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La Alianza de los Tres Soles I: siempre amanece por oriente (III)
Roberto Alhambra Sánchez - Relatos de Scyla: Fantasía - 0 Comentarios - Puntuación: 23 puntos (VOTAR)
La escena transcurrió a cámara lenta, ante los todavía atónitos ojos de todos los allí presentes, macabramente lenta, violentamente hostil, a la velocidad a la que cae una pluma de ave, o a la que había caído la vida de un muchacho, un buen muchacho.
Cap III. “El reposo del guerrero”

-Ya está todo preparado- aseguró Antígono con impaciencia, cuando terminó de cargar los bártulos a lomos del asno.
El joven había estado en los establos de la aldea donde se hizo con una mula de carga, tal y como le había ordenado Cráteros. La milicia aldeana se había llevado al trollkin para que fuese ajusticiado según las leyes orlanthis, no sin antes confesar la ubicación de la guarida de su “amo”, Xvarnak. Esta se encontraba en unas cavernas no lejos de la villa, a unas dos horas de viaje a pie. Aun así, llevarían la mula para portear el equipo con un buen surtido de antorchas que adquirieron en el único establecimiento con ese tipo de material en Pomar. Como el mismo trollkin había asegurado “eza cueva ozcura ez una bendición para loz ojoz de un Uz”, como los trolls gustaban llamarse.
Imaginando como sería la guarida escogida por tales criaturas; oscura y formada por una laberíntica red de corredores, cargaron un buen número de teas y material cartográfico. Se repartieron yesca y pedernal, en previsión de la interminable maraña de túneles y recovecos, en los que la caverna podría extenderse, como era del gusto de los trolls.
Después del ataque sufrido en el modesto altar de Chalana Arroy, el grupo entregó al trollkin a las autoridades locales, no sin la protesta de Jan Paolo pues aseguraba que “ese grupo de viejos bárbaros, borrachos, no representa ningún tipo de autoridad. Esperaremos a la llegada de legionarios lunares”, pero esperar no estaba en los planes de nadie para el día siguiente.
Fueron a descansar en la única posada de la aldea, se habían merecido dormir esa noche en cama tras lo acontecido en estos dos días anteriores... y por lo que pudiera esperarles en la guarida de ese troll.
Por la mañana, Cráteros mandó a Antígono por la mula y las antorchas. ManYurý desapareció temprano. Más tarde lo vieron fuera de la posada, en el linde con el bosque de manzanos, sentado en una incómoda postura. Con las piernas cruzadas, las muñecas apoyadas en las rodillas y las palmas de las manos hacia arriba, la yema de los pulgares se desplazaba sobre el resto de dedos en un orden que para los occidentales parecería aleatorio. Tenía los ojos cerrados y emitía un sonido que si bien sonaba como una nota musical, se mantenía constante y no cambió durante lo que duró la meditación.
Desde que amaneció no tuvieron noticias del “otro” oriental, el silencioso acompañante de negros ropajes. Esto no pareció extrañar a nadie, pues su extravagante conducta estaba de por si, cubierta por un halo de misticismo. Simplemente apareció de entre la espesura del bosque, cuando ya todo estaba preparado. Nadie preguntó nada, ni siquiera ManYury, el cual seguía tremendamente resentido por como le había privado del honor de luchar hasta morir en el campo de batalla, el día que fueron emboscados. Esto añadido al rechazo que de por si, ya sentía hacia el engañoso “Sendero” que el encapuchado veneraba, el cual se nutría de las maleables e impresionables conciencias de los más débiles. Los orientales no cruzaron más palabras esa mañana.
Tras el desayuno, con el asno ya cargado de enseres, se dirigieron a los límites de la aldea en dirección a las colinas donde gracias a las indicaciones de los aldeanos, esperaban encontrar las cuevas.

-Yo os guiaré -oyeron a su espalda, ya en el límite de la aldea -se donde está esa caverna y además ... necesitareis alguien que cure vuestras heridas.
La delicada voz que había sonado a sus espaldas era conocida por todos. Antígono notó como le embriagaban “esos calores” que había desconocido hasta entonces, al reconocer aquella voz. Allí estaba la joven y bella Aileena. Llevaba una pequeña mochila, “material que necesitaréis”, aseguró. La presencia de la bella aldeana, ruborizaba al joven lancero que no fue capaz de abrir la boca en el tiempo que llevó la caminata hasta la cueva. Cráteros no puso buena cara ante la perspectiva de llevar una “niña” en la expedición, pero no objetó absolutamente nada. Notaba que en el seno del grupo, se tomaba como positiva la presencia de la joven “curandera”, al fin y al cabo, ella también tenía algo que recuperar en la guarida de ese troll, además podría curar sus heridas y guiarles a través de los campos de manzanos sin demorar el tiempo.

-Dana, vas a quedarte en la entrada cuidando de la mula- ordenó el Mariscal a su obediente ave, mientras descargaban el material de cada uno y se repartían las antorchas. Cada uno llevaría tres. -Sólo una encendida a la vez, si no nos separamos, habrá luz suficiente –dijo-, y no olvidéis que los trolls luchan mucho mejor en la oscuridad, buscad siempre la luz, ¡Llevaremos la luz hasta el fondo de esta cueva!

Se ajustaron las armaduras. Comprobaron sus armas y se acercaron a la entrada de la gruta. Aileena sería la primera en portar una antorcha. La entrada de la caverna era descomunal. Una enorme roca a modo de dintel sobre la entrada, parecía enmarcarla y guiar los pasos hacia sus adentros. Del interior parecían surgir un sinfín de inquietantes sonidos: agua goteando, el viento que ululaba entre las rocas, “algo indeterminado” que arrastraba arena por el suelo...
-Iré en primer lugar –dijo Cráteros- Antígono, tu guardarás la espalda de la columna, No habrá criatura en esa oscuridad que traspase la barrera de nuestras lanzas.
-No me gusta nada esa oscuridad -musitó el joven yelmalita casi imperceptiblemente, como para sus adentros- ni las criaturas que se ahí se ocultan.
Ataron el mulo al tronco de un árbol cercano. Terminaron de ajustarse grebas y brazales. Encendieron la antorcha y silenciosamente fueron entrando por la enorme boca de la caverna. Caminaban expectantes, cautos, en fila de dos. Rápidamente la cavidad disminuía, menguaba de tamaño a cada paso, más pequeña. Junto al Mariscal y sin mediar palabra, se situó el misterioso oriental de oscuros ropajes. Escoltando a la bella portadora de la luz caminaba ManYurý con su “naginata”, reluciente y preparada. Tras ellos y cerrando la comitiva, junto a Antígono se colocó Jan Paolo. En realidad lo hizo un paso por delante, no quería que ninguna bola de pelos le asaltara por sorpresa desde las sombras de aquel lúgubre lugar.
A pesar de la temprana hora del día, a pocos metros de la entrada la oscuridad era casi total, lo que agudizaba el resto de sentidos. Oían claramente el agua que corría por el interior de la caverna; algún cuerpo que se deslizaba por el suelo arenoso; de manera intermitente, algún zumbido de origen desconocido. La luz de la antorcha reflejaba el color amarillento de la roca, como amarillentos eran las decenas de ojitos que desde el interior de los numerosos túneles que se abrían en la roca, les observaban. Decenas de pequeños puntos citrinos que seguían cautamente el avance de los intrusos.
-No os separéis -ordenó el Mariscal- seguimos en línea recta, en formación de falange.

