cortar al llegar junto a Cráteros.
- Pasa muchacho, habla ¿Qué es eso tan urgente? -Preguntó este con voz firme, mientras dejaba la comba y se secaba el sudor de su cuerpo desnudo.
Al chico le tembló la voz al dirigirse directamente al Mariscal, a una leyenda viva, como era Cráteros para él. No estaba acostumbrado a dirigirse sin su permiso a un superior. Era un muchacho joven, de figura espigada, no tan corpulenta. Iba vestido con la armadura completa de Lancero de Yelmalio, “seguramente uno de los vigías del templo en su turno de guardia”, pensó Cráteros. El chico tenía el pelo ligeramente más claro que él, a ambos le caía rizado, como esculpido con trémolo, sobre los hombros y, al igual que el Mariscal, tenía los ojos oscuros, color almendra. Llevaba una lanza larga o sarissa, como a ellos les gustaba llamarlas, que sujetaba tembloroso con ambas manos, sudaba. Cuando recobró el aliento dijo entrecortadamente:
-¡Señor! Me envía el honorable maestro Creonte desde la biblioteca. Ha llegado una petición de auxilio desde la aldea de Pomar, concretamente desde el altar de Chalana Arroy en la villa....
-¡Tranquilo muchacho! Empieza desde el principio... ¿Cómo te llamas y por qué te envía Creonte?- Le frenó con voz tranquilizadora.
- Mi nombre es Antígono, señor, hijo de Aléxandros. El honorable maestro Creonte ha recibido un mensaje desde un pequeño templo de Chalana Arroy en una villa cercana. Es menester que marche con prontitud hacia el lugar, pues el maestro se encuentra muy ocupado debatiendo en el Forum con los maestros Euríloco y Anfíaro sobre la sucesión al sumo sacerdocio, señor. La salud del Gran Patriarca empeora por momentos.
- De acuerdo muchacho, pero...¿Por qué querrán que marche a una aldea bárbara?...Brillante sea Yelmalio...¿Qué más te ha dicho Creonte?
- Señor, me dijo que unos emisarios venían de oriente, de más allá de Prax y los Yermos, se les esperaba en el Templo, pero que habían sido atacados al llegar a los límites de Sartar y rescatados por las sanadoras de esa capilla. El mensaje decía que se encuentran al borde de la muerte e insistían en traerlos a este Templo, pues portan una misiva del mismísimo Emperador de oriente, La Cúpula Solar desea que escoltéis a estos emisarios hasta aquí ¡Señor!.
- ¿Escoltarlos?... entonces muchacho, vendrás conmigo. ¡Vamos! ¡Rápido! Ve a la armería, recoge pica, escudo y espada. Di al Capitán Andrómakos que te releve de la guardia, vendrás como mi escolta personal a la aldea de Pomar. Voy a prepararme. Date prisa y ven a las caballerizas... ¡No! Mejor a las pajareras de la torre -ordenó Cráteros mientras se dirigía rápidamente a sus aposentos.
La Torre no era la construcción más alta del cuartel-templo de la Cúpula Solar, sin embargo albergaba las pajareras donde los seguidores de Yelmalio, dios del sol crepuscular, guardaban y criaban una majestuosa familia de halcones gigantes con los que cabalgaban los cielos y rivalizaban con los grifos, las monturas empleadas por los yelmitas de Tripolitania. En la actualidad contaban con diecisiete de estas maravillosas criatura bajo su cuidado.
Cuando Antígono apareció en las pajareras, Cráteros ya tenía ensillados y preparados dos de estas fantásticas monturas haladas.
-¿Sabes montar uno de estos, chico?
-¡Si señor! Llevo dos años entrenando combate desde monturas aéreas...
-Bien muchacho, cabalgaremos durante toda la noche hasta esa aldea, a caballo tardaríamos más de dos días en llegar... toma, coge esta manta para el vuelo. ¡Qué Yelmalio ilumine nuestro camino en la oscuridad y en el frío de la noche!!!
El sol se había puesto ya cuando los dos templarios se echaron a volar dirección norte. Surcaban los aires aún helados en aquella época del año, a finales de la estación de las tormentas, montado en aquella maravilla. Las horas nocturnas se hicieron cortas a ojos del joven lancero. El plumaje era suave, pero bajo él se sentía la presencia de unos músculos poderosos. Su halcón seguía sin problemas al de Cráteros, iluminados ambos por una especie de resplandor mágico que brillaba en los arneses de las aves. No entendía como con tan tenue luz los halcones se guiaban en la noche...¿seguirían el rumbo de las estrellas?...
Un rayo de sol asomó entre las montañas que se extendían al este, “los Picos Quivin” pensó Antígono. A su izquierda veía una enorme marisma y justo al sur una pequeña aldea, “Puntopato”, pensó el joven, “nos encontramos sin duda, fuera de los límites del Condado de la Cúpula Solar”. Se sentía fuera de la seguridad del pequeño fuerte yelmalita, en el corazón del reino de Sartar. Bosques de hoja caduca, arroyos y riachuelos contemplaba desde la altura. No dejó de disfrutar ni un solo instante, ni del vuelo en halcón, ni de las impresionantes vistas que tenía desde ahí arriba. Vio los senderos que se adentraban por los montes del este hacia Boldhome, capital de Satar, y distinguía en algunas colinas los maravillosos menhires construidos por los dragonuts, la raza de casi-dragones todavía no-nacidos en su forma definitiva. Al norte pudo localizar al fin, el pequeño poblado bárbaro de nombre Pomar, al que se dirigían.
Con la luz del sol y desde las alturas, Antígono veía como una pequeña ave, un halcón peregrino posiblemente, revoloteaba alrededor del halcón gigante de Cráteros, se acercaba y se distanciaba, incluso en algún momento parecía posarse sobre su lejano y gigante pariente e incluso en más de una ocasión en el brazo extendido del Mariscal.
Las aves descendieron a las afueras de la aldea, entre algunas granjas bárbaras y varios campos de manzanos que rodeaban los cultivos de avena.
- Señor, ¿dejaremos aquí las aves?
- Si, Antígono. No entraremos en la aldea de los bárbaros con ellas, Dana se ocupará que no pase nada.
- ¿Dana? ¿Quién es Dana?
En ese momento, mientras descabalgaban de sus monturas, Cráteros volvió a extender el brazo y fue cuando Antígono pudo ver como el Mariscal llevaba un enorme guante de cuero, como el que usan los sacerdotes para “despertar” halcones sagrados, un viejo rito de la tradición yelmalita. Además de uno de los grandes jinetes aéreos, Cráteros siempre mostró especial empatía con los halcones de menor tamaño y enormes dotes para el arte de la cetrería, su pasatiempo principal cuando no estaba dedicado al arte de la caza o a las labores del templo. Se quedó mirando unos instantes a los ojos de la rapaz y esta, tras un gesto con la cabeza que parecía de asentimiento, graznó y alzo de nuevo el vuelo.
