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La Alianza de los Tres Soles I: siempre amanece por oriente (II)
Roberto Alhambra Sánchez - Relatos de Scyla: Fantasía - 0 Comentarios - Puntuación: 6 puntos (VOTAR)
No tuvo tiempo siquiera de pestañear, de huir, quiso girarse para salir de la habitación. Una de las criaturas se abalanzó sobre él y con uñas y dientes empezó a rasgarle las vestiduras, intentando devorarle como si estuviese realmente hambriento.
Cap II. “El altar de Chalana Arroy”

-¿Cómo sabía lo que ocurría dentro de la cueva? –preguntó Antígono tímidamente a Jan Paolo, tras haber dado muchos rodeos y armarse de valor.
- Me parece que todavía tienes que aprender a “ver” muchas cosas -contestó el diplomático lunar, no exento de cierta arrogancia.
- Honorable Jan Paolo -intervino después ManYurý, a quien no le gustaba el tono que el lunar utilizaba, ni mucho menos lo que le había visto hacer en la entrada de la cueva de los lobos, alguien así no era digno de confianza-. Sus soldados están plotegiendo la aldea ¿Pol qué hay tanta pleocupación en sus ojos?
- Pregúntaselo al líder. No hace falta que nos arrastre con este endiablado ritmo. El altar está bajo el control de mis hombres -respondió Jan Paolo-, todo saldrá como tiene que salir... pero precaución, en estas tierras bárbaras e incivilizadas es posible que mi guardia y yo, tengamos que marchar a poner orden y paz en algún asunto. Eso es, con estos orlanthis sin costumbres de convivencia adecuadas para una provincia lunar, todavía, debemos andarnos con mucho tiento.

Marchaban campo a través, bajando por colinas y estrechos senderos, en dirección a Pomar. Llegarían al anochecer si no se detenían. Una larga caminata les separaba todavía de la aldea. El camino les conducía entre arroyos, pronto vieron los primeros manzanos.
Llegaron a un sendero que transcurría de sur a oeste. Siguieron camino hacia el sur sin demora. No había pasado mucho tiempo, caminaban pesadamente después de varias horas de marcha, cuando en medio del sendero apareció un pato de lastimoso aspecto. Cuando en Sartar y en toda Genertela, hablan de patos, no solo se refieren a esa pequeña ave acuática y palmípeda conocida por todos, sino también a una raza de mayor tamaño, como un niño humano, inteligente y con capacidad de habla, que se relaciona y convive con hombres, incluso que comparte cultos, supersticiones y creencias. Los puedes encontrar no solo en lagos o grandes ríos como “El Arroyo”, sino también en aldeas y villas de mayoría humana, de mayoría orlanthi por estos lares.

Este en concreto, se plantó en medio del camino. Rondaría los treinta kilos de peso. Tenía el plumaje bastante descuidado –en las alas, bajo alguna que otra calva, asomaba el tono rosáceo de la carne-. Le colgaba holgadamente la pechera de una coraza de metal y portaba un yelmo, un tanto oxidado e igualmente abollado por un lateral. Aún así, se detuvo delante del grupo y amenazadoramente sostuvo una ballesta que apuntó al pecho de Cráteros, el cual caminaba en primer lugar.
-El peaje pog tjansitaj mi camino es de diez lunagues -dijo con su peculiar acento y la voz nasal característica de esta especie.
-No me hagas perder el tiempo, pequeñajo –intervino Jan Paolo con “su” aire habitual-. Las personas importantes tenemos cosas que hacer. Vete a molestar a alguna otra criaturita -tras lo que se dispuso a reiniciar la caminata.
- ¡Espera! -Le detuvo Cráteros levantando una mano- mira tras esas rocas...y en aquellos juncos junto al arroyuelo.
- Es cierto -afirmó Antígono-, parece que alguien se esconde allá... ¿nos están apuntando?

Y realmente les pareció ver que escondidos alrededor del camino había varios hombres -¿o serían patos los que les apuntaban con arcos y ballestas?
-Me estoy impacientando -se apresuró a decir el pato-. El peaje ha subido a doce lunagues –alzó la voz en un grito-. Chicos ¡No tigéis a mataj! Sólo atjavesajles las piejnas.
- De acueldo señol pato -intervino ManYurý echándose mano a la bolsa que colgaba de su cinto-. Aquí está el dinelo. ¿Selá suficiente?
Sacó un montón de monedas que arrojó al suelo, a los palmípedos pies del ahora sonriente bandido. Este se arrodilló y sin dejar de apuntar con su ballesta, fue recogiendo las monedas torpemente. Se levantó y empezó a caminar lateralmente en dirección al arroyuelo que asomaba tras los juncos que había en este recodo del camino. Gritó con un tono un tanto teatral:
- ¡Chicos! ¡Si se mueven, abrig fuego! ¡¿Entendido?!