Muchos eran esos ojillos amarillos que les observaban, desde la protección que les ofrecía la oscuridad de la multitud de corredores que se abrían alrededor del grupo. Siguieron sin desviarse por la misma gruta, “si yo me escondiese en una cueva, lo haría justo al final” habían comentado antes de entrar, “y la protegería con multitud de trampas”, fue la reflexión general. Avanzaban lentamente. Cráteros y ManYurý sustituyeron sus lanzas por filos de menor tamaño, mucho más manejables en los estrechos recodos de esos corredores. Al Mariscal le extrañó, pero no vio que el otro oriental, que caminaba a su lado, preparase ningún tipo de arma, tanta tranquilidad le aceleraba el pulso. Frente a ellos, de uno de los túneles surgieron dos enormes ojos amarillos. Estos también se quedaron fijos sobre la llama de la antorcha, eran notablemente de mayor tamaño.
En la oscuridad, distinguieron un enorme lagarto, que tumbado en la arena les observaba. Este, reposaba sus –al menos- tres metros de largo, placidamente tumbado. No hizo más movimientos que el de la serpenteante vibración de su bífida lengua buscando humedad en el ambiente de la cueva.
Cautelosamente pasaron junto al lagarto, sin perderlo de vista y sin hacer ningún aspaviento brusco que pudiese asustarlo. Siguieron por el mismo túnel hacia las entrañas de la caverna, cada vez más profunda, con el aire más denso, más cargado. Durante un centenar de metros notaron sensiblemente como descendían, a la vez que el color que reflejaba la luz de la antorcha en las paredes se iba tornando anaranjado. En silencio, alerta, cautelosos, sin la menor noticia de ningún trollkin, llegaron a una cámara donde el túnel se bifurcaba en dos ramales. La humedad era mayor a esta profundidad y la arena del suelo se había transformado en una resbaladiza superficie de barro. Sobre tal superficie, no resultó difícil encontrar huellas, la dificultad estribaba en distinguirlas y poder seguirlas. Una maraña de garras, pies descalzos, botas y otras huellas sin identificar, se cruzaban, tropezaban, iban y venían a través de ambos túneles. Cráteros guardó las armas y se arrodilló buscando pistas que les guiasen hasta la madriguera de los trollkins, a la luz de la antorcha. A sus compañeros les pareció que husmeaba –nada más lejos de la realidad- cuando acto seguido, empezó a estornudar. Lo hacía convulsivamente, sin poder parar. Los estruendosos estornudos, sin duda alertarían a cualquier criatura -que no estuviese sorda- varios túneles a la redonda. El hermético kralori de labios sellados se agachó, cogió al Mariscal por el brazo y le ayudó a levantarse. Al momento dejó de estornudar. No pasó un segundo y, quien continuó estornudando fue su misterioso compañero con un sonido mucho más agudo.
-¡Estupendo!- dijo Jan Paolo- Ahora toda la cueva sabe que estamos aquí. ¿Prendemos todas las antorchas para que nos localicen mejor?
-El suelo está lleno de musgo -quiso disculparse el Mariscal, con dificultad para contener otro estornudo- sus esporas provocan los estornudos, no os agachéis. No puedo localizar así ningún rastro- volviendo a estornudar una vez más-. Sólo puedo decir que a ese lado el barro está más seco, mientras que por esta parte, la humedad es mayor.
“Musgo cuyas esporas te hacen estornudar” pensó Jan Paolo, “¿No es interesante?”, y mientras los otros hablaban del camino a seguir, desechando el corredor que parecía estar más seco y eligiendo descender por el túnel donde crecía la humedad, hacia un más que probable lago subterráneo “los trolls necesitan agua para vivir”, el diplomático lunar sacó uno de los pequeños tarros de vidrio vacíos que guardaba en su mochila y, con extrema precaución, recogió un poquito de musgo del suelo y lo introdujo. Cerró el bote herméticamente, lo guardo en la mochila... ¡y comenzó a estornudar sonoramente!
-Chssssss –le chistó ManYury, girándose con el dedo índice sobre los labios.

-Continuemos -ordenó el Mariscal, colocándose de nuevo su dorado escudo y sacando el gladius, un tipo de espada corta, manejable en espacios cerrados, usada por los yelmalitas -Antígono, abre bien los ojos ahí detrás, no quiero sorpresas.

La roca del túnel, que a esa altura era completamente roja, se iba tornado magenta según descendían. El sonido era ahora inequívoco, se oía agua circulando. Continuaron por el túnel que ha medida se iba estrechando, se iba haciendo más resbaladizo. No tardaron mucho en alcanzar una gran cámara, cuyas paredes quedaban fuera de la visión que ofrecía la antorcha. A su alrededor, las más próximas se habían tornado de un color violáceo. Cráteros fue el primero en pararse al llegar al borde de un saliente en la roca donde acababa el camino. Delante un precipicio y, unos tres metros por debajo, agua corriendo, no era un lago subterráneo lo que oían sino un río que circulaba bajo la roca.
A su alrededor todo era oscuridad, la antorcha era insuficiente para iluminar tan enorme estancia. En el borde del saliente había apoyado un tronco de un árbol, completamente podrido por la humedad, que tendía un “puente” improvisado hasta otro saliente en una pared lateral, a unos metros, donde se abría otra cavidad en la roca. La luz de la antorcha apenas llegaba a iluminar el otro extremo.
El sonido del agua era lo único que se oía –si exceptuaos que los más nerviosos podían escuchar los latidos de sus propios corazones-. El Mariscal sintió que una mano se apoyaba en su hombro. Los rasgados ojos del oriental, oculto tras la capucha, se cruzaron con los suyos. Tomó la iniciativa y, con los brazos extendidos, fue cruzando el resbaladizo tronco. Todos contuvieron la respiración. Un paso, luego otro, y otro más... y así continuó, como un experto funambulista sobre el alambre, hasta alcanzar con asombroso equilibrio el extremo opuesto del tronco. Antes de girarse hacia sus compañeros escudriñó en la oscuridad buscando algún peligro –lo que el resto no sabía es que sus pupilas se habían transformado en unas cuñas alargadas, semejantes a las de los gatos-. Cuando comprobó que nada parecía ocultarse en la entrada del nuevo túnel, hasta donde llegaba su vista, hizo un gesto a los demás, el camino estaba despejado, podían cruzar el tronco.
Desde atrás oyeron unos ruidos procedentes de la oscuridad del túnel. Jan Paolo se coló entre ManYury y la joven sanadora y puso un pie en el puente.
-Ahora iré yo- dijo-, como representante de la Luna Roja, debo ir en vanguardia.

Y empezó a cruzar. Un pie, luego otro, extendió los brazos buscando equilibrio, “con cuidado”, pensó. Era como si alguien hubiese untado el tronco con mantequilla –¿Alguien lo habría untado en realidad?-. Finalmente, tras un pequeño saltito, había salvado tan resbaladiza dificultad.
-ManYurý, Antígono, proteged la retaguardia y mandad a la niña con la antorcha detrás de mi –instó el Mariscal- Voy a cruzar al otro lado, no quiero que nada nos sorprenda al frente.