Con premura dirigieron sus pasos hacia la aldea. Pasaron por alguna granja donde los barbudos orlanthis, de espesas melenas rizadas, ya estaban dedicados a sus labores agrícolas. En el centro de la aldea se distinguían varios edificios construidos con madera y caña y algunas techumbres de paja, cubiertas en ocasiones con tejas. Un edificio de dos plantas que parecía ser la posada, otro, con una gran puerta de madera y símbolos religiosos orlanthis como la runa del aire, un pequeño templo. Formaban junto a una especie de establo-almacén el núcleo de la aldea. Sin más dilación entraron en el edificio religioso. “Aquí está, el altar de Chalana Arroy”, pensaron de una diminuta capilla que se abría en un lateral del pequeño templo. Las runas de la armonía y la fertilidad estaban grabadas visiblemente sobre la madera. Una pequeña estatua en madera policromada presidía el altar. Representaba a una joven, vestida con una túnica de color blanco que parecía hacer gestos arcanos con las manos, lo que podría entenderse como un ritual de curación. Olor a incienso, silencio y una calma casi divina hacían del lugar un oasis para la relajación.
Una muchacha menuda, de facciones marcadas y pelo recogido, vestida con una túnica a imagen y semejanza de la que llevaba la estatuilla, la cual dejaba adivinar entre sus pliegues la esbelta figura de la joven, apareció por un umbral al otro lado del altar. Pareció asustarse en un principio con la presencia de los dos corpulentos hombres de armas, más aún cuando ambos portaban sus doradas armaduras. Sin embargo, tras el sobresalto inicial, con gesto decidido y sin titubear, se dirigió a ambos:
- ¿Venís del Condado de La Cúpula Solar?-, preguntó con un tono casi afirmativo, como si supiese la respuesta.
- Así es, venimos en busca de los emisarios orientales. –Contestó Cráteros, sorteando a la joven y entrando en la capilla sin esperar respuesta.
- Venid por aquí -concluyó la chica señalando hacia el interior de la capilla.
Entraron en lo que las sanadoras de Chalana Arroy llamaban la sala de curas. Otra joven, también vestida de hábito blanco y de figura igualmente esbelta, cambiaba unos paños mojados, teñidos de color rojo, por otros blancos que sacaba de una olla. Desprendía un cierto aroma a yerbas silvestres e inundaba la sala de un humo blanco que hacía subir sensiblemente la temperatura fría del exterior, lo que era de agradecer en esta época de finales de año. Las friegas olían a alcohol de tomillo y romero, resultaba muy agradable para el olfato de los hombretones. Los paños, tan asépticos como húmedos, eran depositados sobre un cuerpo tendido boca arriba en un camastro y sobre el que una tercera sanadora, mayor que las dos anteriores, con un gesto sereno en el rostro, clavaba cuidadosamente unas pequeñas agujas justo detrás de las orejas de una figura que se encontraba tendida. Vieron que también tenía agujas clavadas en las mejillas, en la frente, en la barbilla e incluso en las manos -en los nudillos concretamente-. Después puso la palma de sus manos sobre el torso desnudo del hombre tendido y empezó con un murmullo apenas audible, una plegaria pagana que al instante paró; paró al percatarse de la presencia de los hombres, y sin levantar la cabeza dijo:
- Llevo todo el día preparando esta ceremonia de curación, con la bendición de Chalana Arroy , La Sanadora, el hombre se recuperará.
Continuó con sus plegarias. Antígono paso del embelesamiento por la bella joven que los había recibido a la que no dejó de mirar desde que llegaron, a la curiosidad por el hombre tendido en el camastro. Nunca había visto a nadie de más allá de Boldhome. Con expresión anonadada y la boca abierta, miraba a aquel hombre. Tendido en el catre junto a las sanadoras, le parecía tan peculiar. Lo primero que le llamo la atención era su piel, de color amarillento, no como Yelmalio es representado de un dorado brillante, sino más bien un amarillo pálido. Su cuerpo era atlético, musculado y bien definido, pero era demasiado pequeño, “apenas llegará a ciento setenta centímetros”, pensó desde su espigadísima figura, “no puede ser un guerrero”. Sin embargo, fue otro rasgo lo que más llamó su atención. Más incluso que los dragones estilizados, casi sin extremidades y con enormes bigotes, que el hombre amarillo llevaba tatuados por el costado –al fin y al cabo tanto Cráteros como él, también llevaban algunos tatuajes de runas y animales mitológicos que les protegían en la batalla-. No reparó en ello hasta que estuvo lo suficientemente cerca como para verle la cara... tenía los ojos ligeramente rasgados. Aún con ellos cerrados como ahora los tenía, le daba un toque exótico y peculiar que nunca había visto antes. Eran más parecidos a la punta de su pica que a la circunferencia de su escudo, como era el caso de sus ojos, grandes y redondos, o el de cualquier otra persona que conociera –elfos incluidos, aunque estos carezcan de pupilas y el globo ocular fuese todo un gran iris de un mismo color, lo cual también resultaba de por si, tremendamente exótico-.
Cráteros sin embargo, había reparado en una segunda figura que reposaba de cuclillas en una esquina de la habitación. Ya se había percatado que tenía la misma mirada rasgada que el otro hombre, sin duda, esta gente procedían del imperio oriental de Kralorela. Se fijó en sus ojos que delataban su procedencia de más allá de Prax y los Yermos, en el más remoto y recóndito Oriente, al este del mundo, allá donde Genertela termina. Su mirada se clavó primero en los ojos, luego en el resto del cuerpo. Lo llevaba completamente cubierto por un traje negro que le tapaba incluso las manos. Las botas, si es que llevaba, parecían ser la continuación de los pantalones. La cabeza y la cara –y esto era incluso más peculiar que sus orientales ojos- estaban completamente cubiertas por una capucha -a excepción de los ojos, claro está-, que seguía el mismo tono color negro que el resto de los ropajes. Todo tapado. Todo negro. Todo misterio.
Cráteros lo miró sin pestañear, dio unos pasos en su dirección. Se dirigió hacia él, empleando el idioma comercial, usado por mercaderes y comerciantes más allá de las fronteras de las naciones conocidas y por toda la diplomacia en occidente:
- Saludos! Un largo viaje desde la tierra dorada de Kralorela!
...Silencio fue lo que obtuvo por parte de la figura de negro...
- Soy Cráteros, hijo de Hiraclís, Templario de la Cúpula Solar, Hijo de la Luz y de Yelmalio. ¡Os doy la bienvenida!