Tras lo cual, saltó los juncos con facilidad y fue a caer a las aguas del arroyo donde se sumergió rápidamente. Unas burbujas en la superficie y el ruido del agua, nada más. No había dejado rastro. Desapareció engullido por la corriente.
El grupo se miraba atónito. Se observaban unos a otros con las manos levantadas y haciendo algunas muecas de incredulidad. Entonces vieron como Jan Paolo empezó a mover las manos como ya lo hiciese en la entrada de la cueva donde encontraron a los telmoris y oyeron firme y claro su mandato:
-“Petra Patronum Dominae” -con un gesto de la mano, las rocas que daban cobertura a los emboscados, comenzaron a rodar hacia delante, como atraídas por un potente imán que el diplomático lunar sujetaba imaginariamente.
Fue mayúscula la sorpresa que se llevaron, cuando tras las rocas, rodaron en su misma dirección varias calabazas, Las cuales les habían hecho confundirse y pensar que eran las cabezas de los supuestos bandidos. Tras las calabazas se desplomaron ramas y palos atados con cuerdas, los “arcos” con que les apuntaban. ¡El pato les había engañado!
No pudieron hacer otra cosa que sonreír –y alguno sonrojarse-, ante el modo con el que habían sido timados por el bandido ¡Con un truco tan simple! Tendrían que tener los ojos más abiertos de ahora en adelante, pues sabían que el troll, Xvarnak no se conformaría tan solo con un puñado de monedas.

Tras este incidente y con algo menos de peso en la bolsa, no tardaron en ver las primeras granjas orlanthis, cuyos campos de cultivo estaban ya vacíos en aquellas tardías horas. Finalmente cuando caía la noche, vieron las primeras luces de la aldea de Pomar. Entraron en la villa orlanthi y fueron directamente al templo que compartían como lugar sagrado de culto, diferentes deidades de la zona, y que contaba permanentemente con varios altares como los de Ernalda “la madre tierra” o Esrola “reina de la avena”, además del ya mencionado de Chalana arroy “la sanadora”.

No hace muchos años, antes de la llegada del Imperio, toda la parte superior del edificio estaba dedicada a Orlanth, señor de las tormentas, considerado “El Caudillo” por la mayoría de la población de la zona –en su mayoría humanos y patos-. El imperio Lunar, en su laborioso proceso de pacificación y aproximación cultural, aún asimilando y permitiendo el resto de cultos del panteón orlanthi, prohibió el culto sobre el propio Orlanth, considerado bárbaro y alterador de la paz. Hubo un intento lunar de sustituirlo por otra deidad asociada a los vientos y las tormentas, pero la mayoría de devotos orlanthis, prefirió rendir nuevo culto y enfocar sus plegarias hacia otros dioses del panteón terrestre... por lo menos en apariencia. Si pudiésemos ver las casas de una aldea como Pomar de puertas para adentro, pudiera ser que encontrásemos más de un nostálgico, para disgusto lunar. Muchos piensan que allá arriba, en el firmamento, Orlanth el guerrero, todavía combate a la prepotente Diosa de la Luna Roja para erigirse como líder absoluto del resto de deidades.

Actualmente el espacio del piso superior se alquila como templo “itinerante” y en ocasiones es usado por cultos afines para sus ceremonias. Es junto a la posada, el único edificio con dos plantas en varios kilómetros a la redonda.

La puerta del pequeño templo se cerró tras el grupo. Se dirigieron a toda prisa hacia el lugar que ocupaba el humilde altar de las sanadoras.
-¡Señola Kaleena! -gritó ManYurý- ¿Están aquí?
- ¡Aileena! –la voz de Antígono denotaba especial preocupación.