Entonces el guerrero yelmalita imitando a sus dos compañeros que ya habían ganado la otra repisa, puso un pie sobre la resbaladiza madera, con las armas guardadas extendió los brazos buscando el equilibrio y avanzó confiadamente sobre el “puente”. No mirar hacia abajo era la premisa. Lo único que no habían tenido en cuenta era, además de los cien kilos que debía pesar el Mariscal, su armadura y armas metálicas que hacían doblar el peso total con respecto a sus antecesores cruzando el tronco. Se oyó un crujido, todos miraron alarmados la madera. Parecía que aguantaba el peso, “ufff, ha estado cercal” pensó el militar. Silencio, sólo el ruido del río que circulaba bajo sus pies. Cráteros miró hacia atrás y vio que estaba a medio camino, no podía retroceder. Se encaminó de nuevo. Primero movió un tobillo, levantó el talón del tronco y oyó un fuerte chasquido. Ahora sí notó como la madera se resquebrajaba bajo sus pies. Miró alarmado hacia abajo en el momento en que el tronco podrido se quebraba e intentó un último salto a la desesperada, pero la distancia que le separaba de la repisa de piedra era demasiado grande, incluso para él.
Todos miraban expectantes la superficie del agua. Esperaron unos instantes... y allí apareció la figura del mariscal. Se puso en pie. El agua le llegaba por la pechera de la armadura. Trataba de mantener el equilibrio ante la fuerte corriente que tiraba de él.
-Estoy bien- dijo colocándose el dorado yelmo-, el agua está algo fría.

El ruido que venía del túnel fue creciendo en intensidad. También empezaron a oírse pisadas del otro túnel, algo se aproximaba por ambos lados.

-Alguien se acerca -avisó Antígono con un susurro.
Jan Paolo pensó que no era muy prudente avanzar por ese corredor sin el brazo armado de Cráteros. No lo pensó dos veces. Se tapó la nariz con los dedos y saltó. Lo hizo sin avisar y choco con estrépito contra la superficie helada del agua. Los ojos se clavaron atónitos en el lunar de tan extravagantes conductas... con un perruno chapoteo salió de nuevo a la superficie tras la sonora caída en el río subterráneo.
- ¡¿Qué haces?!- preguntó incrédulo el Mariscal- ¡Tenemos que salir del agua!
- Quería asegurarme que estabas bien -contestó Jan Paolo, luchando contra la fuerza de la corriente. Intentaba mantenerse a flote una vez que había logrado ponerse en pie, ¡y no resbalar con en escurridizo fondo!
El silencioso oriental había sacado de nuevo la cadena metálica de entre sus ropajes. Silbó atrayendo las miradas de quienes se encontraban en el río. Lanzó con maestría la cadena a las manos de Cráteros. ManYurý observaba la escena con atención, esperando el momento de ayudar si fuera preciso. Tras él, Antígono sintió un pequeño golpe en una pierna y vio como un canto rodado rebotaba contra el suelo. Alguien se lo había lanzado desde la oscuridad. Agarró con fuerza la pica entre las dos manos.
En sus años de adiestramiento –en muchas ocasiones a manos del propio Cráteros- había aprendido algunos conjuros útiles para el combate, sobretodo si estás luchando en la más impenetrable oscuridad de una cueva repleta de criaturas de las sombras. Se concentró en la punta de la lanza y entonó:
- ¡!Akóndio Fakós!!-pronunció mientras frotaba un amuleto que colgaba de ella.
De la punta surgió un haz de luz como el proyectado por una linterna, que seguía y se movía donde apuntaba la lanza. Enfocó al corredor por donde habían venido... y allí los vio. Alguno llevaba cuchillo, los otros palos, todos los ojos con la mirada del odio, se acercaban silenciosamente.

-¡Augh!-se quejó Cráteros soltando la cadena del silencioso oriental y chapoteando en el agua- ¿Tu lo has sentido?
-¡Estoy helado! ¡Empapado!¿El que tengo que sentiirrrrrrrr- Jan Paolo no terminó la pregunta pues el también notó que algo se colaba por entre sus ropajes y le quemaba la piel.
Rápido se percataron que entre la espuma producida por la corriente de las aguas, algo flotaba; algo pútrido, maloliente, ¡Y que abrasaba la dermis!. El Mariscal intentó zafarse. ¡Esa apestosa masa se colaba entre las juntas de su armadura! Jan Paolo notó en sus carnes el corrosivo contacto de la masa. La corriente era rápida, el fondo demasiado resbaladizo... e intentando escabullirse del abrasador tacto resbalaron. No lograron mantenerse en pie y se hundieron como plomos. Desaparecieron bajo las oscuras aguas.

La joven sanadora miraba con horror la lucha de los dos hombres en el agua y, lo que era peor, oía los desgarradores gritos de ambos. Apenas veía nada desde ahí arriba, lo que hacía más desesperada la situación. ManYurý, sabiendo que Antígono estaba protegiendo las espaldas se guardó la espada y se descolgó hasta el río, en pos de sus compañeros. El otro kralori empezó a recoger la cadena en cuanto el Mariscal la soltó apurado por su situación, buscando el equilibrio para no hundirse. ManYurý apoyó el pie en el fondo de piedra con tacto, con cuidado, y ... !Resbaló! En un instante había desaparecido como sus dos compañeros en la oscuridad de tan turbias aguas.

Antígono no sabía que estaba ocurriendo en el allí abajo. Nada bueno sin duda, a juzgar por los gritos de dolor de los que se habían precipitado a las aguas del río subterráneo. Había escuchado como chillaba el propio Cráteros, “el indomable mariscal”. Se volvió. ¡No había allí nadie más que la bellísima Aileena!. Pensó “voy a sacarla de aquí, y vendré por ellos cuando esté a salvo”. Ellos eran hombres de armas, y hubiese lo que fuera en el agua, resistirían mientras el ponía a la joven sanadora a salvo, ¡sería un héroe! La cogió por la mano:
-No te separes, -se dirigió a ella por primera vez en el día- voy a sacarte de aquí.

Avanzó con la pequeña aldeana a su lado y la lanza preparada. Ella empezó a gritar cuando vio de nuevo a esas criaturas peludas. Antígono mostró de lo que había servido su entrenamiento en el templo. El primer trollkin cayó ensartado en la punta luminosa de su sarissa. El siguiente no tuvo tiempo de colocar una piedra en su honda como pretendía, la pica se clavo en el gaznate, luego, otro, y otro más. Así llegaron al desvío de paredes rojas donde el barro del suelo empezaba a secarse. Por el otro camino vio a multitud de estos aberrados seres que se acercaban amenazantes, se giró:
-Escúchame –dijo a la chica con gesto de preocupación–corre tan rápido como puedas, sigue de frente esa galería, no pares ni te desvíes hasta llegar a la luz. Yelmalio no permitirá que te hagan nada, mantén siempre encendida esa antorcha.
En ese preciso instante empezó la lluvia de piedras para los jóvenes. Antígono, hijo de Aléxandros, Templario de la Cúpula Solar, pararía a las bestias con la única intención de que la bella Aileena pudiese escapar. Cualquier Templario de la Cúpula así lo haría. Cualquier héroe así lo haría, Cráteros así lo haría.
Primero fue una piedra, luego otra, a continuación una tercera. Los trollkins iban acorralándolo, lanzando proyectiles desde sus hondas y, entonces lo vio. Era muchos más grande que los pequeñajos y deformes “enlos”, incluso era mucho más grande que él. Lucía una musculatura poderosa, caminaba completamente erguido, y dos prominentes colmillos asomaban de su enorme boca. Era un auténtico Troll negro, un auténtico Uz.