...Los ojos rasgados de la figura se posaron sobre los del Mariscal, pero aún seguía manteniendo ese inquietante silencio...
- Antes de explicarme el propósito de vuestra llegada buscando nuestro templo, explicadme que ha ocurrido, ¿Quién ha osado atacaros de este modo?
...La figura continuaba guardando silencio... Cráteros continuó con un tono algo más nervioso:
- Quizás no entiendas lo que estoy diciendo...-dijo lentamente- ¿Hablas mi idioma?¿Sartarita?¿Praxiano, tal vez?
- Es inútil, desde que lo rescataron ayer, no ha dicho una sola palabra -dijo una voz femenina -tenía unos rasguños que le curamos, pero no dijo nada, ningún sonido salió de su boca. Fue el otro, antes de caer inconsciente, quien dijo que venían buscando el templo de Yelmalio del Condado de la Cúpula Solar.
La voz que le hablaba era la de la joven que los había guiado de la capilla a la sala de curas. Ambos hombretones la miraron incrédulos ante tanto descaro.
- ¿Y tu quien eres, si puede saberse? ¿Dónde los encontrasteis? -inquirió Cráteros un tanto sorprendido por la osadía de la joven.
- Mi nombre es Aileena, señor, soy sanadora en este altar. Los extraños aparecieron arrastrándose moribundos en una granja a las afueras de la villa y...
Una tos fuerte acompañada de una sacudida hizo que ambos fijasen su atención en el hombre inconsciente. Un borbotón de sangre salió de la boca del hombre manchándole toda la cara. El cántico de la sanadora más madura se hizo claramente audible: “iyía...asfalía...hipokrátum..”, sus manos parecían relucir tenuemente. Otro golpe de tos, otra convulsión y más sangre. Una gota de sudor se deslizó por el rostro de la gran sanadora mientras parecía concentrarse aún más en su tarea. Cráteros se acercó a su lado y puso sus manos sobre el cuerpo maltrecho del oriental. Se sumó al cántico de la sanadora y sintió el calor que emanaba de las manos de esta. Sus manos también se iluminaron tenuemente –las artes de la guerra contemplaban entre otras, por supuesto, artes curativas y de reparación tras la batalla, un par de grandes cicatrices en su cuerpo corroboraban este hecho-. Paulatinamente las convulsiones fueron menguando, mientras el cántico iba creciendo: - “iyía...asfalía...hipokrátum..”-. Las voces se fueron apagando a la vez que lo hacían los inciensos, que envolvían la sala con su agradable olor.
No tuvieron que esperar mucho antes de que el extraño emisario oriental abriese los ojos. Con el pecho descubierto y visiblemente magullado, se incorporó lentamente ayudado por la joven Aileena, hasta quedarse sentado en la cama. Cráteros y la Gran Sanadora se habían sentado, exhaustos y ligeramente mareados tras el tremendo esfuerzo curativo que habían realizado. Unos ropajes cuidadosamente elaborados, bordados en seda y otros ricos tejidos, salpicados por adornos de vivos colores y multitud de detalles, quedaron así a la vista de Antígono. En una silla, al lado de la cama, había parte de una armadura de corte extranjero y el casco, con la manufactura más extrañas que jamás habían visto sus atónitos ojos. El emisario, ahora sentado, levantó lentamente la cabeza, a la vez que abría los ojos y la boca. De ella surgió un lacónico murmullo en idioma por todos conocido, pero con un acento marcadamente oriental:
- ...El Dlagón Empelador...el mensaje...nos atacalon...el mensaje...
Emitió un sonoro quejido y volvió a caer tumbado en la cama, sin sentido. Las jóvenes sanadoras se inclinaron inmediatamente sobre el hombre para ayudarle, La mayor de todas ellas habló con tono sosegado:
- Tranquilas hijas mías, ahora el hombre tiene que descansar, ya hablará cuando despierte. No seamos malas anfitrionas y ofreced un té a nuestros invitados.
Cierto es, que no tuvieron que esperar demasiado para que el hombre volviese a abrir los ojos. Para entonces, Kareena, que así se llamaba la gran sanadora de la capilla, ya les había contado como encontraron a este hombre, que bajo sus llamativos y ricos ropajes llevaba puesta la recia armadura que habían visto en la silla. Esto despejaba la duda de Antígono; desde luego era un guerrero –más tarde descubriría que el linaje familiar del oriental se había dedicado durante siglos a testar y afilar espadas-. Llegó prácticamente sin poder sostenerse por si mismo, arrastrado por su “mudo” e inquietante compañero. Este último, tenía sólo unas magulladuras, ahora ocultas bajo su hermético traje negro. No había dicho ni una sola palabra desde que apareció y fue el otro oriental, antes de perder el conocimiento, quien expresó su necesidad de dirigirse al Condado de la Cúpula Solar, el objetivo de su presencia tan lejos de su hogar.
En cuanto el emisario oriental abrió los ojos, y tras beber un sorbo del té violeta que le ofreció Aileena, Cráteros intervino ansioso por saber lo que allí acontecía, sorprendente como era la presencia de ambos orientales. Después de un tiempo adiestrando lanceros en el Templo de la Cúpula Solar de Sartar, esta “visita” rompía con su últimamente aburrida rutina. No estaban nada acostumbrados a ver gentes de más allá de Prax y los Yermos:
- Saludos emisario, Mi nombre es Cráteros, hijo de Hiraclís. He venido como portavoz del Templo de la Cúpula Solar, como acompañante y escolta hasta nuestros dominios.
- Glacias sean dadas al Dlagón cósmico y al Empeladol -dijo el oriental con un hilo de aire que salía de entre los dientes -Mi nomble es ManYulý -prosiguió en un correcto idioma Comercial, usado en occidente por diplomáticos y comerciantes de diferentes naciones -soy emisalio de su majestad y albacea impelial, El Dragón Empeladol a quien en occidente conocéis como Godunya. Debíamos lleval hasta vuestlo honolable templo un mensaje. La antigua alianza ha vuelto, la Alianza de los tles Soles, El Dlagón empeladol conoce donde se esconden...donde están las ancestlales...
A Cráteros le dio un vuelco al corazón, conocía perfectamente la leyenda. Los Tres Soles eran unas reliquias que en alianza con otros dioses enemigos del caos, fueron entregadas a Yelmalio en la lucha contra dioses malignos. Las reliquias desaparecieron perdidas tras la guerra y han sido buscadas durante generaciones. Este recuerdo no dejó impasible el corazón del Mariscal, pues su propio padre, Hiraclís, Señor del Sol y Templario de la Cúpula Solar, como él y su familia durante generaciones, había perecido años a, en lo que llamaron “Búsqueda heroica” en pos de una de estas reliquias. Efectivamente y como sucedía ahora, un antiguo Emperador Dragón de Kralorela fue el primero en entregar uno de estos Soles al dios Yelmalio.