Nadie contestó. Al menos, en la entrada del templo no había ninguna señal de violencia. ¿Significaba el silencio que Xvarnak o sus espías habían llegado ya al templo, siguiendo el rastro que ManYurý y su misterioso compañero? En tropel entraron en la sala reservada a las curas... e hicieron que Aileena tropezase derramando un liquido caliente que llevaba en una tetera plateada. Antígono suspiró aliviado.
-¡Pero brutos! -dijo la joven indignada-. Me habéis derramado el té.
-¡Glacias sean dadas al Dlagón! -se repuso rápido ManYurý- Mil disculpas señolita. Volvíamos tan lápidos como nuestlas pielnas nos pelmitían. Temíamos que nuestla plesencia hubiese puesto en peliglo vuestlas vidas.
-¿Cómo?- preguntó la joven con incredulidad- ¿Nuestras vidas?
-¿Qué es ese ruido? –se oyó decir a la gran sanadora Kareena que entraba en la sala desde otra puerta, la que daba a sus aposentos personales. Con placida mirada se dirigió al grupo- ¿Necesitan otra vez de nuestros servicios?
-Señora- intervino Cráteros -le ruego nos disculpen, estábamos preocupados pues pensábamos que sus vidas corrían peligro.
-¿Nosotras? -frunció el ceño la mayor de las sanadoras- ¿Por qué iba a ser así?
-Pensábamos que los salvajes que agredieron a los emisarios de Kralorela tan salvajemente -empezó a explicar el Mariscal-, podrían haber seguido su rastro hasta aquí, para terminar con lo que habían empezado y, que este ya no era un lugar seguro para nadie, mas cuando...
-Pero como podemos ver –interrumpió Jan Paolo con una sonrisa socarrona dibujada en la boca-, mis fantasiosos amigos, no ha ocurrido nada y ya podemos marchar. Cada cual puede volver a su templo, y ustedes vendrán conmigo.
-Un momento -dijo ManYurý levantando una mano, hizo una pausa, miró a Jan Paolo y prosiguió- ¿Dónde está la escolta que quedó en este lugal antes de que nos fuésemos?
-Tuvieron que salir poco después de vuestra partida -contestó Kareena antes siquiera de que Jan Paolo pudiera abrir la boca-, nos dijeron que el maleante trollkin que estaba últimamente robando en las granjas de los alrededores había sido visto, escondido en el bosque de manzanos, y que iban tras su captura. Se marcharon y, aquí nos quedamos solas.
-Señor, ¿piensa que ese trollkin -preguntó Antígono dirigiéndose a su superior- tiene algo que ver con el troll Xvarnak, o será casuali...

Un ruido seco, como de madera quebrándose, se escuchó desde el piso superior. Todos se callaron automáticamente. Antígono no terminó su frase y miró hacia arriba, como si así consiguiera ver a través de la madera qué ocurría en el segundo piso.
- ¿Quién más hay en el templo? –preguntó Cráteros.
- La verdad es que no debiera haber nadie -contestó Kareena, por primera vez en sus palabras se adivinaba un cierto tono de preocupación -Estuvieron dos sacerdotisas de Uleria, diosa del amor, pero ya marcharon a la taberna donde pensaban alojarse y prestar sus servicios.
- ¡Entonces ocultaos en lugar seguro! -concluyó el Mariscal- Puede que finalmente tengamos la visita que esperamos.

El extraño oriental de negro, consciente por la cara de los otros, de lo que suponía el ruido procedente del piso superior, comenzó a subir a grandes zancadas y sin esperar a nadie, las escaleras.
Otro gran estruendo, antes de que el resto pudiese seguirlo, vino de la entrada del templo, como si hubiesen tirado la puerta abajo. La luz allí dentro, que provenía de las contadas velas de los altares, era –ya de por si- escasa, y una corriente de aire apagó la mayoría de las que aún se encontraban encendidas. Antígono fue el primero en coger la pica y dirigirse hacia la entrada seguido de ManYurý, el cual portaba su arma de ancha hoja y extraño nombre, naginata. Cráteros los siguió sin correr, entonando unos cánticos rituales, “magia de combate” como lo llamaba él.
Jan Paolo fue el único que permanecía en el umbral de la sala de curas, junto a las escaleras que subían al segundo piso. Pacientemente se dispuso a tensar su arco, mientras veía a las sanadoras como se retiraban a sus aposentos en busca de escondite.

La puerta de la entrada al pequeño templo había sido arrancada de sus goznes. Una de las hoja yacía en el suelo, la otra se había empotrado en un lateral del templete, derribando unas sillas y un pequeño púlpito donde se instalaba el altar de los fieles de Esrola, diosa cereal de la avena. Antígono y ManYurý prepararon sus armas apostados frente de la puerta, por lo que pudiera aparecer.