Empapados, calados hasta los huesos, desorientados, despertaron tumbados en una pequeña “playa” al lado de un gran charco de agua en una desconocida y amplia caverna. Había un extraño tono granate en la roca pero, si ellos no llevaban luz ¿Cómo se iluminaba la roca? ManYurý y Cráteros se hicieron esta pregunta mientras se incorporaban pesadamente y miraban a su alrededor. No sabían como habían ido a parar allí, no entendían nada. La luz provenía de las propias paredes que, brillaba con un ligero resplandor grana. Vieron que junto a ellos reposaba Jan Paolo, el cual todavía no había recuperado la consciencia. Entonces se percataron que un puñado de criaturas verdosas les observaban atentamente. Se asemejaban a lo que sería una gran salamandra, si las salamandras fuesen bípedas, en lugar de desplazarse a cuatro patas. Del tamaño de un niño, unos grandes ojos saltones como los de un sapo y una anchísima boca con una lengua que no paraba quieta resaltaban en sus redondeadas caras. Los escamoso cuerpos variaban en tonalidades de verde. La reacción de ambos fue idéntica, hombres de armas acostumbrados a la lucha, sin pensárselo dos veces echaron mano de sus filos, los cuales desenfundaron con gran pericia. Cráteros preguntó con voz amenazante:
-¿Quiénes sois? –inquirió -¿Cómo hemos llegado aquí?

Las criaturas que hasta ese momento habían permanecido en el más absoluto mutismo, se asustaron ante la vehemencia del humano. Algunas dieron un respingo hacia atrás, otras ocultaron la mirada tras las palmípedas manos de dedos redondeados, muchos perplejos observaban con miedo y alguno dejó escapar un leve aullido de pánico. Tras la reacción inicial, empezaron a cuchichear entre ellas, sin perder de vista cada uno de los movimientos de los dos hombres, que blandían los filos de sus armas desafiantes ante las desconocidas criaturas. De entre el murmullo se entendían palabras como “leyenda”, “humano” o “liberador”.
- ¿Liberador? –pregunto Cráteros con cierta hostilidad, confuso y desubicado por la situación -¿De que liberador habláis?
- “Humano sí, liberador” “no comernos” “sí leyenda, tritonidos” -decían tímidamente divagando, dubitativos y sin aclarar absolutamente nada.
- ¿Liberador humano?- Se oyó entonces desde el borde de la charca. Era Jan Paolo poniéndose en pie mientras se atusaba la ropa, completamente empapada -Sí, yo soy el liberador humano, criaturitas...verdes. He venido desde muy lejos a...liberaros. Eso es, mis queridas ranitas. Amigos humanos, guardad las armas...soy el liberador humano.

Las criaturas le observaban con suspicacia. Nada para como sus perplejos compañeros clavaron en él sus atónitas miradas. Desde luego, para los tímidos seres verdosos este humano no tenía los rudos modales de los otros dos. No tenían nada que ver, ni ellos nada que perder, y total ¿Por qué no iba a ser el liberador humano del que hablaba la leyenda? Como esta decía, sería un humano al que rescatarían de ahogarse en las gélidas aguas de su río... ¡Y hoy habían rescatado a tres!
- ¡Oh, gran liberador!- dijo uno de ellos, apoyando su peso en un palo de madera -esperábamos llegada... ¡La liberación!, a cambio tendrás antiguo tesoro de tritonidos.
- El tesoro de los tritonidos -repitió Jan Paolo lentamente, a la par que sus ojos se iluminaban con la idea del tesoro y, viéndose a si mismo como amo y señor -¡Sí! Soy el liberador humano, vuestro amo y señor. Ya no tendréis otra cosa que temer. Complacedme y os liberaré.
El grupo de....¿tritonidos? miraban aún suspicaces, como si no entendiesen sus palabras o desconocieran sus modales.
- Jurad ante el ídolo y serás el liberador -dijo el más vetusto de todos.
Señaló hacia atrás, en una torsión de su espalda imposible para un humano. Vieron que apoyado en una pared, reposaba un bloque de mármol de color verdoso, un extracto rocoso en el que ninguno había reparado con anterioridad.
- Señol Jan Paolo- intervino ManYurý- pienso que nuestlo debel es buscal en esta cueva al tloll Xvalnak y lecupelal el mensaje de su Majestad Impelial. Señol Dlagón de los males y cielos de la tiela del esplendol.
- Jan Paolo- apostilló Cráteros- Pregúntales como salimos de aquí, como volvemos a la caverna de los trolls y despídete.
En ese instante un ruido rasgó el silencio a sus espaldas. Procedía del charco que ocupaba gran parte de la caverna. Todos se giraron, esperando otra nueva sorpresa que pudiese aparecer de la oscuridad. Primero unas burbujas, como si algo respirase bajo el agua y estuviese a punto de salir, entonces una figura emergió de la charca. La oscuridad reinante les impedía ver con claridad. Se acercaron con cautela y... vieron que quien surgía de las aguas, vestido con su insondable traje negro, era el parco en palabras kralori compañero de ManYurý. Respiró sonoramente, estaba sin aliento, al borde del colapso, dio una larga bocanada que le pegó la mojada máscara a la boca. Cayó al suelo y dio varías bocanadas más cortas y rápidas en busca de más aire, prácticamente al borde de la asfixia.
Recuperando el ritmo respiratorio con dificultad, fue Cráteros quien instó a ManYurý para que preguntase al recién llegado por lo sucedido, desde que ellos desaparecieron sumergidos en la corriente del río subterráneo. Tradujo el escueto relato de su hermético acompañante, de como se había quedado solo cuando ellos desaparecieron en las profundidades, como se lanzó al río y encontró una cueva bajo sus aguas gracias a unas bolsas de aire que llevaba ocultas bajo la ropa. Buceó hasta que salió a la superficie de nuevo, en aquella cueva donde ahora se encontraban. Mientras tanto Jan Paolo se empeñaba en convencer a la temerosa colonia de tritonidos que ese encapuchado que acababa de aparecer era también un amigo del Liberador Humano, que no debían asustarse.
Cráteros quiso saber más sobre esas “bolsas de aire”, mostrándose intrigado por otros objetos ocultos que el singular kralorelano guardara bajo sus ropas, tras lo que preguntó si podrían volver buceando a la guarida de los trolls. ManYurý le tradujo las inquietudes del Mariscal, pero para decepción de ambos, tuvieron que desechar la idea, no llevaba suficiente “bolsas de aire” para todos. “Extravagante” pensó, ¿Qué se ocultaba bajo esa insondable máscara negra?
-Mis súbditos tritonidos –intervino Jan Paolo, que había estado fuera de la conversación todo este tiempo- nos ofrecen su tesoro, así como conducirnos hasta la caverna de los trollkins. Antes, tenemos que jurar su “liberación” ante el ídolo. Vamos, no tenemos tiempo que perder.
-Espera Jan Paolo -le cortó el Mariscal y se dirigió a los orientales- ManYurý, pregunta donde quedó mi lancero y la muchacha.
-Vamos guerrero -se impacientaba el diplomático lunar- sólo tenemos que plantar la mano sobre ese trozo de piedra y ya está.
El kralori, aún exhausto por el largo trecho buceado, relató que tanto Antígono como la joven sanadora marcharon por el túnel por donde llegaron a la caverna del río, cuando vieron que todos caían al agua y se hundían en las heladas profundidades subterráneas. Cráteros sólo esperaba que lo hubiesen hecho para buscar la protección de Yelm, lejos de la oscuridad de la cueva.