ManYurý contó que su comitiva, formada por diplomáticos y guerreros, tenía como misión transportar unos documentos redactados y firmados por el propio Godunya, Emperador Dragón, Señor de Krolorela al templo de la Cúpula Solar en Sartar. Él no sabía nada de lo recogido en los papeles, el hallazgo de los Soles solo era un rumor que había escuchado durante el viaje. Se decía que el paradero de uno de los Soles, por lo menos, había sido descubierto y que se convocaría en asamblea a la antigua Alianza, para poner en marcha su recuperación. Lamentaba no saber mucho más, todo eran suposiciones.
Durante todo el tiempo que duró el relato de ManYurý, el misterioso de negro, que lo había traído hasta aquí, no abandonó ni el rincón donde se guarecía en la sombra ni la incomoda postura de cuclillas. Se guarecía del resto, aislado.
El relató concluyó cuando explicó que había ocurrido durante el viaje: cómo habían llegado en una flota de barcazas de guerra de la Marina Imperial kralorelana hasta tierras Heortianas al sur de Sartar; cómo además de la suya, habían salido diferentes comitivas que con los mismos documentos marcharon hacia diferentes lugares -no sabía ni cuantas eran ni a donde se dirigían, todo estaba envuelto con un velo de secretismo- cómo una vez que llegaron a Sartar; a menos de dos días de el Condado de la Cúpula Solar, fueron atacados por un grupo de salvajes con una jauría de lobos que les acompañaban; cómo aniquilaron sin piedad al resto de la comitiva y se llevaron los documentos, y lo que él no esperaba, cómo aparecieron de entre las sombras un grupo de encapuchados de negro y, uno de ellos le sacó del tumulto cuando la batalla parecía perdida, con cierta vergüenza afirmó que él moriría junto a sus compañeros pero el encapuchado le sacó de allí, sin poder hacer nada al encontrarse gravemente herido, casi sin fuerzas. Parecía resentido con su salvador encapuchado.
-¡Qué Yelm nos ilumine! ¿Entonces el encapuchado de negro no vino contigo?... pero, sus rasgos son tan orientales como los tuyos!...¿Qué ocurre aquí? –preguntó sorprendido Cráteros.
-¡Desde luego que no! Sigue un sendelo equivocado –muy excitado prosiguió- En ocasiones útil para los Exarcas de las Ocho Plovincias y el Dragón. Desde la sombla donde nadie los ve, hacen lo que el Dlagón exige, cuando el codigo de honol lo pelmite. Así, su plesencia es tolelada, aunque su desviación y supelficialidad nunca les pelmitilá tlascendel. Su secta se basa en engaños a los más deviles, viven de las ilusiones dlagontinas ¡Nunca selán auténticos dlagones!... No se como los envialon pala plotegel el mensaje de su Majestad Impelial...
-Hablas muy bien nuestro idioma, ¿Pero él?¿Por qué no habla?
-No habla pues no conoce el idioma –aclaró ManYury- Los de su clase social, no tienen la formación ni los estudios de mi noble casta, faltos de cultula y plotocolo.
Así explicó ante la atónita mirada de los presentes, mientras se acercaba paulatinamente al encapuchado, que un grupo de estos hombres de negro habría viajado en su misma barcaza de modo clandestino, con la misión de proteger los documentos del Emperador sin que los portadores lo supiesen. Entonces, los allí presentes, escucharon por primera vez la voz del hermético oriental, no de un modo claro, pues hablaba prácticamente al oído de ManYurý. Además, lo hicieron utilizando su milenario idioma, por lo que ManYurý tuvo que ir exponiendo las aportaciones que ambos hacían al relato. Oyeron como ambas voces se mezclaban en esa extraña lengua que parecía sonar ligeramente más aguda que cualquier otro idioma conocido en Sartar. ManYurý no podía esconder un cierto tono de desaprobación en la forma de pensar del hombre de negro, pero tampoco podía negar que le había salvado la vida, eso sí, sin que él lo hubiese pedido, su destino era morir en el campo de batalla. Era un honor y un deber.
Esos salvajes los habían emboscado muy bien organizados, guiados por algo o alguien, no había lugar a dudas. Aparecieron de las montañas situadas al este, “los Picos Quivin” pensaron los presentes, con una furia exagerada en su acometida y superándoles ampliamente en número...estaba seguro que no podía haber sido casualidad, no eran simples bandidos buscando oro.
Mientras contaba su relato, su rostro se fue iluminando con nuevas esperanzas al percatarse de que no todo estaba perdido: ¡Si volvían al lugar de la emboscada y seguían el rastro que sus agresores habrían dejado, podrían recuperar los escritos del Dragón Emperador!
-¡Qué el Dlagón nos guíe y su luz ilumine nuestlo camino hacía sus designios!-, dijo ManYurý abriendo los ojos a medida que se hacía consciente que aún podía cumplir su misión.
-¡Sí!, ¡Tenemos que recuperar la carta, señor!- dijo Antígono excitado.
-Entonces, pongámonos en camino- arengó Cráteros levantándose de su silla.
En realidad, fue el único que tuvo tiempo para hacerlo de los allí sentados. Antes de que el resto pudiese siquiera enderezar la espalda, la puerta del pequeño templo se abrió bruscamente.
-¡Hay alguien aquí!- vocifero una voz masculina desde la puerta- ¡¿Sanadoras?! ¿Dónde están esos orientales? ¿Hola? -se oyeron unos pasos, como se acercaban -¡Hola! ¿Sanadoras?
Quien entraba elevando la voz de esa manera no lo hacía solo. Tras seis grandes escudos redondos en los que se podía ver a la Diosa de la Luna Roja montada sobre el Murciélago Carmesí, y otros tantos pilums que correspondían a sendos legionarios lunares, entró un hombre de cabeza rapada, de una no muy elevada estatura -más bajito y achaparrado que los orientales- vestido con una túnica canela de misionero y con un ostentoso colgante de simbología lunar -un circulo partido por la mitad por una línea vertical-. Entró andando apresuradamente.
-mmm, lanceros de Yelmalio -dijo extrañado el misionero parándose en seco. Dibujó una sonrisa en su rostro y prosiguió -ah! Nuestros queridos.... aliados, sí, eso es ¿Habéis venido a ver a nuestros inesperados huéspedes del este?. Soy Jan Paolo, procónsul de las provincias imperiales del sur destinado en Sartar. La presencia de estos... Kralorelanos, tan lejos de sus tierras, es un hecho poco habitual y las autoridades Imperiales de la región desean que...los reciba.