El extraño oriental, oculto en la oscuridad gracias a sus ropajes, avanzó por las sombras de la escalera. Según llegó arriba, subió a una viga que cruzaba el techo desde donde decidió que estaría más seguro, oculto, ante un enemigo invisible. Como si de un ejercicio gimnástico se tratase, avanzó por la techo del pasillo y vio como al final de este, la única ventana abierta a la luz de las estrellas, había estallado en mil pedazos. Dos criaturas oscuras y peludas, de silueta encorvada y cuyos larguísimos brazos casi tocaban el suelo, se estaban colando por el umbral de la ventana. Colgado desde el techo, con un rápido movimiento, sacó de entre los pliegues de la ropa una cadena enrollada. Esta terminaba en un anillo metálico con el grosor de un puño. De sus labios salió un susurro:
-“Kyotetsu-shoge” -dijo casi imperceptiblemente.
Lanzó con potencia la bola metálica que impactó en uno de los monstruos. Este se tambaleó, empujando a su compañero de incursión. La cadena se engancho para infortunio del grotesco ser, de una de sus piernas. Con el movimiento contrario pero igual de rápido y decidido, tiró de la cadena que finalmente hizo desestabilizarse a la criatura, con la fuerza suficiente para terminar por empujar a su compañero por la ventana, hacia la calle. Ambos se precipitaron por las tejas de la techumbre que sobresalía del piso de abajo. Las dos criaturas dieron con sus huesos en el suelo.
Bajó del techo y con su arma -cadena preparada se asomó por la ventana.

Por el umbral de la puerta principal ahora desvencijada, apareció una figura imponente. Antígono y ManYurý pensaron en un primer instante que un jinete a caballo cruzaba el umbral. De un salto, la figura se plantó en medio de la sala haciendo añicos y reduciendo a astillas las sillas y el púlpito que se encontraban, ahora bajo sus cascos. Hasta ese momento para el emisario kralori, semejante ser hubiera existido sólo en la mitología. Antígono había visto varios cabalgando libremente por el Valle de las Bestias, que se abría junto al Condado de la Cúpula Solar. Esto no impidió que el corazón le diese un vuelco, le temblasen ligeramente las manos y una gota de sudor frío le recorriese el rostro, al tener un enorme centauro delante, cruzando su mirada desafiante.

Desde la ventana del piso de arriba, el misterioso Kralori de negros ropajes vio como al menos otro par más de esas criaturas, se colaban por una ventana del piso inferior. ¿Era esa la ventana de la sala de curas? Se giró con rapidez y se dirigió de nuevo corriendo hacia las escaleras que bajaban al primer piso.

Jan Paolo sacó una de las flechas del carcaj, la puso en el arco y entró en la sala de curas. Las sanadoras habían cerrado la puerta que llevaba a sus aposentos. Dio un paso al frente. Echó una mirada furtiva, de soslayo, hacia el pie de la escalera que ascendía al segundo piso y siguió avanzando por la sala. Una bocanada de aire le recorrió la espalda. Se volvió con el arco preparado... Justo en el momento en el que dos criaturas pequeñas y peludas que no alcanzaba a distinguir bien, entraban de un salto dejando la ventana abierta de par en par. Jan Paolo respiró y dejó escapar la flecha de entre los dedos. El proyectil salió disparado en dirección a la ventana. La travesía duró sólo un instante. Fue un silbido y el chocar del impacto. Se clavó profundamente... ¡En el marco de madera de la propia ventana! No tuvo tiempo siquiera de pestañear, de huir, quiso girarse para salir de la habitación. Una de las criaturas se abalanzó sobre él y con uñas y dientes empezó a rasgarle las vestiduras, intentando devorarle como si estuviese realmente hambriento.

Cráteros cruzó la puerta hacia la entrada, ahora rota por el centauro, tan silenciosamente que sus compañeros no se percataron de su presencia. Rápidamente movió las manos cruzándolas varias veces y terminó su cántico:
- ¡Spáo to ilizikó!- Gritó el Mariscal con tono imperativo.

El centauro desenfocó la mirada, mientras hacía una profunda inspiración, una sola bocanada. A la vez que fruncía el ceño con gesto de desasosiego, dejó caer la lanza que tenía agarrada bajo un brazo. El arma chocó con estrépito contra el suelo, resonó en toda la habitación. En ese momento, Cráteros saltó sobre el centauro. Portaba su escudo dorado con la imagen de un halcón en un brazo. Su jabalina en el otro.
La fulgurante aparición del Mariscal alentó el ataque de sus dos compañeros contra el enemigo que inmóvil, esperaba indefenso la acometida de los lanceros. Sin embargo, tras él, otras figuras asomaron por el umbral preparadas para la lucha.