Ante la insistencia de Jan Paolo y “su” tribu de tritonidos, se dirigieron al otro extremo de la caverna. El “ídolo” era un bloque de piedra que podría asemejarse –y esto poniendo mucha imaginación- con un busto de tritonido. Todos pusieron una mano sobre el “busto”. El tritonido más anciano formuló unas palabras y todos repitieron al unísono. Después, Jan Paolo tuvo que recitar solo, con la solemnidad del “Liberador Humano” su juramento de lealtad a la tribu:
-Yo, el liberador humano, prometo que la tribu Lengua Roja de la Charca Azul, será liberada de los años de lucha y batalla contra el gran lagarto. Prometo que nunca haré ni permitiré que hagan daño a un tritonido de la tribu-. Con estas palabras terminó su juramento. Todos los pequeños tritonidos parecían muy nerviosos y excitados. Jan Paolo se ajustó las vestiduras, dio media vuelta y dijo:
-Y ahora ranitas, ¿Dónde está mi tesoro?

Los tritonidos miraron perplejos, como el que mira a su mesías pero no entiende nada. El más anciano de la tribu contestó, que tal y como se había comprometido, primero tendría que liberarlos.
-Pero, ¿Cómo?¿Todavía no lo estáis?- preguntó contrariado el humano- Yo... ¡os liberó! Venga, ahora a correr...digo, a nadar por ahí.
Entonces el más longevo de los tritonido habló con voz sosegada. Dijo que para ello, tendría que matar al Gran Lagarto, ellos le llevarían a la caverna prohibida, tendrían que cruzarla y allí, acabar con el lagarto. Sólo en ese momento él sería el gran liberador humano. El grupo de humanos perdido en la cueva pensó que si no el único, era el modo más “seguro” de que les guiasen sin demora hasta la guarida de Xvarnak.
Los cuatro, junto a un numeroso séquito de tritonidos, salieron de la caverna por la única salida de la caverna. Cráteros se preguntaba si su pupilo y la pequeña Aileena estarían a salvo. Anduvieron durante un breve espacio de tiempo por estrechos corredores. Aquí las paredes –las cuales proyectaban diferentes matices anaranjados- reflejaban un suave brillo por lo que era posible deambular sin teas u otras ayudas. Torcieron por un recodo donde la piedra era ya completamente amarilla –como en la entrada a la caverna- y se detuvieron. El anciano tritonido anunció que ya no podían acompañarles más. El destino de los tritonidos estaba en sus manos. Habían llegado al límite de la caverna prohibida y a partir de ese punto tendrían que enfrentarse a sus peligros en solitario, “Tened fe y no temáis a los lagartos”.
Así dejaron la recua de anfibios humanoides, que se empujaban arremolinados desde la esquina donde se abría la “caverna prohibida” para ver el paso de su “liberador”, sin poner ninguno el pie en el interior de la caverna. Desde allí, se escuchaba con claridad el ruido de otro caudal subterráneo. Desenfundaron armas y con paso precavido se adentraron en la enorme cavidad, la cual parecía un tremendo hachazo asestado en la roca. Conforme descendían, vieron que efectivamente, un pequeño río atravesaba la cueva. Cráteros guardaba la espalda de la comitiva. Delante de él, los otros tres miembros que la encabezaban avanzaban con paso decidido. No tardaron en llegar hasta el riachuelo. Sus aguas eran claras y poco profundas, no suponían ningún obstáculo, ¿Por qué los tritonidos lo llamaban la caverna prohibida? Sin demora se dispusieron a cruzarlo. Primero un pie, luego otro... algo extraño emanaba de las heladas aguas, podían percibirlo. No fue el frío lo que sin previo aviso hizo retorcerse al trío que encabezaba la marcha. Con el gélido contacto sintieron un pinchazo fuerte en la cabeza. Unos espasmos en el pecho. Sintieron que se les taponaban los oídos, como se secaban las gargantas y se les nublaba la vista. Desde atrás, el Mariscal les veía retorcerse violentamente, los dos orientales cayeron en las aguas del río que no llegaban a cubrir en ese punto. También vio impotente como sobre los tres, unas figuras nebulosas y fantasmagóricas iban tomando forma. Traslúcidas y etéreas, las figuras se arremolinaban sobre sus victimas que convulsionaban y gritaban de forma alocada.
Jan Paolo fue el único del trío que se mantuvo en pie. Levantó las manos con firmeza y los remolinos vaporosos que ondeaban sobre su cabeza desaparecieron emitiendo unos chillidos de ultratumba que congelaría la sangre del más valiente.
Sin embargo, los orientales caídos se debatían entre mantener la consciencia o su perdida. Luchaban agónicamente contra las fantasmagóricas apariciones, por el control de sus propios cuerpos. Tanto Jan Paolo –una vez libre de su atacante- como Cráteros, vieron como los cuerpos de ambos orientales convulsionaban con más fuerza. Parecían haber perdido el sentido definitivamente. La piel de ManYurý adquiría tonos verdosos por momentos, y en la zona que quedaba aireada de su armadura parecían brotar multitud de escamas. La cara parecía deformarse, se alargaba como si quisiera echar hocico y volvía a su original forma humana, así varias veces y no solo la cara, también las manos se retorcían, parecían mutar en unas garras deformes y reptiloides.
- ¡Rápido!- gritó el adorador de la Luna Roja al estupefacto Yelmalita- ¡Destruye los focos!
Cráteros vio como Jan Paolo empezó a patear una pila de cráneos que estaba sumergida en las aguas poco profundas del río, mientras los golpes vanos de su pica traspasaban impunemente las vaporosas figuras de ultratumba que atormentaban a sus compañeros. Imitando al diplomático entró en el agua y rompió a patadas unas cuantas calaveras. Los orientales temblaban con mayor fuerza cada vez, parecía que les faltaba el aire. Las formas vaporosas iban y venían sobre sus cabezas.
- ¡Marchémonos de aquí!- gritó ahora el mariscal, cogiendo en volandas el cuerpo de ManYury en cuanto tuvo una oportunidad y llevándolo fuera del río. Con una fuerza hasta ahora desconocida, Jan Paolo cogió al otro oriental y lo arrastró de igual modo fuera del agua. Según se alejaban de allí, las nubes fantasmagóricas que rodeaban las cabezas de los orientales fueron evaporándose tal y como habían aparecido, hasta desaparecer completamente, cuando el río sólo representaba una mancha plateada al otro extremo de la caverna.
Una vez lejos del río no tardaron en recuperar la conciencia. Sólo unos minutos después habían, de igual modo recuperado el aliento y en sus doloridos cuerpos no quedaba rastro de la extraña metamorfosis que estuvieron a punto de sufrir.
Confusos, se pusieron en pie ansiosos por acabar cuanto antes con lo que habían venido a hacer. Desenfundaron sus armas, ajustaron sus armaduras y continuaron avanzando por la caverna en busca de ese “Gran Lagarto”.