-Saludos procónsul- dijo el Mariscal- Soy Cráteros, Hijo de la luz y enviado del Templo de la Cúpula solar. Estos hombres están bajo mi protección, debo llevarlos a nuestro condado con la mayor premura posible.
Algo no gustó al recién llegado diplomático lunar de las palabras de Cráteros. Tal vez esperaba llevarlos bajo tutela lunar al asentamiento imperial más cercano, y no quería contratiempos, tal vez....
-Insisto –dijo Jan Paolo elevando el tono de voz- Estos ...Kralorelanos, han sido atacados en una provincia bajo jurisprudencia Lunar, en su última fase de pacificación. ¡No podemos permitir que estas agresiones se sucedan!, y nuestros aliados Yelmalitas, no se opondrán a la voluntad lunar, ¿cierto? Mi escolta tomará...
-¡Usted no lo entiende!- interrumpió ManYurý, señalando a través de la ventana las nubes oscuras que tapaban el cielo- Si nos damos plisa podemos seguil el lastlo de los aglesoles y lecupelal el mensaje de su alteza, el Dlagón empeladol.
-¿Emperador? ¡Ah! -dijo sorprendido Jan Paolo- ¿Un mensaje del emperador oriental?...¿Godunya? Un momento, calma. Daré las ordenes oportunas y mis hombres seguirán ese rastro, no os preocupéis.
-Debemos partir ahora mismo- intervino Cráteros con voz decidida -antes que la lluvia borre la pista de los agresores.
-Está bien -admitió el diplomático- pero mi escolta de legionarios lunares irá con vosotros. En territorio lunar pacificado, es nuestra misión mantener la paz y el orden.
-Pero su escolta personal va pesadamente pertrechada e incluso las monturas entorpecerían el paso a través de la montaña -dijo Cráteros intentando que no se notase su creciente irritación.
-De acuerdo- admitió Jan Paolo. La sonrisa de su rostro se hizo aún mayor, dejando ver como su blanca e impoluta dentadura se alineaba perfectamente dentro de su enorme boca-, mis hombres se quedarán aquí, al cuidado y protección por si alguien más llegase a...la capilla –dijo con una mueca -y yo, que no llevo nada que pudiese estorbar, iré con ustedes. Es mi deber.
-Desde luego- asintió Cráteros.
Desde la invasión de Sartar por parte de tropas lunares, el Condado de la Cúpula Solar se había mantenido independiente del gobierno imperial. Era constante, el transito de tropas y diplomáticos, pero religiosa y militarmente, los adoradores de Yelmalio conservaban plena autonomía sobre la zona. Esto era favorecido, gracias a una actitud colaboracionista con el Imperio, por parte de las autoridades yelmalitas. Además, este pequeño condado se sostenía económicamente gracias a sus intervenciones militares, y actualmente los lanceros de Yelmalio eran mercenarios al servicio del poder lunar en su proceso de pacificación de la reciente “provincia”. Los yelmalitas más ortodoxos alababan la mano dura lunar con las hordas de violentos bárbaros orlanthis, otros templarios criticaban al Imperio por su permisivilidad en asuntos más “sociales”, como la inclusión de la mujer en la vida política. Los bárbaros orlanthis en cualquier caso, siempre bulliciosos, no eran vistos con agrado ni por los seguidores de Yelmalio ni por los adoradores de la Diosa de la Luna Roja.
Jan Paolo se dirigió en privado al sargento de su escolta mientras los otros preparaban su equipo:
-Aquí ya hemos hecho bastante, quiero que marchéis e inspeccionéis todos los alrededores; granjas de bárbaros, campos de cultivo, el bosque de manzanos... si encontrásemos a otros...foráneos orientales, quiero que los retengáis hasta que yo vuelva, ¿Me entendéis?. Ahora dadme un arco y un carcaj lleno de flechas, yo iré con ellos.
-Pero señor- contesto preocupado el legionario.
-Es una orden, los Yelmalitas me protegerán, descuida, yo me ocupo de ello. Tu, procura hacer bien lo que te mando, marchad solamente después de que nosotros nos hallamos ido. Esperad una hora desde nuestra partida -concluyó el misionero lunar.
Cráteros salió del pequeño templo, silbó. Dana, su halcón “despertado”, apareció rápidamente surcando el cielo. Se detuvo sobre su brazo izquierdo, enfundado en el guante enorme de cetrero que poseía.
-Amiga, bien hecho -dijo el Mariscal- Lleva los halcones de regreso al templo, debemos internarnos en las montañas y somos demasiados para volar. Informa al maestro Creonte de la situación y vuelve lo más rápido que puedas, vuela veloz amiga mía. Creo que esto no va a ser tan fácil, te voy a necesitar -y a un gesto con el brazo del Mariscal, el ave se elevo surcando el cielo en dirección oeste.
Dentro del templo, ManYurý volvió a colocarse la armadura y sus ropajes con un ceremonioso ritual. Salió agradeciendo la ayuda recibida, especialmente a las mujeres que se ocupaban del altar de Chalana Arroy, a la joven Aileena y a la gran sanadora Kareena concretamente. El oriental portaba en la mano una extraña arma, un filo largo y curvo engarzado en un mango largo de lanza, “naginata” lo llamaba, los otros nunca lo habían visto antes. Su espada, ligeramente curvada y con una empuñadura redonda, quedó enfundada, se la echó sobre la espalda. Era muy parecida a la que llevaba el otro oriental, también enfundada sobre la espalda. Entre los ropajes negros de este último no se veía ninguna otra pertenencia más, aparte de un arco corto y un bastón rudimentario sobre el que se apoyaba para caminar.
Sin más dilación y cuando todos se encontraban preparados, se reunieron de nuevo en la entrada del pequeño templo de la aldea de Pomar. La heterogénea comitiva compuesta por los dos guerreros yelmalitas, el diplomático lunar y el emisario de kralorela junto a su misterioso acompañante, se internó en los campos de manzanos dirección a Los Picos Quivin dejando atrás la aldea. El paisaje suave de colinas bajas, se iba tornando más agreste y salvaje, según se iban alejando. Las nubes negras fueron desapareciendo a lo largo del día, lo que infundió mayores esperanzas a la comitiva de encontrar y seguir fácilmente el rastro de los anónimos agresores.
La vegetación baja de matorrales y arbustos y, una enorme presencia de jaras pegajosas, hacía tiempo que habían sustituido a los bosques de manzanos que circundaban Pomar.
Pocas horas después de su partida y siguiendo, no sin dificultad, el rastro dejado por los orientales, atravesaron una dehesa y llegaron a un corredor entre rocas, donde hacía dos noches se produjo el ataque. El camino se les hizo mucho más corto esta vez.
Encontraron restos de la batalla, los tres cadáveres de los acompañantes de ManYurý, así como el cuerpo de más de un misterioso “protector”, completamente envueltos en sus vestimentas negras. Ni rastro de lobos o salvajes.