En la sala de curas, Jan Paolo se revolvía, tumbado en el suelo, contra el ataque del ser medio-mono medio-hombre, que intentaba morderlo. Le había agarrado fuertemente de la cintura e intentaba clavar sus dientes afilados por un costado. De pronto, la criatura dejó de hacer fuerza. Se quedó paralizada. Dejó caer su peso muerto sobre el cuerpo del diplomático lunar. Este lo apartó, no sin esfuerzo, entonces vio como el ser tenía un corte que le abría en canal la totalidad de la espalda. A su lado de pie, el lacónico oriental de vestiduras negras que limpiaba la sangre del filo curvo de su espada. El extraño Kralorelano le había salvado la vida.

El centauro no fue consciente de nada. Cayó a plomo sobre el suelo del pequeño templo con una expresión bobalicona en el rostro. Tras él, entraron en la estancia cinco más de esas peludas criaturas. Lo hacían gritando y agitando sus largos brazos, como si así fueran a asustar a quienes dentro se encontraban. Portaban garrotes y uno agitaba un largo cuchillo. Los lanceros los rechazaron con pasmosa eficacia. No eran rivales dignos para ellos. Cada acometida suponía la caída de un nuevo rival.

En la sala de curas mientras tanto, Jan Paolo recordó que habían sido dos trollkins invasores, los que habían entrado por la ventana de la sala. El misterioso kralorelano había acabado con el primero pero ¿Dónde estaba el segundo? Levantó la vista y entonces vio que la puerta hacia los aposentos de las sanadoras estaba ligeramente entornada, el interior, completamente oscuro.

En la entrada del humilde templo, ManYurý, Antígono y Cráteros habían acabado con la intrusión de estos abominables seres a golpe de lanza. Rodeaban al último trollkin superviviente, desarmado, que retorciéndose en el suelo pedía clemencia.

Los trollkins no eran más que, la más paupérrima de las caricaturas de lo que una vez fueron los trolls, a los que una antigua maldición había reducido y degenerado. Las razas más puras de trolls, antaño grandes, temibles, orgullosos, señoriales, fueron así malditos por un antiguo dios. Ahora estos “enlos” o trollkins, eran habitualmente lo que las hembras trolls podían –para su desgracia y humillación- parir. Eran el último escalafón de la sociedad troll, los más afortunados vivían bajo el yugo esclavo de algún “generoso” troll negro que se apiadase de sus miserables vidas.
-¡Piedad pides, criatura de la oscuridad! -dijo Antígono, en pie y golpeando con la madera de su lanza al horrible ser- ¡No mereces más perdón, que el de volver al averno de donde nunca debiste salir! Siervo de la oscuridad.
-¿Dónde está Xvarnak? –preguntaba el Mariscal- ¿Cómo podemos llegar hasta él? Vamos, habla antes de colmar mi paciencia.

Un grito de mujer interrumpió el interrogatorio. Provenía del interior del altar de Chalana Arroy, de la sala de curas concretamente. Cráteros cogió a la criatura por el cuello, lo levantó en volandas y sin mediar palabra con el resto, entró en la sala seguido de los otros guerreros. Había otra de estas criaturas muertas tumbada en el suelo. La ventana estaba rota y la puerta que llevaba a las estancias privadas de las sanadoras abierta de para en par. Se miraron y entraron a la carrera en las dependencias traseras del altar.

Jan Paolo y su “salvador” vestido de negro, abrieron la puerta que llevaba a las dependencias privadas de las sanadoras. Prepararon sendas flechas en sus arcos y entraron casi de puntillas. Camas destrozadas, una mesa completamente rota, las ventanas hechas astillas y un cadáver tirado en medio de la habitación, fue lo que encontraron... pero no el cadáver de un trollkin. El cuerpo tendido era de una joven sanadora, con su blanca túnica ahora manchada de rojo sanguinolento, que yacía sin vida, bocabajo. El oriental se giró rápidamente, un ruido casi imperceptible a sus espaldas fue suficiente para alarmarle. Detrás un armario, casi cerrado. Se acercó y con la punta del pie intentó abrir de par en par la puerta, sin dejar de apuntar su arco hacia el interior...
-¡!!!!Ahhhh!!!!!! -chilló la joven Aileena escondida dentro del armario, asustada por el sobresalto y la punta de saeta que apuntaba directamente a su rostro.
Segundos después aparecieron los dos yelmalitas junto a ManYurý. Su entrada fulgurante sobresaltó a todos los allí presentes y la joven sanadora volvió a chillar. Jan Paolo, que se encontraba junto al cadáver, lo giró. Era Serina, la otra joven sanadora que aprendía devota, las artes curativas de Chalana Arroy en la capilla. Compañera de Aileena y pupila de Kareena, allí yacía lánguido su cadáver todavía caliente. Muerta. Sin vida. Esa muchacha había estado presente durante la ceremonia de curación que la Gran Sanadora había realizado a ManYurý, apenas hacía un día, ahora su alma se había separado de su cuerpo. Los responsables pagarían por ello.
-¡Han matado a Serina! –dijo entre sollozos la joven, mientras los orientales la ayudaban a salir del armario- ¡¿Y Kareena?!¡Se la han llevado! –rompió a llorar– Se la llevaron por la ventana, se fueron.
Cráteros elevó al pequeño trollkin que llevaba entre sus manos y lo arrojó contra la pared.
-Ahora vas a hablarme sobre Xvarnak- dijo con tono amenazante.