-¿Qué es esto?- dijo sorprendido ManYurý. Había hundido un pie en la cáscara de un enorme huevo.
Mirando al suelo, su vista tropezó con montones de huevos esparcidos, algunos pequeños como dátiles, muchos del tamaño de una piña, otros enormes como una gran sandia, todos húmedos, incluso alguno humeante, como recién puesto. El suelo que parecía ascender, hacia el final de la tremenda cámara, la cual brillaba en un color rojo bermellón muy intenso, estaba igualmente poblado por una alfombra formada de innumerables y pequeñas lagartijas, enanas como dedos meñiques, de un color verde muy vivo. Avanzando hacia el fondo de la caverna. Los hasta ahora, confiados orientales, ya llevaban preparadas sus katanas, listas para el combate.

Primero fue un gruñido, una piedra que rodaba desde arriba, una sombra tras una enorme roca. Luego lo vieron claramente. La oscuridad permitía distinguir el recortado contorno de un enorme saurio. Recorría su espinazo un cartílago acorazado por multitud de espinas. Oyeron un aterrador silbido, no había duda, estaban ante el Gran Lagarto.
Jan Paolo fijó su mirada en el enorme reptil y empezó a conjurar sus ocultas y desconocidas artes arcanas. Movía las manos rítmicamente mientras entonaba una sonora letanía. Sus compañeros fueron mucho más rápidos. Sabían que si la bestia les capturaba entre sus garras o eran presa de su descomunal mandíbula, no tendrían más opciones para buscar a Xvarnak. Fueron raudos en movimientos. La necesidad alertaba todas las hormonas de sus cuerpos, los músculos en tensión. El peligro erizaba el bello de sus brazos. La adrenalina se apoderaba del bombeo acelerado se sus corazones. Parecían llevar combatiendo juntos durante años como una escuadra bien coordinada y no sólo un par de días, como sucedía en realidad. Se abrieron por los flancos del animal, uno tras otro, como una coreografía. Una estocada, otra, otra más. En varias ocasiones hundieron sus filos hasta la empuñadura en el cuerpo del reptil, y otras tantas tuvieron que evitar con maestría, en lo que parecía un baile alocado o el infantil juego del ratón y el gato, los envistes del descomunal saurio. Jan Paolo no había terminado de conjurar sus poderes, cuando el cuerpo del ser cayó sin fuerza sobre el piso de la caverna. Su panza choco estrepitosamente contra la piedra del suelo.
Durante un momento se hizo el silencio. Los tres espadachines estaban completamente cubiertos de la espesa y maloliente sangre del reptil. Eran tantas las heridas abiertas que no habían podido evitar embadurnarse con la sangre de este. Jan Paolo los miró con una expresión desagradable en la cara e inmediatamente paró el cántico, el conjuro se desvanecía entre sus manos.
-Sin duda, esa lagartija –dijo sonriente- no era tan peligrosa como parecía. Hice bien en guardar mis poderes, para cuando los eventos requieran de mayores habilidades.
-Podía habelnos ayudado- contestó ManYurý. Se notaba que no le gustaba la actitud del “Liberador humano”-quizás con algo menos pletencioso, señol.

No tardaron en volver sobre sus pasos. Evitaron pisar el agua del riachuelo subterráneo, no fuera que su contacto desencadenase otra desagradable sorpresa. Ni siquiera se les ocurrió tocarla para limpiarse, aunque apestasen a sangre de saurio y estuviesen teñidos de pies a cabeza, completamente de rojo. La sangre empezaba a secarse sobre sus cuerpos y ropas, volviéndose aún más densa, acartonando las telas, dejando una rugosidad áspera sobre la piel y, un permanente tono sonrojado en los intrépidos “cazadores de saurios”, por no hablar del intenso hedor. Lo que ninguno vio, envueltos en el torbellino de la lucha, fue como Jan Paolo había recogido en otro pequeño tarro de cristal de los que llevaba en su mochila, una muestra de sangre de este gran lagarto, ocultándolo junto al musgo que había guardado anteriormente.

Los tritonidos se arrodillaban y tímidamente pronunciaban modestos vítores en honor a su “Liberador”. Iban abriendo camino a medida que Jan Paolo caminaba en primer lugar, con la cabeza bien alta, saludando con ambas manos. Los anfibios alimentaban así su leyenda, pues veían como su “Liberador” regresaba victorioso de derrotar a su antiguo archí-enemigo, sin signos aparentes siquiera de cansancio. Sus compañeros caminaban tras él, completamente magullados, con las ropas sucias como sacadas de una porqueriza y visiblemente agotados. Caminaban entre la multitud de tímidas criaturas hasta que llegaron a la gran sala donde se encontraron por primera vez. Allí esperaba el más anciano de todos los tritonidos, el cual mostraba una enorme sonrisa en su verde cara.
- El ídolo se ha movido- dijo señalando hacía la roca de mármol verdosa que se había desplazado de la pared, dejando al descubierto un “hasta entonces” túnel oculto- muestra el camino a seguir.
- ¡Qué camino y que puñetes!- vocifero Jan Paolo- ¡Por Las Siete Madres!... Soy el Liberador. ¡Exijo mi tesoro!
- El tesoro estar, fin de túnel secreto tritonido- quiso aclarar el líder de la tribu con tono asustado, sobresaltado ante el enfado de su “Liberador”.
- Pregúntales por la salida- dijo Cráteros- ¿Cómo volver a la caverna de los trollkins?
- Espera, adorador de Yelmalio -dijo lentamente el misionero de la Luna Roja, girándose hacia sus compañeros-, primero cogeré mi tesoro.