ManYurý volvió a recordar, no sin cierto dolor, la noche del ataque. Como los salvajes aparecieron entre las rocas, poseídos por una furia berseker. Parecía que los podía ver de nuevo, echando espuma blanca por la boca con los ojos cargados de un color amarillento, apenas vestidos con sus pieles de lobos, el cuerpo pintado con colores tribales ... lo recordaba perfectamente. Los lobos aparecieron saltando de entre las rocas, después de que sus amos empezasen el ataque desde las alturas, arrojando piedras enormes y jabalinas de madera, toscamente talladas, pero tan efectivas como si tuviesen punta de piedra o metal.
-Aquí están -dijo Cráteros arrodillado en el suelo y señalando con el dedo índice- Hay huellas de pies descalzos... y de lobos...enormes. Llevan arrastrando algunos cadáveres, lo que retrasa su marcha y nos beneficia para su captura. Por lo menos eran doce... marcharon en esa dirección. Hacia el norte. Nos llevan, si no me equivoco, más de un día de ventaja, apresurémonos. Pronto anochecerá y entonces será imposible seguir el rastro.
Prosiguieron así su camino, se internarían en la montaña hasta que fuese imposible seguir el rastro. ¡Si se daban prisa podrían atraparles antes de que el rastro se perdiese!
-¡Señor! -dijo con cierta cautela Antigóno a su superior, mientras caminaban -Es muy raro ver estos salvajes primitivos, los que caminan junto a lobos, tan al sur. Mire, estas huellas ¡Son enormes! ¿Cree que marcharan al lado de cambiantes?
-¿Lupinos? No lo se muchacho, yo mismo me hago esa pregunta, pero sin duda debemos estar preparados para lo que venga.
-Licántropos querrá decir –intervino Jan Paolo que estaba justo detrás, escuchando la conversación de los yelmalitas -Sea lo que sea, yo aseguro por la Diosa de la Luna Roja y las Siete Madres que esos...seres primitivos tendrán que responder por sus actos. Esto no se puede tolerar en ninguna provincia lunar.
Avanzaron hasta que la noche se hizo completamente cerrada. La luna en cuarto menguante apenas iluminaba. Permanecía oculta tras, la todavía amplia presencia de cúmulos nubosos en el firmamento, típicos en esta época de finales de año. En pocos días, con la llegada del tiempo sagrado, el tiempo mejoraría notablemente.
-Acamparemos aquí -dijo Cráteros -sortearemos las guardias.
Había sido un día intenso y raro para todos y no iban a discutir las ordenes del Mariscal. Se acomodaron de la mejor manera posible. La Estación de las Tormentas se acababa y les reconfortaba pensar que la temperatura y las inclemencias metereológicas podrían haber sido mucho más duras. Uno a uno fueron cayendo presos del cansancio y el sueño. La noche fue pasando...hasta que...
-¡Un oso! -les sobresaltó la voz de Jan Paolo, el último en vigilar -¡Nos ataca! ¡Nos quiere comer! ¡Lo han enviado para que nos aniquile! ¡Socorro!
Antígono cogió su jabalina dispuesto a lanzarla contra el oso y sorprendido vio como ManYurý, habiendo sido increíblemente más rápido, ya se encontraba en pie con su “naginata” entre las mano. Lo más sorprendente fue ver como Cráteros, completamente desarmado, se puso en pie y se aproximó corriendo, gritando y moviendo las manos en dirección al oso. Este se giró hacia el lugar por donde venía el yelmalita. Le miró y, se puso a dos patas. El oso abrió sus enormes fauces y al igual que el humano, levanto las manos. El militar empezó a gritar aún más alto y a mover los brazos con más vehemencia, como si así quisiera ahuyentar al oso.
Entonces, para sorpresa de todos... el lacónico oriental de negros ropajes, se unió al experimentado yelmalita. Se situó al lado de este y empezó a chillar con una estridente voz aguda y a agitar sus extremidades como si estuviese poseído.
El oso se dejo caer pesadamente, volvió a su postura cuadrúpeda, se giró aburridamente, con paso lento y parsimonioso se alejó dando la espalda al grupo.
-¡Atacadle! ¡No veis que lo enviaron para matarnos! -volvió a gritar Jan Paolo buscando nerviosamente una flecha en su carcaj.
-¡No! –respondió seco Cráteros, al paranoico misionero -Sólo estaba buscando comida en las mochilas, buscaba algo de desayuno -se giró hacia el oriental y asintiendo con la cabeza le susurró -Gracias.
Al alba, los rayos del Sol, de Yelm, asomaban entre los picos de Quivin, por lo que no tuvieron tiempo de seguir descansando. No tardaron en ponerse en marcha. No era difícil seguir el rastro por aquellas tierras. El terreno era propicio para ello y además, parecía que los perseguidos no estaban del todo familiarizados con el entorno y dejaban sin ningún cuidado tras de si, un claro rastro. Llegaron incluso a encontrar a mediodía, un pequeño túmulo donde habrían hecho una pira funeraria con los suyos, los que habían sucumbido durante el ataque a los emisarios orientales. Ahora no era más que un montón de cadáveres carbonizados. Sin duda no pensaban ser perseguidos y esto retrasó su marcha enormemente hasta aquel lugar. A partir de ese punto, el rastro no mostraba tantas facilidades, pero Cráteros podía asegurar que no más de siete u ocho continuaban, entre bípedos y cuadrúpedos. Si se apresuraban tardarían menos de lo que habían pensado en cazarles, tal vez incluso este mismo día, antes de que anocheciese.
Al caer la tarde, Cráteros sintió la presencia próxima de Dana. Levantó la cabeza, miró al cielo, allí se encontraba su amiga y compañera. “Así que has volado toda la noche, compañera”.
Siguieron internándose entre colinas y senderos, el halcón iba y venía, revoloteando desde las alturas.
- Dana ha encontrado los lobos -aseguró Cráteros, todos le miraron -Dice que llegaremos en pocas horas, antes de que anochezca, se han refugiado en una cueva no muy lejana.
Dana se encontraba a mucha altura, en ningún momento bajó ni se posó en el brazo de su amo, como había hecho anteriormente. Pero nadie dudó de estas palabras.
Fueron acercándose hacia una pequeña depresión, sobre la que Dana volaba a gran altura.
- Agachaos- ordenó Cráteros con un susurro -la entrada de la cueva se encuentra tras esas rocas.