En ese momento oyeron más voces que gritaban los nombres de las sanadoras, llamando de viva voz desde fuera del edificio. Se oyeron pasos de gente que entraba. Por el umbral de la ahora destrozada puerta, atravesaron las figuras de tres fornidos orlanthis, con hacha, espada y un gran cuchillo en la mano. Estos no parecían granjeros, eran mayores –bastante más que el Mariscal-, parecían aguerridos hombres de armas. El primero que entró –el que llevaba el hacha que sujetaba sin ninguna sutileza entre ambas manos-, observó con ojos horrorizados a su alrededor, con desconfianza. Encontró con su mirada los vidriosos ojos de Aileena y preguntó con voz ronca por lo sucedido:
-¿Qué ha pasado aquí? –inquirió con una mirada de suspicacia, sobre la atípica compañía que allí se encontraba -Todos estos cadáveres son... ¿trollkins?
-Cuidad los modales –dijo Jan Paolo, tan altivo como siempre que hablaba con bárbaros- ¡Hemos conseguido que los trollkins no lo destruyesen todo! Y hemos salvado a esta chica.
- ¡Serina! ¡Kareena! -sólo acertó a decir en un principio la joven acólita de Chalana arroy- ¡Han matado a Serina! ¡Se han llevado a Kareena!
La joven sanadora trató, más calmada tras el susto inicial, de serenar a los tres nerviosos hombretones, que eran los encargados de mantener el orden en la aldea. Todavía, (y esperaban que por mucho tiempo) sin presencia militar permanente de tropas lunares. Vieron que uno portaba la insignia de una gran espada, símbolo inequívoco de los fieles de Humakt, dios orlanthi de la guerra y de la muerte.

La leyenda dice que Orlanth derrotó a Yelm usando un nuevo dios, La Muerte, Humakt se llamó. Así surgió la rivalidad entre ambos panteones.
Años de combates, de sangre y muerte, en ocasiones codo con codo, hombro con hombro, junto a guerreros y soldados “profesionales” fieles a Humakt, hacían que Cráteros viese a estos mercenarios con menos prejuicios que la mayoría de sus hermanos yelmalitas, también estos, eran hombres de armas. Antígono sin embargo, “odiaba” a estos bárbaros, los cuales se atrevían a hablar de honor, mientras que su dios había sido el primero en traicionar a Yelm, padre de Yelmalio, en el principio de los tiempos, enviándolo a las profundidades del mismo infierno. Incluso un voto sagrado, realizado al ingresar en la orden como templario, le impedía tratar con cualquier fiel de los traicioneros dioses de las tormentas.

En el templo, la joven relató a los orlanthis lo sucedido esa noche. Mientras los orientales intentaban retirar, en la medida de lo posible, los desperfectos, los demás escuchaban pacientemente la historia. Lógicamente, los hombres de la aldea clamaban venganza al oír como los trollkins habían asesinado y raptado a las sanadoras.
-No está todo perdido -intervino Cráteros mientras la joven seguía llorando, recordando ese momento-. Rescataremos a la gran sanadora con la que contrajimos una deuda de sangre. Recuperaremos además, algo que esos trollkins robaron y nos pertenece -y miró a los ojos de ManYurý-. Seguiremos a los captores hasta su guarida.
Se giró sobre los talones y volvió a levantar a pulso al asustado y único trollkin superviviente, el cual no paraba de gimotear y lloriquear pidiendo clemencia.
- Y él, nos dirá donde buscar -concluyó el Mariscal.

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