Seguidos por media docena de tritonidos, avanzaron por una serpenteante e intrincada galería. Debían ir en fila india, pues senda tan estrecha sólo permitía con comodidad, el ancho de una persona. Durante el camino, la piedra que formaba el estrecho corredor brillaba tenuemente, cambiando de color; desde el rojo bermellón de la entrada, mutaba primero en magenta, luego en malva, lila, azul marino, y turquesa, que se aclaraba paulatinamente, siguiendo una suave degradado, hasta conseguir la tonalidad celeste del firmamento. Una imagen semejante encontraron en la bóveda que techaba la entrada de la nueva cámara donde moría el corredor.
Cautos entraron uno a uno. Al fondo, otro riachuelo aparecía por una cavidad en la pared cayendo en una pequeña cascada y desaparecía a continuación por un pozo, en el suelo de roca azulada. En medio de la sala, vieron asombrados un enorme bloque cilíndrico de piedra, -¿O sería metal?-, un intenso color negro atraía sus miradas. Surgía del techo y desaparecía incrustado en el suelo. Miraron incrédulos a la fabulosa piedra.
- Es adamantio –dijo Jan Paolo, en un respetuoso tono hasta entonces desconocido en el lunar-. Es metal auténtico. ¡Rúnico! Restos óseos de antiguos y olvidados dioses.
- Nunca vi bloque de semejantes dimensiones- intervino Cráteros con ojos fijos y brillantes por la admiración a tan imponente reliquia.
- ¡No lo toquéis!...Inconscientes- Se apresuró a advertir el lunar, moviendo nerviosamente las manos- ¿Notáis como las fuerzas místicas no circulan en esta sala? El negro metal atrae toda la magia a su alrededor. Si lo tocáis, se llevara parte de vuestra esencia, de vuestro alma, de vuestra vida.

Todos creyeron en la sabiduría del diplomático y rodearon la sala pegados a la pared, alejándose así del magnífico bloque. Ninguno dudó de su palabra, ¿Sería todo eso cierto? El grupo de tritonidos, ni siquiera quiso entrar en la cámara, alegando desde la entrada que “tesoro pertenece a Liberador Humano, protector de nuestra tribu”.
Jan Paolo avanzaba en primer lugar en dirección al riachuelo. Junto al agujero por donde aparecía el agua, a cierta altura sobre sus cabezas, había otro socavón bastante más estrecho, una persona grande y robusta como el Mariscal no cabría, pero él sí. Era la única salida de la sala –aparte de por donde habían entrado-.
De entre los negros ropajes, el todavía anónimo kralori volvió a sacar su fina cadena. En un extremo tenía un garfio con tres púas metálicas ¿Eso lo llevaba antes? Lo giró sobre si mismo varias veces, como el aspa de un molino, y lo lanzó con asombrosa puntería haciendo blanco dentro del pequeño agujero. Lentamente empezó a recoger los eslabones. El garfio quedó atrapado entre las rocas que bordeaban la minúscula cueva. Cráteros sujetó también con la firmeza de sus manos el extremo final de la cadena e hizo un gesto con la cabeza al ansioso lunar. Este se apresuró, y empezó a trepar lentamente, sujeto con una desconocida destreza. La cueva era minúscula para un hombre grande, pero la delgada complexión del lunar le permitió entrar arrastrándose una vez que hubo ganado la entrada. La cueva se ensanchaba lo suficiente como para poder mover los brazos libremente, e incluso arrodillarse. En el instante en que los pies del diplomático, eran lo único que asomaban fuera del agujero, Cráteros con otro gesto indicó al oriental de negros ropajes la abertura de la pequeña cavernita por la que ya desaparecía su compañero. El kralori soltó la cadena. Cráteros la asió con mayor firmeza mientras ManYurý vigilaba a sus espaldas con su arma desenfundada.
Jan Paolo se deslizó arrastrándose por el suelo de la caverna hasta que dio de bruces con lo que parecía un modesto altar escarbado en la piedra. Lo presidía una antigua escultura de algún desconocido dios del panteón terrestre, hecha de terracota color ocre. Sobre su cabeza, una diadema que parecía de plata, le daba un toque de auténtica divinidad a la modesta estatua e inundaba de brillos plateados las luminosas paredes de piedra azulada.
El misterioso kralorelano estaba llegando a la entrada del minúsculo túnel. Trepaba con habilidad por la cadena, sujetada ahora por Cráteros, el cual exhibía así la musculatura de sus poderosos brazos. A punto estaba el oriental de poner la primera mano sobre la roca de la abertura de entrada a la pared, cuando un chillido de dolor le hizo parar en seco. Un grito que provenía desde dentro de la diminuta cavidad.

La pequeña corona de plata cayó humeante, en el suelo del minúsculo altar. Jan Paolo se llevó las dos manos a la boca soplando. Sopló con fuerza hinchando los mofletes, frunciendo el ceño, la expresión dolorida y el olor a carne quemada indicaban que la pequeña diadema de la escultura guardaba algún secreto oculto. No sabía si había sido una descarga de algún tipo o un fogonazo incandescente, sólo que tenía las dos palmas de las manos y varios dedos achicharrados en carne viva, churrascados como la carne de un cordero pasada por la lumbre de una cocina.
-¡¿Qué ha pasado?!- se oyó la voz de Cráteros desde fuera- ¡¿Está bien?!
-¡No ha sido nada!- contestó el lunar intentando disimular la quemazón que sentía en la palma de ambas manos. –Ahora mismo salgo.

El oriental intentaba entrar en la pequeña caverna, pero esta era demasiado estrecha y presentaba serios problemas para él, algo más alto y grande que Jan Paolo. Sin embargo, con una elasticidad circense rara en un guerrero, y tras varias contorsiones que parecían convertir sus extremidades en delgados filamentos de gomas, comenzó a introducirse en la abertura paulatinamente, poco a poco.
De pronto otro sonido inesperado hizo que parase. De las profundidades de la roca, un inquietante rugido iba tomando forma. Con todos los sentidos alerta, buscaba a su alrededor la causa que producía tal estruendo. Un crujido fuerte, que iba ganando en intensidad y atronadora fuerza, recordando al que debían producir los intestinos de una criatura gigantescamente grande, como un dragón o un behemoth en plena digestión.
Dentro de la pequeña cavidad Jan Paolo notó como si algo de polvo cayese sobre sus hombros. De pronto, empezó a oír el ruido, primero débil y lejano, luego cercano y, con más fuerza. Oía como crecía un crujido ensordecedor que envolvía las paredes. La roca a su alrededor empezó a resquebrajarse. Intentó retroceder buscando apresuradamente la salida del diminuto altar. Sus pies chocaron contra el kralori que bloqueaba la abertura de entrada.
Fuera, Cráteros y ManYurý miraban nerviosamente en todas direcciones cuando las rocas empezaron a desprenderse del techo. Sus intrépidos compañeros encaramados en el pequeño agujero de la pared, cayeron a una, como plomos, sobre el pequeño riachuelo que cruzaba la cámara, salpicando todo a su alrededor. Tardaron menos de un pestañeo en recuperar la verticalidad y salir a la carrera de la cámara según se resquebrajaban las paredes, sin mirar atrás, esquivando cascotes y rocas que caían por doquier, indiscriminadamente sobre sus cabezas, ¡la cámara se venía literalmente abajo!
Los tritonidos salieron despavoridos a la primera señal de alarma. Todos corrían por el estrecho corredor, rumbo a la sala del “ídolo”. A su paso, las paredes se resquebrajaban, crujían y se venían abajo. Los humanos, más grandes y rápidos intentaban adelantar a los pequeños anfibios en una autentica carrera de “sálvese quien pueda”. Algunos se iban quedando atrás. Por el estrecho pasadizo, la lluvia de piedras aceleró la marcha, como la de una manada de herbívoros huyendo de un depredador.
A trompicones, en lo que era una estampida de cuerpos humanos y tritonidos, interrumpieron en la sala del “ídolo” tritonido, donde esperaba el resto de la comunidad anfibia. La melé terminó sin aliento, tirados por los suelos de la cámara. Un momento después de su llegada todo se lleno de polvo tras una última sacudida, un último estruendo. El hueco que había servido durante quizás siglos, de entrada para el corredor oculto, se encontraba ahora completamente bloqueado por las rocas caídas durante la “avalancha interior”. El polvo que había producido y alguna que otra piedra rodante era lo único que aún se movía, sin miedo a provocar de nuevo que el techo de roca -posiblemente toneladas y toneladas de granito- se precipitase sobre sus cabezas.
Jan Paolo se incorporó. Estaba furioso. Todavía no había recuperado el aliento pero con los ojos inyectados en sangre, resoplando por la boca y con los músculos en tensión, se dirigió veloz hacia el tritonido más anciano, aquel que había hecho de interlocutor durante todo este tiempo. El vetusto anfibio se asustó al ver al “liberador” en semejante estado de furia. Lo sujetó por el cuello con ambas manos, arrancándole el cordón del que pendían algunos huesos pequeños que le adornaba a modo de collar. Se acercó a menos de un palmo de su cara y le chilló histéricamente llenándole todo el rostro de saliva:
-¡¿Dónde está mi tesoro?!- gritó encolerizado- ¡¿Qué era eso?! ¡Asquerosos renacuajos! ¡Queríais matarme!
-¡Mi no saber!- contestó el tritonido con expresión de verdadero pánico en la mirada-, “Liberador humano” sólo tocará tesoro ¡Nada más que tesoro!
- Estos apestosos sapos no nos han traído más que problemas- ladró el irritado adorador lunar dando la espalda a los aterrados tritonidos-. Marchemos de aquí, o terminaré esclavizando a esta primitiva manada de seres inferiores.
- Déjalo, partamos en busca de los trollkins –intervino Cráteros-, ya hemos perdido demasiado tiempo. Algo me hace temer por los muchachos.
- Esta raza de seres ínfimos no merece la pena. No gastaré un instante más aquí -afirmó Jan Paolo despectivamente-, dudo de sus tesoros y sus intenciones. Me voy.