Se encaramaron a las rocas y tumbados desde arriba, vieron el pequeño valle que se abría a sus pies. El frío y la escarcha humedecían la hierba que bastamente se extendía desde el lugar donde ellos se encontraban, hasta la boca de una cueva a un centenar de metros de distancia. No había más vegetación que ofreciese cobertura. Y allí, en la entrada de la cueva, se encontraban tendidos en la hierba tres enormes ejemplares de lobo negro, grandes, con un hermoso pelaje oscuro... y unas fauces igual de oscuras y temibles, por donde asomaban dos filas de afilados dientes amarillentos.
-Señor -dijo Antígono- Si nos acercamos más podrían olernos, o incluso escucharnos, ¿Qué hacemos?
-El viento sopla en nuestla dilección- intervino ManYury -Si no cambia, desde allí no pueden olelnos.
-Entonces los mataremos desde aquí.-ordenó decidido Cráteros, sacando su arco y señalando uno a uno todos los lobos -Apuntad y disparad a mi orden.
Mientras Jan Paolo fruncía el ceño en actitud pensativa, distraído por algún pensamiento que en aquel momento rondaba su cabeza, los otros cuatro se fueron posicionando a lo largo de la loma, tomando diferentes ángulos y tensando los arcos. El ruido de las cuerdas al tensarse, de la madera del arco cuando se combaba y alguna respiración entrecortada era lo único que se oía a lo largo del valle.
-Apuntad -susurro el Mariscal -Si no acabamos con ellos con la primera flecha darán la alarma. Atención, preparados...-los segundos se hicieron eternos-... ¡ahora!
Esta vez se oyó ligeramente su voz y, tras el susurro, se pudo oír con más claridad como la madera de los arcos volvía a enderezarse de golpe, mientras arrojaban con enorme violencia los cuatro proyectiles. Se oía el bufido de estos cortando el aire “bfffff”. Se escuchó como si mordiéndose el labio de abajo con los dientes, hubieran soplado todos a la vez.
Los agudos oídos de los lobos, esta vez si detectaron el zumbido “ssssshhhhh”. Uno de ellos irguió la cabeza, de repente “zas”, “zas”, “zas”, “zas”. En un instante, todos los proyectiles habían alcanzado sus presas. Se oyó un pequeño lamento, y un intento que no llegó ni mucho menos a un aullido. Los tres lobos yacían tumbados en la hierba con flechas clavadas entre cuello y cabeza.
Un momento después, Jan Paolo empezó a descender por la roca.
-¿Qué haces? -quiso saber Cráteros intentando no elevar el volumen de su voz.
-Esperad –contestó el misionero lunar con voz seca, sin darse la vuelta ni levantar la cabeza, parecía muy seguro de lo que hacía.
-¡Bajo con él!- Se apresuró a decir Antígono.
-Ten cuidado -dijo Cráteros asintiendo con la cabeza -Volved a cargar los arcos. Apuntad a la cueva y no disparéis hasta que yo lo diga.
Entonces Jan Paolo se detuvo tras avanzar unos metros. Oyeron como el diplomático comenzó a entonar una letanía desconocida para todos. A continuación, empezó a mover ambas manos de forma rítmica, como si manejase una esfera invisible entre los dedos. La letanía fue subiendo de intensidad. ManYurý hizo una mueca, no le gustaba lo que oía. En su tierra, esa magia no era de hombres respetables, era de personas sin valores morales, de “fétidos”. No eran gente de la cual fiarse. Cráteros hizo un gesto con el brazo
-Bajemos- indicó a los otros.
Sin dejar de apuntar hacia la entrada de la cueva, con la cuerda del arco completamente tensa, empezaron a descender cuidadosamente por la loma. Antígono guardaba la espalda del diplomático. Curioso por la extraña y desconocida letanía, el joven se adelantó sin levantar los ojos del ondulante movimiento de las manos de Jan Paolo:
-¡No bajes el arco!- gritó el Mariscal, pero su voz pasó desapercibida, como el ulular del viento en los oídos del ensimismado yelmalita -¡Antígono! ¡Apunta a la cueva!.
El joven miraba absorto las manos en sus rítmicos movimientos circulares, levantó la vista hasta los labios del diplomático que entonaba con más fuerza la letanía. De ahí, subió por la cara hasta los ojos y reparó que estos se habían tornado completamente en blanco. Un débil resplandor blanquecino cubría los globos oculares del lunar, ahora sin pupilas. Totalmente en blanco, como si se hubiesen dado la vuelta. Antígono no escuchaba como se acercaban sus compañeros.
Un alarido fue lo que le sacó del hipnótico estado, pero esta vez no venía de una orden de su Mariscal. Exactamente provenía en sentido contrario, de la cueva. Las flechas de sus compañeros silbaron sobre su cabeza. Elevó la mirada, con el tiempo justo para ver como un enorme lobo de descomunales fauces se abalanzaba sobre él. Fue un acto reflejo el que le hizo levantar el arco y soltar la flecha en el momento exacto que la fiera saltaba sobre su cuerpo. El proyectil atravesó la garganta de la bestia. El peso muerto del animal y la inercia propia por la carrera que traía, hicieron que Antígono cayese al suelo bajo su cuerpo.
Los tres arqueros volvieron a colocar otra saeta en sus arcos. Habían visto salir dos lobos de la cueva. Corrían centelleantes hacia el grupo. Detrás aparecieron tres salvajes más; altos, morenos, envueltos en pieles de lobo toscamente curtidas. Portaban jabalinas talladas con las que hacían gestos amenazantes. Saltaban y trataban de alcanzar algo que sobrevolaba sus cabezas. La vista no llegaba para ver de que se trataba, demasiado pequeño a tanta distancia. Cuando se percataron de la presencia de los “extraños”, el primer trío de flechas ya había impactado en uno de los lobos que aulló herido y aminoró la marcha de su carrera, dos de los hombres cayeron fulminados al suelo.
Apuntaron con sumo cuidado a los supervivientes que aún se mantenían en pie. Una segunda mortífera oleada de flechas... y se hizo el silencio.
Antígono se desembarazó del cuerpo bajo el que estaba atrapado. Los demás se acercaron a examinar el resto de cuerpos caídos - “sólo los vivos pueden hablar”-. Jan Paolo se acercó a la entrada de la cueva. Se agachó ante el cadáver de un salvaje atravesado por uno de los proyectiles. Se arrodilló y exclamó:
-¡Ahá! ¡Aquí está! Esta es la bolsa que trataban de esconder dentro de la cueva... pude verlo todo -aseguró Jan Paolo con una medio sonrisa socarrona en la boca. Se agachó y recogió una pequeña bolsita hecha en pie, cerrada con un pequeño cordón, el cual tenía dos grandes plumas verdes atadas. La miró con ojos brillantes, como un niño a un caramelo.
-Aquí hay uno vivo- Se escuchó gritar a Cráteros, mientras ponía su bota derecha sobre la espalda de un salvaje que trataba de huir arrastrándose. Una flecha le había atravesado el muslo. La punta asomaba por el otro lado de la pierna. Además, un fuerte golpe en la cabeza le había provocado una herida abierta en la sien. Aún así, había intentado zafarse, aunque sin éxito en su empresa.
ManYurý corrió hacia él en cuanto oyó la voz del Mariscal. Desenfundó su katana y la elevó sobre su cabeza ante la atenta mirada de sus compañeros.
Jan Paul deshizo el nudo que cerraba el cordoncito de la bolsa y se apresuró a mirar lo que contenía su interior. Entonces... ¡Plof!
- ¡Ahhhhhhhh!- gritó Jan Paolo, dejando caer la bolsa al suelo.
No fue exactamente una explosión. Fue por el contrario, como una implosión. Como si el contenido de la bolsa estallase... pero hacia dentro. Sin dejar rastro. Ninguna huella en su interior. De cualquier modo, esto resultó igual de doloroso para sus manos.
El grito y el ruido de la bolsa hizo que todos mirasen hacia el extraño lunar. Incluso ManYurý, el cual seguía sosteniendo su curvada espada sobre su cabeza.
-¡Malditos salvajes descerebrados! -gritó de dolor Jan Paolo, mostró las manos ensangrentadas -¡Yo os maldigo, animales! ¡El Murciélago Carmesí os pondrá en vuestro lugar! –Miró hacia los otros y al ver como estos le observaban sorprendidos por su reacción, midiendo sus palabras dijo:
-Dentro de esa bolsa escondían el mensaje de Godunya, pude verlo mientras estaban dentro de la cueva...pero mucho me temo que el mensaje ha desaparecido. Se acabó, no podemos rastrearlo así.... ¿Volvemos a casa?
- ¡¿Qué?! ¡¿Cómo?! ¡¿Desapalecido?! -gritó alarmado ManYurý bajando la espada- ¿Cómo es posible?
-Esto no es una bolsa de piel- explicó Jan Paolo con la bolsita en la mano otra vez- Esta bolsa tiene otra “gemela” y lo que tuviese dentro ahora está en la otra, en otro lugar, posiblemente lejos de aquí -concluyó con una mueca, lanzando la bolsa al suelo con desprecio.
-No matéis al salvaje –ordenó el Mariscal -Va a hablar, y esta vez no lo hará sólo con los lobos. Encontraremos donde está el contenido de esa bolsa.
Antígono aumentaba paulatinamente la presión que hacía con el pie sobre la espalda del hombre tumbado, como hasta hace un momento lo había hecho Cráteros.
-¿Pol qué fuimos atacados- espetó ManYurý.
El salvaje, cubierto de pinturas rituales de color azul se resistía a contestar. Parecía esperar a la muerte, mientras sangraba abundantemente por la herida de la cabeza.
-¿Quién tiene la otra bolsa?¿Dónde está su contenido?- se interesaba Jan Paolo.
Tumbado, con la flecha aún clavada, el hombre sabía que su amuleto, un collar que llevaba atado al cuello con tres dientes de lobo, no le salvaría esta vez. Telmor, Padre de los lobos, le acogería en su seno después de muerto.
-¿Quién os ha enviado?- inquirió Cráteros al que se le empezaba a notar como se terminaba su paciencia -¿Por qué atacasteis a los emisarios orientales?
El salvaje aún se resistía. Mareado por la notable perdida de sangre, aullaba como un lobo, en un acto con el que parecía pedir ayuda. Pasaba el tiempo... la ayuda jamás vendría. La moral y la fuerza del telmori fueron decayendo a la vez que la insistencia de los interrogadores iba aumentando
-¿Qué había en la bolsa?¿Dónde está el cofre que robasteis?
Al final del día, cuando ya anochecía, la presión terminó por resquebrajar el silencio del hombre, agotado, extenuado, de cuyas heridas no dejaba de manar abundante sangre. Empezó susurrando un nombre:
-Xvarnak- dijo casi imperceptiblemente- se llevó nuestros cachorros.
El salvaje se derrumbó y contó como un troll negro llamado Xvarnak había secuestrado a sus crías. No podían recuperarlas pues no conocían el escondite secreto donde se ocultaba. Les prometió devolverlas, así como carne para toda la manada, mantas de cuero bien curtidas y algunos útiles de metal, a cambio tan solo de un caja. Esta la portaría un pequeño grupo de cuatro o cinco hombres venidos de las lejanas tierras del este, más allá de Prax. Solo tenían que matarlos, y robarles la caja de madera con el sello de un dragón. A cambió de esta, el troll les daría lo prometido.
El Salvaje telmori contó como el troll, quiso ver los cuerpos de los orientales. Para él, era muy importante que estuviesen muertos. Esa misma tarde, los espías de Xvarnak, asquerosas y pequeñajas criaturas de piel oscura, trajeron noticias: habían hallado el rastro de dos orientales que habían escapado del ataque. El troll debió montar en cólera pues cambió el trato. Les mandó seguir el rastro de los huidos y asesinarles allá donde estuviesen. Los espías llevaron las bolsas gemelas para que enviasen el contenido de la caja inmediatamente, pues troll permanecía oculto en su guarida.
El salvaje sabía que la manada nunca le perdonaría la perdida de los cachorros, y ese castigo era la mayor de las vergüenzas. Se sentía como un lobo acorralado sin posibilidad de escapatoria. Tan lejos como se encontraba de sus tierras y herido, se daba cuenta que nunca volvería a correr junto a los lobos.
- Bien, los cazadores han sido cazados -dijo Antígonos con un tono de satisfacción-, hemos sido más rápidos.
- Aunque ellos todavía tengan el mensaje de su Majestad Impelial- dijo ManYurý otra vez cabizbajo.
-Sólo tenemos que encontrar a ese Xvarnak -dijo Antígono intentando animar al oriental con sus palabras.
-Sí, pelo, ¿Dónde empezamos? -quiso saber ManYurý. Se quedo pensativo y con tono preocupado dijo -Si Xvalnak quelía nuestlo cadavel y ha seguido nuestlas huellas, eso le hablá conducido dilectamente... ¡A la capilla de las sanadolas! ¡Debemos volvel a la aldea!
- Pues regresemos rápidamente a Pomar -se apresuró a decir Cráteros -¡No hay tiempo que perder! ¡Antes de que sea demasiado tarde! -y con un gesto firme de su brazo señaló el camino de regreso.
Fue Jan Paolo quien se acercó furtivamente por la espalda del telmori. Extrajo una pequeña daga curvada que ocultaba en una manga de su túnica y aplicó su castigo sobre el cuello del salvaje. Así acabó su agonía e hizo que este pasase a formar parte del séquito de Telmor, allá donde el dios lobo se encontrase. |