Aguantando el dolor que le abrasaba todavía las desolladas manos, con un gesto de fingida suficiencia en la cara, partió de la sala por la única salida que restaba. Los otros miembros de la compañía cruzaron miradas con extrañeza, incluso con algunos tritonidos y, gesticulando con incredulidad salieron de la cámara tras los pasos del irascible “liberador”.
Bajaron el corredor por donde marchasen en la búsqueda del “Gran lagarto”. No tardaron en llegar a otros corredores que se abrían indistintamente a ambos lados. Tomaron el primer ramal a su derecha, un soplo de aire fresco y algo de intuición guiaba su camino. Los tritonidos miraban escépticos su partida asombrados aún de la violenta reacción de su “liberador”, -¿Se habrían vuelto a equivocar?-.
Precavidos, con las armas preparadas, fueron avanzando por estos estrechos corredores. Las paredes volvían a tornarse más claras hasta convertir la roca en un brillante resplandor color margarita. Se cruzaron con algún que otro lagarto al que apenas prestaron atención. Cuando de pronto, al final de ese corredor...-¿Qué es eso que brilla al fondo? -Parece una luz ...una luz ígnea...¿una tea quizás?
Efectivamente, un punto rojo denotaba la presencia, en el otro extremo del corredor, de la mortecina luz que restaba a una antorcha casi apagada, parecía tirada en el suelo. La luz era claramente visible. Según se alejaban de las cavernas que servían de hogar a la atemoradiza tribu de tritonidos, el resplandor mágico de las coloristas paredes iba menguando, llegando a desaparecer por completo en esa parte del túnel.

-No os separéis –susurró Cráteros –preparad las armas para cualquier sorpresa. No me fío nada. Algo me dice que Antígono no está bien.

Entonces lo escucharon. Era un murmullo suave. No. Era más parecido a un gorgojeo, a un sollozo... ¿Eran pucheros? Con precaución se acercaron a la débil lucecita roja, oyeron como algo se arrastraba en el suelo. Se movieron con rapidez, querían impedir que fuese lo que fuese pudiera escapar, más aún si era un trollkin que les guiara directamente hasta Xvarnak. Todos los filos apuntaron hacia una única dirección. Se escuchó un grito al borde de la estocada y... ¡Pararon las hojas en seco!
El débil resplandor de la antorcha iluminaba tenuemente... los albos ropajes y la frágil figura de la joven Aileena. Estaba tirada en el suelo, hecha un ovillo con su propio cuerpo, temblaba nerviosamente, con la cara empapada por el abundante llanto, lloriqueando como una niña pequeña. Incapaz de entender lo que pasaba a su alrededor, víctima del pánico, chilló de espanto. Fue sólo un instante, justo después de que ellos desviasen sus estocadas, fue la propia Aileena quien reconociese sus figuras –y no era fácil, todavía mojados y embadurnados por la sangre del saurio con el que acabaron en las cavernas de los tritonidos-.
-Quiero salir de aquí- alcanzó a decir entre sollozos- ¡Antígono!
-Tranquila- trató de calmarla el Mariscal-. Somos nosotros. Ya estás a salvo. Dime... ¿Dónde está Antígono?
-Sacadme de aquí –balbuceó entre lágrimas- esta cueva está maldita, llevadme fuera, por caridad, os lo suplico
-Honolable doncella, cálmese- Intervino ManYury-. Con nosotlos estalá a salvo. Necesitamos sabel donde está Antígono.
-Tranquila, ahora no puede pasarte nada -apostilló Cráteros tratando de serenar a la muchacha-. ¿Dónde está el chico?
-Se quedó allá–dijo entre dientes, todavía lloriqueando –Había muchos de esos trollkins peludos, empezaron a lanzarnos cosas. Él me dijo que huyera por la caverna grande, hasta llegar a la salida. Se quedó allí, luchando contra esos seres, ¡No se cuanto tiempo podrá aguantar!- y agarrando a Cráteros por el brazo, todavía de rodillas suplicó: -Tenemos que encontrarle, ¡por favor!.

Menos mal que la muchacha aún conservaba a la espalda, el pequeño petate donde guardaba además de los utensilios con fines curativos, yesca, pedernal y una última antorcha, que prendió fácilmente iluminando el estrecho corredor. Las antorchas de todos los que habían caído al río estaban inservibles, por lo que decidieron aligerarse un poco de equipo, bastante pesado entre armas y armaduras.

Aileena volvía a sujetar la antorcha con el pulso algo más firme. El resto volvió a preparar sus armas, pues los trollkins no andarían lejos. ¿Y si hubiesen seguido a la chiquilla? Avanzaron con paso decidido por el serpenteante corredor, ligeros, mas sin perder la cautela. No tardaron mucho en volver –allá donde desembocaba el túnel- a la caverna grande de la cual salían multitud de pequeños corredores, como este donde la joven Aileena había buscado refugio.
Decidieron adentrarse de nuevo en las profundidades de la cueva, así volvieron a avanzar hasta donde la caverna se dividía en dos grandes ramales, uno ascendente y, otro descendente, con el suelo recubierto p

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